JAIME DESPREE Cuentos berlineses y otros cuentos Estimado lector/a, si te gustan estos primeros capítulos, puedes leer ahora mismo el resto bajando el ebook en Amazon
440 pág. | eBook: 3,99 € | Libro: 11,99 €

DEDICATORIA En este pequeño libro yo no he puesto más que un poco de imaginación y algunas horas de agradable trabajo, lo importante lo han aportado aquellas personas que con su estímulo y ayuda lo han hecho posible. Estas personas son, sin seguir un orden de importancia, las siguientes: «Pelirroja», de quien sólo sé su alias, pues me contactó desde España a través de mi blog en Internet. Desde un primer momento me sugirió, y hasta rogó, que le contara cosas de Berlín. Así surgió el primer cuento de este libro, «Cosasw de duendes de Berlín», y después surgirían todos los demás. Pero, además de este libro le debo algo que para mí es de suma importancia. Al escribir este cuento me di cuenta de que suponía un decisivo paso en mi carrera literaria, ya que después de tres agradables años de estanciaa en Berlín, era la primera vez que escribía «en Berlín y sobre Berlín», es decir,

de la noche a la mañana, y gracias a su insistencia y estímulo, me convertí en lo que creía difícil y laborioso que llegara a suceder: en un escritor berlinés que escribe en español. Lucia Naiscemento, una amiga y vecina portuguesa que prueba dos cosas importantes: la primera que la inteligencia no entiendeb< m de sexo ni nacionalidad, la segunda que la amistad es un estímulo más provechoso y duradero que el amor. Sin su ayuda, su confianza y su lealtad este libro no hubiera sido posible. Berlín está de suerte por contar con una persona tan encantadora y brillante como Lucia, que además desarrolla una importante labor de investigación de una de sus prestigiosas universidades. Todos mis entrañables y súper amables vecinos, incluida mi paciente «Hausmeisterin», Frau Buhla, y la sensata y extraordinaria mujer propietaria de mi apartamento, Christa Klein, a quien debo un emotivo regalo que K,kmrecibí esta pasada Navidad.

En su amable carta me decía que «Dios nos envía toda clase de problemas, pero también el talento necesario para resolverlos». No puedo estar más de acuerdo. Aunque pueda parecer que intento congraciarme con las «autoridades», me veo en la obligación moral de dedicar también este breve libro de cuentos berlineses a los responsables del departamento de «Asuntos sociales» de mi embajada en Berlín, quienes en un delicado momento, especialmente crítico y coincidiendo con las fechas navideñas, me «echaron una manita», lo que me permitió gozar de la tranquilidad y el sosiego necesario para escribir estos cuentos prácticamente de un tirón. Por último, quiero dedicar también este libro a quienes he tenido en la mente, y también en el corazón, durante su redacción, y sin cuyas vivencias anteriores, afectos, respeto y cortesía, simplemente hubiera sido impensable; es decir, ¡a los berlineses! ¡Gracias a todos! Berlín, 24 de diciembre de 2007

1. El duende del Tiergarten Dedicado a «Pelirroja» Como las cosas que se piden con educación y por favor no se pueden negar, te voy a contar una breve historia que se me ha ocurrido así, de pronto. ¿Quiénes saben del color de las hojas en el otoño berlinés mejor que los duendes del Tiergarten? No hace mucho tuve la suerte de encontrarme con uno, y eso que lo habitual es que aparezcan durante el equinoccio de invierno.

—¡Preciso otoño! —le comenté, extrañado de que siguiera fumando su pipa como si tal cosa, apoyado en un viejo nogal cerca del puentecillo que lleva al jardín zoológico. —¡Hermoso! —contestó (los duendes son gente de pocas palabras y normalmente detestan a los turistas) Uno nunca sabe cuál puede ser la conversación adecuada para ganarse la confianza de los duendes, así es que me entretuve dando pataditas a las bellotas y haciéndome el interesado por su bosquecillo. —¿Tabaco cubano? —le dije para despistar. —¡Turco! —Si no es mucho molestar, ¿vive usted por estos alrededores?

—En esta misma haya, desde hace más de trescientos años! —¡Guau! —le contesté en inglés. Mal hecho, porque sospechó que era turista. —¿Es usted turista? —(¡lo que me temía!) —A medias; sólo escritor. Murmuró algo, como dándome a entender que me perdonaba. —Yo conocí a los Grimm —¿A los hermanos Grimm? ¿Los de Blancanieves? —asintió, no sin cierta arrogancia. —¿Escribe usted también cuentos? —me preguntó a su vez, pero sin poner demasiado interés por la respuesta.

—No siempre, pero tengo un encarguillo de una pelirroja española. Ya sabe como son las chicas cuando se empeñan en algo. ¡Saben cómo pedirlo! —¿Y que piensa contarle? —¡Pchsss, lo primero que se me ocurra! —Yo me sé un cuento muy gracioso, a lo mejor le sirve. —¡Cuente! —le rogué con la excitante sensación de poder salvar mi compromiso. —Había una vez una niña que vestía siempre una caperuza roja... —Perdone —le interrumpí—, pero ahora recuerdo que me he dejado el gato encerrado en el microondas. ¡Si no le importa seguimos

No le gustó la idea y sospechó que en realidad yo era un turista camuflado de escritor. —¡Usted se lo pierde! —me dijo sin dejar de mirarme por encima del hombro, lo que no era fácil dado su pequeña estatura. Me vine a casa, saqué el gato del microondas, y me puse a escribir este cuento. En cuanto al rojo de las hojas, puedo decirte que no hay palabras para definirlo. Si puedo te enviaré una un día de estos.