AUTOBIOGRAFÍA No soñarás en vano Memorias de un perdedor afortunado (No disponible en Amazon)

A mi querido amigo y benefactor, Jaime Nubiola

y a la ciudad de Berlín Sé que no es habitual dedicar un libro a toda una ciudad, pero este puede ser mi último libro y no puedo concluir mi modesta carrera literaria sin agradecer públicamente a esta ciudad, donde he escrito la mayoría de mis obras gracias a la generosidad de su ejemplar Estado social y a la cordialidad, comprensión y respeto de mis vecinos, porque gracias a ambos he podido escribir y sobrellevar hasta ahora mi enfermedad de Parkinson.

PIMEERA PARTE: Infancia y adolescencia “No tienes que sufrir para ser un poeta. La adolescencia es suficiente sufrimiento para todos.” John Ciardi (Poeta estadounidense. 1916-1986)

Mi nacimiento e infancia Nací el peor mes (enero), el peor día (lunes), a la peor hora (las 4 de la madrugada), de la peor forma (prematuro) y con el peor sexo (mi madre deseaba una niña, porque ya tengo dos hermanos mayores). Con este currículo de mi nacimiento, ¿cómo podí aspirar a ser un triunfador? Según mi madre, cabía en una caja de zapatos. Mi abuela daba por hecho que abandonaría este mundo antes de que pudiera echarle un simple vistazo, y opinaba que si por algún milagro lograba sobrevivir, seria un niño enclenque y enfermizo toda mi vida. En la primera predicción falló, porque la suerte empezaba ya a contrarrestar mis fracasos y sobreviví; en la segunda acertó, pero solo a medias: hasta los veinte años padecí un fuerte complejo por mi delgadez, hasta el día que me di cuenta de que millones de personas en todo el mundo hacen terribles sacrificios y gastan una considerable fortuna

¡para ser tan delgados como yo! En cuanto a enfermizo, hasta cumplir 70 años habré visitado un médico una docena de veces, a pesar de mi agitada y descontrolada vida. De mi primera infancia no recuerdo nada, excepto que dormía en una cuna en la habitación de mis padres, y que me asustaban unas grotescas figuras de barro que mi padre había modelado para nuestro Belén, que pretendían ser los tres Reyes Magos, y que estaban sobre una repisa, junto a mi cuna. Nada más. Mis recuerdos más nítidos comienzan a partir de los 6 o 7 años, cuando asistía a la escuela de primaria y daba mis primeros pasos por este mundo. Son destellos inconexos de imágenes adheridas a la retina, que vuelven a la imaginación con nitidez cada vez que las invocamos. Una de esas eternas imágenes es el camino de la escuela en las gélidas mañana de aquellos crudos inviernos. El camino pasaba entre las humildes casas de los alfareros, de cuyos tejados pendían tímpanos de hielo puntiagudos y los

muros de las huertas, yermas en esta época del año. Todo el camino estaba tapizado de una fría escarcha y el aire seco de las serranías cercanas me dolía en la cara y me congelaba los pies. Cuando entrábamos en las aulas, hacía algún tiempo que el maestro había encendido una estufa, que apenas calentaba su tarima y las primeras filas de pupitres. Sobre la estufa cada mañana hervía una gran olla con leche en polvo, regalo de los norteamericanos, a cambio de militarizar varias ciudades del país con sus bases navales y aéreas. Todos los niños llevábamos un cacillo para beber la leche, acompañada de una rebanada de pan untada con una horrible mantequilla salada, también generoso regalo de los yanquis. La razón era que la mayoría de los niños estaban desnutridos y no solían desayunar nada sustancioso en sus casas. Recuerdo que mis dos amigos más íntimos nos confesaban que su madre no tenía suficiente dinero para comprar leche y menos café. Y ellos desayunaban una taza de café puro, hecho con posos recogidos en las cafeterías de la ciudad, con un trozo

de pan, y eso era todo para toda la mañana. Al menos nosotros sí podíamos comprar leche y nuestra abuela nos traía de vez en cuando unos deliciosos bollos que amasaba ella misma y horneaba en el horno de un panadero local. Comparado con las situaciones de pobreza extrema de otros niños, nosotros podíamos decir que éramos privilegiados. Recuerdo algunas escenas de mi infancia, con agridulce nostalgia, de un niño que intenta ser feliz en el infierno. Mis recuerdos de la escuela primaria están atascados en mi imposibilidad para entender los polinomios, pero disfrutar con las redacciones, sin importar sobre qué tema. Como todos los niños esperaba que mis padres me atendieran; era tan solo una presunción si fundamento: —¡Mamá, hoy me he caído dos veces a la salida del colegio y me hecho sangre en las rodillas! —yo esperaba unas palabras de aliento, de piedad o incluso de compasión. Pero ella seguía hilvanando y pespunteando un enorme vestido blanco, su último encargo después de obtener un llamativo diploma de “Corte y confección”, emitido por una academia de

cursos por correspondencia, y que mi laboriosa madre había hecho enmarcar y colgaba de la pared más vistosa de la sala donde recibía a sus eventuales clientas. —Hijo, ¿por qué no miras por dónde pisas? —no tenía la necesaria concentración para una respuesta más elaborada. —Me han empujado ellos. Estaban muy enfados porque yo les he ganado todas bolas, las de china y las de cristal. Por eso estaban enfadados y me empujaron y me hicieron caer dos veces. Alertada por mi voz, mi vieja gata de angora, blanca como la nieve, abandonó su única y afortunada cría que le habían permitido amamantar, al resto de la camada mi tía materna los ahogó uno tras otro en un cubo de agua, sin que su ajado rostro mostrase la más mínima emoción. La cariñosa gata me saludó restregando su hocico y su blanco lomo por mis piernas, todavía sucias de sangre seca mezclada con los restos de arena de las dos caídas, para marcarlas con su peculiar olor, con lo que trataba de hacerme ver que ella y yo éramos de una misma familia.

Ante mi deplorable estado, mi madre debió comprender que mi salud era más importante que aquel aparatoso vestido de novia, un verdadero reto para una modista formada con un curso por correspondencia. Lavó apresuradamente mis heridas de las rodillas, y las embadurnó con un desinfectante tan rojo como la sangre, que hacía que las heridas parecieran más graves, pero estaba demasiado ocupada para curar también las heridas de mi dignidad y de mi alma, todavía en estado de pura inocencia. —Mira, hijo, estoy muy ocupada y no tengo tiempo para prepararte la merienda. Coge tu mismo una onza de chocolate y un trozo de pan, y vete a jugar a la calle. Y tú, gata, sal de aquí no vayas a mancharme este vestido, que se ensucia con que lo miren. Y ambos, mi cariñosa gata y yo, fuimos desterrados de ese territorio afectivo de las madres. La calle era el único territorio del que no tenía que temer ser desterrado, ¡porque ya era el destierro!

¡La calle! ¡No hay una palabra en nuestro rico diccionario más adherida a los recuerdos de infancia! ¡La calle era nuestro universo! Un territorio mitad cielo, mitad infierno. Un lugar que nos obligaba a ser libres y atenernos a sus consecuencias: Yo recuerdo mi calle como puede recordar un ex—presidiario el patio de la cárcel donde estuvo recluido, ¡siempre era mejor que estar encerrado en la celda. Mi calle estaba limitada por dos muros invisibles pero infranqueable: al norte el odioso muro de la pobreza, la ignorancia, la brutalidad y la violencia ; al sur el arrogante muro que levantan las clases medias provincianas y algún que otro personaje enriquecido con el comercio de ganado o con algunas de las pocas oportunidades locales para enriquecerse, además de alguna familia de abolengo con ínfulas de aristocracia, ricos engreídos y vanidosos, con sus costosos y caprichosos hábitos, además de su instintivo odio a la clase media humilde, ¡los bastardos de clase

media! ¡Nadie que no sea rico se siente bien en barrio para ricos! Con mi pan y mi chocolate, uno en cada mano, mi alma sin consuelo, mis pantalones cortos y las rodillas que probaban de sobra la urgencia con que habían sido curadas, aparecí en el umbral del portal de nuestra casa para, como si fuera un temeroso gatito, husmear qué posibilidades me ofrecía para complacer a mi madre en su deseo de encontrar la forma de jugar en la calle. Ya había en nuestra calle otros niños que seguramente estaban en las mismas circunstancias, es decir, tan exiliados como yo. Pero por alguna peregrina razón habían dejado de “ajuntarme”, estado que duraría hasta que por otra, no menos peregrina volviese a “ajuntarme”. Debido sin duda a un injustificado optimismo, siempre salía a la calle convencido de que, de una u otra manera acabaría encontrando algo con lo que jugar, por esa razón no salia a la calle sin los bolsillos llenos de las necesarias

herramientas de juego para las oportunidades que pudieran presentarse de jugar con otros niños del barrio: un tacón de zapato y un puñado de santos para jugármelos ; una chapa con un cristal sujeto con jabón, a través del que se veía el cromo de un sonriente Puskas, por si jugábamos a las carreras de chapas; un pequeño hueso de taba, para el caso de ser este el juego y un puñado de canicas de barro, y una maravillosa recién ganada canica de china, por si alguien sugería que jugásemos al “guá”. Había otros juegos, pero eran para más adultos o con más recursos familiares y con Reyes Magos más generosos. Los mayores de 14 años podían jugar al burro, o a tirar a los inocentes gorriones con un tirachinas magníficamente elaborado, con equilibrio y bien balanceado, sujetas las gomas a una horquilla de palo elegida con sumo cuidado en los arbustos junto al riachuelo que cruzaba nuestra ciudad. La peonza, que también requería suma destreza para

elaborar una que bufara y fuera capaz de ser movida a diferentes posiciones sin cesar en el movimientos. Los maestros de esta técnicas eran capaces de subir la extraordinaria peonza en la palma de la mano. En comparación las que vendían en las tiendas eran muy pesadas y dejaban de girar muy pronto. También era para mayores que yo, el juego del “cirrio”, que tan solo consistía en lanzar un palo con dos puntas con otro palo golpeando las puntas y lanzarlo tan lejos como fuera posible. Los niños de otros barrios de más elevada clase desconocían estos juegos sin juguetes. Ellos jugaban a guerras o a policías y ladrones, porque los Reyes Magos eran por entonces tan irresponsables que les traían un arsenal de armas de lo más variado, como una pistola de calamina que hacía explotar una tira de mixtos, lo que daba más realismo al juego de matarse unos a otros. Más inocentes eran los pequeños rifles que disparaba ventosas a escasa distancia del tirador y que nunca se adherían por la ventosa como

estaba previsto. Jugábamos a guerras y a matarnos mutuamente, porque ningún adulto nos enseñaba que la guerra no era un juego. Pero eso sucedía en el sur de nuestro barrio, en la del norte el juego de las guerras no era tan inocente y se intentaban matar entre ellos realmente. Ellos tampoco tenían juguetes ni madres modistas, formadas con un curso por correspondencia. No, sus madres eran por lo general obesas, pero anémicas, analfabetas, vestían de negro por sus lutos permanentes, porque cada año o dos años moría algún allegado. Juraban más que hablaban, por lo general a gritos, se peleaban frecuentemente entre ellas por justificar el que sus hijos llegasen a sus casas descalabrados por el hijo de la vecina. Mientras sus padres, el que lo tuviera, liaban un fino cigarrillo tras otro con una picadura barata y apestosa, en una sombría taberna, donde colgaba del techo un pegajoso atrapa-moscas lleno ya de insectos, pero que nadie

parecía interesado en reemplazar, y mataban el miserable tiempo con interminables partidas de cartas, dando fuertes golpes sobre el mugriento tape verde que cubría la mesa cada vez que echaban un triunfo. Entonces aprovechaban para dar un largo trago de vino hasta embriagarse. Tambaleándose y semi-conscientes regresaban a sus sucias guaridas, y antes de que sus mujeres les reprocharan su mala conducta, las maltrataban para hacerlas callar antes de que comenzaran a hablar, y con el resto de conciencia que les quedaba, les exigían a las maltratadas mujeres algo de cenar, que le asentara el estómago y pudieran conciliar sus pesados sueños de borrachos. Esta era la escuela a la que asistían los niños de la zona norte de la ciudad, por eso formaban violentas bandas, ¡el único lugar donde podían sentir algo de familiaridad! En las frecuentes razias por nuestro barrio, pisoteaban los laboriosas pistas por donde competían nuestras chapas enjabonadas; nos robaban los tacos y los santos,

las canicas e incluso la taba. Pero era frecuente el reto entre los niños más corpulentos y violentos de ambos bandos, perfectamente a imitación de cualquier reto entre animales que se disputan el liderazgo del grupo. Para hacer más humana y justificable la pelea, ambos recurrían al más emotivo e infalible instigador: dudar de la honestidad de sus respectivas madres. Como todos sabíamos, sobre todo los que asistíamos a la catequesis para la preparación a la primera comunión, que la Iglesia Católica había otorgado el celestial grado de sagrado a la madre de Dios y, por ende a todas las madres, se veían obligados a pelear a muerte si fuera preciso. Pero no por defender la reputación de sus madres, que les tenía sin cuidado, sino por carácter de sagrada que debía haber en sus madres. Puede decirse que en realidad eran peleas de religión. La técnica de la pelea consistía en lanzar los puños en cualquier dirección donde suponían que estaba la cabeza

del adversario, porque la ira bloqueaba sus mentes y solo les quedaba el instinto puramente animal. Alguna de sus alocadas puñadas alcanzaba su objetivo y el desgraciado caía dolorido al suelo, pero en lugar de reaccionar y seguir la pelea, rompía llorar, amenazando a su verdugo con decirselo a su mamá, para que le ajustara las cuentas su otra mamá. Los partidarios del vencedor se creían en la obligación de aclamar a su héroe con un mantra dirigido al humillado y lloroso vencido: “¡Cobarde, gallina; capitán de la sardina! ¡Cobarde, gallina; capitán de la sardina!...” ¡Al fin y al cabo, éramos niños! Pero ¿qué hacían las niñas en aquellas trifulcas infantiles? Ellas pertenecían a otro mundo. Sus juegos eran abominables para los niños, como dar saltos entre las vueltas de una cuerda que volteaban otras dos niñas, o a la Rayuela, dando saltitos sobre unos cuadros mal dibujados sobre las aceras con un trozo de yeso. A ningún niño

normal se le ocurriría participar en esos insulsos juegos infantiles de las niñas. La verdad es que las niñas eran educadas desde la cuna para ignorar a los niños, porque todos estábamos hechos de la piel del diablo, en tanto que las niñas eran angelitos de alma inocente y sumisa, como las quería el Señor, y les hacían ver de forma que quedara clara cuál era su misión en este mundo, que estaba dominado por los hombres, incluso ya desde que éramos niños. Por tanto, no intervenían, simplemente detenían el juego para comprobar que su educación era la correcta, porque los niños éramos verdaderamente de la piel del diablo.