×
ARCHIVO
Filosofía para gatos
194 LECTURAS
Desmitificar y rebatir a Aristóteles
203 LECTURAS
Yo y mi pelea con el alemán
275 LECTURAS
El escritor y su circunstancia
139 LECTURAS
La literatura: Otra víctima de los excesos del capitalismo
186 LECTURAS
Así se destruyó la novela en España
166 LECTURAS
El Halloween de la literatura nacional
178 LECTURAS
La soledad no era esto
239 LECTURAS
Premio Planeta: la muerte de la novela
173 LECTURAS
¿Pero quién diablos soy yo?
423 LECTURAS
La vida: Instrucciones para su uso
156 LECTURAS
La guerra de la seducción
265 LECTURAS
La Iglesia Católica y su sueño político frustrado
205 LECTURAS
La filosofía de cada día
349 LECTURAS
Las 10 claves de una crisis anunciada
174 LECTURAS
30.11.-0001
Las causas históricas del atraso de España

    Aunque parezca una exageración, mi opinión es que las razones profundas de nuestra crisis actual se remontan al siglo XV, por la nefasta política de Carlos V y la de sus sucesores.  Apenas este rey puso sus pies en España convocó cortes en Galicia, exigiendo un oneroso subsidio a las ciudades, pero no para financiar los gastos del estado, sino para sobornar a los electores germanos para su coronación como emperador, que se disputaba con su histórico rival, Francisco I.    

En el siglo XV Castilla era una potencia económica importante y sus ciudades gozaban de fueros y privilegios que les permitían emprender negocios con cierta seguridad y garantías. A pesar de la reciente expulsión de los judíos, estos habían creados las bases de un sistema bancario, puesto en marcha miles de telares y talleres con gran variedad de manufacturas, y creado unas redes de distribución que les permitía exportar a toda Europa.    Los castellanos y valencianos se sublevaron y pretendieron contar con el favor de la enloquecida Juana, pues no era loca sino que entre su padre, su marido y su hijo la volvieron loca, heredera legítima del trono de Castilla. 

El enfrentamiento era entre burgueses emprendedores y realistas conservadores. 

 La impericia de los burgueses les costó la derrota en Villalar, y con ella se enterraba para los siglos venideros el carácter emprendedor de los españoles, que fue sustituido por el de cortesano, es decir, por el favoritismo y el amiguismo, y “que inventen ellos”.    España se volvió pastoril e ignorante y cayó presa de las supersticiones y las tradiciones, estimuladas por la poderosa influencia de la Iglesia católica, que reinaba desde la conversión del arriano Recaredo. En tiempos de Felipe II el Papa debió trasladarse a Toledo, pues sus primados eran más papistas que el Papa.    

El resultado de esta poderosa influencia fue la decadencia estrepitosa de España bajo los nefastos reinados de Felipe III, Felipe IV y el idiota embrujado de Carlos II. En esta época decadente solo la iglesia florecía, y se fundaron miles de conventos, abadías e iglesias, de donde salieron los monjes y obispos guerreros, que convirtieron todas nuestras guerras civiles y extranjeras en cruzadas de religión. Como consecuencia de este nefasto legado histórico, los españoles somos más creyentes que razonables y más soñadores e idealistas que prácticos y realistas.    

Ni siquiera el primer Borbón, Felipe V, se atrevió a oponerse a su desmesurada ambición y poder. Solo el ilustrado Carlos III reprimió algunos abusos y expulsó a los jesuitas, pero fracasó en su intento de despertarnos de nuestro histórico letargo. Como escribe el historiador Henry Thomas Buckle en su ensayo “Historia de la civilización en España”: “Cuando un pueblo no es emprendedor, no hay gobierno que pueda obligarle a serlo.”