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La Iglesia Católica y su sueño político frustrado

Ahora que la sorprendente dimisión de papa Benedicto XVI deja vacante la dirección de la Iglesia católica, pienso que sería una excelente oportunidad para que el próximo papa hiciera un profundo examen histórico de conciencia y devolviera a esta iglesia su cometido fundacional: la simple difusión de las doctrinas morales de Jesucristo, olvidándose de una vez y para siempre de su recalcitrante sueño político frustrado.

El Reino de Dios en la Tierra

Desde la conversión del emperador Constantino al catolicismo, en el año 313, la Iglesia católica tenía como objetivo fundamental instaurar el “Reino de Dios en la Tierra”. Para ello concibió la idea política de una monarquía cristiana y católica universal, regida por un papa desde Roma.

Para lograrlo obispos, y el clero en general, no dudaron en cambiar la sotana por los arneses de guerra, y en lugar de la cruz utilizar la espada para lograr sus “nobles” propósitos cristianos. Primero acometieron contra los herejes judíos y sarracenos, pero más adelante lo hicieron contra los propios cristianos cismáticos, tanto con la espada como con la excomunión y el entredicho, y con la tortura y la hoguera.

Después de varios dramáticos concilios, la Iglesia católica renunció a encabezar una monarquía teocrática y católica universal, pero delegaría su ambición al brazo ejecutor secular de un emperador, Pipino el breve, fundador de la dinastía carolingia, al que coronó con el título de emperador del “Sacro Imperio Romano Germánico”. En otras palabras, no renunciaba a sus ambiciones políticas, pero las compartía con la nobleza y se mezcló en sus interminables guerras dinásticas.

El revés de la Ilustración

Tras la caída de Constantinopla los griegos exiliados en Italia difundieron las ideas artísticas y filosóficas de la Grecia antigua, y propiciaron el Renacimiento europeo, poniendo en cuestión la veracidad de los dogmas católicos, sobre los que se fundamentaba su histórica ambición política. Los escolásticos fueron refutados y la razón empezaba a dominar al espíritu.

Tras un siglo de idealismo de la escuela cartesiana favorable a las tesis católicas, que justificaban su intromisión en la política, llegaron los filósofos materialistas de la Ilustración, como Bacon, Locke Condillac, Hobbes o Hume, en su mayoría grandes teólogos, seguidos de geniales literatos y sociólogos, como Voltaire o Rousseau, y entre todos denunciaron la intromisión histórica de esta iglesia en la política.

Este movimiento racionalista no era contra Dios ni contra Jesucristo, pues ninguno de estos filósofos se declaró abiertamente ateo, sino contra la perversión y manipulación de las conciencias en beneficio de los intereses políticos, y ya también económicos, de la Iglesia católica. Cuando estalló la Revolución francesa la plebe simplificó el mensaje, haciendo a esta Iglesia culpable de todos sus males. Tuvo que ser Napoleón quien pusiera fin a estos desmanes a cambio de contar con la presencia del papa Pío VII en su coronación, pues se coronó a sí mismo.

Cruzadas por la religión y la fe

A partir del siglo XIX la Iglesia católica empezó a perder feligreses en aquellos países más cultos e ilustrados, que adoptaron regímenes políticos parlamentarios, y se aferró desesperadamente a los más pobres y gobernados por dictadores, apoyando sus guerras fraticidas, como las dos últimas guerras civiles españolas, en especial la carlista, con el eufemismo de ser “Cruzadas por la religión y la fe”. El pueblo oprimido volvió a ensañarse con el clero y sus iglesias.

Finalmente, esta Iglesia, acorralada por el creciente laicismo que lleva consigo la elevación cultural, el desarrollo de las ciencias, la democracia y el pragmatismo social, se ha visto incapaz de adaptar sus dogmas a la realidad. Pero a pesar de todo parece que persiste en su viejo sueño político de una monarquía católica universal, aunque ya solo sean rescoldos de un sueño frustrado que no se puede reanimar.

La conciencia personal debe decidir lo que es moral

Cuestiones como el aborto, los anticonceptivos o la homosexualidad, cuando se trata de otorgar derechos civiles son una cuestión política con implicaciones morales, ¡pero política al fin!, y la Iglesia católica como institución no debe intervenir, sino dejar que sean los creyentes quienes libremente, y a través de sus representantes políticos, decidan lo que su sentido moral les dice que se debe legislar.

No se trata de pedir que el clero vuelva a las antiguas normas de las órdenes monacales, pero sí, y acorde con su propia doctrina, que muestre algo más de ejemplaridad. Se trata simplemente de que la Iglesia se abstenga escrupulosamente de inmiscuirse en la política y se limite a difundir el mensaje moral de las enseñanzas de Jesucristo a quienes la quieran escuchar. Y con esto cumple sobradamente con su histórica misión, la misma que se impuso San Pedro, su fundador.

 

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