blog de Jaime Despree
YO
Encuentrame en twitter
Encuentrame en facebook ×
La soledad no era esto

¿Cómo puede presidir el jurado del premio Alfaguara alguien que ha escrito esto?:

«Elena estaba depilándose las piernas en el cuarto de baño cuando sonó el teléfono y le comunicaron que su madre acababa de morir. Miró el reloj instintivamente y procuró retener la hora en la cabeza; las seis y media de la tarde. Aunque los días habían comenzado a alargar, era casi de noche por efecto de unas nubes que desde el mediodía se habían ido colocando en forma de techo sobre la ciudad. La mejor hora de la tarde para irse de este mundo, pensó cogida al teléfono mientras escuchaba a su marido que, desde el otro lado de la línea, intentaba resultar eficaz y cariñoso al mismo tiempo.»

¡Por qué estos escritores españoles de la Transición eran como eran! No tengo ni idea de dónde surgen sus «raíces»; cuáles fueron sus escuelas y sus maestros. Desde luego que no tienen ni la más remota vinculación con nuestros clásicos. Sospecho que se ven más como fruto de «existencialismo» de Jean Paul Sartre, por su acritud y violencia verbal. Por tanto, creo que su lectura de cabecera debió ser «La náusea». Se olvidaron de don Miguel, de don Pío, de don Antonio o de don Ramón, tal vez porque les parecían «superados» y no encajaba en los gustos de estos «progres» de la «gauche divine» de los años setenta, hijos ilegales de «El País», sin abuelos ni antepasados reconocibles. De no ser así; si tuvieran la mínima sangre en las venas de algunos de nuestros clásicos nacionales, ¡no hubieran escrito como lo hicieron! No sólo la mayoría «no saben escribir en absoluto», sino que los que tal vez sepan no quieren saberlo y lo hacen mal a propósito para provocar.

Vemos en este primer párrafo que el autor ha decidido que la protagonista se esté depilando (en el baño) cuando recibe la noticia de la muerte de su madre, que igual hubiera sido la de una tía abuela del pueblo, o del gato de la vecina. El autor no sabe, ¡o no quiere saber!, que todo en una novela es «significativo» y que esta primera imagen de la hija que se entera de la muerte de su madre mientras se depila va a pesar como un losa en el transcurso de la novela, porque, lo quiera o no el autor, tiene una tremenda significación. Por fríos y desalmados que sean los lectores, estos tienen moralmente asumido que ante una madre moribunda las hijas, sobre todo, suelen estar cerca de la madre, cuando no junto a su lecho. Los hijos es más corriente que por sus ocupaciones o por lo que sea estén ausentes. Pero casi no se muere una sola madre sin tener a su hija a los pies de su cama. Esta imagen de una hija que se depila tranquilamente cuando recibe la noticia de su madre basta para producir una tremenda impresión de impiedad o «nausea», de la escuela existencialista de Sartre. 

Pero, no sólo eso, sino que la reacción es seguir depilándose como si nada, porque el autor no dice que dejara de hacerlo. ¡No iba a dejar su depilación a medias! Tampoco nos dice qué método de depilación utiliza, si a la cera, con máquina de depilar u otros medios, que ni conozco ni estoy interesado en conocer.

Después, como si fuera un animal, «mira instintivamente el reloj». Es, sobre todo, una mujer que se mueve por instintos. Pero debe tener la profesión de juez de paz, porque intenta retener la hora en que le comunican la muerte de su madre: «las seis y media de la tarde». Hasta este momento el lector tiene claro que la mujer «ni se inmuta», porque madres se mueren cada día en todas partes y, al parecer, no es un suceso tan extraordinario ni original. El insensible autor deja al lector con tres palmos de narices, y sin que sepa si la mujer siente la muerte de su madre o no la siente, pasa a otra oración, que, en rigor, debería de constituir un nuevo párrafo, porque, al menos al principio, se refiere a algo que no tiene relación con la noticia de la muerte de la madre propiamente dicha. Es decir, la noticia y la reacción la resuelve en cinco líneas, después, tranquila y escalofriantemente, pasa a hablar de los días que se alargan. Pero, ¡atención a la oración!:

«Aunque los días habían comenzado a alargar», creo que para ser correcta le falta el «se», es decir, «alargarse». Sugiere la idea de días de chicle que se alargan cuando los estiras.

No me siento ya con humor para corregir esta oración con mi propia versión porque estamos ante un caso tan patético y triste que ni siquiera es capaz de sugerirme algún chascarrillo con que animar la lectura. ¡Es simplemente patético! La oración termina con un predicado de imposible lectura: «era casi de noche por efecto de unas nubes que desde el medio día se habían ido colocando en forma de techo sobre la ciudad.» Esas «unas» nubes tienen forma de techo y causan el efecto de la «casi-noche»… Pero, eso sí, la «nausea» general del párrafo tiene su final filosófico: «La mejor hora de la tarde para irse de este mundo» (¡¿?!) ¿Quién le ha soplado semejante valoración, señor Millás? ¿A qué viene tanta incongruencia e impiedad en tan poco texto? ¡Que está hablando de la muerte de una madre! ¿Por qué la media tarde es mejor o peor que otras horas para morirse? ¿Qué clase de monstruo es ese personaje suyo que todo lo que se le ocurre pensar cuando le comunican la muerte de su madre, mientras se depila tranquilamente, es que la madre había tenido un gran acierto al morirse en aquella precisa hora de la tarde?

Francamente me resulta imposible hacerme ni la más somera idea de lo que podría pasar por la mente de este autor cuando escribió este primer párrafo. ¡Tanta impiedad y frialdad no es posible ni aunque lo pensara el mismo Sartre! La única conclusión a la que puedo llegar, porque ya me siento abrumado y hasta desconsolado, es que desde luego no debo pensar más en este libro ni en su autor, porque no es una novela ni él es un escritor. Y esta vez es tan abrumador y evidente que casi resulta doloroso. Sobre todo por la impiedad del párrafo. Lucía Etxebarría, como veremos después, también comete la falta de sensibilidad de unir con una conjunción copulativa «Madre y prostituta», pero ¡al menos no la mata de forma tan despiadada y ya en el primer párrafo!

Pero todavía cabe una última reflexión acerca de su técnica narrativa. Si ya resulta intolerable resumir la muerte de una madre en cuatro líneas, resulta que en rigor todavía le sobran al menos tres!

  1. ¿Por qué decir que está en el baño? ¿Dónde se suelen depilar las mujeres?, ¿en la cocina? Bastaría con decir «Se estaba depilando», ¡y punto!
  2. ¿Por qué mirar «instintivamente» como si fuera un animal? ¿Por qué no decir simplemente «Miró el reloj»?, ¡y punto!
  3. ¿Para qué queremos saber que eran las seis y media?

¡Ni es necesario que mire instintivamente el reloj ni nos importa un pepino la hora que era!

4. ¿Por qué las nubes que se formaban lo hacían en forma de techo? Bastaría con decir «Se había nublado», ¡y punto!

5. ¿Por qué «Aunque»? Bastaría con decir: «Los días eran más largos…», ¡y punto!

6. ¿Por qué decir que las seis y media es la mejor hora para morirse? ¡Todas son malas horas para morirse!

7. ¿Por qué una mujer tan poco sensible y torpe pensaba, escuchaba al marido y se depilaba al mismo tiempo? ¡Sobra!

8. ¿Por qué nos dice que el marido estaba al otro lado de la línea? ¿Y dónde va a estar si está hablando por teléfono? ¡Sobra!

9. ¿Qué quiere decir eso de «eficaz» a la hora de comunicar la noticia de la muerte de la suegra? ¿Dónde estaba el marido? ¿Dónde estaba la suegra muerta? ¿Por qué quería ser cariñoso con una mujer tan despiadada, si no es un relato de amor? ¡Todo sobra!

Con gran esfuerzo, rehago la frase y se la reescribo con la esperanza de que nunca sea utilizada y que jamás se cometa la atrocidad de reeditar esta nueva «novela-basura» de la editorial Destino:

«Era media tarde cuando sonó el teléfono. Elena lo descolgó y su marido le comunicó que su madre acababa de morir».

¡Tres líneas para decir exactamente lo mismo, pero claro y simple!

No soy partidario de destruir libros y seguramente que este arrebato es injusto, pero a veces uno no sabe ya si no será cuestión de ser menos tolerante y liberal y admitir la posibilidad de quemar alguno que otro libro de vez en cuando. ¡Por ejemplo, este... premio Nadal!

 

Yo y mi pelea con el alemán
60 LECTURAS
El escritor y su circunstancia
17 LECTURAS
La literatura: Otra víctima de los excesos del capitalismo
61 LECTURAS
Así se destruyó la novela en España
64 LECTURAS
El Halloween de la literatura nacional
75 LECTURAS
La soledad no era esto
104 LECTURAS
Premio Planeta: la muerte de la novela
110 LECTURAS
¿Pero quién diablos soy yo?
254 LECTURAS
La vida: Instrucciones para su uso
96 LECTURAS
La guerra de la seducción
187 LECTURAS
La Iglesia Católica y su sueño político frustrado
160 LECTURAS
La filosofía de cada día
308 LECTURAS
Las 10 claves de una crisis anunciada
124 LECTURAS
La imaginación de las plantas
171 LECTURAS
¿Tiene futuro la Unión Europea?
69 LECTURAS
Filosofía de la soledad
63 LECTURAS