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25.12.2018
¿Qué es y para que sirve la filosofía?
El filósofo francés Blaise Pascal no era lo que se dice un fanático de la filosofía. Al contrario, llegó a detestarla, porque le parecía inútil e inservible. Pese a que él mismo fue un filósofo, son suyas estas lapidarias frases en contra de la filosofía: «La razón obra con lentitud, y con tantas miras, sobre tantos principios, que a cada momento se adormece o extravía. La pasión obra en un instante», «No daría ni una hora de mi tiempo por toda la filosofía que se ha escrito en el mundo».

Lamentablemente Pascal tenía sus razones para repudiarla, porque la filosofía depende absolutamente del lenguaje y, a pesar de los esfuerzos de filólogos, filósofos y escritores, el lenguaje no es precisamente una ciencia exacta, y las lenguas siguen teniendo conceptos con significados ambiguos y en ocasiones contradictorios, o con múltiples significados para un solo concepto. 

En muchos casos es imposible establecer los límites de una idea, como por ejemplo, ¿cuáles son las medidas exactas para determinar qué es un océano y qué es un mar? Sin embargo lo que Pascal debió preguntarse antes de lanzar sus furibundas críticas, es por qué hemos creado el lenguaje, puesto que sin él no hubiera sido posible la filosofía. 

Cualquier animal sabe distinguir las cosas por la mera experiencia; sabe cuándo es de día o de noche; qué es el frío y el calor; lo que es dañino y lo que no, etc. Nosotros también. Sin embargo, y a pesar que con la experiencia y la memoria podríamos llegar a conocer infinidad de cosas y de sensaciones, hemos creado un sistema de sonidos y signos para identificarlas y representarlas; es decir, hemos creado una realidad paralela contenida en esas voces y signos que pretenden representar fielmente la realidad física de donde provienen.

¿Por qué hemos creado el lenguaje? Simplemente porque pretendíamos que con el lenguaje teníamos más facilidad para comunicarnos y la evolución hizo el resto. De los sonidos guturales a los sonidos vocales hay una gran diferencia en cuanto a capacidad de comunicación, y ese fue el estímulo que impulsó la evolución biológica hasta que fue posible articular vocablos, para lo que pasaron unos cuantos millones de años.

Pero a medida de que fuimos capaces de articular vocablos para identificar las cosas, fuimos siendo más y más dependientes de esas primeras palabras, que en sus inicios solo representaban lo «sustancial» de las cosas; es decir, los «sustantivos», pero carecíamos de verbos, adjetivos o cualquier otro predicado. 

A medida de que se fue ampliando el número de palabras, el lenguaje fue haciéndose más complejo y aparecieron los verbos, que expresaban acción, los adjetivos, sobre sus características, valores o atributos, y llegó un momento en que pudios desarrollar un complejo sistema de sonidos (más tarde signos con la invención de la escritura) capaces de expresar ideas complejas, y una idea global de la realidad según la concebíamos.

Pero este desarrollo del lenguaje llevaba implícito algo que no tuvimos obviamente en consideración: la posibilidad de «especular» sobre el significado de lo que concebíamos, y una de las primeras preguntas que fuimos capaces de formular debió ser: ¿Quién ha podido crear las cosas que vemos y concebimos? Es decir, surgió la «duda», y con ella las diversas respuestas que el propio lenguaje nos permitía responder. 

Cuanto más complejo se hacía el lenguaje más complejas y variadas eran las preguntas y más difíciles eran las respuestas. Llegó un momento en que esa complejidad fue tal que ya no nos preguntábamos por las causas de las cosas, sino por quién y cómo hacía las preguntas; es decir, dejamos de interesarnos por la «física» e inventamos la «metafísica», que superó la mera experiencia para caer en una abstracción que empezaba y terminaba en el pensamiento, sin trascender a la realidad observable.

Así fue necesario crear nuevos vocablos, como «mente», «consciencia», «ser», «ente», «existencia», «objeto», «sujeto» y otras muchas más desvinculadas de las cosas reales. Con la metafísica creamos un nuevo mundo que se desarrollaba enteramente en la actividad de la mente; es decir, en el pensamiento, ¡que es precisamente el lenguaje propio de la filosofía!

Desde Parménides, el primer filósofo que se ocupa de la metafísica, la filosofía ha ampliado su ámbito de estudio, pero no debe trascender del ámbito del pensamiento, y estar fundamentada en el significado de las voces del lenguaje en que se expresa; es decir, la filosofía nunca debe ocuparse de la realidad física experimentable, sino de la realidad que puede ser expresada con la especulación metafísica, o lo que es lo mismo, nunca debe ser un pensamiento vinculado de la realidad aparente. 

Pero para muchos filósofos posteriores esta desvinculación de la realidad no era tolerable y debía estar vinculada a la realidad física. Otros, empezando por Platón, creyeron que la especulación metafísica, no solo debía desvincularse de la realidad física, sino que era la «verdadera realidad», y la física era la «falsa realidad», porque era mudable e inconstante. Con ello creó el mundo abstracto de las ideas; es decir, nació el «idealismo», que consiste en hacer que las ideas precedan a los hechos, poniendo así el mundo del «ser de las cosas» por encima del mundo de las «cosas mismas».

Desde entonces la filosofía no ha avanzado en lo esencial, pues seguimos especulando si debemos considerar las ideas por encima de la experiencia o viceversa, o lo que es lo mismo, si debemos tener una visión del mundo basado en las ideas (idealismo), o en la experiencia (materialismo). 

En mi opinión, la filosofía en lo esencial termina en Aristóteles, porque este es el primer filósofo que plantea el dilema, y desde entonces no hemos superado esta controversia, y seguimos divididos entre los que consideramos que el mundo no avanza sin nuevas ideas (metafísica) y los que creen que avanza con solo con nuevos experimentos (física). 

 

 

 

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