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24.08.2018
¿Pero quién diablos soy yo?

Nadie peor que yo mismo para hablar de mí mismo. Seguramente que mentiré.

Soy escritor, por tanto mi trabajo consiste en contar mentiras, pero entretenidas.

Yo quería ser escritor desde los 18 años, porque me creía con talento e imaginación como para ganar el premio Nobel a los 40 años. ¿Por qué el Nobel? ¡Porque yo quería ser el mejor!

Como no me conformaba con ser una mediocridad, mi plan de triunfo consistía en leer los mejores escritores de mi tiempo y ¡superarlos! Los nacionales eran tan malos que hasta me decepcionó que me lo pusieran tan fácil. Pero un mal día cayó en mis manos el “Ulises” del retorcido James Joice, y mi carrera de escritor triunfador se interrumpió bruscamente. Yo nunca sería capaz de escribir un libro como aquel, y si no podía ser el mejor, no valía la pena continuar. ¡Adiós al Nobel, al éxito, a la popularidad y al dinero!

Retomé mi profesión de periodista independiente y viajé por el mundo, escribiendo sobre todo lo que llamaba mi atención. Londres, París, Berlín, Copenhague, El Salvador, San Francisco, Los Ángeles y, finalmente, puse fin a mi carrera periodística trabajando en la casa de todos, las Naciones Unidas de Nueva York. ¡El periodismo me había decepcionado, porque nunca sabemos la verdad de lo que ocurre en el mundo, y lo único que hacemos es confundir las cosas más de lo que ya están!

Como no tenía nada mejor que hacer, me acordé de que quería ser escritor, y volví a verme enredado en historias que nunca han existido ni existirán; es decir, volver a contar mentiras.

Pero yo ya no era el mismo, no me interesaba ni la fama ni los halagos ni siquiera el dinero. Lo único que deseaba era conservar mi libertad. Todos esos viajes me habían demostrado que para ser libre es necesario huir de cualquier actividad pública, y toda mi vida había sido una permanente lucha contra quienes trataban de esclavizarme, con tentadoras ofertas de empleo magníficamente remuneradas, propuestas de matrimonio con mujeres encantadoras y sensatas, o amistades que se creían con derecho a inmiscuirse en tu vida privada.

Los últimos años los he vivido en Berlín, ciudad que se entiende perfectamente conmigo, aislado del mundo, entregado a escribir novelas para mi propia satisfacción personal y, sobre todo, a pensar en el propio pensamiento y sus reglas; es decir, en la filosofía.

Pero casi sin darme cuenta me veo ante un espejo y no me cabe la menor duda de que ya soy un anciano (la foto es obviamente antigua), y ya no me quedan más puentes que cruzar, tan solo uno, el que lleva a la orilla de la muerte.

Creo en la transmigración y que mi espíritu pasará a un nuevo ser humano, por eso quiero dejar este mundo con mi alma en mejor estado de como la encontré. En estos momentos este es mi único interés. No me preocupa perder mi libertad, porque ya tiene para mí poca utilidad. Ahora puedo publicar mis obras y permitir que asalten mi privacidad, empezando por todo lo que bajo de “Google Play” hasta los decenas de perfiles que he ido dejando olvidados en Internet. No me importa publicar, y por tanto, ser del dominio público. Ahora todo eso ya no me preocupa, ¡lo que ahora está en juego es mi salvación!