JAIME DESPREE Nina y Nano Historia de dos músicos Estimado lector/a, si te gustan estos primeros capítulos, puedes leer ahora mismo el resto bajando el ebook en Amazon. ¡Gracias!
251 páginas | eBook: 3,99 € | Libro: 10,24 €

PRIMERA PARTE: EL ENCUENTRO 1. El viaje Nina no prestaba atención a lo que le decía su madre. Hacía más de una hora que viajaban en automóvil por la autopista del sur en dirección a una pequeña localidad costera, donde tenían previsto pasar dos semanas de las vacaciones de verano. Contemplaba distraída los verdes y extensos viñedos que iban dejando rápidamente atrás, al otro lado de la autopista. Le llamaba la atención la perfecta alineación de las plantas, donde ya deberían crecer grandes racimos de uvas, pero que todavía no estarían en la madurez necesaria para la vendimia. También llamaban su atención los grandes caseríos que

albergaban las bodegas y las suntuosas residencias de los propietarios de los extensos viñedos, que envidiaba, porque a ella le hubiera gustado vivir en uno de aquellos grandes caseríos. Otras veces levantaba la vista y contemplaba extasiada los caprichosos cúmulos de nubes blancas que formaban figuras que ella trataba de identificar, como un gran elefante, un ángel, un ovni o un gigante de cuerpo blanco y voluminoso. Su madre intentaba en vano que le prestara atención porque Nina no deseaba hacer aquel viaje y no quería escuchar sus argumentos para justificarlo. Los extensos viñedos no parecían tener fin. A intervalos, se abrían algunos claros, sembrados con otro..s cultivos, o surgían frondosas arboledas de pinos mediterráneos. Otras veces se abrían caminos que conducían a las mansiones, con los márgenes limitados por estilizados cipreses, milimétricamente separados unos de otros, que daban acogedora sombra a los que circulasen o caminasen por ellos.

Hacia el mediodía lucía un sol radiante y las sombras que causaba el frondoso follaje de los árboles caían en vertical sobre el suelo. De vez cuando cruzaban el cielo bandadas de palomas torcaces, perseguidas por algún halcón. Sobre las copas de los erguidos cipreses se posaban bandadas de ruidosos cuervos, inquietos, pasando de un ciprés a otro, en una interminable lucha territorial. —Nina, hija, estás distraída y no me prestas atención. —¡Es que no me interesa lo que me estás diciendo! —Mi madre me hubiera dado una bofetada si le hubiera contestado de ese modo. Ni,na no podía sentir respeto por su madre, porque creía que no se comportaba como una responsable madre, sino como una niña caprichosa que hacía lo que le venía en gana, sin tener en cuenta su opinión. —¡Mi abuela no hubiera hecho este viaje! —respondió Nina con una expresión airada.

—¡Tu abuela vive en otro siglo! Nina le pareció que aquella respuesta no tenía sentido, porque en todos los siglos las madres son iguales. —¡Pues yo me quedo con el siglo de los abuelos! —Pero ¿qué hay de extraño que pasemos dos semanas en la playa? —Nada. Pero no vas por la playa, sino para reunirte con un hombre ¡que está casado! —Es muy desgraciado en su matrimonio, pero su mujer no le quiere conceder el divorcio. Puede decirse que están separados. ¿qué hay de malo que sea su amigo? —¡Di más bien su amante, y además tu jefe! —¡Nina, eres muy cruel con tu madre! Me censuras cosas que tú no puedes entender! No hay que avergonzarse por tener relaciones con un hombre. ¡Soy una mujer libre y adulta! —¡Eres una mujer divorciada! —¿Y cuál es la diferencia?

—¡Creo que todavía le debes un respeto a papá! Para Nina el divorcio era tan solo una separación, pero no una ruptura. —¿Entonces, por qué nos divorciamos? —¿A mí me lo preguntas? ¡Yo no lo sé! —Nina, ¡tu padre es la persona más aburrida del planeta! —A mí no me lo parece... —Ya sé que tú quieres a tu padre más que a mí. Pero algún día lo entenderás. Los años pasan volando, ¡y la juventud en un suspiro! Con tus quince años no tienes ni idea lo que se siente cuando te ves en el espejo y empiezas a no reconocer la imagen que aparece al otro lado. Tengo 42 años. Antes de que me dé cuenta habré cumplido los 50 y entonces ya no tendremos necesidad de hacer estos viajes, porque no habrá ningún hombre con el que reunirme... Algún día lo entenderás... Nina se sentía violenta y triste a la vez. Deseaba mantener una

buena relación con su madre, pero le exasperaba su manera de comportarse, que ella, con solo 15 años y poca experiencia de la vida, le parecía irresponsable. Nina trató de imaginarse a sí misma veinte o treinta años más vieja. Posiblemente tendría el mismo aspecto que su madre: flacidez en los brazos, ligera papada, algo de celulitis en las caderas, los senos flácidos y caídos, algunos michelines en la cintura. Sí, su madre llevaba razón, debía ser muy doloroso envejecer con todos esos síntomas. Pero eso no era suficiente para justificar su comportamiento. «Todo el mundo envejece —pensó sin apartar la vista del paisaje que iban dejando atrás—, pero no se comportan como ella». Los viñedos habían desaparecido del paisaje y empezaban a verse extensos campos de naranjos y limoneros. También estos árboles guardaban una perfecta alineación sobre el terreno. Habían dejado atrás varias de las ciudades de turismo más populares del país. El

paisaje rural de casas de campo diseminadas se hacía más denso, y desde la autopista se podían divisar numerosas pequeñas poblaciones rodeadas de campos de naranjos, pero también de otra clase de árboles frutales adaptados a zonas cálidas, como aguacates y mangos. Nina estaba cansada y acalorada, pero no servía de nada abrir la ventanilla, porque el aire, procedente del desierto del norte de África, era tan tórrido y seco que ardía en la piel. —¡Estoy cansada, sedienta y hambrienta! —protestó Nina—. ¿Podemos parar en la próxima área de servicio para refrescarnos y comer algo? A pocos kilómetros de distancia encontraron un área de servicio. Aparcaron el recalentado automóvil y, todavía entumecidas por varias horas de inactividad, entraron en el restaurante. Nina eligió el plato del día: pescado fresco del mar de la zona y su madre solo una sencilla ensalada. Tomaron asiento junto a los ventanales desde donde se divisaba el denso tráfico de la autopista. —¿Está fresco el pescado? —preguntó la madre para romper el

silencio. Nina asintió con un leve movimiento afirmativo de cabeza. —Sé que te gusta más el pescado que la carne. Donde vamos disfrutarás de las más deliciosas parrilladas de pescado de este país. Nina comprendió que su madre deseaba retomar el tema del que habían intentado hablar durante el viaje. —Nina, pasado mañana se reunirá con nosotras mi jefe. —¡Tu amante! —¡Sí, sí; mi amante! Pero solo se quedará tres o cuatro días. —¿En nuestro mismo apartamento? —¡Claro! ¿Crees que yo podría pagar un apartamento al borde del mar en una de las zonas turísticas más caras del este país? —Entonces, ¿lo ha pagado él? —Sí. —¡Y, claro, te tienes que acostarte con él!

—¿Por qué te empeñas en martirizarme? ¿No podrías ser un poco más comprensiva y evitar decirme las cosas con tanta dureza? Nina sintió que, en efecto, había sido muy dura con su madre, pero su comportamiento era intolerable. No obstante se disculpó. —¡Perdona, mamá! —Bueno, está bien, pero tienes que comprender las cosas y ser menos quisquillosa, por no decir ¡puritana! Tú quieres ser una gran cantante, ¿quién crees que paga tus clases de música? Con mi sueldo apenas nos llega para comer, vestirnos y pagar el alquiler. Sí, es verdad, me acuesto con él, porque los extras los pagan también él. ¡Todo el mundo se acuesta con todo el mundo! ¿Que hay de malo en hacer el amor cuando se tiene mi edad y se es una mujer libre? Comprendo que tú veas las cosas de otra manera, y me alegro de que sea así, pero no seas tan ligera juzgando a tu madre, solo porque sabe cómo conseguir todo lo que las dos necesitamos. Nina escuchaba a su madre, pero no podía estar de acuerdo. Para ella

no había justificación para acostarse con un chico si no estaba enamorada. Pero no quería contradecirla y la dejaba hablar sin interrumpirla. —Cuando yo tenía tu edad era como tú, además de que eran otros tiempos. Las mujeres no podíamos hace nada sin el consentimiento de los hombres. No teníamos libertad ni podíamos tomar la iniciativa en nada. ¡Todo era pecado! Con quince años todavía llevábamos calcetines blancos y era de fulanas llevar pantalones. Ahora os podéis vestir como os dé la gana, sois libres de tomar la iniciativa y nadie os pregunta si sois o no vírgenes, porque ya no tiene importancia. ¿Te gustaría que volvieran aquellos tiempos? Nina hizo un leve gesto de negación con la cabeza. —¡No, claro que no! Por eso yo no encuentro mal que si dos personas se gustan y se desean hagan el amor sin necesidad de que se prometan amor eterno. Tú eres libre de pensar de otra manera, pero al menos, respeta mi manera de pensar y no me juzgues a la ligera.

La madre parecía dudar de lo que deseaba decir a continuación a su confundida hija, pero era necesario que lo supiera. —Nina, como estaremos todo juntos en el apartamento tenemos que hacer algo para que sepas cuándo debes o no entrar. Yo pondré la toalla de baño roja en la barandilla de la terraza para que sepas cuando debes esperar en la playa, y cuando no esté ya podrás entrar. ¿Estás de acuerdo, Nina? A Nina le pareció intolerable aquel indecente sistema, pero por nada del mundo deseaba sorprender a su madre en la cama con un hombre, así es que asintió con una enérgica respuesta, que dejaba claro su malestar. —¡Sí, mamá, estoy de acuerdo! —Bueno, es hora de seguir el viaje, aún nos quedan muchos kilómetros, y no quisiera llegar muy tarde. Las dos mujeres se reincorporaron a la autopista y prosiguieron el

sin que ninguna de ellas rompiera el tenso silencio creado por la conversación del restaurante. Ahora el paisaje había vuelto a cambiar, y eran abundantes los palmerales y había pocos espacios que no estuvieran urbanizados. Sobre suaves lomas surgían infinidad de casas de veraneo, con amplios jardines bien cuidados, en muchos casos, con refrescantes piscinas. El crepúsculo enrojecía las nubes mientras el sol se hundía en el horizonte, liberando el ambiente de su sofocante influencia. A pocos kilómetros de su destino, salieron de la autopista y circulaban por una angosta carretera, a cuyos lados se veía un mar de plástico de cientos de invernaderos, debajo de los cuales maduraban con urgencia hortalizas que invadirían los supermercados del norte de Europa. Era frecuente encontrarse con trabajadores de los invernaderos, de aspecto árabe, caminar por los arcenes de la carretera, o montados en destartaladas bicicletas, por lo que

conducir por aquellas carreteras era un peligro constante. Por fin remontaron una suave loma desde donde divisaron la población de su destino. Ya lucían las escasas farolas callejeras, y una brillante luna llena iluminaba la pequeña bahía en donde se asentaban una línea de apartamentos a escasos metros de la playa. Sobre la ladera por donde descendían había espectaculares casas de veraneo, muchas de las cuales estaban iluminadas y sus afortunados residentes, descansaba indolentes sobre tumbonas en sus amplias terrazas. Las dos mujeres se sintieron aliviadas y admiradas de la belleza del lugar elegido, pero cada una tenía una causa diferente. —¡Qué maravilla de pueblo! ¡Vamos a intentar disfrutar de este precioso lugar sin complicarnos la vida! ¿Vale, Nina? Nina no contestó, porque no compartía el mismo

entusiasmo que su madre por las expectativas de unas vacaciones inolvidables, pero también se sintió sobrecogida por la belleza del paisaje. El pueblo, ahora dedicado en exclusiva al turismo, había sido una insignificante aldea dedicada enteramente a la pesca, porque el terreno era demasiado reseco y árido como para permitir cualquier clase de cultivos. En sus laderas crecían chumberas silvestres, llegadas de México cinco siglos atrás, y que prosperaban con amenazante profusión por todo el terreno colindante. Cuando entraron en la calle principal, que moría en la misma playa, todavía estaban abiertos los dos restaurantes del lugar. Sus acogedoras terrazas, iluminadas con farolillos chinos, estaban ocupadas por relajados turistas y residentes de las mansiones de la ladera. La brillante luz de la luna llena, se reflejaba en una escarpada costa, al final de la playa, que se asemejaba a la gigantesca cabeza de un gigante surgido del mismo mar. En el horizonte se veía el destello de las luces de los faroles chinos que atraían a las valiosas agujas, de las pocas barcas de pesca que quedaban en el pueblo. A esas horas de la noche todavía permanecían algunos veraneantes

tendidos sobre la arena, contemplando aquel sobrecogedor paisaje, o el débil resplandor de unas estrellas ocultadas por la bruma que quedaba suspendida en el aire, tras un caluroso día de verano. Su apartamento estaba en la primera línea de mar, a pocos metros de una playa de arena dorada. Lo más destacado era la amplia terraza, con vistas directas sobre la playa y el inmenso mar, que se comunicaba con un amplio y luminoso salón a través de unas grandes puertas correderas acristaladas. La madre de Nina sugirió que un baño caliente les quitaría el cansancio del viaje y estarían en mejor estado para terminar aquel primer día de sus vacaciones cenando al aire libre en alguno de aquellos concurridos restaurantes. Pero Nina prefería una ducha rápida para irse a dormir lo antes posible. La madre aceptó su sugerencia y tras ducharse y cambiarse de ropa, acudieron al restaurante.

—¿Te sientes más animada ahora? ¿No es un lugar ideal para unas vacaciones? Mañana pasaremos todo el día en la playa, y almorzaremos una enorme y deliciosa parrillada de pescado. ¿No es eso lo que te gusta? Nina sabía que su madre intentaba complacerla para que aceptara la situación de la mejor manera posible, pero ella seguía creyendo que no serían unas vacaciones felices y no ocultaba su negativo estado de ánimo. —Para ti serán buenas, pero para mí no. Hubiera preferido haberme quedado con los abuelos. No sé por qué te empeñaste en que te acompañara. —¿Pero cómo puedes decir que no te sientes bien en un lugar como este? Soy tu madre, pero francamente, Nina, ¡no te entiendo! No conozco a nadie que no se muera de ganas por pasar unos días en este paraíso. ¿No te gusta la playa? Cuando tenías 10 años llorabas cuando llegaba el último día de las vacaciones, ¡y eso que íbamos a

unas playas horribles! —¡Estaba también papá! —¡Ya salió tu padre a relucir! ¿Es que nunca vas a aceptar que estamos divorciados? ¡Hay millones de matrimonios divorciados con hijas como tú en el mundo, y lo aceptan con resignación, ¡los padres no somos perfectos! Hija, dame una tregua, y disfrutemos de estas cortas vacaciones! ¿De acuerdo? —Lo intentaré. —Con eso me conformo. 2. El bikini A la mañana siguiente, Nina se despertó con los primeros rayos de un sol envuelto en una misteriosa bruma. El mar parecía una inmensa

balsa de aceite, y reflejaba el color violáceo del cielo. Nina se acomodó sobre una de las tumbonas de la terraza y contempló extasiada el lento clarear del cielo. En apenas media hora, el sol se había desprendido de la bruma y brillaba intensamente. El cielo fue tornándose más azul y el mar recobraba su color azul turquesa. El frescor del amanecer se transformó en un calor húmedo que se dejaba sentir en la piel. Permaneció concentrada en la contemplación de aquella sublime metamorfosis de todos los amaneceres, hasta que un extraño ruido la arrancó de su ensoñación. Se levantó contrariada y se asomó sobre la barandilla de la terraza para encontrar al causante de aquel inoportuno ruido. Era el encargado de las tumbonas, que las desplegaba con gran agilidad y destreza sobre la playa. En pocos minutos armó un gran número de hamacas a lo largo del espacio reservado de la playa. Nina lo observó fascinada por su destreza. Era un joven no mucho mayor que ella, vestido con una camiseta con

el logotipo de la localidad y unas bermudas que dejaban ver sus morenas y musculosas piernas. Se cubría la cabeza con una gorra de visera, con el mismo logotipo, que ocultaba una larga cabellera de color castaño, posiblemente quemado por el sol, que le llegaba hasta los hombros. Cuando terminó de desplegar las hamacas, se acercó a donde Nina permanecía inmóvil, como si la visión de aquel joven la hubiera convertido en una estatua, porque guardaba las hamacas en un pequeño almacén situado debajo de su apartamento. Cuando estuvo prácticamente bajo su terraza, la mirada de Nina se encontró con la del joven, y pudo ver el color verde de sus ojos, que habían quedado momentáneamente fijos en los suyos. Cuando reaccionó quiso alejarse de la barandilla, pero su voluntad se negaba a obedecer, y permaneció inmóvil. El joven parecía también sorprendido, y se limitó a saludarla con exagerada formalidad. —¡Buenos días! ¿Eres nueva en esta playa? Nina se limitó a asentir con un gesto de cabeza.

—¡Bienvenida! Espero que pases una felices vacaciones con nosotros. Me llaman Nano, y tú, ¿puedo saber cómo te llamas? —¡Me llamo Nina! —¡Nina y Nano! ¡Qué curioso! Bueno Nina, encantado de conocerte. Si quieres usar una tumbona avísame. ¡Nos vemos...! Nina se limitó a hacerle un gesto de despedida con la mano, y volvió a recostarse sobre la hamaca. El verde turquesa del mar ganaba intensidad y al contemplarlo vio en su imaginación el color verde de los ojos del joven de las hamacas. «Son del color del mar» —pensó—. «Nano, que curiosa coincidencia», y se quedó dormida con una leve sonrisa en sus labios. Las barcas que durante la noche habían salido a la pesca de las agujas, regresaban a la playa y las varaban en el área reservada para los amarres. Los pescadores, curtidos por los vientos marinos, descargaban sus apreciadas capturas, que eran rodeadas por posibles compradores.

Los veraneantes más madrugadores se tendían ya sobre las hamacas y se protegían del sol embadurnándose con crema protectora con rutinarios movimientos, repetidos de la misma forma cada mañana. El restaurante abría también sus puertas y preparaba los desayunos de sus clientes habituales, que sentados en la terraza, esperaban pacientemente a que todo estuviera listo para servirles una estimulante taza de café. El ruido de los motores de las embarcaciones había vuelto a despertar a Nina, que permanecía tumbada sobre la hamaca sin pensar en nada. La imagen del chico de las hamacas se había disipado de su imaginación y ahora solo contemplaba distraída los acantilados que limitaban la pequeña bahía. Una bandada de ruidosas gaviotas había seguido a las embarcaciones pesqueras desde alta mar y se posaba sobre la playa, lanzando sus histéricos graznidos Su madre apareció también somnolienta en la amplia terraza, cubierta con una ligera bata de seda de un llamativo color fucsia, estampada

con caracteres chinos. Acercó una de las hamacas junto a la de Nina y se recostó como si pretendiera proseguir allí su sueño. —¿Con quién hablabas, Nina? —le preguntó, sin que estuviera interesada en una repuesta. —Con el chico de las hamacas. —Ah, bueno. Debe ser muy temprano; ¿No puedes dormir? —Quería ver el amanecer. Es sublime. Creo que hoy será un día muy caluroso. —Pues nos meteremos en el agua y no saldremos en todo el día... ¿Es guapo el chico de las hamacas? —¡Mamá! —¿He dicho algo malo? Solo te he preguntado si el chico era bien parecido. Ya tienes 15 años. A tu edad yo ya tenía novio. —No lo sé, no me he fijado. —¿Has estado hablando con él y no te has fijado? Nina, hija, me cuesta hacerte esta pregunta, pero creo que es necesario que te la

haga. Tal vez desconozca cómo eres en realidad y por eso encuentras extraño mi comportamiento...¡No serás lesbiana! —¿Te lo parezco? —¡Tu comportamiento me confunde! —¡No soy lesbiana! —Entonces, te has fijado en el joven de las hamacas. —Sí, me he fijado, ¡y es muy guapo! —¡Ahora hablamos el mismo idioma! —Yo no lo creo. El que reconozca que es guapo no quiere decir que quiera acostarme con él. ¡Es guapo y ya está! —Está bien, Nina, dejemos este tema de conversación. No he visto nada comestible en este apartamento, tendremos que desayunar en el restaurante. Pero iremos listas para ir después a la playa... No sé si me atreveré a ponerme el bikini. ¡Estoy hecha una facha! He engordado cinco kilos este invierno, y eso que he pasado hambre todo el año. Iremos a un sitio que no esté muy concurrido...

Las dos mujeres quedaron en silencio, cada una entregada a sus propios pensamientos sobre lo que esperaban de aquellas vacaciones. Para la madre de Nina era tan solo unos días de descanso, que aprovecharía para encontrarse con un hombre que le gustaba y con el que deseaba hacer el amor. Para Nina eran dos semanas de resignación en las que no esperaba gozar de ninguna diversión. Se preguntaba por qué su madre se había empeñado en que la acompañase. Cuando sus padres se divorciaron ella tenía solo 10 años, y el juez decidió que fuera la madre quien tuviera su custodia, porque en aquellos días el padre estaba desempleado, mientras que su madre tenía un buen empleo en una renombrada agencia de publicidad, donde era la secretaria particular del director. Cargo que había obtenido, más que por sus méritos, gracias a su relajada moralidad. La madre de Nina se probó el bikini antes de decidirse a ir a la playa y quedó horrorizada de su aspecto.

—¿Cómo voy a ir a la playa donde hay tanta gente con estas cartucheras y estos horribles michelines? ¡Estoy hecha un adefesio, no sé si quedarme en el apartamento y tomar aquí el sol! Nina creía que los lamentos de su madre sobre su físico eran reacciones histéricas, de una mujer incapaz de aceptar el paso del tiempo, y sus inevitables efectos en el deterioro físico. Las playas estaban llenas de mujeres de mediana edad que habían perdido su figura y no se comportaban de aquella histérica manera. —¡Mamá, tú no eres la única mujer con cartucheras y michelines de la playa, hay muchas peores que tú y no se avergüenzan de su cuerpo! —Hablas así porque tú no tienes este problema. ¡Ya te acordarás de tu madre cuando tengas mi edad! —Además, ¡que más te da si le gustas así a tu amante! —¿No habíamos acordado una tregua? —Sí, mamá, pero pon tú un poco de tu parte... —Bueno, está bien, Nina, ¡haya paz entre nosotras! Vamos a desayunar

y me resignaré a ser el hazmerreír de todos en la playa. Cuando las dos mujeres bajaron a la playa, numerosos veraneantes ocupaban ya las tumbonas que el joven Nano había desplegado sobre la playa horas antes. El sol recalentaba la arena de la playa, y una cálida brisa llegaba del mar, con sabor a salitre, que refrescaba como un bálsamo la piel. Nano vio llegar a las dos mujeres y se adelantó para ofrecerles dos de las pocas hamacas que aún quedaban desocupadas. —Buenos días, ¿quieren una tumbona? Hoy es un día de mucho calor, estarán mejor debajo de una sombrilla. Nina volvió a sentir la mirada de Nano, y a admirar el color de sus ojos, que había asociado al color del mar. La madre aceptó la oferta de Nano y se acomodaron en las hamacas debajo de unas amplias sombrillas de brezo, que les protegían de un sol cada vez más implacable y abrasador. —Creo, Nina, que hemos elegido el día más caluroso del verano para

nuestro primer día de vacaciones. Llevas razón, el chico de las tumbonas es muy guapo, y creo que le gustas, por la forma en que te miraba. Nina creyó que su madre le estaba incitando a que sedujera al joven, tal vez para que se pusiera en su lugar y fuera más tolerante con su conducta. —Nina, nunca me has hablado de tus relaciones con los chicos de tu edad. Ya tienes quince años, supongo que habrás tenido ya alguna aventura romántica. —No, mamá, no he tenido ninguna aventura romántica, como tú dices... —¿No has encontrado todavía ningún chico que te gusté? —Claro que sí, como todas las chicas, supongo, pero eso no quiere decir que deba tener una aventura con todos los chicos que me gustan. Su madre se había propuesto aprovechar aquellas vacaciones para conocer mejor a su hija, con quien apenas habían intercambiado

confidencias sobre un tema tan sensible y difícil de tratar, como era la sexualidad. Nina sabía prácticamente todo sobre su madre, pero ella no sabía nada sobre su hija. La siguiente pregunta fue más directa y personal. —Nina, si no quieres no me contestes, pero soy tu madre y debo hacerte esta pregunta: ¿Eres virgen todavía? Nina se ruborizó y se negó a contestar, porque no creía que a su madre le preocupase si ella era o no virgen. Al menos nunca se había preocupado por enseñarle todo lo que debía saber sobre el sexo. Ella lo aprendió por sí sola, con las confidencias de sus amigas y toda la información que se podía encontrar en la red Internet. —¿Eso te preocupa? ¡Es una novedad! —Está bien, no me contestes si no quieres, pero ¿no crees que deberíamos tener una charla de mujer a mujer...? —No es necesario, mamá, ya sé todo lo que se tiene que saber sobre el sexo. ¡Llegas un poco tarde!

—Lo siento. Sí, no soy una madre ideal... La llegada de Nano interrumpió aquella conversación entre madre hija. Llevaba una bandeja, sobre la que había dos vasos de plástico con zumos de frutas. Se acercó a Nina y se lo ofreció: —¡Regalo de la casa. Te refrescará un poco! Nina se sorprendió, pero aceptó el regalo. Su madre cambió una mirada de complicidad con ella y aceptó a su vez el vaso que le ofrecía Nano. —Eres muy amable, Nano, gracias —se limitó a decir la sorprendida Nina. —Soy el camarero del bar de las hamacas, si quieren algo solo tienen que llamarme. —Lo haremos, Nano. El joven esperaba que Nina comprendiera que desde que la conoció aquella misma mañana, se había sentido atraído por ella, y le diera alguna muestra de que era correspondido, pero Nina no le mostró el

mínimo afecto. La madre observaba a su hija sin atreverse a intervenir, y Nano volvió al bar decepcionado por la frialdad con la que había aceptado su regalo. —Si te comportas siempre así, serás una solterona amargada. ¿No podrías ser un poco más amable? —le comentó la madre decepcionada por el carácter huraño de su hija. —¡Desde luego que no te pareces en nada a mí! Nina pensó que de haber sido ese encuentro en otras circunstancias y sin la presencia de su madre, se hubiera mostrado más amable, pero allí no estaba de humor. Deseaba que su madre supiera que no aprobaba su conducta, y se mostraría de esa misma manera hasta el final de las vacaciones. Lo sentía por Nano, pero no estaba dispuesta a cambiar de actitud ni siquiera por él. Bebieron los zumos en silencio. Al medio día la brisa cambió de dirección, no provenía del mar sino del interior, recalentada en su tránsito por los parajes semidesérticos de los alrededores.

—¡Este calor es insoportable —se quejó la madre—. No sé si quieres bañarte conmigo, pero yo me voy a dar un chapuzón para quitarme este sofoco! Nina también se sentía agobiada por el calor y accedió a bañarse junto a su madre. Madre e hija entraron en el agua, salpicándose una a otra. Durante unos minutos el estímulo del baño hizo que Nina olvidase su propósito de mostrarse huraña y ambas mujeres se entregaron a inocentes juegos dentro del agua. Finalmente la madre sujetó a Nina con un abrazo para que dejara de salpicarla. Cuando la madre se dio cuenta de que abrazada a su hija, no pudo evitar un amargo comentario: —Nina ¿por qué no podemos ser buenas amigas? No te pido que me quieras, porque no puedo cambiar tus sentimientos hacia mí, solo te pido que me aceptes como soy y que no me juzgues, ¡porque nadie es perfecto! Nina se libró del abrazo de su madre y respondió con cierta

amargura: —¡Lo siento, mamá, pero también tú debes aceptarme a mí como soy, y no puedo justificar tu comportamiento! —Qué quieres que haga, ¿enterrarme en vida? ¿Olvidarme de que tengo un cuerpo? ¿Perder mi empleo? O, tal vez, ¿volver con tu padre? Nina no respondió, y se alejó de la madre nadando lentamente, en dirección opuesta a la playa. La madre empezó a alarmarse cuando vio que Nina seguía nadando alejándose peligrosamente de la costa. —¡Nina, no te alejes tanto— le gritó—. Vuelve, por favor. No seas imprudente! Pero Nina no parecía escucharla. Dejó de nadar y agitó los brazos, tal vez para saludarla, pero ella lo interpretó como si estuviera pidiendo ayuda. Nano había estado siguiendo los juegos entre madre e hija, y también creyó que Nina se encontraba en apuros, y vestido como estaba, se arrojó al agua y nadó vigorosamente hacia donde estaba Nina. Cuando llegó, Nina estaba relajada, flotando en el agua

sin el menor indicio de que estuviera en peligro. Nano le reprocho su comportamiento. —¡Has asustado a tu madre, creía que te estabas ahogando! Nina no respondió, pero nadó regresando a la playa, seguido de el decepcionado Nano. —¡Nina, no vuelvas a asustarme! —le reprochó su madre cuando estuvo junto a ella. Nano también estaba molesto y con las ropas mojadas por culpa de aquella falsa alarma. Para colmo algunos clientes estaban esperando sus encargos, que Nano había dejado de servir para aquel frustrado salvamento. Cuando regresó al bar, su jefe le reprendió severamente: —Nano, tu no eres el salvavidas de esta playa, sino el camarero de este bar, y has dejado de cumplir con tu obligación para salvar una joven que seguramente nada mejor que tú. Ve a atender a los clientes y que sea esta la última vez que abandonas tu trabajo.

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JAIME DESPREE Café Central Una historia sobre derechos humanos. Estimado lector/a, si te gustan estos primeros capítulos, puedes leer ahora mismo el resto bajando el ebook en Amazon. ¡Gracias!
170 páginas | eBook: 3,13 € | Libro: -

MI BARRIO Mi barrio es un pequeño mundo que tiene las dos cosas más apreciadas en una pequeña comunidad: un sencillo cementerio de barrio y una ruidosa escuela de primaria; aquí se juntan la muerte con la vida. El fúnebre silencio de sus tumbas es compensado por los gritos de entusiasmo del juego de los niños. Los muertos deben sentirse animados y bien acompañados. También tenemos un pequeño parque, donde crecen tres inmensas hayas milenarias, que resistieron los horrores de la guerra, y ahora dan cobijo a una variada clase de pájaros y dan su acogedora sombra a los ancianos, que consumen los últimos días contemplando con avidez estas imágenes de vida cuando están cercanos a la muerte. La mayoría de los vecinos que hemos superado los cuarenta años somos los mismos que éramos antes de la guerra, excepto los desgraciados

que murieron bajo los escombros, y nos conocemos desde hace ya muchos años. Ninguno de nosotros quiere hablar del pasado, ni recordar los hechos que nos llevaron a esta devastadora guerra. Es como si se nos hubiera borrado de la memoria todo lo sucedido hace solo dos décadas. Desde el final de la guerra, todos empezamos una nueva vida después del cataclismo bélico, pero ninguno ha podido realizar sus sueños de antes del gran holocausto. Las guerras matan los sueños, pero despiertan las conciencias. Ahora somos más sabios, pero más desdichados. Aunque modestos, hay suficientes comercios como para que no nos falte lo esencial. Yo abrí una modesta tienda de bisutería y baratijas de regalo, porque mi padre era joyero, pero en la guerra lo perdimos todo, y yo carecía de medios para seguir con el negocio familiar. La mayoría tienen largas listas de deudores, porque los años de posguerra han sido muy duros y han escaseado los buenos empleos. Quien puede permitírselo y quiere algo especial, tiene que ir a los grandes almacenes del centro.

El Café Central El barrio tiene una acogedora plaza con dos milenarios y robustos nogales, y media docena de tilos jóvenes, que plantamos después de la guerra. La plaza es un amplio espacio que tiene a cada uno de sus extremos las dos iglesias, pero el lugar más concurrido es sin duda el gran Café Central, donde casi a diario solemos acudir al finalizar la jornada de nuestros tediosos trabajos. El noble edificio donde está ubicado no sufrió milagrosamente daños de importancia durante la guerra y conserva su decoración original, al estilo de los grandes cafés del siglo pasado, para martirio de los camareros, que terminan agotados por las grandes distancias que tienen que recorrer. Es una gran sala, con innumerables mesas, y asientos corridos adosados a las paredes, tapizados de cuero descolorido y desgastado por tantos años de uso. Unos grandes espejos dan la sensación de ser

todavía más grande, que combinan con frescos de un corrupto Art-déco, tan popular en los años en que fue decorado. A pesar del nombre, influenciado sin duda por los grandes cafés franceses de la época, la bebida más habitual no es el café, sino la cerveza. Este nostálgico café ha sido el testigo silencioso de todos los grandes sucesos del barrio que marcaron nuestras vidas. En ese acogedor espacio compartimos nuestros, deseos, ideas o fantasías con nuestros entrañables amigos. Si en algún momento tenemos nostalgia del pasado, solo necesitamos volver al café Central para retroceder en el tiempo y revivir los años de dorada juventud.

PRESENTACIÓN DE LOS PERSONAJES La joven y bella María El personaje más admirado de esta historia es la encantadora y bellísima María. Yo solo espero a que pase por delante de mi bisutería para llenar de luz mi oscura vida. No tengo más aliciente en todo el tiempo que me ocupo de mi ruinoso negocio que su deseada presencia. Siempre que pasa por delante de mi modesta tienda de bisutería se detiene a contemplar las baratijas, que no pueden realzar más su belleza. Pero su coquetería natural le atrae hasta mi pequeño escaparate. Por alguna misteriosa razón, le seduce un collar de perlas de imitación y las gargantillas de fieltro negras. Pero ¿no es un sacrilegio ocultar ese precioso cuello?

María es hija de un modesto peluquero del barrio, viudo desde hace un año, y solo tiene a su bella hija para que se haga cargo de la casa. El padre es ya un anciano que debería de jubilarse, pero no tienen otro medio de vida que la peluquería. Desde luego que yo no me afeitaría en su barbería, porque ya no puede sujetar la navaja de afeitar sin que le tiemblen las manos. No sé cómo sobreviven, porque su barbería esta normalmente vacía. No creo que sus escasos clientes asiduos les permitan vivir decentemente. Supongo que debe confiar en que su bella hija encuentre un buen partido que les saque a ambos de la miseria. ¡Cuánto daría por ser yo ese privilegiado! Pero mi negocio no es menos ruinoso que el suyo. —María —me atrevo a decirle mientras ella no aparta su mirada del falso collar de perlas—, siempre que pasas por delante de mi tienda te detienes a contemplar ese collar. ¿Te gusta? ¡Podría regalártelo! María es joven, pero no ingenua. Debe saber que nadie regala algo a cambio de nada, y yo no soy un ángel. Ella me sonríe, y no tiene en

cuenta la inmoralidad de mi generosa oferta. —¿Para qué quiero un collar tan bonito si no tengo un vestido para lucirlo? —Si tú quisieras podrías vestirte como una reina... —¿Una reina sin un rey? —me interrumpe, sin perder su encantadora sonrisa. —¡Todavía hay príncipes solteros! —Pero no se pasean por este barrio. —¿Y no hay en el barrio ningún príncipe que te haga su reina? Me responde con una nueva sonrisa que me deja con la duda y prosigue su camino. Solo su juventud justifica su alegre carácter, porque su vida debe estar rodeada de una gran tristeza. María es la mujer más deseada del barrio y son muchos sus pretendientes, pero ella parece esperar algún príncipe azul que solo debe existir en su fantasía. Tal vez sea alguien de fuera de nuestro barrio quien sea el privilegiado de ganar su corazón.

Adela, la panadera chismosa En todos los barrios siempre hay alguna chismosa encargada de informar al vecindario de los escándalos y los entresijos de la vida privada de los vecinos. Nuestra chismosa es Adela, una mujer entregada con verdadera pasión, e incluso diría que vocación, a chismosear sobre la vida privada de la comunidad. Si alguien está interesado en vender algo a plazos, no tiene más que consultar a Adela sobre su estado financiero. Como cada mañana pasa por delante de mi tienda de camino a su panadería. Cuando nos ha visto no ha podido evitar enterarse de lo que estábamos tratando. Sospecha que yo, a pesar de mis casi 50 años, también estoy interesado en ser uno de sus pretendientes. Ha estado observando la escena y, como es propio de su entrometido carácter, no puede evitar ponerme al corriente de su chismes: —¿Quién conseguirá cazar esta hermosa corza? ¿El hijo del carbonero? Es apuesto y está perdidamente enamorado de esta criatura, que le

regala el carbón para ganar su afecto. Pero ella ni le quita ni le da esperanzas, porque los inviernos son largos y fríos, y necesita su carbón. Pero quien no le quita ojo, y desde luego, no con sanas intenciones, es Raulín, el hijo mal criado de ese usurero de Romano. La pobre criatura terminará por ceder a sus malvados deseos, porque necesita alguien que les libre de sus deudas, a pesar de que en muchas tiendas donde despachan jóvenes le rebajan e incluso le regalan lo que compra. Yo también le regalaría el pan si no temiera las protestas de mis otros clientes. Corre el rumor de que deben seis meses del alquiler de la peluquería, que como muchos otros inmuebles del barrio, es propiedad de Romano. Su perverso hijo no dudará en aprovecharse de su situación para tener sus favores... No estoy interesado en su chismosa información, pero en este barrio todos nos conocemos y dependemos unos de otros, por eso es necesario mantener una buena convivencia. Le hago ver que estoy interesado. —Ya veo Adela que estás bien informada. —No creas que yo busco las noticias, me las dan en la panadería. Si

no las escuchase sería una falta de educación. No tengo más remedio que soportar sus chismes. En mi panadería no se habla de otra cosa que del futuro marido de María. Hasta se han hecho apuestas por acertar con quién de sus muchos pretendientes terminará casándose. —¿Y quién de todos ellos es el favorito? —¡Guido, el librero, por supuesto! —¡Pero debe rondar los cuarenta años! —¡La mejor edad para un hombre! A las jovencitas les atraen los hombres maduros y con experiencia de la vida, y no tiene mala posición, porque el negocio de libros parece que no le va mal, y no creo que le guste vivir sin una mujer que le cuide y atienda su casa. Yo creo que harían una buena pareja, porque Guido es un caballero. Pero está por medio su prometida, Julia, aunque dicen que no se entienden muy bien. Desde luego que no es oficial y no están comprometidos. No sé si, además de Guido, le gustan también los libros, porque debe tener llena su casa de libros sin leer, ¡no sale

de su librería! También mi Lucio anda tras de ella, pero no le consentiríamos que se case con una mujer que está en boca de todo el barrio. ¡No digo que no sea honrada, pero corren tantos rumores! Afortunadamente ha entrado una clienta en mi tienda y tengo una buena excusa para despedirme y terminar esta conversación tan denigrante. Ella parece contrariada, como si yo hubiera llamado a mi clienta para encontrar la excusa para dejarla plantada, con la mitad de sus chismes sin contar, y prosigue su camino sin disimular su contrariedad, pero pronto encontrará una nueva víctima para su perversa afición. Jacinto, el policía del barrio Jacinto no es un nombre muy adecuado para un policía, pero teniendo en cuenta su carácter amigable y tolerante, tal vez sea después de

todo el apropiado. Puntual como siempre, Jacinto, el policía municipal, entra en mi tienda para interesarse por mi seguridad. Pero la verdad es que, gracias a Dios y a su dedicación, en nuestro barrio la policía tiene poco trabajo, y tenemos suficiente con el tolerante y paciente Jacinto. —¿Todo en orden, Marcus? —me hace la misma rutinaria pregunta de cada día. —Por aquí todo en paz —yo también le doy la misma rutinaria respuesta—. ¿Y cómo están las cosas en el barrio? ¿Ningún raterillo que detener, un borracho que calmar o un vecino escandaloso que amonestar? —Por desgracia, ha pasado algo que lamentar. El gato de la anciana Rosita ha muerto atropellado por un auto a la puerta de su casa. El pobre animal seguía a la anciana cuando se dirigía a la iglesia a oír misa. Ha sido tan fuerte su impresión que la pobre mujer ha perdido la fe, y asegura que no pisará jamás un lugar sagrado. —Parece ser que Dios no solo se ha olvidado de nosotros, sino de

nuestras inocentes mascotas. Puede que el iluminado de Nietzsche llevara razón, y Dios haya muerto. —Si Dios ha muerto será porque nosotros lo hemos matado. ¡Pero no hay cuerpo de policía que pueda encerrar a los asesinos, porque no podemos meter en la cárcel a toda la humanidad, ¡porque todos somos culpables! Con frecuencia mis distendidas conversaciones con Jacinto acaban en profundas reflexiones y conclusiones morales y filosóficas pesimistas, porque aunque él no esté de acuerdo, creo que los seres humanos somos malos por naturaleza, y solo el miedo al castigo nos mantiene en paz. Si no hubiera leyes represivas esto sería la selva, la ley del más fuerte y mejor adaptado. Jacinto suspira impotente, como si sintiese no poder hacer su trabajo con el resto de la humanidad como lo hace con nosotros, y se despide de mí con una inquietante pregunta, propia de un optimista: —¿Llegará un día en que los seres humanos no nos necesiten? Mi respuesta es clara y contundente:

—Sucederá lo contrario, ¡tendrá que haber un policía por cada ser humano! Yo no pensaba así antes de la guerra, sino todo lo contrario. Creía en las cualidades morales innatas del ser humano. Pesaba que eran las circunstancias adversas, la ignorancia y una mala educación, lo que nos hacen ser perversos. Pero después de contemplar a seres humanos torturar y matar a otros semejantes solo porque no pertenecen a su raza ni a su cultura, perdí la fe en las buenas cualidades innatas del ser humano. Margarita y su hija Luisa Otro día perdido detrás de un mostrador, sin más alicientes que ver pasar la gente por delante de la puerta de mi tienda. Afortunadamente existe el tiempo, que transcurre inexorablemente y ya es hora de cerrar. Estoy a punto de cerrar, pero tengo una

inesperada clienta, es Margarita, la florista del barrio, que no hay duda de que su nombre es el más adecuado para su negocio. Admiro a esta mujer luchadora y tenaz, que no ha sido bien tratada en la vecindad. Quiere comprar unos pendientes para la primera comunión de su hija, Luisa. —Hay que ver, Marcus, como pasa el tiempo. Parece que Luisa nació ayer, y ya ha cumplido nueve años y está a punto de tomar su primera comunión. La pequeña Luisa nació por un frustrado amor de Margarita, y no tiene apellido paterno. Nadie sabe quién puede ser el padre, porque ella nunca lo ha revelado. Ni siquiera Adela lo sabe. Es una niña encantadora; una flor más en su floristería. En los primeros días después de que se supo las circunstancias de su embarazo, Margarita fue muy mal tratada en el barrio, porque en el fondo todos, menos Leonardo, el maestro de la escuela de primaria, que es un socialista radical, y Efraín, nuestro diputado socialdemócrata, éramos más o menos conservadores y poco tolerantes de estos comportamientos. Pero

Margarita llevó con resignación nuestro rechazo, y supo criar a Luisa con el afecto y la protección del padre ignorado. Ahora todos sabemos que mantiene relaciones serias con Jacinto, que seguramente terminarán en boda, y reconocerá a Luisa dándole un apellido. ¡Un policía casado con una florista y madre soltera! Sin duda que la guerra cambió muchas cosas en nuestras anteriores mentalidades, y nos ha hecho más tolerantes. ¡Algún beneficio tenía que tener! —Y antes de que te des cuenta Luisa estará en edad de casarse —le comento, convencido de la frugalidad del tiempo. —¡No, por favor, que no pase el tiempo tan deprisa! ¡No quiero separarme de mi hija! —Tú tenías su edad cuando estalló la guerra, y te separaron para siempre de tus padres. —¡Eso no le ocurrirá a Luisa! —¡Que Dios te oiga, si es que no ha muerto! Elige los pendientes, pero no le cobro nada, quiero que sea mi

regalo de comunión de Luisa. Ella me lo agradece con su tenue sonrisa, la de una mujer que ha sufrido la incomprensión de sus vecinos. La niña se ha acostumbrado a ver a Jacinto en compañía de su madre y si por fin llegan a contraer matrimonio, no le costará demasiado aceptarle como su padre. De todas formas ya tiene edad de comprender las cosas, y debe saber que Jacinto no es su verdadero padre. ¿Cómo puede una niña de 9 años comprender las razones y los argumentos de los adultos que justifiquen su abandono? ¡Confieso que soy incapaz de hacerme ni una somera idea! Rodolfo el carnicero, y su hijo prodigio, Rodolfito Recojo la escuálida caja del día y cierro el comercio. No es que pueda permitirme cada día el gasto de beber una cerveza y pasar un rato entretenido en el Café Central, pero me lo quitaría de comer

antes de privarme de este relajante momento. Mi modesta tienda está situada en la calle principal del barrio, donde están la mayor parte de los comercios. La amplia calle desemboca en la plaza, y es fácil encontrarse con conocidos o colegas de otros comercios que cierran a la misma hora. Unos metros más allá de mi tienda me encuentro con el obeso Rodolfo, carnicero del barrio, capaz de despiezar una vaca en cinco minutos. Estoy convencido de que ama su trabajo, posiblemente sea el único del barrio. Su vida parece un cuento de ogros que se comen a los niños, pero en este caso se trata de cerdos, terneras, vacas y creo que también vende carne de caballo, tan frecuente durante la guerra. Es el único que parece ser feliz en su matrimonio. Su mujer, Ignacia, tan obesa como él, tiene el carácter bonachón y tranquilo de las personas gruesas, y parece incapaz de tener un solo pensamiento que vaya más allá de su carnicería, su marido y su hijo. Por eso creo que debe ser feliz. Por si no tuvieran bastante dicha con sus pancetas y sus solomillos,

Dios parece haberles bendecido con un hijo prodigio. Dicen que tiene una asombrosa capacidad de cálculo y una prodigiosa memoria, pero destaca sobre todo por su virtuosismo con el piano. ¡No tiene una razonable explicación que semejante criatura haya sido el fruto de ese matrimonio! Hay quien asegura que es de ella quien ha heredado su precocidad, pero es demasiado tímida y sencilla para demostrarlo. Con ella, en su carnicería no son necesarias las calculadoras. Al parecer recuerda todos los nombres y apellidos de todos sus clientes. —Hola, Marcus. ¿A tomar tu cervecita? —me saluda con su voz ahogada propia de los obesos. —Hola Rodolfo y Rodolfito. Sí, los vicios definen la fuerza de voluntad, cuantos más tenemos menos fuerza de voluntad nos queda, y a mí me queda ya muy poca. ¿Dónde vas con el pequeño Rodolfito? —Voy a mis clases de piano —me responde su hijo sin esperar la respuesta del padre, a quien debe considerar incapaz de cualquier pensamiento inteligente.

—¿Cuándo nos volverás a deleitar con un nuevo concierto de piano? —No lo sé —responde ufano, pero acostumbrado a los halagos—, pero me han invitado a un concurso para jóvenes talentos de la televisión el mes que viene, y tengo que prepararme. El desplazado padre permanece sonriente y no puede disimular su orgullo de ser el progenitor de semejante lumbrera, pero en el más absoluto silencio, como encantado e incapaz de intervenir cuando su prodigioso hijo habla con alguien. —¡Eso es fantástico! —le respondo mostrando entusiasmo, pero en el fondo siento lástima de este niño a quien su inteligencia superior le ha robado su infancia. Yo también fui un niño prodigio y tampoco tuve una infancia feliz. A los 10 años ya había leído La Odisea y la Ilíada de Homero, y la mayoría de las tragedias de Sófocles y de Esquilo. No encontraba divertidos los juegos de mis compañeros del colegio, solo la lectura me proporcionaba alguna alegría y siempre me acompañaba un buen

libro. Mi padre no pudo enseñarme el oficio de joyero y se resignó a que siguiera alguna carrera de humanidades, aunque sabía perfectamente que con esos conocimientos nunca me podría ganar la vida, como así fue. Rodolfo e hijo se dirigen a la parada de un autobús que les dejará cerca del Conservatorio, donde al parecer, el pequeño Rodolfito asombra a sus profesores. Le están preparando para que sea un ganador, lo que sería un buen reclamo para el Conservatorio y su profesores. Laura, mi amor tardío El Café Central no está muy animado, todavía es temprano. Se suele animar a media noche. Es asombrosa la cantidad de gente que trasnocha en este barrio, y nunca cierra hasta bien entrada la madrugada. Es durante esas horas cuando surgen las más acaloradas

tertulias espontáneas, sobre los temas más disparatados, para los que siempre hay contertulios. Pero lo cierto es que siempre degeneran en charlas de borrachos y no son muy interesantes. Por lo general los temas son monografías: política y sexo. Hemos coincidido en la entrada del café Laura y yo. Laura es mi amiga desde hace casi un año y lo hemos convertido en una costumbre vernos en este café cada día para intercambiar lo que ha dado de sí nuestros respectivos trabajos, lo que por lo general no es muy interesante. Nos conocimos durante un concierto de la Filarmónica Nacional, que recuerdo interpretaron los conciertos de Brandemburgo, del divino Bach. Laura es una viuda de guerra. Tenía tan solo 18 años y estaba prácticamente recién casada, cuando un obús acabó con la vida de su flamante marido. Ella se siente culpable de su muerte, porque durante una alarma de bombardeo, cuando ya estaban en la entrada del refugio, le hizo volver a su casa en busca de un pequeño cofre donde guardaba algunas joyas familiares de gran valor y que habían olvidado. Su marido nunca regresó, pero recuperó las joyas

que el muerto sujetaba todavía entre sus ensangrentadas manos. Por esta razón se sintió responsable de su muerte y no intentó rehacer su vida y ha permanecido soltera y solitaria hasta que me conoció. Tal vez sea por sus remordimientos o por mi apatía, que nuestra relación no es muy creativa y mucho menos apasionada. Sé que ella espera que nuestra amistad suba de grado y sea menos formal y más romántica, pero yo he perdido la necesaria fantasía e imaginación para complacerla. No sé cómo me soporta y persiste en mantener una amistad con tan pocos alicientes. Ella es la responsable de la Biblioteca municipal de nuestro barrio. Por eso los temas más frecuentes de conversación son los libros y sus autores. Yo intento ser amable y hago ver que estoy interesado, pero la verdad es que probablemente habré leído no más de media docena de libros desde que finalizó la guerra. Ha sido tan profunda mi frustración que he llegado incluso a aborrecer los libros. Nos acomodamos en una pequeña mesa, junto a los grandes ventanales

que dan a la plaza, y ella saca un grueso libro del bolso, que me enseña. —¡Mira, Marcus, la última edición de las obras completas de Goethe! ¿Te gusta Goethe? —me pregunta intentando meterme en el tema y vencer mi apatía. —Fue mi lectura de juventud —le comento sin mostrar interés—. Entonces me impresionó, pero ahora sería incapaz de leerlo. ¡Demasiado antiguo! —Confiésalo, Marcus, en realidad ya no lees nada. ¡Nunca me has pedido un libro en la Biblioteca! No me ha parecido oportuna su observación, pero la disculpo porque es cierto. Después de haber vivido los horrores de una guerra, no me queda nada que me sorprenda. A veces intento leer una novela y me parecen literatura para niños, o para personas que todavía tienen la capacidad de imaginar lo que están leyendo. Yo no puedo imaginar nada porque la realidad que he vivido ha superado lo imaginable. ¡Estoy condenado a ser realista, he perdido la capacidad de soñar!

Sé que ella comprende la causa de mi falta de interés por cualquier romanticismo. Puedo ser un fiel amigo, pero un mal amante. No insiste y parece resignada, pero nuestra relación no es muy consistente. Después de un año de hacer las mismas cosas, encontrarnos en el mismo sitio, hablar siempre de los mismos temas, comentar nuestros achaques y pasear por los mismos lugares, creo que mejor sería terminar amistosamente esta anodina amistad y probar suerte con otras personas. Guido, el librero, y su extrovertida amiga Julia Acaba de entrar en el café Guido, una de las personas más interesantes del vecindario. Es dueño de la librería del barrio, y su tradición de librero le viene de su tatarabuelo, que abrió la primera y única librería de este barrio a mediados del siglo pasado, en plena efervescencia revolucionaria, cuando los libros eran tan

eficaces y mortíferos como las pistolas y las granadas de los anarquistas. También tiene una compañera, Julia, con la que no comparte prácticamente nada, pero ella insiste en ganar su amistad, porque le apasionan los libros. También es su ferviente admiradora, porque Guido es autor de cuentos y relatos, que suele publicar en la sección cultural de una revista mensual editada en el barrio, con su colaboración financiera. En mi opinión, tiene imaginación, pero Dios no le ha otorgado el don de la inspiración, y no pasan de ser entretenidos, pero carecen de originalidad. Laura y ella son grandes amigas, porque comparten la misma pasión por los libros. Nos han visto, y Julia se abalanza literalmente sobre Laura y la abraza efusivamente. Les invitamos a que compartan nuestra mesa. Julia se sienta junto a Laura y la abruma con mil preguntas sobre libros. —¿Ya tenéis en la Biblioteca la última novela de Max Frisch? ¿Y el «Ulises», de Joyce? ¿Habéis recibido la inquietante novela «La naranja mecánica» del paranoico Anthony Burgess; o esa maravilla

literaria, «Cien años de soledad» del genial colombiano García Márquez. ¡No me digas que todavía no está en la Biblioteca esa joya argentina, «Rayuela», del atractivo Julio Cortázar... Claro que, bien pensado, mejor es que tardéis algún tiempo en tenerlas, para que las podamos vender en la librería. Julia habla en plural cuando se refiere a la librería, pero Guido no parece estar de acuerdo. Hacen una extraña pareja y no creo que se consolide esta unión. Ella es demasiado extrovertida, incontinente; habla por los codos y siempre pretende ser el centro de atención. Cuando no le queda más remedio que guardar silencio, no presta la mínima atención a quien está hablando, y parece concentrarse en no perder el hilo de su tema de conversación, para seguir con lo mismo, como si nadie hubiera dicho nada mientras guardaba silencio. No comprendo por qué Guido la soporta. —¿Quién se llevará el Nobel este año, Guido? —le pregunto para llevar el tema de conversación a lo que le resultaba familiar. —Suenan varios nombres, pero el candidato más firme es un griego

prácticamente desconocido en el mundo literario, Yorgos Seferis. Pero hay otros candidatos con muchas posibilidades, como Pablo Neruda o Samuel Beckett. Yo se lo daría sin duda a Neruda. —¿Y cuándo lo ganarás tú? Julia aprovecha mi jocosa pregunta para elogiar desmesuradamente a su amigo. —Guido tiene méritos suficientes como para ganar el premio Nobel, pero él es demasiado modesto como para reconocerlo. Guido parece molesto por este elogio, que él sabe que es infundado y trata de corregirlo. —Julia, no es por falsa modestia, pero ni por lo más remoto merecería yo este galardón. ¡Ni siquiera he escrito todavía una simple novela! —Perdona, Guido —insiste ella—, pero los autores nunca sabéis apreciar lo que escribís, somos los lectores los que tenemos la última palabra, y la mía es que tú eres un genio ignorado. —Julia —intervengo yo—, no puedo estar de acuerdo contigo. Son los

autores y no los lectores los que deben saber el valor de lo que escriben, porque la de los lectores es una opinión muy subjetiva. Laura asiente con un enérgico gesto de cabeza. Guido quiere zanjar este tema de conversación y nos sorprende con un cambio de tema radical: —¿Ganarán este año los socialdemócratas las elecciones? Julia ha quedado desplazada. Ella no tiene opiniones sobre política. Creo que Guido lo sabe y por esa razón ha introducido el tema. En realidad somos pocos los que tenemos ideas políticas. También la guerra anuló nuestro interés por la política. Pudimos ver hasta que extremo de barbarie pueden llevar las ideas políticas. Pero, al mismo tiempo, somos conscientes de que al menos tenemos que cumplir con nuestro deber de ciudadanos responsables y votar en conciencia, ahora que hemos recuperado la democracia, y que por dejadez o falta de interés nos la vuelvan a secuestrar.

Romano y su corte servicial Como he comentado al principio, en este café nos reunimos prácticamente todos los que tenemos algún negocio en la vecindad. He visto entrar a Romano, soberbio como siempre, consciente de su poder y su gran influencia sobre la comunidad, dueño de innumerables inmuebles del barrio. Solo sabemos de él que antes de la guerra era un simple ujier en la Oficina del Catastro , y que después de la guerra era ya un hombre rico, aunque la mayoría de las propiedades que posee están registradas a nombre de su joven esposa. Tiene una mesa reservada, que comparte con sus dos únicos amigos: el notario y un abogado y sirviente, que le lleva con mano de hierro sus negocios inmobiliarios. Apenas se ha sentado ha hecho un autoritario gesto para llamar al camarero, quien acude como si fuera su perro faldero. La razón son

las generosas propinas que suele dar a quienes le sirven con docilidad. Su aspecto es el de un usurero de los cuentos de Charles Dickens. Siempre viste un impecable traje oscuro y un sombrero de fieltro negro, que deja colgado en un perchero solo para su uso personal y de sus dos amigos. Suele cenar aquí, en compañía de su corte de aduladores y servidores. Además de los negocios inmobiliarios, este tirano se dedicaba a prestar dinero con usura durante los primeros años de la postguerra, que invertía en la compra de más inmuebles en el barrio. Se divorció de su primera y sufrida esposa, con la que tuvo a Raulín, para casarse con Roxy, la joven hija de uno de sus clientes arruinados por su usura, y para burlar al fisco, puso a su nombre la mayoría de los inmuebles. Roxy, nunca la he visto en el café, puede estar incapacitada o castigada por este tirano usurero. Su hijo, Raulín, es de los trasnochadores, que ocioso, no tiene otra cosa que hacer que emborracharse cada noche y hablar mal del Gobierno o de sus proezas sexuales, como suele hacer todos los borrachos.

Este siniestro personaje sabe que es literalmente odiado por todo el vecindario, pero lejos de sentirse incómodo parece que el que le odien prueba su gran poder e influencia en la vecindad. Cuanto más le odian más importante se cree. Entre sus muchos enemigos del barrio, cuenta con uno de auténtico lujo: Leonardo, el joven maestro de la escuela primaria. Y si lo he citado es porque acaba de incorporare a esta nave de locos, que es este café. Yo siento un especial afecto por este joven maestro, aunque no comparto su ideología, pero sí su valiente y decidido talante frente a la adversidad, ¡tal como era yo a su edad! Leonardo, maestro de la escuela de primaria Es un joven algo taciturno. No es la persona que te encanta al primer golpe vista y deseas que sea tu amigo. Antes al contrario, causa una cierta repulsión por su profunda y acusadora mirada, que

consigue hacernos sentir culpables aun sin saber por qué causa. Por eso prácticamente no tiene amigos, y viene siempre solo al café. Suele acomodarse en uno de los asientos adosados a la pared, y bebe una cerveza, mientras ojea un periódico del partido en el que milita activamente. No es desde luego un buen candidato a posible marido para la bella María, aunque es también uno de los secretos pretendientes. Sospecho que debe ser una persona compleja de sentimientos profundos y de ideas radicales, lo que es una buena cualidad para asegurar la fidelidad, pero María no parece ser una mujer complicada y necesita algo más que fidelidad. Durante la guerra apenas era un adolescente, pero fue movilizado durante los últimos años de la contienda. Afortunadamente para él, apenas se incorporó, se firmó el armisticio que puso fin a esa locura. De aquella breve experiencia le viene su radicalismo socialista. Aunque milita activamente en le partido socialdemócrata, él está mucho más a la izquierda, pero su empleo de maestro de primaria le obliga a ser más moderado.

A pesar de su huraño aspecto, tengo la impresión de que no le gusta la soledad, aunque su carácter pueda sugerir lo contrario. Sospecho que no acude al café a beber su cerveza y ponerse al día con las acciones del partido, porque regularmente alza la vista y contempla la gente del café, y sobre todo, quién entra, como si esperase a alguien en particular. Así no es posible concentrarse en la lectura. Es evidente que espera que aparezca alguien conocido y que le haga compañía. En uno de esos breves vistazos me ha reconocido y me saluda con un breve gesto con la mano, y una sonrisa que logra transfigurar la rigidez de su rostro, por lo que parece ser una pose, pero como todo el mundo, debe añorar una compañera. —Ahí está como siempre Leonardo, presumiendo de lobo solitario, cuando tengo la impresión de que en el fondo tiene la mentalidad de un perrito faldero —comento a mis amigos. Julia, siempre tan extrovertida y generosa en sus exuberantes

afectos, sugiere que le invitemos a nuestra mesa. Es una canallada por mi parte, pero creo que harían una buena pareja, y de paso dejarían a Guido vía libre para intentar ganarse el corazón de María. Yo también creo, como la chismosa Adela, que, a pesar de la diferencia en la edad, no harían mala pareja. La belleza, como el caviar o las ostras, no son para paladares inexpertos. Solo un hombre maduro e inteligente es capaz de ver el alma en el cuerpo de una atractiva mujer. Los jóvenes solo ven el cuerpo. Es ella misma quien se levanta y convence a Leonardo para que se una a nosotros. Me temo que será inevitable hablar de política aunque tengo la impresión de que ¡preferiría que hablásemos de mujeres! Julia se ha sentado a su lado. Algo me dice que su interés por él va más allá de lo que aparenta. —Y bien, Leonardo, ¿ha llegado la hora de los socialdemócratas? ¿Pasaremos los conservadores a la oposición? —introduzco el tema para que no se sienta desplazado y le prestemos atención. —Ha llegado la hora de pasar otra página de nuestra historia —

responde sin demasiado énfasis, porque ha debido comprender la intención de mi pregunta—. Pero no seremos los socialistas los que lideremos este cambió.. —Entonces —pregunta Julia, quien creo intuir que se siente atraída por el maestro de escuela—, ¿quiénes lo harán? —Será la generación de posguerra. Nosotros, seamos de izquierdas o de derechas, padecemos del mismo estigma, y no estamos capacitados para liderar el cambio. La respuesta nos ha dejado un sabor agridulce. —¿Entonces tú crees que está acabada la influencia cultural y social de nuestra generación y de las anteriores? ¡Adiós Thomas Mann, Herman Hesse, Joyce, Marcel Proust, Víctor Hugo, y tantos otros! —¡Creo que nadie tiene una mejor respuesta que quien acaba de entrar en el café! Leopoldo se refiere a nuestro diputado, Efraín, que siempre ha residido en nuestro barrio, y a excepción del periodo nazi, siempre se ha ganado su acta de diputado regional por nuestra ciudad.

Leopoldo y él son correligionarios y buenos amigos. Sería una descortesía no invitarle a nuestra mesa. —Leopoldo, invítale a nuestra mesa, así tendremos tema para una tertulia. Efraín, un político de antes de la guerra Como buen y experimentado político, Efraín tiene la apariencia de un modesto servidor del pueblo, al que supone que atiende sus deseos y necesidades, pero lo cierto es que no deja de ser un político, y el leitmotiv de todo político es la permanencia en el poder. Su trabajo legislativo o parlamentario es una mera excusa, pero si quieren permanecer en el poder tienen que hacer algo que motive a su electorado a reelegirle una y otra vez. Cuando le ponemos al corriente de nuestra discusión nos ofrece su particular visión del mundo de postguerra.

—Ni socialistas ni conservadores, quien gobierna nuestra nación, sean los resultados que sean, son los Estados Unidos. ¡Lo demás son sucursales! El premio de los vencedores es que son ellos los que imponen las reglas a los vencidos. —Querido Efraín —le replico porque no comparto su radical conclusión—, ustedes los socialistas ven leones donde solo hay gatos. Los gatos arañan, pero no matan. Ellos sacrificaron miles de vidas para librarnos de un perro rabioso, ¡alguna compensación tienen que tener! —Pero ustedes los conservadores ven gatos donde hay leones, y se dejan devorar por ellos, ¡y todavía están agradecidos! Sí, es verdad que nos han librado del imperialismo político nazi, ¡pero solo para caer en el imperialismo económico yanqui! Julia parece entusiasmada con la reflexión de nuestro diputado, por lo que me confirma que simpatiza con las ideas de la izquierda. Definitivamente es la compañera ideal para Leopoldo y creo que pronto se confirmará.

Nuestro diputado parece haber encontrado su público y se siente obligado a pronunciar su discurso: —A pesar de sacrificar miles de vidas humanas, como usted dice, la guerra fue una excelente oportunidad para los negocios. ¿Creen ustedes que los cientos de empresas que habían estado fabricando armas durante la guerra, cerraron sus puertas y despidieron a todos sus trabajadores? —Se reconvirtieron en industrias para la paz —observo yo. —¡No sea usted tan ingenuo! —me replica sorprendido—. ¡Es más rentable fabricar pistolas que lavadoras! No nos liberaron, nos ocuparon. Se quedaron con las empresas más rentables, y las más estratégicas, intervinieron las finanzas y controlaron los medios de comunicación. ¿Y a eso le llama usted liberación? —Es posible que los conservadores seamos un poco ingenuos, pero no ayuda a la distensión la desconfianza y el recelo entre los países del mundo. Para acercar posturas y opiniones hay que ser flexible. Fue sobre todo la intolerancia hacia las ideas de los demás lo que

nos costó una guerra. ¡Ustedes, los radicales, deberían tomar buena nota de esta realidad! El padre Serafín, un bondadoso párroco católico La tertulia sobre quién es el amo del mundo se ha prolongado todavía más de una hora sin que hayan cambiado nuestras posiciones: para mí los Estados Unidos son los salvadores de la Europa democrática, para Efraín y Lorenzo son sus opresores. No sirven de mucho los debates con gente mayor que no puede cambiar ya de opinión, porque se vuelve tan rígida como sus arterias. Lo cierto es que cada día que pasa entiendo menos lo que sucede en el mundo. Todo es confuso y contradictorio. Yo estoy empezando a considerar que para estar bien informado lo mejor es no leer las noticias que publican los periódicos, porque más vale vivir en la ignorancia ha engañado. La clientela del café está cambiando de aspecto. Llegan los primeros

trasnochadores; es hora en que los madrugadores nos retiremos. Lorenzo se queda, porque no creo que sea ave madrugadora sino un animal nocturno. Para sorpresa de Guido, Julia decide quedarse y hacer compañía al maestro, sospecho que pronto habrá cambios en sus relaciones. Pero Guido no parece afectarle, creo que está buscando una excusa para romper con Julia, y Julia debe buscar una excusa para cambiar de estímulos para su activo carácter. ¡Lorenzo puede ser su hombre! La noche es fresca y apenas se ven vecinos por las calles. Mientras desentumecemos nuestros músculos atrofiados por casi dos horas de inmovilidad, veo salir de la iglesia católica al padre Serafín, un cura bondadoso, pero estricto en la ortodoxia católica, tan diferente del pastor protestante, más abierto a otras religiones y creencias. Nos ha visto y se acerca a nosotros. Con toda seguridad, nos censurará por pecadores incorregibles, porque sospecha que mantenemos relaciones íntimas con nuestras compañeras, sin estar

bendecidos por el santo sacramento del matrimonio. —Buenas noches, padre Serafín —le saludo—. ¿No es un poco tarde para celebrar misas? —¡Calla, ateo! Mientras vosotros condenáis vuestra alma en esta Sodoma, yo salvo del infierno a otras almas. Vengo de dar la extremaunción a un moribundo, que en el cielo esté. —¿Puede saberse quién ha pasado a mejor vida? —El padre de Jesús, el tapicero. Dios le tenga en su seno, pero ya lo quería tener a su lado y liberar a esa modesta familia de semejante carga, porque hacía dos meses que era centenario. Quedar con Dios y no le hagáis enfadar con vuestros pecados, que mañana tengo que decir misa temprano. —Si Dios quiere que seamos pecadores por algo debe ser. Los senderos del Señor son inescrutables. —Hablas como un ateo... Buenas noches... Se aleja con paso decidido a su residencia. El padre Serafín debe ser casi octogenario, pero sigue tan activo como si tuviera treinta

años. Lástima que la mayoría de sus fieles ya sean incapaces de pecar por falta de fuerzas y debilidad de su entendimiento, porque la gran mayoría son ancianos. Calixto, el mendigo extraterrestre El padre Serafín se ha encontrado con Calixto, nuestro mendigo oficial, que como es habitual en él, permanece agazapado en algún rincón de la plaza pendiente de los que salimos del café para recolectar nuestras limosnas. El padre Serafín ha intentado en varias ocasiones ingresarlo en una residencia de ancianos, pero él las ha rechazado una y otra vez, y prefiere sobrevivir en la calle con las limosnas que le damos, casi como un impuesto por contar en el barrio con semejante personaje. Él mismo nos ha revelado su extraño origen. Asegura venir de un planeta llamado Galikea, de una galaxia desaparecida, y que tiene poderes sobrenaturales como para

destruir el mundo, pero nos perdona en agradecimiento a nuestra generosidad. También dice saber cuándo y cómo se acabará el mundo, pero ese es su secreto mejor guardado, y que no ha revelado a nadie. No obstante, siempre nos amenaza con destruir el mundo si intentamos hacerle algún daño. Aunque pueda parece absurdo, muchos en el barrio creen que pueda ser cierto y le tratan con un prudente respeto. Esta noche parece haber recibido una revelación, y creo que está decidido a que todos sepamos de qué se trata, y empieza por poner al corriente de sus augurios al paciente padre Serafín: —El gran Maestre, Neira, que reina sobre el universo desde la Galaxia Central, se está revolviendo en su trono lleno de indignación, por los muchos pecados de vuestro mundo. Me ha comunicado que caerá un rayo celeste sobre el lugar más corrompido, y muchos inocentes morirán por causa de los malvados. —Calixto —le responde el paciente padre—, el gran Maestre, como dices tú, habla conmigo cada mañana cuando vengo a su iglesia, y no

me ha comunicado ninguna de tus atroces profecías, así es que deja de ir por ahí contando tus disparates y atemorizando a la gente crédula del barrio. El padre Serafín le considera un loco endemoniado, pero siente lástima por él, y le lleva la corriente. Pero a mí no me parece que esté tan loco, muchas de sus disparatadas profecías encierran grandes verdades si lo vemos desde su perspectiva. No se ve igual el mundo en el palacio de un rey que en la choza de un carbonero. Para tener una idea de lo que somos y cómo nos comportamos hay que estar fuera de este mundo y Calixto lo está. No sé si es un extraterrestre, pero por desgracia en nuestro mundo hay muchos que no parecen pertenecer a este planeta, porque viven marginados de cualquiera de sus recursos. Solo los niños y los locos dicen lo que sienten, y no tienen ninguna razón para justificar una mentira. Calixto viene a pedirnos su regalía, pero como suele hacer siempre, nos dirá algo inquietante con el suficiente interés como para justificar nuestra limosna:

—¡Salud, terrícolas! Es una noche templada, parecida a las de mi planeta, pero allí duraban el doble de tiempo que las vuestras. —Buenas noches, Calixto, ¿qué hay de nuevo? ¿No estarás pensando en destruir el mundo? —Haces mal en reírte de mis poderes sobrenaturales. Algún día os los demostraré, pero tengo que esperar órdenes de la Galaxia Central. He recibido un mensaje del Gran Maestre: vendrá a visitarme el próximo año bisiesto, y debo prepararme para una difícil misión: me ha encargado que busque doce hombres y mujeres justos, para nombrarlos embajadores de la Galaxia Central, la que rige el universo. —¡Difícil tarea te han encomendado, Calixto, es posible que no queden hombres y mujeres justos, porque nadie puede obrar con justicia en un mundo injusto. —Terrícola, tú hablas como un galikeano. Puede que le dé tu nombre al gran Neira, para que seas su embajador extraordinario, y te premiará dotándote de poderes sobrenaturales. —¿Y cuál deberá ser mi trabajo?

—No puedo revelarlo, pero tú serás uno de los elegidos que podrás abandonar este corrompido planeta antes de su destrucción. Y ya he dicho más de la cuenta. Guarda silencio porque espera nuestras limosnas. Hacemos una pequeña colecta y le entrego lo recaudado. Parece satisfecho. —Más difícil que encontrar un hombre justo, es un hombre generoso. Tendrás el privilegio de ser unos de los elegidos para ser evacuado antes de que produzca la gran destrucción. —¡Es un consuelo! Sus previsiones parecen absurdas, pero ya no podemos decir que el ser humano no sea capaz de destruir este mundo. ¡Ya tenemos suficientes armas para conseguirlo!