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Blancanieves y los 7 carboneritos

Como todos ustedes son gente ilustrada ya deben saber que los hermanos Grimm eran unos eruditos de cuidado, pues recopilaron uno de los más importantes diccionarios enciclopédicos de la lengua alemana. En su deambular por villorrios de mala muerte en busca de palabrejas, les contaban montones de historias fantásticas locales, trasmitidas de abuelas a nietos, pues los padres tienen otras ocupaciones que andar contando cuentos.

Una de esas historias es la de «Blancanieves y los 7 enanitos». Como actualmente vivo en Alemania, he indagado sobre este asunto y he encontrado alguna que otra contradicción, como que no había tales enanos, sino una familia de carboneros algo canijos por la mala alimentación, que en sus ratos de ocio buscaban piedras relucientes y otras tonterías por el estilo. Por sentido de la responsabilidad, les ofrezco la verdadera historia, según ha llegado de viva voz de la última abuela que la conocía.

Como era de temer, Blancanieves no era tan blanca, sino algo morena y regordeta. Es verdad que era hija de un reyezuelo local, pero era caprichosa, histérica, deslenguada y mortificante.

—¡Quiero un móvil! —le dijo en cierta ocasión a su padre con su habitual tono autoritario.

—¿Un móvil, hija? ¿Pero, de dónde saco yo un móvil si todavía no se han inventado?

—Pues manda que lo inventen, y con cámara de 8 megapixels, MP3 y todo eso.

La chica no paraba de pedir imposibles, por eso el padre creyó conveniente poner fin a su maravillosa viudez (de su última mujer salió tan escaldado que la mandó enterrar cerca de Afganistán, pero el de antes), y se casó con una beatífica mujer, que rondaba los 50 y sabía recitar el «Tirant lo´Blanc» de memoria, pues parece ser que era de origen valenciano, hija de emigrantes de los de antes. 

Para la boda vinieron embajadores de todos los reinos de Europa, y una delegación de la Generalitat Valenciana, que tuvo serios problemas con el idioma, pues el catalán todavía era desconocido en los reinos germanos, lo que no sucede en nuestros días.

Pasaron dos años con más o menos tensiones familiares hasta que al tercero estalló la crisis que dio origen al cuento:

—Espejito mágico —pregunto Blancanieves a la cosa— ¿Quién es la chica más enrollada y tía buena del reino?

—¡Obviamente tú, mi princesa! —contesto el decimoquinto espejo mágico, pues los anteriores los había hecho añicos sólo porque tenían deje bávaro.

Así pasaron algunos días hasta que el espejo se rebeló:

—¡Pero eres tonta de capirote! ¡A ver si aprendes un poco de juicio de tu madrastra! 

Apenas Blancanieves escuchó las últimas palabras del espejo, urdió un mortífero plan contra la pobre valencia y mandó que la decapitaran al instante.

—Señorita, si no le importa vamos a degollarla fuera de casa, que las manchas de sangre no se quitan ni con aguafuerte y estropajo de raíces!

—¡Sea, pero, ya!

La pobre mujer se salvó de la muerte por causa de algo que me callo, y dio con sus huesos en una casita de unos carboneros algo canijos, que los hermanos Grimm confundieron con enanos. 

Allí se convirtió en su criada, sufriendo toda clase de explotaciones laborales imaginables, hasta que pasó lo de la manzana. Blancanieves se disfrazó de pastorcita y con un veneno de su invención casi la mata.

Los carboneros no querían líos con la justicia y denunciaron el caso al «burgomaestre» local, quien se apiadó de la pobre mujer y decidió pagar el entierro de su bolsillo.

Pero ya en el cementerio un mal golpe del sepulturero le sacó el veneno del gaznate y se revivió, asombrando a los presentes.

—¡Volvemos a tener criada! —se dijeron los carboneros explotadores.

—¡Esta mujer es mía, yo la he salvado y me la quedo! —dijo el burgomaestre

—¡Nos quejaremos al sindicato!

—¡Os llevaré a los tribunales por evasores de impuestos!

Este tira y afloja concluyó en boda. La pobre mujer dejo de ser criada de los carboneros para ser del burgomaestre, que era más gordo y comía más.

Y esta es la verdadera historia de Blancanieves, etc.

Moraleja: «Cuando te haces mayor ¡todos los espejos mágicos están en tu contra!»

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