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Caperucita roja o el crimen perfecto

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JAIME DESPREE

 

 

 

 

MARCUS

HISTORIA DE UN BARRIO 

 

 

 

 

 

 

La acción de esta novela transcurre en un barrio de alguna ciudad alemana, desde 1960 a 2018

 

 

 

 

 

 

NOVELA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

© Jaime Despree

http://jaimedespree.com

ISBN: 9781791330927

 

 

 

 

 

 

 

 

Cada persona brilla con luz propia 

entre todas las demás. 

No hay dos fuegos iguales. 

Hay fuegos grandes y fuegos chicos 

y fuegos de todos los colores…

 

Eduardo Galeano

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LOS PERSONAJES DE ESTA NOVELA

 

 

 

Nombre Perfil 

Adela Panadera /chismosa (1935 - 2014)

Aura Vecina de Marcus/adivina (1933 - 2012) 

Calixto Viejo visionario/mendigo (1925 - 1988)

Efraín Diputado/socialdemócrata (1903 - 1984)

Enrico Médico de cabecera de Marcus (1925 - 2001)

Erasmo Predicador protestante (1926 - 2012)

Guido Librero/marido de María (1934 - 2017)

Ignacia Mujer de Rodolfo (1927 - 1989)

Jacinto Policía/marido de Margarita (1923 - 1999)

Jonás Peluquero/Padre de María/viudo (1901 - 1972)

Julia Sin profesión/de izquierdas (1935 - ?)

Laura Bibliotecaria (1927 - 2007)

Leonardo Maestro de escuela/socialista (1933 - 2006)

Linda rostituta/rebelde (1937 - ?)

Marcus Intelectual frustrado/tendero (1925 - 2018)

Margarita Florista/madre soltera (1931 - 2014) 

Ramiro Marido de Adela (1916 - 1989)

Rodolfo Carnicero/marido de Ignacia (1912 - 1998)

Romano Propietario de inmuebles/usurero (1917 - 1971)

Roxy Segunda esposa de Romano (1937)

Rufo Abogado de Romano/servil (1824 - 1994)

Serafín Párroco católico/bondadoso (1888 - 1966)

 

SEGUNDA GENERACIÓN (HIJOS)

Nombre Familia 

Darío Hijo de Aura, la adivina (1952)

Eloísa Hija de Leonardo y Julia (1968)

Jesúa Hijo de Jacinto y Margarita (1966)

Luisa Hija ilegal de Margarita (1955)

Lucio Hijo de Ramiro y Adela (1940) 

Isabel Hija de Marcus y Linda (1969)

María Hija del peluquero/muy bella (1949)

Marta Hija de Guido y María (1968)

Marcus Hijo de Isabel y David (1990)

Rodolfito Hijo de Rodolfo e Ignacia (1954)

Sergio Hijo de Guido y María (1970)

 

TERCERA GENERACIÓN (NIETOS)

Nombre Familia 

Marcus Hijo de Isabel y David (1998)

Guido Hijo de Jesúa y Marta (1986)

Linda Hija de Rodolfito y Luisa (1999)

María Nieta del padre natural de Luisa (1997)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

MI BARRIO

 

 

 

 

 

 

 

 

Este es el barrio en el que he nacido y ha transcurrido medio siglo de mi vida. Antes de la guerra era un joven ambicioso y quería ser un admirado y respetado líder intelectual. Descubrir todos los misterios de la vida; enseñarles cómo debe ser la justicia social para vivir en una perfecta comunidad, y con los mismos deseos de paz y prosperidad. Enseñar dónde está la verdad que interesa a los seres humanos, y cuál es el sentido de la vida, para vivirla con satisfacción y plenitud. Para ello me esforcé en estudiar a los grandes pensadores, los más lúcidos intelectuales, los más piadosos padres de la Iglesia, y los más creativos literatos. Ya estaba preparado para exponer mis brillantes ideas cuando estalló la guerra y todas mis ilusiones e ideales sucumbieron bajo los escombros de mi barrio. No había previsto que la mente humana no siempre actúa razonablemente, sino que desprecia la inteligencia y recurre al caos y la violencia para solucionar problemas que solo requieren diálogo entre los contendientes cuando hay voluntad de preservar la paz. Así es que la guerra trastocó todos mis nobles planes y me demostró los débiles y estériles que son las buenas y brillantes ideas frente a la fuerza de las malas e irracionales. 

Mis sueños redentores quedaron sepultados bajo s escombros de mi barrio. Durante cuatro largos años solo pudimos pensar en sobrevivir, sin que hubiera oportunidad de pensar en salvar el mundo con buenas y razonables ideas. 

 

 

Cuando por fin cesó el estruendo de la guerra, teníamos la ingente labor de reconstruir lo que por nuestra ignorancia y fanatismo habíamos colaborado a destruir. Pero cuando con esfuerzos sobrehumanos los vecinos logramos reconstruir nuestro barrio, no quedaba en nosotros ni rastro de nuestros antiguos proyectos e ideales. La guerra había cambiado el sentido de la historia, y nosotros éramos ya parte de esa historia fenecida. Ya solo se trataba de sobrevivir con los restos del entendimiento que me quedase, porque toda aquella destrucción probó lo poco realista que habían sido nuestras vidas. 

 

Yo me resigné y acepté los hechos, y abrí una modesta tienda de bisutería y baratijas para regalo, porque mi difunto padre había sido joyero, y era la única profesión de la que tenía algún conocimiento. Como ya he dicho, de nada sirvieron los años entregados a estudiar humanidades, cultivar mi espíritu con lecturas de los grandes filósofos, teólogos o escritores. Nada de eso me permitía ganarme honradamente la vida. 

Mi barrio es un pequeño mundo, supongo que similar a otros barrios. Un lugar donde nos habíamos acostumbrado a ver siempre las mismas caras, a hacernos los mismos saludos, a comprar en las mismas tiendas, a escuchar las mismas canciones que gustaban en esa época, a asistir al mismo cine, a la misma iglesia y al mismo parque, donde ya no jugaban los niños. Para la salvación de nuestras almas contamos con una iglesia católica y otra protestante. Las dos compiten por cuál de ellas hace sonar las campanas con más intensidad, y atraen a más feligreses. La católica no es tan popular como la protestante. Por lo general la frecuentan ancianas beatas y jubilados que ya carecen de energía para pecar, pero siguen temerosos de morir en pecado mortal e ir al infierno, aunque ya no sepan qué es un pecado mortal ni cómo se comete, no obstante esperan que su iglesia les salve de sus pecados o de otras tentaciones; la protestante la frecuentan gente de todas las razas y nacionalidades, que convierten la casa de Dios en un club social, donde se canta y se interpretan canciones con una variopinta orquesta de aficionados. Nada está escrito sobre cómo le gusta a Dios que se organice una iglesia protestante, pero puede que a Dios no le desagrade. 

Tiene las dos cosas que son esenciales y más apreciadas en una pequeña comunidad: un pequeño cementerio de barrio y una ruidosa escuela de primaria; aquí se juntan la muerte con la vida. El fúnebre silencio de sus tumbas es compensado por los gritos de entusiasmo del juego de los niños. Los muertos deben sentirse animados y bien acompañados. También tenemos un pequeño parque, donde crecen tres inmensas hayas milenarias, que resistieron los horrores de la guerra, y ahora dan cobijo a una variada clase de pájaros y dan su acogedora sombra a los ancianos, que consumen los últimos días contemplando con avidez estas imágenes de vida cuando están cercanos a la muerte. La mayoría de los vecinos que hemos superado los cuarenta años somos los mismos que éramos antes de la guerra, excepto los desgraciados que murieron bajo los escombros, y nos conocemos desde hace ya muchos años. Ninguno de nosotros quiere hablar del pasado, ni recordar los hechos que nos llevaron a esta devastadora guerra. Es como si se nos hubiera borrado de la memoria todo lo sucedido hace solo dos décadas. 

Desde el final de la guerra, todos empezamos una nueva vida después del cataclismo bélico, pero ninguno ha podido realizar sus sueños de antes del gran holocausto. Las guerras matan los sueños, pero despiertan las conciencias. Ahora somos más sabios, pero más desdichados. Aunque modestos, hay suficientes comercios como para que no nos falte lo esencial. La mayoría tienen largas listas de deudores, porque los años de posguerra han sido muy duros y han escaseado los buenos empleos. Quien puede permitírselo y quiere algo especial, tiene que ir a los grandes almacenes del centro. 

Como todos, el nuestro tiene un espacio que es el corazón del barrio: una acogedora plaza con dos milenarios y robustos nogales, y media docena de tilos jóvenes, que plantamos después de la guerra. La plaza es un amplio espacio que tiene a cada uno de sus extremos las dos iglesias, pero el lugar más concurrido es sin duda el gran Café Central, donde casi a diario solemos acudir al finalizar la jornada de nuestros tediosos trabajos. El noble edificio donde está ubicado no sufrió milagrosamente daños de importancia durante la guerra y conserva su decoración original, al estilo de los grandes cafés tertulia del siglo pasado, para martirio de los camareros, que terminan agotados por las grandes distancias que tienen que recorrer. Es una gran sala, con innumerables mesas, y asientos corridos adosados a las paredes, tapizados de cuero descolorido y desgastado por tantos años de uso. Unos grandes espejos dan la sensación de ser todavía más grande, que combinan con frescos de un corrupto Art-déco, tan popular en los años en que fue decorado. A pesar del nombre, influenciado sin duda por los grandes cafés franceses de la época, la bebida más habitual no es el café, sino la cerveza. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PRESENTACIÓN DE LOS PERSONAJES

 

 

 

 

 

 

 

La joven y bella María

 

El personaje más admirado de esta historia es la encantadora y bellísima María. Yo solo espero a que pase por delante de mi bisutería para llenar de luz mi oscura vida. No tengo más aliciente en todo el tiempo que me ocupo de mi ruinoso negocio que su deseada presencia. Siempre que pasa por delante de mi modesta tienda de bisutería se detiene a contemplar las baratijas, que no pueden realzar más su belleza. Pero su coquetería natural le atrae hasta mi pequeño escaparate. Por alguna misteriosa razón, le seduce un collar de perlas de imitación y las gargantillas de fieltro negras. Pero ¿no es un sacrilegio ocultar ese precioso cuello? 

María es hija de un modesto peluquero del barrio, viudo desde hace un año, y solo tiene a su bella hija para que se haga cargo de la casa. El padre es ya un anciano como debería de jubilarse, pero no tienen otro medio de vida que la peluquería. Desde luego que yo no me afeitaría en su barbería, porque ya no puede sujetar la navaja de afeitar sin que le tiemblen las manos. No sé cómo sobreviven, porque su barbería esta normalmente vacía. No creo que sus escasos clientes asiduos les permitan vivir decentemente. Supongo que debe confiar en que su bella hija encuentre un buen partido que les saque a ambos de la miseria. ¡Cuánto daría por ser yo ese privilegiado! Pero mi negocio no es menos ruinoso que el suyo.

—María —me atrevo a decirle mientras ella no aparta su mirada del falso collar de perlas—, siempre que pasas por delante de mi tienda te detienes a contemplar ese collar. ¿Te gusta? ¡Podría regalártelo!

María es joven, pero no ingenua. Debe saber que nadie regala algo a cambio de nada, y yo no soy un ángel. Ella me sonríe, y no tiene en cuenta la inmoralidad de mi generosa oferta.

—¿Para qué quiero un collar tan bonito si no tengo un vestido para lucirlo?

—Si tú quisieras podrías vestirte como una reina...

—¿Una reina sin un rey? —me interrumpe, sin perder su encantadora sonrisa.

—¡Todavía hay príncipes solteros!

—Pero no se pasean por este barrio.

—¿Y no hay en el barrio ningún príncipe que te haga su reina?

Me responde con una nueva sonrisa que me deja con la duda y prosigue su camino. Solo su juventud justifica su alegre carácter, porque su vida debe estar rodeada de una gran tristeza. 

María es la mujer más deseada del barrio y son muchos sus pretendientes, pero ella parece esperar algún príncipe azul que solo debe existir en su fantasía. Tal vez sea alguien de fuera de nuestro barrio quien sea el privilegiado de ganar su corazón.

 

 

 

Adela, la panadera chismosa

 

En todos los barrios siempre hay alguna chismosa encargada de informar al vecindario de los escándalos y los entresijos de la vida privada de los vecinos. Nuestra chismosa es Adela, una mujer entregada con verdadera pasión, e incluso diría que vocación, a chismosear sobre la vida privada de la comunidad. Si alguien está interesado en vender algo a plazos, no tiene más que consultar a Adela sobre su estado financiero. Como cada mañana pasa por delante de mi tienda de camino a su panadería. Cuando nos ha visto no ha podido evitar enterarse de lo que estábamos tratando. Sospecha que yo, a pesar de mis casi 50 años, también estoy interesado en ser uno de sus pretendientes. Ha estado observando la escena y, como es propio de su entrometido carácter, no puede evitar ponerme al corriente de su chismes:

—¿Quién conseguirá cazar esta hermosa corza? ¿El hijo del carbonero? Es apuesto y está perdidamente enamorado de esta criatura, que le regala el carbón para ganar su afecto. Pero ella ni le quita ni le da esperanzas, porque los inviernos son largos y fríos, y necesita su carbón. Pero quien no le quita ojo, y desde luego, no con sanas intenciones, es Raulín, el hijo mal criado de ese usurero de Romano. La pobre criatura terminará por ceder a sus malvados deseos, porque necesita alguien que les libre de sus deudas, a pesar de que en muchas tiendas donde despachan jóvenes le rebajan e incluso le regalan lo que compra. Yo también le regalaría el pan si no temiera las protestas de mis otros clientes. Corre el rumor de que deben seis meses del alquiler de la peluquería, que como muchos otros inmuebles del barrio, es propiedad de Romano. Su perverso hijo no dudará en aprovecharse de su situación para tener sus favores...

No estoy interesado en su chismosa información, pero en este barrio todos nos conocemos y dependemos unos de otros, por eso es necesario mantener una buena convivencia. Le hago ver que estoy interesado.

—Ya veo Adela que estás bien informada.

—No creas que yo busco las noticias, me las dan en la panadería. Si no las escuchase sería una falta de educación. No tengo más remedio que soportar sus chismes. En mi panadería no se habla de otra cosa que del futuro marido de María. Hasta se han hecho apuestas por acertar con quién de sus muchos pretendientes terminará casándose.

—¿Y quién de todos ellos es el favorito?

—¡Guido, el librero, por supuesto!

—¡Pero debe rondar los cuarenta años!

—¡La mejor edad para un hombre! A las jovencitas les atraen los hombres maduros y con experiencia de la vida, y no tiene mala posición, porque el negocio de libros parece que no le va mal, y no creo que le guste vivir sin una mujer que le cuide y atienda su casa. Yo creo que harían una buena pareja, porque Guido es un caballero. Pero está por medio su prometida, Julia, aunque dicen que no se entienden muy bien. Desde luego que no es oficial y no están comprometidos. No sé si, además de Guido, le gustan también los libros, porque debe tener llena su casa de libros sin leer, ¡no sale de su librería!

También mi Lucio anda tras de ella, pero no le consentiríamos que se case con una mujer que está en boca de todo el barrio. ¡No digo que no sea honrada, pero corren tantos rumores!

Afortunadamente ha entrado una clienta en mi tienda y tengo una buena excusa para despedirme y terminar esta conversación tan denigrante. Ella parece contrariada, como si yo hubiera llamado a mi clienta para encontrar la excusa para dejarla plantada, con la mitad de sus chismes sin contar, y prosigue su camino sin disimular su contrariedad, pero pronto encontrará una nueva víctima para su perversa afición.

 

 

 

 

 

 

Jacinto, el policía del barrio

 

Jacinto no es un nombre muy adecuado para un policía, pero teniendo en cuenta su carácter amigable y tolerante, tal vez sea después de todo el apropiado. Puntual como siempre, Jacinto, el policía municipal, entra en mi tienda para interesarse por mi seguridad. Pero la verdad es que, gracias a Dios y a su dedicación, en nuestro barrio la policía tiene poco trabajo, y tenemos suficiente con el tolerante y paciente Jacinto.

—¿Todo en orden, Marcus? —me hace la misma rutinaria pregunta de cada día.

—Por aquí todo en paz —yo también le doy la misma rutinaria respuesta—. ¿Y cómo están las cosas en el barrio? ¿Ningún raterillo que detener, un borracho que calmar o un vecino escandaloso que amonestar?

—Por desgracia, ha pasado algo que lamentar. El gato de la anciana Rosita ha muerto atropellado por un auto a la puerta de su casa. El pobre animal seguía a la anciana cuando se dirigía a la iglesia a oír misa. Ha sido tan fuerte su impresión que la pobre mujer ha perdido la fe, y asegura que no pisará jamás un lugar sagrado.

—Parece ser que Dios no solo se ha olvidado de nosotros, sino de nuestras inocentes mascotas. Puede que el iluminado de Nietzsche llevara razón, y Dios haya muerto.

—Si Dios ha muerto será porque nosotros lo hemos matado. ¡Pero no hay cuerpo de policía que pueda encerrar a los asesinos, porque no podemos meter en la cárcel a toda la humanidad, ¡porque todos somos culpables!

Con frecuencia mis distendidas conversaciones con Jacinto acaban en profundas reflexiones y conclusiones morales y filosóficas pesimistas, porque aunque él no esté de acuerdo, creo que los seres humanos somos malos por naturaleza, y solo el miedo al ca

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