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La cigarra y la cretina de la hormiga

Todos conocemos el cuento de la cigarra que se pasaba el verano cantando alegremente sin pensar en el futuro, y de la hormiga trabajadora, ahorradora y previsora que le negó un trozo de pan, por lo que sucumbió el frío y gélido invierno. Lo que no saben es que la hormiga no pasó tampoco de aquel mismo invierno, y murió de un atracón de celulosa en mal estado.

De manera que las dos, cigarra y hormiga, se encontraron casi en el mismo sitio de la cola de las almas que esperan el juicio de San Pedro.

—Yo a ti te conozco —insinuó la cigarra dirigiéndose a una hormiga vieja y respondona que se metía con todo el mundo, como si ella no estuviera muerta y los demás sí.

—¡Va, qué vas a conocerme! ¡Yo nunca me he relacionado con bichos de tu clase! —respondió ella, dejando en la nube un abultado fardo de provisiones que tenía previsto llevarse al cielo.

—Tú eres la hormiga que me negó la comida. Por tu culpa estoy en esta cola, pero como dice el refrán: «¡Arrieros somos y en el camino nos veremos!».

La hormiga ni respondió. Miró a otro bicho extraño que escuchaba indiferente la conversación y le hizo un gesto como diciendo: «Este pobre diablo se cree que va de cabeza al cielo. ¡Menudo chasco se va a llevar el infeliz!».

La hormiga estaba convencida de que ni siquiera sería necesario dar explicaciones, con solo verle la pinta de trabajadora le daría un pase en primera para el Paraíso.

La cigarra no insistió porque el ujier de la entrada les apremiaba a que no se entretuvieran con chismorreos, que había miles de almas pendientes de los tramites celestiales.

Una vez dentro, San Pedro le pregunto:

—¿Profesión?

—¡Artista! —contestó la cigarra sin un instante de duda

—¡Al cielo! ¡Siguiente!

Llegó el turno de la hormiga y San Pedro, algo casado de repetir durante más de 2500 años la misma pregunta, se la dijo sin mucho convencimiento, porque por la pinta del bicho tenía ya la respuesta.

—¡Trabajadora por cuenta ajena!

—¡Al infierno!

Lo peor fue el desconcierto de la pobre hormiga, que ya tenía un pie en la puerta del Paraíso, pues estaba convencida que sólo era cosa de puro trámite.

La cigarra, que había contemplado la escena desde la puerta de la limousine que lleva las almas piadosas al cielo, todavía tuvo un gesto noble, ¡propio de los que van al cielo!

—¡Lo siento, hermana! ¡Si puedo hacer algo por ti en el cielo...!

La hormiga, rencorosa hasta en las puertas del infierno, sólo se le ocurrió decir:

—¡Va, no se estará tan mal en el infierno!

Y la metieron en el carro de Pedro Botero.

Por el camino la desconcertada hormiga no dejaba de preguntarse en voz alta cómo pudo cometer San Pedro tamaña injusticia, y el chofer que la escuchó, saltó indignado:

—¡Si por mí fuera, ni al infierno te dejaba entrar!

Alarmada, la hormiga trató de imaginarse dónde se podría ir si no era al cielo o al infierno, lo que la angustió todavía más se cabe.

—Pues ¿qué hay de malo en trabajar y ahorrar para la vejez?

—¿Malo; malo? Pero, desgraciada, ¿para qué crees que Dios os dio la vida?

—Pues, ahora que lo dices... tan ocupada estaba en trabajar y pagar los autónomos para la vejez que ni me lo había planteado...

—¡Pues por eso vas de cabeza al infierno!

—¿Y la perezosa de la cigarra? ¿Por qué ella va al cielo?

—¡Una hormiga como tú nunca llegaría a comprender que los artistas viven siempre en gracia de Dios! ¿Es que no has visto las estampas de los ángeles que siempre llevan una lira y no paran de tocarla? ¡Ignorante!

Y así fue como acaba realmente el cuento con moraleja de «La cigarra y la cretina de la hormiga».

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