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CUENTOS BERLINESES
La poetisa de la calle Novalis

En el céntrico barrio berlinés de Mitte, y concretamente en la calle Novalis, vivía Cornelia Schumann, una joven aspirante a poetisa. La elección de la calle para su domicilio no fue casual, pues sentía una irresistible pasión por este malogrado poeta del Romanticismo alemán. 

«¿Qué ser vivo, dotado de sentidos, no ama,

por encima de todas las maravillas del espacio 

que lo envuelve,

a la que todo lo alegra, la Luz

–con sus colores, sus rayos y sus ondas; 

su dulce omnipresencia–,

cuando ella es el alba que despunta?».

Esta estrofa, de sus «Himnos a la noche», era de entre todas su favorita. Cornelia también sentía que era en la Luz donde estaba la magia de donde surgen los buenos poemas. Después de leer y releer las obras del propio Novalis, de Hoffmann, de Hölderlin y de tantos otros poetas del Romanticismo, decidió que ya podía intentar escribir sus primeros poemas, y se puso manos a la obra:

«En el florido valle, iluminado por la pálida luz de la luna...»

—¡No, demasiado cursi!

«Son tus ojos dos luceros del alba...»

—¡Que horror; que memez! A ver, empecemos de nuevo...

«Con las primeras luces del alba incierta...»

—¡Nada, que no sé escribir un poema! Pero ¿cómo se escribe un poema?

—¡Con el alma, querida niña! —dijo alguien de cuya presencia no se había percatado. Primero se alarmó y estuvo a punto de llamar a la policía, pero al ver su interlocutor, extrañamente vestido con ropas que le recordaban los grabados de los libros de Goethe, se tranquilizó.

—¿Quién eres tú?

—¿Quién iba a ser? ¡Friedrich von Hardenberg, alias «Novalis»! Y no te alarmes, cosas así suceden cada día a los poetas principiantes.

—No me alarmo, y no es la primera vez que imagino casas que parecen reales... Pero, bueno, ya que estás aquí, dime ¿cómo surge una poesía?

Novalis no esperaba ser aceptado con tanta naturalidad viniendo de donde venía y presentándose así de improviso, pero en vista de la cordialidad de chica, se sintió autorizado y expuso solemnemente su alegato:

—La poesía, querida mía, es como una noche de tormenta. Durante el día el calor y la humedad del ambiente cargan las nueves de electricidad y llega un momento en que salta la chispa y llega la lluvia torrencial. Es breve, pero poderosa y arrasa todo a su paso... ¿lo comprendes?

—Es una explicación un poco de tu época... ¡romántica! ¿Siempre tiene que salir la naturaleza?

—¿Romántica? ¿Qué es eso?

—¡Buena pregunta para el creador del romanticismo!

—¡Yo no sabía que a nuestra época se la iba a llamar «romántica»!

—Pues entonces, ¿por qué razón tú, Hoffmann, Hölderlin, Goethe y tantos otros artistas de tu época decidisteis romper con los clásicos y volver a las utopías idealistas y a la naturaleza?

—¡Ah, te refieres a eso! Querida niña, todo tiene una explicación lógica en este mundo. En mi época la realidad que nos rodeaba era fea, deprimente y profundamente injusta. Las constantes guerras producían cientos de heridos, que al infectarse sus heridas era necesario cauterizar o amputar miembros. Las calles eran un horrendo espectáculo de gente desfigurada y maltrecha. Había decenas de enfermedades endémicas, como la tuberculosis o la sífilis y pocos lugares adecuados para tratarlas. Los burgueses ricos no se ocupaban de los miserables, y no se podía pasear por una calle o plaza sin ser asaltado por decenas de desarrapadas criaturas o viejas decrépitas pidiendo limosna. Las niñas, pobres criaturas, eran frecuentemente violadas y los hijos no deseados eran tan normal que no resultaba difícil encontrar sus pequeños cadáveres en los estercoleros. Podía contarte decenas de cosas a cual más horrenda. Y ¿qué hacía la inconsciente y aburrida aristocracia y la alta burguesía por aliviarlas? ¡Nada! Por eso algunos nos revelamos contra el orden establecido y decidimos hacer las cosas a nuestra manera, apartándonos de los cánones clásicos de nuestros severos padres! ¿A eso le habéis llamado «Romanticismo»?

—No lo había visto de esta manera, porque los movimientos sociales llegaron bastante después de tu muerte... Según esta biografía, tú...

—A ver, niña, déjame ver ese libro. ¿Dices que es mi biografía? Humm... exagera un poco... A decir verdad lo nuestro era más bien una pose. Éramos tan burgueses como los demás y nos preocupábamos por nuestro futuro. Goethe, a quien has nombrado, siempre mantuvo su lucrativo empleo de guardabosques, y yo terminé mis estudios de minería antes de mi temprana muerte, tal y como deseaba mi severo padre. No sé si ahora se dice igual, pero en realidad era una moda. ¿Comprendes?

—Sí, pero es un poco deprimente oírtelo decir a ti. ¿Y qué hay de tu historia sentimental con la adolescente Sophie von Kühn?

—Sí, fue un duro golpe. Pero la muerte era algo cotidiano y familiar. Todos mis hermanos murieron de tisis. La tuberculosis era la enfermedad de la clase burguesa, muy frecuente entre las mujeres jóvenes, por sus malos hábitos alimenticios y urbanos.

—Entonces, ¿no fue la muerte de la joven Sophie la que inspiró tus mejores poemas?

—Lo fue, sin duda, pero no sabría decirte cuál de tantas muertes de seres queridos me inspiraba más que otra... Y ¿qué es ese armatoste?

—¿Esto no es un armatoste, es un ordenador portátil?

—¿Para qué sirve?

—¡Para escribir y para navegar por Internet! Claro que tú no sabes qué es eso de Internet...

—¿Y dónde está la pluma y la tinta?

—¡No hay pluma ni tinta! Mira se aprieta este botón, clic, ¿ves? y sale una letra en la pantalla, luego otra y otra hasta hacer una palabra. Si no te gusta lo borras y si te gusta lo guardas en su memoria...

—¿Y con ese chisme pretendes escribir un buen poema?

—¿Qué hay de malo? Pero si no me dices cómo se escribe un buen poema nunca lo conseguiré, ¡ni con pluma ni con ordenador!

—Querida niña, ¡recuerda lo de la tormenta! Y ahora, lamento tener que dejarte, porque hay una docena de nuevos poetas en este mismo barrio que requieren mi presencia.

Novalis desapareció tal y como había aparecido y Cornelia Schumann, recordando lo de la tormenta, creyó estar ya cargada para escribir su primer poema:

«A Berlín 

Tiene avenidas amplias y cierta sonrisa angelical.

Ha sufrido y se nota en su piel nueva,

casi recién lavada del humos sucios de las bombas aliadas.

Tiene un Zoo con osito blanco

que ya no hace gracia porque se ha hecho mayor

y los niños añoran su inocencia.

Tiene tranvías largos, amarillos como canarios,

discretos como viejos pensionistas,

sólo un «cling, cling» de vez en cuando y pasan de largo.

Tiene periódicos grandes, donde gente asombrada de ser quienes son

esconden su cotidianidad, y beben café con leche

en tazas grandes, a sorbos pequeños.

Tienes una legión de bicicletas que van y vienen por ahí sin mucho sentido,

bordeando el río para que les de el aire en el rostro,

con arrugas de jóvenes cargados de años, y con eso se conforman. 

Tiene barcos con turistas angustiados,

porque desearían que el tiempo se eternizara,

así como sus sonrisas de admiración por los grandes sauces y las   viejas hayas. 

Tiene serias universidades llenas de jóvenes preocupados por el futuro,

sin saber en qué consiste el futuro,

precisamente porque son jóvenes. 

Tiene barrios turcos, casi latinos, viejos y nuevos.

Con sabor a barrio, cafés de barrio, tiendas de barrio, niños de barrio, perros de barrio, mamás discretas y educadas, también de barrio,

y cada barrio está contento de ser un barrio. 

Tiene el orgullo de no ser importante,

pero hermosa, acogedora, tolerante,

y discretamente frustrada por su gran pequeñez. 

Tiene un Ángel Azul, el recuerdo de la Dietrich,

los años veinte y tantos otros años,

el cabaret simpático y las chicas del coro emplumadas hasta la    coronilla. 

Berlín tiene, en pocas palabras, 

el encanto de lo humano

y el misterio de lo divino.»

Lo releyó dos veces y le pareció una buena lluvia torrencial. ¡Novalis llevaba razón con lo de la tormenta!