CAPÍTULO III Las elecciones municipales yo sí que votaré, no vaya a ser que por desgana se lleven la alcaldía los rojos, que con los socialistas este pueblo sería un putiferio». «¡Que te digo yo que está to apañao! Al final habrá todos lo votos que quieran, que hasta los muertos resucitarán para las elecciones. Yo con la papeleta hago lo mismo que con los cantos cuando cago en el campo». «¡No seas bruto, que estas elecciones son serias!; que las cosas ya están bastante caldeadas desde lo de Marruecos, y este Almirante Aznar no vale ni para mandar en un convento de monjas. Que sin mano dura y alguien con buena cuna que mande y templa este país se desmadra en dos jornadas». «¡Toma!, que el Romanones ya no caza tanto por estas tierras como cuando estaba el Primo de Rivera, que deben estar todos con el cuello que no les llega a la camisa». Al atardecer venían grupos de jóvenes en cabalgaduras de Guadalajara, de Madrid y hasta de Zaragoza. Unas veces para anunciar un mitin en Sigüenza, otras ellos mismos, acompañados de su candidato, improvisaban uno en la plaza del pueblo, que casi siempre terminaba en acaloradas discusiones, cuando no a garrotazos. Los socialistas, los más activos, leían alguna proclama de Lenín y después las comentaban rebajando ostensiblemente sus pretensiones y sin mencionar la propiedad privada. —El producto del trabajo no puede ser entregado al capitalista, sino que debe ser repartido con justicia entre todos los trabajadores. A lo que algún campesino respondía agitando el bastón en el aire. —¡Anda y vete con tus cuentos a otra parte!, que aquí no sabemos de capitalismos ni de productismos, que todos semos gente honrada y nadie nos va a quitar lo que hemos ganao con el sudor de nuestra frente, ¡y menos ese Leni, o como se llame! —¿Pero es que no lo entendéis? —se esforzaba el improvisado orador—. Todos somos iguales porque a todos nos ha parido una mujer, por lo que todos tenemos derecho a una vida digna y sin penalidades. La propiedad latifundista y la mala explotación de las tierras son la causa de la miseria del campo español. Hace falta una política agraria moderna. Necesitamos hacer una reforma agraria en profundidad, que reparta mejor el fruto del trabajo del campesino y sea más rentable su trabajo. Pero el campesino insistía, sin dejar de blandir amenazador su garrota: —Cada cual tiene lo que merece, porque hay vagos y trabajadores, que las gentes semos como las golondrinas, las hay listas y las hay tontas. Los listos bien está que tengan propiedades y los tontos no valen más que para ser peones. ¿Qué carajo ese eso de que todos semos iguales? A lo que algún otro campesino replicaba: —¡Mira quién habla de listezas, que to lo que tienes lo has heredao; y trabajar, lo que se dice trabajar, no te cansas, no, que lo hacen tus peones, que los tienes medio muertos de hambre y de miseria. Que aquí todos sabemos lo que les pagas… Entonces era inevitable la trifulca. —¿Y a ti, so muerto de hambre, quién te ha dao vela en este entierro? Heredao y con honra, y no dejaré que nadie me venga con esas de que todos semos iguales ¡El primero que cruce mi sembrao probará ésta, que algunos aquí presentes ya saben cómo escuece en sus riñones! Finalmente se hacía un clamor caótico en el que cada uno expresaba en voz alta sus opiniones: «¡Si no puede haber justicia sin mano dura!». «¡Que el ser humano no tiene arreglo!». «¡Sin una revolución como Dios manda no puede haber solidaridad ni justicia!». Don Mariano pronunció un discurso de compromiso para complacer a los del partido de Sigüenza, pero por sus malas dotes de orador, fue un rotundo fracaso y casi una mofa, compensada por la acritud de sus correligionarios: —A mí no me gusta andar de sermoneos, que para ser alcalde basta con tener buen juicio y sentido común. Yo de política no sé na de na, ni me importa, porque para un pueblo como éste contri menos política mejor. Mientras yo sea alcalde tendremos tranquilidad, que es lo más importante. ¿De qué nos vale el progreso ese de la ciudad si nos viene envenenao de maldades y corruciones. Lo que importa es la tranquilidad y la buena salud, de la que tenemos a carretones y d’eso aquí no nos falta. Pero sus correligionarios de Sigüenza no estaban satisfechos con la simpleza de aquellos argumentos pueblerinos, y metían sus puyas mal intencionadas contra el candidato socialista. —Los socialistas y comunistas quieren quitaros las tierras, quemar la iglesia y declarar el amor libre, para que todos se puedan acostar con vuestras mujeres. ¿Es eso lo que queréis que aprendan vuestros hijos? A pesar de la provocación, las réplicas eran jocosas. —¡Anda y vete pa’tu pueblo, marquesito, que aquí no queremos señoritos! —¡Éste es también mi pueblo, porque esto es España, y España es lo más sagrado! Los rojos los manda Moscú y si ganan las elecciones aquí mandarán los rusos y no los españoles! Pero los campesinos recelaban de los políticos conservadores tanto como de los socialistas. —¡Muy lejos está Rusia pa que vengan a mandarnos! Que pa cuatro fanegas de trigo que recogemos al año, media docena de corderos y unas cuantas caballerías que se caen de viejas no creo que se molesten en venir de tan lejos pa gobernarnos. —¡Pero, desgraciado!, ¿y los valores universales, y la patria, la religión, Dios, y todo lo sagrado que hay en nuestra tierra?, ¿vamos a permitir que esos rojos los profanen? —¡Sin insultar, chalao, que pa’eso están las lecciones! Pa mí lo único sagrao es un jamón bien curao y el vino tinto de Aragón, y de eso creo yo que no nos faltaría, ¡aunque vinieran los rusos! Las carcajadas eran unánimes, y los conservadores finalmente comprendían que sus argumentos catastrofistas no impresionaban a nadie. Para mí todo aquello de las elecciones no era sino una oportunidad para salir de mi rutina. Nunca el pueblo había estado tan animado ni había llegado tanta gente forastera. La taberna estaba siempre repleta de parroquianos, donde no se discutía de otra cosa que de política. Mis paisanos parecían haber recuperado la ilusión por el futuro. Era estimulante ver a la gente en la taberna hablar de temas sociales, como el trabajo, la educación, el derecho a expresarse libremente, a criticar a los políticos o a la monarquía. Los instruidos leían los pasquines políticos entre baso y baso de vino, mientras los analfabetos mordisqueaban los cigarros mal liados por la premura al hacerlo por no perder detalle de lo que se estaba leyendo. De vez en cuando, si no entendían algo, se rascaban las greñas apartando momentáneamente la gorra que mostraban sus calvas blanquecinas. —«El doce de abril será la primavera de España, porque los trabajadores votarán en masa por la República —leía el campesino ilustrado—. El voto de los trabajadores pondrá fin a los históricos sufrimientos que ha padecido la clase trabajadora de este país por la opresión de la oligarquía formada por militares, nobles envilecidos y financieros sin escrúpulos, que dejará paso a un Gobierno honrado, del pueblo para el pueblo. Un nuevo gobierno democrático, honesto y comprometido con el bienestar del pueblo y no sólo en defensa de los privilegios de unos pocos». Los hermanos de Inés, Juan, Damián y Benjamín Valiente, eran los más atentos y no dudaban en interrumpir la lectura si no entendían algo. Parecían ávidos de conocimientos y sufrían visiblemente por su ignorancia. —¿Qué significa pri… pri…? —¿Privilegios? Hombre, pues qué va a significar, que unos pocos se quedan con todo lo que debe ser repartido entre todos… —¡Sigue, sigue, que ya lo entiendo! —«En esta histórica consulta electoral el trabajador no puede tener dudas a la hora de votar, porque la coalición de las izquierdas y los republicanos es la única que defiende sus intereses…» Así daban las tantas de la noche. El candil se quedaba sin aceite y el tabernero se quejaba de que hablaban mucho, pero bebían poco, y que ya estaba bien de mitines en su taberna; que la política no podría traer sino desgracias a la gente, sobre todo a los pobres. Al final, como si despertaran de un sueño, estiraban las piernas, se colocaban bien la boina y lentamente iban abandonando la taberna, sin dejar de comentar lo que habían escuchado. Afuera sólo el resplandor del mortecino candil de la taberna iluminaba la callejuela mal empedrada. Los gatos, que permanecían acurrucados en la puerta de la taberna a la espera de alguna raspa de sardina arenque, saltaban ágiles las tapias y se enzarzaban en peleas territoriales. Algún gallo cantaba prematuramente el amanecer del nuevo día y de alguna ventana llegaba el llanto monótono de alguna criatura hambrienta o dolorida. —Lo tengo decidido —comentaba el mayor de los hermanos Valiente—, votaré al «Tejero». —¡No me fío de los socialistas, que estuvieron con Primo de Rivera! —dijo el mediano. —¡Pero ahora es distinto!, aquello era por lo que era… —Yo votaría a un candidato que fuera anarquista o comunista. Aquí no valen medias tintas, ¡o todo o nada! —Yo también votaría a los anarquistas —añadió Benjamín Valiente—, pero más vale el «Tejero» que el burro de don Mariano. Aunque para lo que se puede arreglar aquí no creo que importe quién gane. Como dice el Damián, ¡lo que hace falta es una buena revolución que lo cambie todo de raíz! —¿Te crees que eso de la revolución es un juego o qué? ¡Eso es una cosa muy seria y puede traer mucho sufrimiento al pueblo! — replicaba el mayor de los hermanos. —¡Todas las cosas que valen cuestan conseguirlas y nacen con sufrimiento! —¡Déjate de revoluciones y vamos a votar por el «Tejero», que más valen los socialistas que estos caciques monárquicos! Yo, que había estado sentado en un rincón de la taberna, seguí discretamente a los hermanos Valiente con la esperanza de que Inés estuviera despierta, esperando a sus hermanos, y pudiera charlar un rato con ella antes de irme a dormir. Pero no fue así. Al llegar a casa mi padre permanecía despierto pero, como siempre, inmóvil y sentado en su taburete, frente al fogón, atizando las ascuas una y otra vez con el mismo monótono movimiento, como si estuviera hechizado. Ni siquiera se movió ni me dirigió la palabra cuando entré. Pero yo estaba habituado a su silencio, me acerqué a la alacena para coger un trozo de pan, y me senté a su lado mordisqueando el mendrugo, al tiempo que seguía sus monótonos movimientos con el atizador. Así estuvimos un buen rato hasta que me atreví a preguntarle: —Padre, ¿está usted bien? —pero no me respondió. Yo sabía que no me contestaría, pero me animé a seguir hablando sobre cualquier cosa con la esperanza de que le interesara—. La gente del pueblo anda revuelta con esto de las elecciones. He oído que los hermanos Valiente van a votar al «Tejero», pero el Benjamín dice que votaría a los anarquistas. Si yo tuviera la edad no sé ni por quién votaría, porque los socialistas me parecen extremados... que no son lo que este país necesita… creo yo... —no sé si me escuchaba porque su rostro permanecía inmutable y su interés seguía centrado en las ascuas del fogón, pero yo seguí con mi monólogo porque suponía que pudiera estar interesado—. A mí los hermanos Valiente me parecen buena gente, no sé por qué han de votar a los anarquistas. Dicen que si ganan las izquierdas habrá una revolución. Pero ¿qué significa eso de la revolución? Yo no creo que esté bien quemar iglesias y matar curas y monjas, como creo que hicieron en Rusia. Cuando dije lo que quemar iglesias y asesinar curas y monjas, mi padre reaccionó, dio un golpe con el atizador que levanto una nube de ascuas incandescentes iluminando el cuartucho, y dijo una lacónica frase: —¡Un pueblo sin Dios, eso son los rusos! No dijo nada más. Yo me retiré tratando de imaginar lo que pudiera estar pensando después de su lacónica frase. ¿Imaginaba a todos los rusos ardiendo entre las ascuas del fogón? Apenas me recliné sobre mi camastro me quedé dormido, y mi último pensamiento, como cada noche, fue para Inés. La víspera de las elecciones el alcalde instaló un altavoz en el balcón de Ayuntamiento, conectado a una radio de un coche traído por los miembros de su propio partido de Sigüenza. El artilugio sonaba poco pero suficiente para radiar los discursos de Gil Robles y del propio conde de Romanones con un tono de voz metálica y chillona. Un grupo de campesinos se arremolinaron alrededor del artilugio y aprobaban con metódicos gestos afirmativos de cabeza las razones por las que deberían votar a los conservadores. Yo me fui temprano al campo con las ovejas. Las elecciones no me importaban, aunque si me inquietaban, porque había visto nuevas miradas de odio en mis paisanos, y recelar unos de otros por causa de las ideas políticas, y eso no podía ser nada bueno. Desde el campo podía escuchar el lejano murmullo de los exaltados candidatos, pero era incapaz de entender apenas algunas frases sueltas. Como era sábado Inés no iría a la escuela y no pasaría por el camino de Sigüenza. Lo más probable es que fuera a la iglesia a la misa de diez, por lo que don Gregorio no tardaría en aparecer por el sendero. Por entonces me parecía un cura bondadoso y paciente, pero tenía un pronto que era temido por todo el pueblo. Ejercía su inútil apostolado con cierta resignación y conformismo. No era lo que se dice un cura de pueblo, cazador, buen comedor y hasta generoso bebedor, sino un hombre comedido y de hábitos casi monásticos. No era de la comarca sino valenciano. Había estado en Italia y conocido al Papa, y por alguna razón que nunca me desveló, terminó siendo capellán de un convento en Sigüenza y cura párroco de nuestro pueblo, al que llegaba a pie, fuera en el crudo invierno o en el agobiante verano. Por suerte para él, estábamos en primavera, y los campos se mostraban generosos y hospitalarios, y andar por sus olorosos senderos no era ya un sufrimiento sino un placer para los sentidos, y don Gregorio sabía disfrutar de ellos sabiamente. —Buenos días, Andresito, ¡mañana te quiero en la misa de doce! —Mañana no habrá misa, don Gregorio —le contesté sin saber muy bien por qué lo decía, pero que sin duda tenía algo que ver con la «revolución» que significaban las elecciones municipales. —Llevas razón, Andrés, que casi lo había olvidado… —y quedó en silencio contemplando mis ovejas, que como si sintieran afecto por el cura, le contemplaban con ojos cándidos. Al cabo de unos reflexivos instantes prosiguió cambiando su jovialidad inicial por un cierto desconsuelo—. ¡Mañana van a pasar cosas graves en este pueblo!… Sí, llevas razón, lo más probable es que no haya misa de doce. Yo sabía el por qué de su desconsuelo, porque tenía el mismo presentimiento, por eso le había comentado lo de la misa. Al cabo de un rato, en que el cura recorrió con la mirada la amplitud del valle como si se estuviera despidiendo de él, prosiguió cambiando totalmente de tono y recuperando su habitual sobriedad y templanza: —¡Pero Dios seguirá existiendo mañana, y pasado, y después de que todos nos hayamos muerto y dejemos este mundo! —¡Hombre, Don Gregorio, Dios ha existido siempre! —contesté yo, sólo por complacerle, pero sin saber realmente de lo que estaba hablando. Don Gregorio aprovechó la oportunidad para probar la consistencia de mi fe. —¡Qué sabes tú de eso! A ver, Andrés, ¿por qué Dios ha existido siempre? —Hombre, don Gregorio, yo no soy muy listo para explicaciones, pero lo siento así… —contesté balbuceando. Don Gregorio me lanzó una mirada penetrante, como si tratara de leer dentro de mi mente cosas que ni yo mismo era capaz de ver. —Tú serías un buen cura, porque la fe no se razona, sino que se siente… pero yo te diré en dos palabras porque Dios existe. El mundo es como un árbol y algunos de nosotros somos los frutos y otros las hojas. Las hojas no sirven para otra cosa que para sustentar el mundo y para que éste puede dar sus frutos. Pero los frutos son codiciados por los pájaros y tienen que sacrificarse para cumplir con su misión. ¿Comprendes? Ahora viene la segunda parte: los frutos no saben de la realidad más que lo que ven durante su corta vida en el árbol, o sea, que desconocen el invierno del árbol. Esa es la otra vida. ¿Comprendes? Yo asentaba mecánicamente con la cabeza pero no tenía ni idea de lo que me estaba hablando, aunque confieso que aquella breve charla marcaría toda mi posterior existencia, pues me demostró con sencillez demoledora que la realidad no es más que pura apariencia. Pero don Gregorio, consciente de mi incapacidad para comprender la metáfora del árbol, resumió su pensamiento lo más brevemente que le fue posible. —En la otra vida es donde se puede ver a Dios, por eso en ésta no podemos verlo. ¿Crees que tu pobre madre ya no existe porque está muerta? Piensa en lo que te he dicho sobre el árbol y verás que tiene que seguir existiendo en la otra vida; la que no puede ver el fruto. Allí está y estará esperándote el día en que Dios te lleve también a ti a la otra vida. ¿Comprendes? —¡Claro, don Gregorio! —No, no comprendes, pero es igual, ya lo comprenderás algún día —me dio una amistosa palmada sobre el hombro, apretó su devocionario, lanzó un profundo suspiro y prosiguió su ascenso hacia la aldea, al tiempo que seguía murmurando—. ¡Eso sólo lo comprendemos los que tenemos fe! Naturalmente que yo me quedé sumido en una profunda desazón, pues si don Gregorio había dicho que mi madre seguía existiendo, tal vez incluso andaba por allí, como una alma en pena, recorriendo los montes, contemplándome y tratando de hablarme sin que yo pudiera escucharla. Instintivamente me giré varias veces mirando en todas las direcciones, por si se aparecía. Sugestionado por esta idea, incluso creí ver que algunos guijarros se movían, o como si las zarzas se agitaran más de lo habitual, cuando apenas había viento. Estuve a punto de llamarla y preguntar si andaba por allí y no podía verla, pero afortunadamente me recuperé de la sugestión y me dije que aquella idea debía significar alguna otra cosa que don Gregorio no quiso aclararme por mi ignorancia. «Por desgracia —pensé más tranquilo— los muertos están bien muertos y sus huesos están en el cementerio. Si queda algo de ellos no debe de ser en este mundo y si hay otro mundo ¿cómo saberlo si es otro mundo?». Aquella fue la primera vez que utilicé mi mente con cierto sentido lógico, lo que marcaría mi posterior educación y mi afición por la filosofía Las elecciones municipales