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MUESTRA

Introducción

 

Sobre Dios se ha dicho muchísimo y se seguirá diciendo mucho más todavía, y lo prueba el hecho de que es un tema de conversación habitual en el ciberespacio; es decir, en foros y chats. Ponga usted en un foro la pregunta «¿Existe Dios?» y se producirá una auténtica avalancha de comentarios. Ponga usted «¿Existe el Ser?», y le tomarán por un pervertido mental. Así están las cosas en la actualidad.

Lo peor es que la charla inmediatamente degenera hasta convertirse en una batalla campal, pues los ateos no soportan a los creyentes y los creyentes no toleran a los ateos. Por su parte lo agnósticos casi nunca se meten en estos berenjenales. La agresividad sólo se da entre los que «creen en Dios»: unos para negarlo, los ateos fanáticos, y otros para destrozar su buena reputación, los creyentes, también fanáticos. Así es que entre unos y otros no sacan nada en claro.

La razón por la que me he decidido a abordar este delicado asunto en este nuevo libro, serio pero informal, es precisamente para intentar sacar algo en claro, y porque estoy un poco harto de argumentar ideas sobre otros asuntos donde siempre aparece Dios, sin que me haya atrevido hasta ahora a dedicarle a Él un solo libro en exclusiva.

Sé que es una tremenda responsabilidad y que con toda probabilidad voy a herir la sensibilidad de algunos de mis lectores, pero es evidente que quien lee un libro que habla de la dudosa existencia de Dios no es un creyente, sino un descreído vacilante. Los creyentes tienen su propia literatura, que obviamente no pone en duda la existencia de Dios.

Este no es un ensayo sobre teología, que es la disciplina que como su propio nombre indica se ocupa de los asuntos de Dios. Por tanto en un principio existe una contradicción irresoluble, porque en filosofía, mejor dicho en la parte de la filosofía que se ocupa de Dios, la metafísica, se le suele llamar el «Ser», Supremo, absoluto, ideal, etc., pero el «Ser».

Hay lenguas donde «espíritu» se confunde con «mente», incluso con «energía», y es relativamente fácil hacerse un verdadero lío, y estar hablando de metafísica, es decir, del Ente o del Ser, cuando en realidad se está hablando de teología, es decir, del mundo o de Dios, caso que comentaré ampliamente. Pero en castellano se puede y se debe ser más preciso y exigente y no confundir una «cosa con la otra» (lo entrecomillo porque no son cosas). El castellano es una de las lenguas más «precisas» del mundo y mejor dotada para la filosofía (aunque no nos lo parezca), lo que pone bastante difíciles las cosas para un filósofo, pues la coherencia requerida es casi «matemática», habida cuenta de la riqueza tanto expresiva como conceptual de nuestra lengua.

Este hecho supone un gran reto y una enorme dificultad, pero al mismo tiempo es una garantía para el lector, pues con el castellano no se pueden hacer «juegos de palabras» y llegar a conclusiones caprichosas e imaginativas. Toda reflexión razonable en castellano «va a misa», pues soy de la opinión de que es la lengua, por su parentesco directo con el latín y el griego y su rico aporte del árabe, más adecuada para «hablar con cualquier dios», o «dioses» si los hubiera, porque ninguna lengua es patrimonio de ninguna religión, a pesar de que ésta suele enriquecerla considerablemente.

PRIMERAPARTE

¿EXISTE DIOS O LO HEMOS IMAGINADO?

1. Método para el conocimiento de Dios

Cualquier buena mujer, creyente o beata, como se la quiera calificar, que besa la estampa de un santo no besa un trozo de cartulina con la figura de un santo, del que por lo general no se dispone de fotografía sino de un imaginativo retrato cargado de alegorías y simbolismos, sino que está besando al santo de «carne y hueso», porque está convencida de que esa imagen representa «realmente» a alguien que alcanzó la santidad y por tanto posee la virtud de hacer milagros. De manera que besar su imagen no puede hacerle ningún mal, antes bien puede ayudarla a solucionar algunas de sus cuitas personales, sea de salud, desavenencias familiares o precariedades económicas que tengan difícil solución.

Si cree ciegamente en la veracidad de esa imagen que no es más que un modesto intermediario celestial capaz de hacer escasos milagros, ¿qué debe sentir y creer ante la imagen de Jesucristo? Obviamente que está ante la presencia del mismo Dios, pues ya desde la catequesis para tomar su primera comunión sabe que Jesús es «consustancial» al Padre, y por tanto, también es Dios.

De manera que para esta buena mujer Dios ya tiene «sensación e imagen», es decir, ante la contemplación de una imagen de Jesús «siente y ve a Dios», de manera que sería ocioso e irreverente tratar de argumentarle con razonamientos metafísicos que aquello que «siente y que ve» no es «lo que se imagina que es», entre otras buenas razones porque nadie puede argumentar que lo que se imagina «no es lo que se imagina». Es decir, si cree que esa imagen es la de Dios, y la imaginación no necesita pruebas de «identidad», esa imagen es necesariamente Dios, «un Dios imaginario, claro está». ¡Y aquí está el problema!

El dilema en torno a Dios no es que no se pueda percibir, sino que no se puede «identificar» aquello que podamos percibir de lo que nos parezca o imaginamos que pueda ser Dios. La mujer del ejemplo no necesita que le digamos que es una pérdida de tiempo que se imagine a Dios si sólo podemos verlo «representado» en su Hijo, pero no podemos ver al mismo Dios en persona tal y como debe ser, pero no oculto en ese misterio de la Trinidad sino sin misterio alguno, y que podamos decir: «¡Ahí está: ése es Dios!».

Pero ¿por qué la mujer que besa la estampa de un santo (o el hombre, no seamos sexistas) como si besara al santo revivido no necesita ni la prueba «física» ni «razonable» de la existencia de Dios? Simplemente porque su «percepción de Dios le resulta más que suficiente» y no es tan exigente como para pedir su presencia física o su identidad. Es decir, si ya lo «percibe» ¿por qué tener que repercibirlo por otros medios distintos a su «creencia» de que Jesús ya es la imagen de Dios?

Lo que estoy tratando de argumentar es que todas las cosas, y no sólo las imágenes de Dios, se perciben de varias maneras, pues siendo una misma cosa ofrece siempre al menos tres aspectos fundamentalmente distintos pero emanantes de la misma cosa percibida, como son:

- el aspecto físico, que es la sustancia de la cosa sobre cuyo comportamiento se basa la ciencia para probar su consistencia (pero no su existencia);

- el aspecto psicológico, que proviene de la «sugestión de la imagen de las cosas», y que es la base misma de la teología y de toda religión,

- y el aspecto ideológico, que es el «formal», y que provoca la «toma de conciencia» de la cosa como idea, con entidad en sí misma (identidad), base de la filosofía y de la metafísica.

Dios no es una excepción a la hora de apercibirnos de su existencia, porque «sea lo que sea» debe apercibirse también como «sustancia», como «imagen» y como «forma (de ser)».

La primera forma de percepción, es decir, la pura sensación de todo lo aparente, es la idea panteísta, común a todas las religiones, porque es evidente: Dios es «omnipresente», es decir, si Dios es el creador de todas las cosas, el mundo necesariamente debe ser Dios mismo, pues Dios está en todas las cosas y todas las cosas son de Dios. Esta es una percepción ambigua, pues no provee de una «imagen concreta» y mucho menos de una idea específica y delimitable, sino una idea de «totalidad» o totalitaria que no puede ser concebida, pues desconocemos cómo es verdaderamente el «todo al que nos referimos», donde debe de estar incluido el «mundo teológico», que no es el planeta Tierra, sino el cosmos. Por tanto es una percepción que pudiéramos llamar «natural» o «primitiva», poco elaborada, que no es más que la constatación de la «inmensidad» del universo y la pequeñez del ser humano dentro de ese universo.

La segunda percepción ya está más elaborada, ya que proviene de una «imagen» más delimitada y concreta, pues de ese cosmos desconocido hemos extraído la imagen de un creador más humano y próximo a nuestra «imaginación» que puede presentarse incluso como un venerable anciano de barba blanca, que habita en el «cielo» y se comunica con sus criaturas precisamente con la ayuda de su «imaginación», lo que permite a Miguel Ángel hacerle un «retrato» bastante realista, echándole una mano a una de sus criaturas, y dándole de esta manera la «gracia divina» de la imaginación para poder «imaginarlo».

Pero la tercera percepción es donde el ser humano se estrella contra la falta de evidencias, pues se trata de «identificar plena y objetivamente» tanto la primera sensación como las sucesivas imágenes. Es decir, se trata de hacerse «una idea» de algo a lo que razonable y lógicamente podamos llamar Dios, y como debe reunir infinidad de atributos superlativos, no es fácil dar con ella. Todo lo que tenemos es una «idea subjetiva» que surge de la sensación de su sustancia, el cosmos, y una idea también subjetiva que surge de la imaginación de teólogos y artistas, que además difiere de una cultura a otra y de una religión a otra.

La idea del Dios que buscamos tiene que ser ecuménica, o un mismo Dios para todos. Además tiene que probarnos que es Dios y puede hacer todo lo que se supone que puede hacer Dios. La propia idea debe de mostrarnos la manera en que creó el mundo, descubrirnos sus leyes y principios, y lo que es peor, su capacidad para destruirlo de la misma manera que puede construirlo. De ahí que lo primero que se inculca en toda religión es el «temor a Dios», pues por la misma razón que creó el mundo puede tambié n «descrearlo» o destruirlo.

Esta última reflexión limita nuestra búsqueda a una idea objetiva y probable de la existencia de Dios, desestimando las que ya son perceptibles, como es su sensación y su imagen, pues no sirven para la búsqueda de nuestra idea de Dios; un Dios concebido como idea y no sólo sentido como sustancia, o sugerido como imagen.

Para hacerlo más claro podemos recurrir a un ejemplo basado en la fruta de la discordia, la manzana.

Supongamos que nuestros primeros padres están dando su habitual paseo por el jardín del Edén y dan con el manzano. Como la ciencia estaba prohibida nuestros primogénitos no tienen «ni idea» de qué puede ser esa cosa encarnada y brillante que cuelga del árbol. Por alguna razón hemos culpado a Eva de caer en la insana curiosidad de conocerlo, pero también pudo haber sido Adán.

Desde el punto de vista que nos interesa lo primero es que Eva «pruebe la existencia de la manzana», y como ya tiene el sentido de la visión, lo primero que percibe del fruto es su «imagen». El mero hecho de ver e «imaginar» la manzana que percibe, aún sin concebirla, pues no sabe qué es, le prueba que del árbol cuelgan cosas de un color atractivo, ya que las plantas desarrollan su colorido con la única intención de que sea «apercibida su presencia y la haga deseable», y una cosa es algo sin entidad. Una vez que Eva tiene la apariencia de la manzana en su imaginación, comienza el proceso que dio origen al «pecado original», causa de nuestros males de cabeza, y lo digo sobre todo refiriéndome a este libro en concreto. También puede que Eva «tocara la manzana», con lo que no llegaría a probar su existencia, sino tan sólo su «consistencia», es decir, la «existencia de hecho» de las cosas en las que no pensamos, y entrecomillo la frase porque es totalmente incorrecta, como veremos más adelante.

SALIR

Una idea de Dios según la filosofía
147 PAGINAS
KINDLE 3.99
TAPA BLANDA 6.99

Vivimos un momento histórico crucial para la ciencia. La Naturaleza ha puesto barreras infranqueables a la física. La mecánica cuántica ha hecho tambalearse todos los principios que hasta ahora dábamos como inmutables. La investigación ha llegado a tal complejidad que ya no hay medios para probar lo acertado o no de las extraordinarias teorías del comportamiento del universo. En medio de esta confusión y desaliento, la filosofía sigue siendo la forma mas próxima al ser humano para el entendimiento de la realidad que nos concierne. Este ensayo desarrolla un método para la búsqueda de una idea a la que objetivamente podamos llamar DIOS. 

Estimado lector / Estimada lectora,

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