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ECOLOGÍA Y SOCIEDAD CIVIL



















































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JAIME DESPREE





ECOLOGÍA Y SOCIEDAD CIVIL

Primera edición con el título:
«Introducción a la teoría del Ecoestado», 1989
Segunda edición revisada con el título:
«La revolución ecologista», 1992
Tercera edición revisada con el título:
«Ecología y sociedad civil», 2011



































PRÓLOGO A LA ÚLTIMA EDICIÓN






Aprovecho las grandes ventajas de la revolución digital para revisar una vez más el contenido del prólogo este histórico ensayo, porque en estos últimos meses han sucedido importantes acontecimientos de trascendencia histórica que no puedo dejar de valorar, aunque sea someramente, como la llamada «Primavera árabe», la sorprendente victoria de los verdes alemanes en dos «Länder», y, todavía fresca e inconclusa, lo que se ha llamado como la revolución de los «Indignados» en España.
Todavía es prematuro para sacar conclusiones, pero en mi opinión las revoluciones en el mundo árabe solo tienen interés por el hecho de haber sido promovidas desde la base de la sociedad civil, pero mucho me temo que las reivindicaciones fundamentales coinciden con los intereses económicos del capitalismo neoliberal de Occidente; es decir, no son nada revolucionarias.
En cuanto a la victoria de los verdes alemanes, no puedo negar que ha sido para mí una enorme alegría ver como ¡por fin! se sustancian mis inquietudes políticas de juventud, al menos aquí en Alemania, pero ahora queda por ver hasta que punto el ejercicio del poder puede o no llegar a corromper incluso las ideologías más progresistas dentro de la estructura, más o menos alternativa, de un partido político. En el Parlamento Europeo hay «verdes» que son auténticos profesionales de la política y llevan décadas apoltronados en esta discreta pero rentable institución.
Sobre los recientes acontecimientos en España, quisiera creer que los jóvenes, que hasta hace cuatro días ahogaban su frustración con sus incívicos «botellones», han reaccionado favorablemente. Pero me temo que hasta este momento el movimiento adolece de cierta ingenuidad política, que solo se justifica por el hecho de haberse propuesto nada menos que la extraordinaria tarea de «reinventar la política a partir de la nada», pues carecen de referencias históricas concretas. La realidad actual es demasiado nueva para que ya tenga historia. Este modesto ensayo intenta aportar algunas ideas que ya formaban parte de los movimientos políticos nacidos en otro mes de mayo, pero del 68.
Otro cambio fundamental ha sido retitular el libro de “Ecología y revolución” por “Ecología y sociedad civil”, pues cada día estoy más convencido de que debe evitarse una nueva revolución, siempre irracional y violenta, y que las necesarias reivindicaciones ecológicas, que son perfectamente razonables, lleguen por simple evolución. Pero la revolución será inevitable si no se llevan a cabo drásticos cambios políticos y hábitos sociales a nivel global, sobre todo en los países más desarrollados o en proceso de rápido desarrollo, como son los casos de China, India, Rusia o Brasil.

Después de la primera redacción de este libro, allá por los años setenta, ha pasado mucha agua bajo el puente, no sólo en el mundo sino en mi propia conciencia de la realidad. A este libro le sucedieron otros muy diversos y, finalmente, no tuve otra alternativa que introducirme en la filosofía, pues la realidad actual no se explica sólo con la historia, ni siquiera con una buena preparación como la que tenía Arnold Toynbee, sino que en la formación de la historia intervienen fenómenos no sólo puramente conceptuales, que puedan integrarse dentro de una idea «razonable», sino de otros puramente «psicológicos», que deben ser integrados a la idea general de la Historia. Uno de esos libros es mi ensayo «Filosofía de los sistemas sociales», que debería formar parte de éste, pues no se puede entender el uno sin el otro, tanto si se lee primero el de filosofía como este otro de política. Pero como no es posible hacer una fusión entre ambos, apunto en este nuevo preámbulo las razones fundamentales de esta necesaria interacción.
Una economía ecológica es aquella cuya explotación de sus recursos de supervivencia es «sostenible». Esto es evidente, pero lo que no se dice con tanta frecuencia es que la sostenibilidad depende de la «aclimatación del individuo al medio», y esta subyugación no es posible si no existe la convicción de lo «irremediable» del hecho en sí. En otras palabras, sólo una sociedad en cierta manera «subyugada y sometida» a los condicionamientos naturales puede tener una «economía sostenible», con un mercado controlado y altamente regulado. Esto puede interpretarse como una actitud anti-progreso y reaccionaria.
Durante un largo periodo de nuestra historia los bienes no servían a otro fin que a la supervivencia. Esto cambió de forma radical y revolucionaria, la segunda gran revolución de la historia (la primera fue sin duda la Neolítica), cuando la nueva burguesía urbana cuestiona este estatus, pues se trataba de una clase sin «clasificación natural por nacimiento». Será la burguesía quien transformará el valor intrínseco de los bienes de supervivencia para utilizarlos como referencias simbólicas que reflejen su «estatus social», ya que han desparecido los de nacimiento; es decir, que los bienes de consumo además de «útiles» se vuelven sobre todo «clasistas», y es en su «clase» donde radica su mayor valor de cambio. Con este hecho, poco citado en los libros de historia y de economía, se revolucionó de tal manera la economía social y los mercados se expandirían de tal forma que llegaría un día, el momento actual, en que se pondría en peligro la supervivencia de todo el planeta.
Por esta razón la consecución de una economía sostenible está lejos de ser viable, porque todos los pueblos que salen de algún tipo de esclavitud o dictadura inmediatamente recurren al consumo de estos «bienes clasistas» para «reclasificarse» en su entorno social. Podemos decir que las bases de la economía liberal y burguesa no tienen su fundamento en la inteligencia o el trabajo sino en el consumo y en la vanidad. China emerge del comunismo con estos mismos insostenibles valores, pero también Rusia, India, Brasil, y muy pronto algunos países del Medio Oriente recién incorporados al capitalismo liberal, y también es inevitable que a la larga se sumen prácticamente toda Asia, África y Latinoamérica a este nefasto modelo económico y social.
Por tanto no soy optimista en absoluto y creo que es ya prácticamente irreversible la destrucción del planeta, con todas sus especies, incluida la humana, a menos que se produzca una «rápida evolución» que promueva una nueva mentalidad más ecológica y personal.
Este libro se limita a dar algunas ideas, tanto económicas como políticas, y propone un cierto «repliegue histórico», pero en ningún caso el retorno a la esclavitud ni a la tutela de un Estado «cibernética y ecológicamente totalitario», sino la profundización de la misma democracia y la búsqueda de lo fundamental del ser humano y de sus verdaderas necesidades, al margen de las creadas por la sugestión de la publicidad, con la insana intención de clasificar la sociedad en estamentos que no sirven a la verdadera causa de una humanidad razonable, como es vivir en paz y en armonía con uno mismo y con su entorno natural.

Berlín, mayo de 201

INTRODUCCIÓN






¿Es la Ecología el nuevo paradigma del Tercer Milenio? Y si fuera así, ¿nos llevará a una nueva revolución de la importancia y trascendencia política y cultural de la propia Revolución francesa? Responder a esta compleja pregunta es la intención de este breve ensayo. Personalmente estoy convencido de que estamos ante una «cuestión de conciencia», que la ecología social está calando en muchas personas que comprenden que vivimos en un mundo soportado por complejas relaciones ecológicas, y este realidad debe ser cuanto antes asimilada en la vida cotidiana y reflejada en sus comportamientos cívicos y también políticos, sin que las posibles diferencias ideológicas o incluso religiosas sean a priori un impedimento para quienes las asimilen. Por tanto, las conclusiones van mucho más allá de lo que normalmente entendemos como el «movimiento de defensa de la naturaleza».
Es más, una de las conclusiones a las que llevará este trabajo, y la anticipo ya en esta introducción, es que aquellas personas que por la razón que sea llegan a adquirir conciencia ecológica (esperemos que muchos la adquieran tras la lectura de este modesto trabajo) no se convierten necesariamente en «ecologistas», o, dicho de otra forma, no pasan necesariamente a una posición beligerante en defensa de la naturaleza, sino que, una vez adquirida la nueva conciencia, la aplican en la medida de lo posible a todo aquello que forma su vida personal y colectiva. Estas personas, que pueden tener ideas políticas y religiosas muy dispares, proyectarán las exigencias de su nueva conciencia a la hora de votar a sus candidatos políticos, en las reuniones de trabajo de sus empresas o en las asambleas escolares de padres de alumnos, sin que ello signifique que ya sean ni mucho menos «ecologistas». Mi interés prioritario es tratar de mostrar que la adquisición de una conciencia ecológica supone un total reordenamiento del entorno social y cultural de las personas, es decir, es algo mucho más profundo, de más calado y trascendencia en la historia de la civilización que la necesaria defensa de la naturaleza. Se trata de «comprender» el alcance y la trascendencia del nuevo «paradigma ecológico», cuyos fundamentos serán en mi opinión las claves de la cultura política y social del siglo XXI. Por tanto, este libro va especialmente dirigido a una sociedad heterogénea y todavía sin una clara conciencia ecológica, como es la actual, y en especial para aquellas personas dispuestas a profundizar en sus nuevas convicciones tras haber adquirido conciencia ecológica.

Hace ya más de cincuenta años que de una forma u otra existe lo que hemos coincidido en denominar como el «movimiento ecologista», que hasta ahora se percibe sobre todo como un movimiento asociativo en defensa de la naturaleza. El ecologismo como un posible sistema político estructurado y experimentado apenas se cita en los libros de historia escritos durante el siglo pasado, a pesar de que los partidos verdes de inspiración ecologista existen desde hace más de un cuarto de siglo, y en algunos países como Alemania su influencia en la política internacional ha sido decisiva en los recientes acontecimientos, como el trágico 11-S de Nueva York y la segunda guerra en Irak. Son muy pocos los intelectuales que ven a los ecologistas como una «alternativa política» seria y realista que pudiera convertirse en la próxima fuerza política de oposición a los conservadores. A pesar de esos más de 25 años de existencia, la alternativa política de los ecologistas sigue sin definirse con claridad y las asambleas de los partidos verdes suelen ser un ejemplo claro de esta confusión donde buena parte de los asistentes no saben muy bien qué es lo que tienen que defender.
Este ensayo es la fusión de dos trabajos previos titulados: «La revolución ecologista» e «Introducción a la teoría del Ecoestado», escritos y publicados con escasa difusión hacia 1987, en plena efervescencia de los primeros partidos verdes españoles y europeos, y trata —al igual que sus predecesores— de clarificar los fundamentos del pensamiento que puede derivarse de la aparición de una nueva conciencia ecológica, sobre todo en el mundo más desarrollado, tanto en su derivación como sistema político y social, como cultural y filosófico, o incluso religioso. Es decir, es un intento de «estructurar» esta nueva forma de pensar y ver de qué manera puede ser imbricada en la realidad social de nuestro tiempo. Más ampulosamente, también podría decir que trata de explicar en qué consiste el nuevo paradigma ecológico.
Las tesis de este ensayo se fundamentan en mi propia experiencia personal, basada en mi proximidad con el movimiento ecologista desde sus inicios como editor de uno de los primeros periódicos ecologistas y alternativos de aquella época, «El correo verde». También es el fruto de mi posterior recorrido, con estancias prolongadas, por las experiencias políticas de este movimiento en otros países como Alemania, Reino Unido, Francia y finalmente en los Estados Unidos, donde asistí a varias asambleas del incipiente partido verde del «Área de la Bahía» de San Francisco hacia 1991. Después me trasladé a Nueva York, donde estuve acreditado como corresponsal en las Naciones Unidas con la intención de cubrir la primera «Cumbre por la Tierra» de Río de Janeiro en 1992, y en cuya ciudad permanecí durante cuatro largos años, para regresar nuevamente a España, donde volví a tomar conciencia de los importantes cambios acaecidos en todos los órdenes durante estas últimas dos décadas, sin que el ecologismo político hubiera avanzado significativamente durante todo aquel tiempo.
A diferencia de otros pensamientos políticos radicales nacidos durante los movimientos revolucionarios del siglo XIX, que cuentan con suficiente bibliografía de autores ampliamente conocidos y contrastados, el «ecologismo» como pensamiento político original, nacido en parte durante los movimientos contestatarios de Mayo del 68, está escaso de referencias bibliográficas fiables. Se ha publicado mucho acerca de él, pero excesivamente tendencioso, partidista, panfletario y poco fundamentado, no tanto por parte de sociólogos (o tal vez sea más correcto decir «ecólogos»), que sí los hay, como R. Bahro, Ivan Illch, G. Spaargaren o J. Huber, que publicaron importantes ensayos durante la década de los 80, sino por politólogos, más preocupados por la influencia política de este nuevo movimiento social, entre los que cabe destacar al neomarxista A. Schneiberg. Al menos yo no he tenido oportunidad de utilizar mucho material de consulta que me resultara útil para la intención de este trabajo. Por tanto, es muy probable que las ideas de este ensayo sean polémicas y que muchos ecologistas no estén de acuerdo con ellas.
Por otro lado, en 1987 las circunstancias históricas, tanto del mundo en general como las nacionales en particular, eran radicalmente distintas a las actuales. Entonces no se hablaba de «choque de civilizaciones» ni de «globalización». Los que entonces tomamos conciencia de las agresiones al medio ambiente y sus consecuencias futuras en la propia sociedad, luchábamos contra el capitalismo extremo, que amenazaba con «nuclearizar» el mundo, destruir la naturaleza y acabar con los recursos no renovables. Ahora el panorama es muy distinto, y ese mismo capitalismo amenaza con incendiar el mundo entero precisamente por su imperiosa necesidad de recursos energéticos y de todo tipo a través de un nuevo colonialismo militar emprendido (o relanzado, porque nunca dejó de serlo) por los gobiernos conservadores de los Estados Unidos y sus nuevos aliados, entre los que incomprensiblemente se encontró mi propio país, España. Por esta misma razón, nuestro país se vio violentamente involucrado en la dinámica de una política exterior neo-imperialista que parecía definitivamente superada tras la pérdida de Cuba y Filipinas; como si apenas levantáramos la cabeza para situarnos otra vez entre los primeros Estados de Europa, reivindicáramos nuestro nefasto pasado colonial e imperial.
Por tanto, creo que este ensayo aparece en el mejor momento, aunque me apene calificar éste como un «buen momento», sin embargo, después de dos décadas de neoconservadurismo, tal vez un momento histórico en que la idea de una nueva «revolución» no se vea tan irreal y distante. Quienes atentaron contra las torres gemelas de Nueva York sabían que, a partir de ese trágico suceso, el mundo occidental entraría paulatinamente en una crisis generalizada en busca de un nuevo modelo político, económico y social radicalmente distinto y que hiciera imposible que este tipo de ataques se pudieran volver a repetir. Es decir, a partir de entonces millones de ciudadanos de todo el mundo nos reafirmamos en que «otro mundo es posible», porque con éste nunca terminarán conflictos como la «Intifada» entre judíos y árabes, extendida después a Irak en una nueva y gigantesca «Intifada», en la que se enfrentan el mundo árabe más desencantando y resentido y, por tanto, afirmado en la intolerancia política y en el renacido fundamentalismo religioso, y el mundo occidental más conservador, racista y reaccionario. Por tanto, este ensayo es también una modesta aportación a lo que será el discurso político de la nueva izquierda progresista de los próximos años en busca de argumentos que demuestren que, en efecto, «otro mundo es posible», y en mi opinión también nosotros, los que hemos adquirido una clara conciencia ecológica, tenemos mucho que decir sobre ese nuevo modelo que deberá sustituir al actual, donde los pueblos hoy enfrentados puedan encontrar un terreno de entendimiento fraternal y de cooperación económica en común con justicia y equidad.

Para empezar, tal vez sea conveniente aclarar algunas ideas sobre los orígenes y significado del propio «movimiento ecologista» en sí, y hacer un breve boceto sobre sus fundamentos históricos.
El tan manipulado e interpretado término de «ecología» fue «inventado» por el zoólogo alemán Ernst Haeckel en 1869. Sin embargo Haeckel no era sino el continuador de tres pioneros de las ciencias naturales que todavía no llegaron a establecer la interrelación entre los seres vivos y la sociedad, pero que impulsaron el desarrollo de la Biología y la Geología. El primero de ellos fue Lamarck, autor de la primera teoría de la evolución que tuvo el rigor necesario para trascender. Este autor propuso que, puesto que el medio ambiente se halla en constante transformación, los organismos necesitan cambiar y realizar un esfuerzo por lograrlo, y que éste es uno de los mecanismos de la evolución de los seres vivos. Esta era una buena base para su predecesor, el eminente geólogo inglés Charles Lyell, quien concibió la corteza terrestre y sus diversas formaciones como resultantes de cambios que suceden gradualmente desde el origen hasta el momento actual. Pero sin duda quien sintetizó mejor los descubrimientos de estos dos científicos fue el más famoso de los evolucionistas, Charles Darwin, quien fundó la teoría de la evolución moderna con su concepto del desarrollo de todas las formas de vida con su proceso lento de la selección natural.
Sin entrar en controversias inútiles, muchos creemos que los fundamentos de la ecología moderna fueron sentados por Darwin. Al desarrollar su teoría de la evolución, Darwin enfatizó la adaptación de los organismos a su medio ambiente a través de la selección natural. Darwin demostró que los organismos están sujetos a un proceso de variación que conduce a la selección natural de los individuos mejor dotados para sobrevivir y reproducirse ante las nuevas condiciones. Sin embargo la toma de conciencia del ecologismo como un nuevo paradigma para entender los comportamientos sociales y sus consecuencias llegarían entre la década de los 70 y los 90 con los sucesivos informes del «Club de Roma», que analizaron las consecuencias de la previsible crisis energética y la posibilidad de un grave deterioro medioambiental global que pudiera conducirnos a un holocausto ecológico de consecuencias catastróficas para nuestra propia especie. Por tanto, es a partir de entonces cuando se hace evidente que la inserción en la sociedad en un medio físico concreto constituye una de las tareas básicas y ocupaciones principales de las nuevas Ciencias Sociales. Es decir, nace lo que entendemos como «ecología social».
En cuanto a la concepción y articulación del nuevo paradigma ecológico como una ideología política, también constituye una de las mayores dificultades de enunciado, incluso por parte de los que militan en alguna formación política de inspiración ecologista, porque no hay nada más confuso para el ciudadano medio, habituado a los grandes enunciados políticos históricos como el socialismo, el liberalismo o la democracia cristiana, que tratar de establecer la diferencia ideológica y objetiva entre los «ecologistas» y los «verdes». De hecho una de la primera dificultad consiste en considerar si la nueva conciencia ecológica no puede ser objetivamente sustanciada en una nueva ideología política. Es decir, de la misma forma que los partidos políticos democristianos aseguran fundamentar sus ideales en el cristianismo, los verdes los fundamentan en el «ecologismo».
Pero lo cierto es que los partidos verdes no siempre parecen estar en sintonía con los grupos ecologistas, hasta el extremo de que, en muchos casos, muestran una abierta animosidad entre sí. No es la intención de este ensayo profundizar en aspectos históricos constituyentes de los partidos verdes ni de las muchas asociaciones ecologistas de defensa de la naturaleza que proliferan en todo el mundo, para los que insisto ya hay abundante bibliografía que puede ser consultada en Internet, pero sí desearía tratar de justificarme a mí mismo, que no tengo inconveniente alguno en considerarme como una persona con una clara y arraigada conciencia ecológica, a pesar de que desconozco muchos aspectos puramente científicos de la ecológica propiamente dicha, y que ideológicamente hablando sigo considerándome «progresista», aun cuando en muchas ocasiones, ya sea por efecto de los hábitos, la casi instintiva defensa de mis valores culturales, por simple pereza o como consecuencia de la edad, me comporto como un auténtico conservador.

Hace apenas unos minutos he dado mi habitual paseo por los alrededores de mi ciudad natal. A veces permanezco un buen rato apostado en algún lugar de paso de los pocos animales salvajes que pueden verse en los pinares cercanos a mi localidad. Cuando aparecen, al verme inmóvil pendiente de ellos, creo que se preguntan a sí mismos si soy amigo o enemigo, y lamento no poder decirles que, simplemente, les respeto porque ellos tienen tanto derecho o más que yo mismo de estar allí. Pero ellos hace milenios que nos temen y evitan nuestro contacto, lo que me hace sentir bastante mal. A veces contemplo desde mi terraza a las golondrinas posarse sobre las cuerdas de tender e iniciar sus trinos interminables, y no me cabe la menor duda de que tienen tanto sentido para las otras golondrinas como puede tener este libro para mis semejantes.
Por varias importantes razones estos sencillos gestos tienen mucha más importancia para un mí que para cualquiera de mis paisanos, probablemente socialistas, liberales o conservadores que todavía no han desarrollado una clara «conciencia ecológica», y que tal vez hayan hecho lo mismo en alguna oportunidad: los animales salvajes tienen una función social que debe de ser entendida e integrada en la realidad social, además de formar parte de un paisaje pensado para el disfrute de los sentidos.
Estas reflexiones sólo son simples anécdotas con las que trato de ilustrar lo que significa haber desarrollado una clara conciencia ecológica, que no es más que poner atención en infinidad de detalles nuevos para integrarlos a la realidad y darle la importancia que realmente tienen. Como progresista y de izquierdas, asumo plenamente todas las reivindicaciones históricas de la izquierda, incluso la más radicales, y en muchos aspectos voy mucho más allá, pero no considero ningún oprobio ni ingenuidad considerar, además, que la defensa de la biodiversidad es también una reivindicación política fundamental para el beneficio de la sociedad; es decir, que se trata de alcanzar un estado de conciencia mucho más holístico y global de la realidad en la que nuestros problemas sociales sólo son una parte de los problemas globales y tenemos en consideración «todo lo que nos rodea», o lo que es lo mismo «el medio ambiente», y no exclusivamente el mundo propio de las personas. Para mí los ciervos o las golondrinas no son animales salvajes sin más, sino que son parte activa de nuestra nueva «conciencia ecológica» y, por tanto, debemos tratarlos como tal y hacerles un sitio en nuestras relaciones, no como dominantes, sino como iguales o semejantes. Puede que esta sencilla anécdota sea suficientemente clarificadora de lo que significa en la vida real ser y actuar como una persona con conciencia ecológica.
Por tanto, los partidos verdes se autodefinen como el «brazo político de los ecologistas», y se supone que defienden las mismas cosas que todas aquellas personas que han adquirido cierta conciencia ecológica, pero en lugar de hacerlo a través de iniciativas ciudadanas encuadradas en organizaciones no gubernamentales de defensa de la naturaleza, o desde otras formaciones políticas que han integrado en sus programas este tipo de reivindicaciones, lo hacen desde sus propias organizaciones políticas cuyos principios «ideológicos» son más ortodoxos con la defensa del medio ambiente y que se organizan más o menos jerarquizados, y compiten con los otros partidos para lograr el gobierno del Estado. Tal actitud supone transgredir en cierta manera el ámbito de la «ecología» para convertirla en «ideología ecológica»; una trasgresión que, en mi opinión, en demasiadas ocasiones desvirtúa buena parte del mensaje del pensamiento ecologista, y que no siempre es compatible con las propuestas de representación política de algunos partidos verdes. En otras palabras, no todos los partidos verdes representan necesariamente las inquietudes de las personas que hemos adquirido conciencia ecológica.
Por último, y precisamente como consecuencia de la confusión que rodea al propio movimiento ecologista, es frecuente leer entre los medios radicales intelectuales furibundas críticas a los planteamientos políticos de los partidos ecologistas, especialmente cuando no se limitan a aspectos meramente ambientales y hacen incursiones en la economía, con propuestas tan aparentemente absurdas como «crecimiento cero», cuando la lógica de cualquier economista clásico dice que sin un crecimiento medio superior al uno por ciento anual la economía entraría en recesión e incluso colapsaría, y con ella, no sólo terminaríamos con las supuestas ventajas prácticas del modelo liberal-capitalista, sino que los países subdesarrollados no tendrían ninguna oportunidad, en un momento dado, de adoptar este mismo modelo y alcanzar su propio desarrollo. La persona menos ilustrada en economía sabe que tal y como están las cosas, cualquier crecimiento inferior a un punto significa recesión y por debajo de cero depresión, lo que significa para la economía actual una catastrófica caída de la producción, desempleo y desestabilización social.
La primera crítica hacia esas personas, cuyos argumentos son parte del contenido de este ensayo, es que todavía hoy cuando se habla de economía no hay que hablar «sólo» de economía, sino que deben de considerarse prácticamente todos los aspectos concurrentes, entre los que destaca el propio respeto al «medio ambiente». No hay ningún economista serio en estos días que no considere el posible impacto ambiental de cualquier modelo económico que proponga, así como la función social de la empresa, etc. Puede que no sea realista proponer la opción de un «crecimiento cero» pero sí la de un «desarrollo sostenible». Se puede crecer sin destruir irreversiblemente recursos no renovables; se puede, como veremos en el capítulo sobre nuestro modelo económico, cambiar el sentido de ésta de la simple «acumulación», base «psicológica» de la economía del consumo, con lo que lleva de insolidario y despilfarrador, al de «redistribución», base de una economía sostenible, una forma de crecimiento más repartido y eficaz y por tanto menos derrochador.
Los ataques contra nuestra forma de pensar son, a veces, extremadamente agresivos y profundamente injustos, como los ultra liberales contra los ecologistas, y que suele repetirse con frecuencia con críticas como ésta: «El esquema “teórico” de estos charlatanes ha sido siempre el mismo: para lograr el paraíso aquí en la Tierra (o para evitar catástrofes inminentes) es necesario limitar y controlar la libertad individual ateniéndose a un “código ético” que la razón no puede cuestionar». No me cabe la menor duda que han bebido de las fuentes de pensadores y economistas ultra liberales como Milton Friedman. Lo cierto es que, a diferencia de lo que sostenía Aristóteles, que «es una paradoja que los humanos nos demos leyes para ser libres», probablemente prefiere un supuesto orden ultra liberal donde las personas nos manejásemos sin «códigos éticos», o con los precisos para evitar el asesinato impune y poco más. Desde luego no debe ser muy amante de la naturaleza y le preocupa muy poco su salud y la de sus semejantes. Tampoco parece importarle mucho la posibilidad de que en ausencia de «códigos éticos» pronto tendremos que hacer uso de otros «penales» si queremos salvar lo que todavía quede del medio ambiente.
Otro testimonio crítico, que como los demás no nos otorga la capacidad de comprender nada de lo que nos rodea, dice sin más argumentos que «el movimiento (ecologista) se centra en la naturaleza, a la que los más excelsos poetas han dedicado parte de sus obras, y que despierta en nosotros una especie de amor filial... El movimiento ecologista, además, cuenta con el pretendido respaldo de la ciencia, lo que le confiere un elemento más de refrendo ante la opinión del mundo. No obstante, esta imagen se ha empezado a resquebrajar y hace aguas cada vez por más sitios... Sirva como ejemplo de lo primero el testimonio del premio Nobel de física Paul Crutzen, que obtuvo el galardón por sus estudios sobre el agujero de ozono al cancelar su pertenencia a Greenpeace: “Han estafado a la causa y estoy enfadado por ello, ya que ello caerá sobre nosotros”». Para empezar, y como es obvio, deseo que no padezca jamás nada parecido a un cáncer de piel, porque está sobradamente probada la relación entre la desaparición de la capa de ozono y esta grave enfermedad. En cuanto a los poetas que cantan la naturaleza, muchos de los más aclamados jamás se hubieran considerado ecologistas, y hay muchos conservadores a los que les encanta pasear por el sendero de un bosque o contemplar una bonita puesta de sol. Y, para concluir, tal vez le confunda saber que yo mismo, que me he molestado en escribir un ensayo sobre ecología social, no estoy muy al corriente de la situación de la capa de ozono o el cambio climático, y sé sobre estos controvertidos temas lo mismo que cualquier ciudadano medianamente informado y concienciado con un fenómeno que, a pesar del Nobel Paul Crutzen, algo tendrá de alarmante cuando es un tema clave en la mayoría de los encuentros internacionales sobre la protección del medio ambiente.
No menos penosas son las interpretaciones antropoformistas de algunos intelectuales supuestamente bien informados y sensibilizados por el atropello a los derechos humanos, es decir, aquellas que siguen situando al hombre por encima de todo cuanto le circunda y con plenos derechos para explotarlo como mejor le convenga, y que está perfectamente explicado en este párrafo de un artículo sobre defensa de los derechos humanos en el boletín de Internet de la Liga Española Pro-Derechos Humanos: «Permítaseme una metáfora que explique la intención de este artículo: frente a un hombre desvalido en un paisaje degradado por la acción de un sistema económico sin escrúpulos, el objetivo fotográfico del ecologismo dejaría en penumbras –convertido en simples manchas– a su morador humano, para centrarse en los aspectos deteriorados de su naturaleza circundante. El objetivo dirige su atención hacia los problemas reales existentes, pero desenfoca, a nuestro juicio, aquello que constituye lo más importante del conjunto: el hombre». Ante semejante injusta afirmación sólo le justifica la honestidad de aclarar que se trata de «su juicio», que obviamente no es compartido por el de personas con un mínimo de sentido común, por muy ecologistas que sean.
Está generalmente aceptada la relación entre destrucción del medio ambiente y de los propios recursos que deben servir a la subsistencia de las personas, de su libertad y de su condición como tales personas. Es decir, cualquiera que tenga conciencia ecológica pero que siga sintiendo como propias las reivindicaciones sociales más progresistas, o lo que se entiende comúnmente como «los ecologistas», no pueden «desenfocar» a las personas (no me gusta utilizar el término «hombres») ni tampoco pueden desligarlas de su entorno.
Por último están los que entienden el ecologismo como una nueva doctrina de reafirmación de los valores del cristianismo con un toque pastoril y naïf, como estas afirmaciones también extraídas de Internet y firmadas por un sacerdote (aún cuando no representen la opinión de la Doctrina Social de la Iglesia sobre la llamada «Cuestión ecológica»: «El buen ecologista es partidario de la vida. Nunca del terrorismo, ni del aborto. Respeta la vida de las semillas vegetales y humanas. Un buen ecologista vestirá correctamente y no adoptará gestos provocativos, por respeto a la intimidad de los demás (y a sí mismo). Igualmente, procurará dominar sus instintos sexuales. Un buen ecologista no será violento, sino amable con los demás. No murmurará. Un buen ecologista respetará a sus padres y a las autoridades...». En fin, huelgan los comentarios.
Buena parte de la culpa por esta mala imagen la tenemos los propios ecologistas, que no hemos sido capaces de trasmitir nuestras inquietudes sin cierto maniqueísmo en la valoración que hacemos de las personas y de su entorno, dando aparentemente más prioridad al segundo. Personalmente creo que la conciencia ecológica no sólo no presupone una mayor valoración del medio natural sobre las personas, sino que no hay ninguna razón para renunciar a las inquietudes históricas de justicia social en un nuevo marco de relaciones mucho más holístico, que es tanto como decir más democrático y descentralizado. Lo cierto es que desde los años 50 un grupo cada vez más numeroso de personas y organizaciones, a las que hemos denominado como «ecologistas», están tratando de denunciar, entre otras cosas, que no sólo vivimos gracias a una peligrosa destrucción irreversible de los recursos naturales, con los consiguientes riesgos catastróficos para las generaciones futuras y que pone en peligro nuestro entorno natural, sino que también nuestra agotada civilización tecnológico-industrial afecta a nuestras libertades sociales y a nuestra salud física y mental.
Por tanto, tengo el convencimiento, y espero que este modesto ensayo colabore aun cuando sea mínimamente en esta dirección, que un nuevo «Renacimiento» está ya en el ambiente de este apasionante pero también inquietante Tercer Milenio, en el que asistiremos a la radical transformación de la sociedad tecno-industrial de Occidente, y que, de la misma forma que el primero enterró el oscurantismo dogmático del sistema feudal anterior abriendo las conciencias al nuevo mundo de la Razón discursiva y democrática, este enterrará el dogmatismo no menos oscurantista de esta «arcaica» era, la que Marcuse calificaba como del «totalitarismo democrático», para abrirnos a un nuevo paradigma fundamentado sobre una irrenunciable nueva conciencia social y ecológica.










I. EL MODELO ECONÓMICO ECOLÓGICO






1. EN LA DIMENSIÓN ESTÁ LA SOLUCIÓN

Por paradójico que parezca el libre mercado es un modelo inspirado en la economía de la naturaleza, donde ningún agente se ocupa de planificar sino que todo es espontáneo y, en ausencia del comercio y de la industria, el trabajo se convierte en el único valor de cambio. Tal y como lo enunciara David Ricardo, un antecesor de Karl Marx, los animales, como las clases trabajadoras, perciben la remuneración mínima indispensable para su subsistencia. La formación de los salarios es el resultado «del precio necesario para permitir a los trabajadores subsistir y perpetuar su raza, sin aumento ni disminución».
La propuesta que pueda deducirse de una nueva conciencia ecológica debe ofrecer una alternativa a este modelo, y como objetivamente no podemos apartarnos de la concepción clásica de la economía con más o menos matices que no cambian lo sustancial, ni aceptar la actual tendencia a la mera «acumulación», en mi opinión, esta alternativa no está tanto vinculada a las teorías económicas en sí, sino al entorno donde se desarrolla y a la política económica comunal en particular. Como consecuencia de ello, proponemos «descentralizar y reducir» el ciclo económico al ámbito del mercado local y en el marco de una autonomía política también local y, como argumentaremos después, por este simple hecho, y sin cambiar lo sustancial del modelo económico clásico del libre mercado, revertiremos la economía de la «acumulación» en otra de la «redistribución», o lo que es lo mismo, pasaremos de una economía «liberal y capitalista» a otra «liberal y ecológica». La reducción del ciclo económico lleva consigo las claves del cambio, además de una nueva definición ecológica de la propia economía.
La «acumulación», sea de bienes o de capital, es la consecuencia de la «concentración» de la población, por tanto es una de las peculiaridades intrínsecas de la actividad económica en el entorno urbano. Es decir, no puede hablarse de «concentración» si no hablamos de ciudad, de la misma manera que estaremos hablando de «dispersión» si nos referimos al entorno rural. La concentración significa que el proceso económico alcanza varios niveles en la actividad económica en general produciendo situaciones de fractura entre el trabajo en sí mismo y el uso del capital de inversión.
La mayor renta media de las ciudades o grandes aglomeraciones urbanas con respecto a las zonas rurales no es causada por el valor del trabajo en sí mismo, antes bien dada la fuerte competencia laboral que se produce en las ciudades, la renta del trabajo incluso puede ser inferior a la de una pequeña comunidad. La renta media es la consecuencia de la aparición de puestos de trabajo altamente remunerados cuya actividad no se aplica directamente en la producción en sí misma, sino al «control» de los trabajadores una vez que estos superan un determinado número dedicados a una sola actividad.
En toda actividad laboral, a partir de un número determinado de trabajadores se hace imprescindible la creación de un nuevo puesto de trabajo dedicado al control de estos, cuyo valor no se establecerá como consecuencia de la plusvalía que genera el propio trabajador, sino de la cesión de parte de la plusvalía de los trabajadores «controlados» por el propio capitalista. Es decir, que a mayor concentración de población laboral se hacen necesarios mayores controladores por parte del dueño del capital (y no del empresario como argumentaremos más adelante); que estos empleos gozan de sueldos más elevados, y que son generados como la cesión de parte de las plusvalías obtenidas por los trabajadores controlados. A su vez, estos primeros cuadros laborales medios, son «controlados» por otros superiores y, finalmente, se generan cargos de «gran responsabilidad» con sueldos astronómicos.
La media que se establece de la suma de las rentas de todos los productores, incluidos los diversos cuadros de «control», es tanto más elevada cuanto mayor es el número de la población afectada. Es decir, a mayor población mayor renta media del trabajo. Esto no quiere decir que el productor de base de una gran aglomeración urbana cobre más que otro de una pequeña comunidad, al contrario, no sólo es probable que las condiciones del mercado y la menor competencia haga que las rentas sean superiores para el productor de una pequeña comunidad, sino que por efecto de la disminución de la renta media, el coste de la vida sea también inferior. A menor circulación de capital menor inflación, es decir, precios más bajos.
Desde el punto de vista de un modelo económico «ecológico» se establecen varias conclusiones:
- La primera es que la empresa deja de ser «ecológica» cuando se hace necesaria la creación de un puesto de trabajo que no produce plusvalía directamente, sino que obtiene su renta descontando parte de la plusvalía que le corresponde al dueño del capital. Por esta misma reflexión se deduce que la empresa permanece en un entorno «ecológico» cuando es controlada por el dueño del capital; es decir, por su propietario o empresario particular.
- La segunda es que, en la medida que los «controladores» son eficaces y están bien remunerados, el propio «capitalista» puede desentenderse de la gestión directa de la empresa para convertirse en «anónimo» y participar en otras empresas tan sólo cediendo parte de las plusvalías de los trabajadores a sus «empleados de confianza»; es decir, aparece la «sociedad anónima». Como consecuencia de esta transformación, el empresario ya no tiene por qué ser el propio capitalista, sino otros cargos de confianza del capitalista, limitándose a «gestionar» la empresa con la promesa de recibir, no sólo parte de la plusvalía de los trabajadores, sino una parte de los posibles beneficios una vez descontados todos los costes de producción, incluidos los gastos financieros que debe pagar al dueño del capital. De hecho, la mayoría de los empresarios no son otra cosa que «gestores» de capital procedente de accionistas anónimos que han delegado su capital en bancos comerciales.
- La tercera consecuencia es que en el entorno donde se desarrolla la empresa capitalista el efecto de las rentas elevadas que perciben los «controladores» producirá una constante presión «inflacionista» que será especialmente sufrida por los propios trabajadores, y que se manifestará, sobre todo, en la sobre valoración de activos que no pueden abaratarse sin intervención política, como por ejemplo el suelo urbano, creando una situación irreal que no se corresponde con la equiparación de las rentas y la capacidad de consumo de los trabajadores. Es posible que se puedan regular los precio de aquellos productos que puedan «clasificarse», es decir, otorgarse una calidad determinada para dirigirlos a la clase social correspondiente, como algunos alimentos, ropa o ciertos servicios, pero el efecto del desequilibrio producido por la renta media general sobrevalorada, tenderá a que los precios suban constantemente, produciendo situaciones de marginalidad y dando origen a la aparición de «guetos», o espacios urbanos degradados que no participan de la renta media general.
- La cuarta, y la más detestable, es que tiene mejor consideración el empleado que defiende los intereses del dueño del capital que el que defiende los intereses del trabajo en sí mismo. Es evidente que si los «encargados» cobraran menos que los productores, nadie desearía ocupar ese puesto de trabajo. Esta situación hace que muchos empleados con sueldos relativamente bajos en comparación con los benéficos obtenidos por el dueño del capital, se conviertan en la «correa de transmisión» del modelo capitalista anti-ecológico actual, sin que ellos mismos sean plenamente conscientes, enfrentando al mundo del trabajo entre sí y complicando la gestión de los sindicatos.
En resumen, el entorno es una condición fundamental para considerar que un modelo económico es ecológico, lo que no significa que la empresa ecológica no utilice también capital. Y ese entorno es aquel cuya concentración de población no hace necesario la aparición de un gran número de empleos al servicio del dueño del capital, y que, por tanto, la mayoría de las empresas son gestionadas por el mismo dueño del capital, circunstancia habitual en las empresas de una pequeña comunidad.
Si el grueso de la economía actual lo aportan las grandes corporaciones, en connivencia indiscutible con los poderes del Estado que actúan a niveles multinacionales, cuya característica principal es la gran «concentración» de población laboral, no creo que por el momento exista alguna razonable posibilidad de influir a corto o medio plazo sobre las dimensiones macroeconómicas del Estado, porque las corporaciones saben que «toda desviación de la ortodoxia constituye un paso irreversible hacia el socialismo». O tal vez podríamos decir que toda idea estructurada si no se defiende con una firme ortodoxia termina por evolucionar hasta convertirse en su opuesta. Sobre esta teoría los dictadores (tanto de izquierdas como de derechas) no necesitaban consejeros. Tampoco resulta fácil defender el mantenimiento y mejora de las prestaciones del moderno Estado del bienestar (en franco retroceso en la actualidad con las privatizaciones y la descapitalización del Estado) porque las medidas de bienestar social siempre implican una redistribución, de modo que la ortodoxia clásica aplicada a la macroeconomía continuará oponiéndose a ellas.
Por todo ello, nuestra propuesta no está en cambiar sustancialmente las leyes del mercado en sí de acuerdo a la teoría clásica de «la mano invisible»; es decir, pretender que tenemos una teoría económica global y consistente capaz de asegurar la transición de nuestro modelo económico liberal-capitalista a otro sin causar una catástrofe económica sin precedentes, sino en reivindicar la reordenación política de ciertos espacios comunales donde se producen las relaciones económicas sin más, y en las que sí se pueden mejorar los actuales niveles de bienestar social y de convivencia. Es decir, en mi opinión «la solución está en la dimensión».
Este axioma no es un juego de palabras, a mi entender debería ser la regla de oro del pensamiento del nuevo socialismo ecológico y, por tanto, también es válido para acercarnos a los principios de una economía política de inspiración ecológica.
La dimensión ha sido también una constante en la historia de los sistemas económicos. La actividad económica básica en las ciudades-estado griegas era el comercio, la industria artesana y la agricultura, donde la unidad de producción era el hogar y la fuerza del trabajo eran los esclavos. Por esta razón la estructura fundamental no podía ser muy extensa, teniendo en cuenta que el comercio más importante provenía de regiones que no formaban parte de la ciudad-estado. Éstas, por grandes que fueran, contaban con un cinturón agrícola de cuya producción dependían. En el interior florecían las actividades artesanas y otros servicios, además de las instituciones dependientes del gobierno local. El mercado de bienes producidos en otras regiones era intenso, pero por sus características y productos servía de forma muy especial a las necesidades del Estado.
Aristóteles, al igual que los romanos, atribuyó gran superioridad moral a la economía agraria, opinión que persiste aún hoy entre las comunidades de carácter rural y que está siempre presente en la mente de muchos ecologistas. El comercio no tenía entonces, ni lo tendría hasta la era mercantilista, una buena reputación moral en el mundo clásico. El propio Aristóteles llegó a decir, anticipándose a nuestros días, que «hay hombres que convierten cualquier cualidad o cualquier arte en un medio de hacer dinero. Lo toman por un fin en sí, y creen que todo debe contribuir a alcanzarlo».
Incluso la dimensión está presente en las propuestas políticas de Platón, como sugiere el profesor Alexander Gray, un conservador norteamericano, quien opina que «el Estado de Platón es el comunismo de un grupo limitado». No es de extrañar, porque la sola idea de que una ciudad pudiera albergar más de ocho millones de habitantes no estaba en la imaginación de quien inventó las ideas. Platón, como Aristóteles, vivían en un mundo «ecológico» por definición, cuya dimensión era en cierta manera la clave de su comprensión de la realidad y el resultado de su genialidad. Puede que el mundo esté más presente en lo pequeño pero variado, que en lo grande pero uniforme y masificado. Por tanto, y en una primera aproximación, no vale la pena que tratemos de proponer una teoría económica de dimensiones superiores a la comunidad.
Es perfectamente legítimo que desde una conciencia ecológica tengamos en consideración los efectos sobre el medio ambiente de la economía por encima de sus logros cuantitativos, pero resulta ingenuo cuestionar la construcción de una nueva factoría, generadora de empleo y la producción de nuevos bienes útiles para el mercado, si no proponemos una alternativa viable y equiparable, cuyos resultados sean similares aún cuando con procedimientos distintos. Paradójicamente la industria del medio ambiente puede ser tan contaminante como la industria de bienes convencionales. La instalación de generadores eólicos está indignando a muchos ecologistas, que están tan preocupados por la polución paisajista como por la ambiental.
En términos económicos se trata de demostrar que cualquier propuesta alternativa produce los mismos efectos relativos con la misma inversión de capital, siendo el producto mejor distribuido y su impacto ambiental mucho menor o incluso, si se consigue un modelo de desarrollo sostenible, inexistente. Y estos efectos son numerosos y complejos:
- Satisfacción al propietario del capital;
- estimulo empresarial;
- creación de bienes o servicios con buena acogida en el mercado;
- desarrollo e investigación añadida a los nuevos artículos;
- creación de empleos estables y bien remunerados;
- recuperación y revalorización de unos terrenos para uso industrial;
- mayor actividad económica para la comunidad donde esté ubicada;
- incremento del PIB nacional, etc.
Como vemos no es tan simple proponer alternativas al modelo económico actual. Por tanto, para empezar deberíamos concentrarnos en la pequeña y mediana empresa, incluso aquella que no sobrepase el ámbito familiar. En una primera etapa nunca deberíamos de exceder el ámbito local o comarcal. Una vez introducidos en este ámbito y si los resultados son, como es de esperar, satisfactorios, podremos empezar a pensar en introducirnos en el siguiente. Por tanto, en mi opinión, la clave de la economía política de fundamentos ecológicos está en la introducción inicial en ciclos económicos reducidos o de ámbito comunal.
Pero el éxito de una actividad económica de ámbito local depende de la aceptación del mercado local y las características de este mercado dependen fundamentalmente de la política local. Finalmente, y como ya habíamos advertido al principio de este capítulo, hemos llegado a la inevitable confluencia entre economía y política: si deseamos que las relaciones económicas de una comunidad tengan fundamentos ecológicos, también el gobierno local debe fundamentarse sobre estos mismos principios. Y esto nos lleva, antes de proseguir con el modelo económico, a anticipar algunos apuntes de cómo debería ser el modelo político de una comunidad de fundamentos ecológicos.










2. AUTOGESTIÓN POLÍTICA PARA UNA AUTOGESTIÓN ECONÓMICA


Platón fue uno de los primeros filósofos en comprender que la economía de una comunidad dependía fundamentalmente de su organización política. La fórmula «ideal» era que los políticos se ocuparan con dedicación absoluta y honestidad fuera de toda duda a crear una administración pública razonable y justa capaz de servir eficientemente a los intereses generales de la comunidad. También consideraba fundamental la separación entre las actividades propias de la ciudad, como la administración pública, la justicia o la enseñanza, y la agrícola. Es decir, pese a las reducidas dimensiones de las ciudades-estado, ya era evidente la separación entre campo y ciudad. Para ello no consideró ni siquiera necesario consultar democráticamente al pueblo, sino que creía posible la nominación por razones profesionales de «custodios» que debía llevar una vida de renuncia y no poseer más bienes que los necesarios, porque «en el momento que ellos tengan tierras, casas y caudales propios, en vez de defensores se convertirán en mayordomos y labradores; y en vez de auxiliares del Estado, en enemigos y tiranos de sus compatriotas.» A la vista de cómo se ha desarrollado la moralidad en la política actual, Platón sabía perfectamente lo que decía y por esta razón en algunos parlamentos se exige una declaración de bienes patrimoniales antes de acceder a un cargo político. El buen gobierno es la consecuencia de la confluencia del interés privado con el interés general. ¿Por qué es tan difícil que esto pueda suceder?
La dificultad está en que la dedicación a la política también es una forma de «trabajo» que requiere tiempo, asumir riesgos y supone una responsabilidad importante, que en otros niveles sociales, tendría una gran recompensa material. Sin embargo, la función política no puede ser reconocida objetivamente como un «trabajo», porque eso sería tanto como aceptar que el Gobierno es una «empresa» y la política un «oficio». ¿Cómo podemos saber cuál es el sueldo idóneo de un alcalde? ¿Por la creación de valor que es capaz de generar para la comunidad? ¿Le daremos una comisión por las inversiones realizadas? ¿Lo equipararemos a una categoría profesional propia de la gestión pública, como puede ser un secretario o el arquitecto municipal? De ser así (y así es en la actualidad) no nos rasguemos las vestiduras si los políticos no son honestos, nosotros mismo les incitamos a la corrupción. Es obvio que los cargos con dedicación política no pueden tener sueldos porque, como veremos después, deben ser considerados como «una obligación social», y tan sólo pueden tener contrapartidas económicas para compensar las posibles pérdidas que le pueda ocasionar a su actividad profesional o laboral habitual dentro de la propia comunidad.
A pesar de que Adam Smith consideraba negativa la intervención del gobierno en el mercado, su concepción global de que el «interés personal era beneficioso para el interés general» significaba en la práctica que también la gestión política debería de considerarse como una actividad, cuyos beneficios redundan de alguna forma en «interés personal» pero que también es necesariamente beneficiosa para el «interés general». Los primeros burgueses entendieron que sus negocios y gremios no podían desarrollarse convenientemente si ellos mismos no participaban directamente en el gobierno local, en contra de los intereses despóticos de los príncipes y obispos. Durante la Edad Media y el nacimiento de las «comunas» y los «burgos», la política y la economía eran prácticamente las dos caras de una misma moneda y el interés del «burgués» era crear un marco político favorable para el desarrollo de los negocios de los gremios y hermandades. A partir del Renacimiento en Italia se inicia la separación del interés público y el personal. En Florencia durante algún tiempo existiría una asamblea general constituida por 150 mercaderes, pero tras una serie de guerras civiles por la defensa de estas instituciones locales, finalmente familias con grandes intereses económicos se hicieron con el poder para proteger sus propios intereses, como los Medicis para proteger su banco. A partir de entonces todos los intentos para hacer que la política se someta a los intereses generales del Estado han sido prácticamente inútiles. Los intentos de crear un modelo económico totalmente imbricado con el poder político lo constituyeron las experiencias políticas y empresariales de los primeros socialistas utópicos, con ejemplos tan radicales como New Lamark, centro industrial, o más exactamente, ciudad industrial autogobernada y autogestionada por los propios obreros fundada por David Dale (1739-1806) y reformada por su yerno Robert Owen (1771-1858).
Como veremos en el capítulo dedicado a la forma de representación política a través de la democracia directa (la única forma de representatividad democrática de fundamento ecológico), es imprescindible crear un nuevo modelo de gobierno local donde la política sea una más de las responsabilidades de las personas que comparten un espacio social con intereses comunes, para que la gestión pública esté a salvo de la posible manipulación de intereses estrictamente personales o de grupos organizados, y que estemos seguros de que sirve a los intereses generales y que nadie a título particular se lucra inadecuadamente de ella. Un principio que en cierta manera ya lo enunciara Saint-Simon, ya que la forma de gobierno contemplada por él no era aquella en que los gobernantes rigen a sus súbditos, sino aquella en que el gobierno ejerce una administración técnica sobre la obra que hay que llevar a cabo.







3. LA IMPORTANCIA DEL MERCADO LOCAL


La principal dificultad para convencer de la viabilidad de un modelo económico que incorpore activamente una nueva conciencia ecológica es que, mientras podemos aproximarnos con cierto realismo a la economía de pequeña escala, o la comunal, todavía no tenemos argumentos teóricos convincentes sobre qué hacer con la de gran escala, es decir, la macroeconomía donde operan los organismos económicos del Estado y las grandes corporaciones, porque ésta dependerá del desarrollo de la primera, y mucho menos sobre la forma en que reformaremos (o eliminaremos) el modelo de economía liberal-capitalista actual. Pero, siguiendo la metodología cartesiana, deberíamos partir de lo simple a lo complejo. Todo sistema complejo tuvo un principio simple. Empezaremos por argumentar el núcleo central de nuestro sistema con la esperanza de que el resto encontrará una solución progresiva y coherente con nuestros principios.
La economía actual es sumamente compleja y seguramente contiene algún elemento de todas las teorías establecidas desde que los economistas se ocuparon de ella; desde el uso de nuevas tecnologías de la información hasta formas arcaicas de esclavitud que no han sido totalmente erradicadas. Por tanto, no es un trabajo fácil hacernos un hueco significativo y aceptable en la historia de las ideas económicas, sobre todo porque, tal y como sucedió con las ideas marxistas, partimos de concepciones sociales y metas radicales, que requieren respuestas económicas y sociales también radicales. Además, si propusiéramos un modelo económico que no pudiera ser aplicado por igual, aun cuando con distintas magnitudes y con la utilización de distintos recursos, a los países en vías de desarrollo y que ofrecieran para estos los mismos resultados y eficacia, estaríamos perdiendo el tiempo y cometiendo los mismos errores que el que deseamos cambiar. El modelo capitalista, como apunta Galbraith, «ha padecido una considerable inclinación a preconizar políticas y sistemas administrativos apropiados para las etapas avanzadas del desarrollo industrial en países que se encontraban en etapas previas de su desarrollo agrícola».
La nueva economía de fundamentos ecológicos concede importancia a la dimensión económica de ámbito local y familiar, donde se pueden equilibrar los distintos recursos locales más efectivamente. De esta forma, los modelos válidos para el mundo desarrollado no se diferenciarán mucho de aquellos del mundo menos desarrollado. Sólo variará la cuantía final de la producción y del consumo, y, por tanto, el nivel de renta, pero permanecerá la igualdad de oportunidades y un gobierno auténticamente democrático capaz de hacer el resto.
Adam Smith, cuyos fundamentos teóricos sobre la ley de oferta y la demanda que rige el mercado no parece que puedan superarse, decía que «es máxima de todo cabeza de familia prudente no intentar nunca fabricar en casa lo que le salga más barato comprar». Esto no estaría mal si el cabeza de familia tuviera con qué comprarlo, y este economista daba por sentado que debería ser así. Unos años más tarde otro economista, el francés Jean-Baptiste Say (1767-1832), justificaba con su famosa ley que el cabeza de familia podría comprar todo lo que deseara si, a su vez, él era parte de la cadena de producción de otros bienes. La consecuencia teórica de esta ley aseguraba que el aumento de la renta producida por el trabajo permitía al trabajador comprar todos los bienes que produjera. Por mucho que algunos economistas modernos traten de introducir ciertas ideas sobre la ética del consumo, lo cierto es que la Ley de Say prevalece en la mayoría de las economías de corte conservador, donde las personas son reducidas a simples consumidores sin criterio, obligados, o mejor, condenados, a consumir todo lo que producen y con la rapidez e intensidad con que lo producen. Es decir, las personas terminan por sincronizar sus vidas con las exigencias de la empresa donde trabajan. Por esta razón creo que existe una clara relación entre la circulación del capital y la vida social. Las personas vivimos al mismo ritmo que la circulación del dinero: si éste circula con rapidez, nosotros vivimos con rapidez; si se detiene, nosotros nos detenemos también. Por esta supuesta ley, puede que la única forma de encontrar paz sea «poniendo paz» en la circulación del capital.
El primer objetivo para un modelo económico ecológico local o comunal, y en oposición al urbano y masificado, es la interacción entre mercado y empleo; es decir, crear un mercado dinámico y abierto a través del cual todos los participantes puedan contar con una oportunidad de empleo, porque el objetivo final es precisamente el pleno empleo. Por tanto, no se trata de atraer grandes industrias que aporten empleo masificado, con el consiguiente efecto negativo de la elevación de la renta media de forma desequilibrada, sino que cada participante cree, en la medida de lo posible, su propio empleo en el ámbito de pequeñas empresas con un reducido número de empleados o de ámbito familiar, y que en lo posible respondan a sus inclinaciones profesionales y con el aprovechamiento máximo de los recursos locales, pero respetando la supervivencia de la biodiversidad y los recursos no renovables.
Esta primera aproximación a la economía local ecológica tiene mucho más fundamento económico de lo que pueda parecer, porque no somos nosotros sino economistas como Octave Gélinier, cuyo currículo y docencia no le hace sospechoso de radicalismo, quien dice en su análisis de las oportunidades para la nueva economía del siglo XXI que «La vía más positiva [...] consiste en favorecer al empresario local, surgido de la cultura local, al cual se le facilita el acceso a los fondos propios acompañado de un poco de coaching (entrenamiento)». Las fórmulas de financiación y las instituciones que tendrían la responsabilidad de hacer de «business angel» no es de nuestra aprobación, pero de este tema hablaremos más adelante.
En una economía local la formación de los precios y los salarios no se establece, como hemos visto, de acuerdo al modelo de las grandes concentraciones urbanas, porque no son válidos los parámetros y valores de ésta. Es cierto que el estímulo del trabajo no es la filantropía sino el egoísmo personal. Puede que estemos de acuerdo con el propio Adam Smith, quien con su personal estilo coloquial comenta en uno de sus más célebres pasajes: «No hemos de esperar que nuestra comida provenga de la benevolencia del carnicero, ni del cervecero, ni del panadero, sino de su propio interés. No apelamos a su humanitarismo, sino a su amor propio». Pero el exceso de beneficio y la ostentación, que no es posible en una comunidad, no sirve ni siquiera para mejorar su amor propio, sino para perjudicarlo enfrentándolo al resto de la comunidad. Si la democracia necesita del impulso de las virtudes para mantenerse y evitar caer en los vicios sociales, la economía necesita el de la moderación de los beneficios para evitar, además de las posibles injusticias, las envidias y codicias, sentimiento que corroe la convivencia en la mayoría de las pequeñas comunidades.
La riqueza de una comunidad es también la consecuencia de la suma de todos los bienes y servicios que se puedan producir y vender en el
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