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MUESTRA

INTRODUCCIÓN

¿Es la Ecología el nuevo paradigma del Tercer Milenio? Y si fuera así, ¿nos llevará a una nueva revolución de la importancia y trascendencia política y cultural de la propia Revolución francesa? Responder a esta compleja pregunta es la intención de este breve ensayo. Personalmente estoy convencido de que estamos ante una «cuestión de conciencia», que la ecología social está calando en muchas personas que comprenden que vivimos en un mundo soportado por complejas relaciones ecológicas, y este realidad debe ser cuanto antes asimilada en la vida cotidiana y reflejada en sus comportamientos cívicos y también políticos, sin que las posibles diferencias ideológicas o incluso religiosas sean a priori un impedimento para quienes las asimilen. Por tanto, las conclusiones van mucho más allá de lo que normalmente entendemos como el «movimiento de defensa de la naturaleza».

Es más, una de las conclusiones a las que llevará este trabajo, y la anticipo ya en esta introducción, es que aquellas personas que por la razón que sea llegan a adquirir conciencia ecológica (esperemos que muchos la adquieran tras la lectura de este modesto trabajo) no se convierten necesariamente en «ecologistas», o, dicho de otra forma, no pasan necesariamente a una posición beligerante en defensa de la naturaleza, sino que, una vez adquirida la nueva conciencia, la aplican en la medida de lo posible a todo aquello que forma su vida personal y colectiva. Estas personas, que pueden tener ideas políticas y religiosas muy dispares, proyectarán las exigencias de su nueva conciencia a la hora de votar a sus candidatos políticos, en las reuniones de trabajo de sus empresas o en las asambleas escolares de padres de alumnos, sin que ello signifique que ya sean ni mucho menos «ecologistas». Mi interés prioritario es tratar de mostrar que la adquisición de una conciencia ecológica supone un total reordenamiento del entorno social y cultural de las personas, es decir, es algo mucho más profundo, de más calado y trascendencia en la historia de la civilización que la necesaria defensa de la naturaleza. Se trata de «comprender» el alcance y la trascendencia del nuevo «paradigma ecológico», cuyos fundamentos serán en mi opinión las claves de la cultura política y social del siglo XXI. Por tanto, este libro va especialmente dirigido a una sociedad heterogénea y todavía sin una clara conciencia ecológica, como es la actual, y en especial para aquellas personas dispuestas a profundizar en sus nuevas convicciones tras haber adquirido conciencia ecológica.

Hace ya más de cincuenta años que de una forma u otra existe lo que hemos coincidido en denominar como el «movimiento ecologista», que hasta ahora se percibe sobre todo como un movimiento asociativo en defensa de la naturaleza. El ecologismo como un posible sistema político estructurado y experimentado apenas se cita en los libros de historia escritos durante el siglo pasado, a pesar de que los partidos verdes de inspiración ecologista existen desde hace más de un cuarto de siglo, y en algunos países como Alemania su influencia en la política internacional ha sido decisiva en los recientes acontecimientos, como el trágico 11-S de Nueva York y la segunda guerra en Irak. Son muy pocos los intelectuales que ven a los ecologistas como una «alternativa política» seria y realista que pudiera convertirse en la próxima fuerza política de oposición a los conservadores. A pesar de esos más de 25 años de existencia, la alternativa política de los ecologistas sigue sin definirse con claridad y las asambleas de los partidos verdes suelen ser un ejemplo claro de esta confusión donde buena parte de los asistentes no saben muy bien qué es lo que tienen que defender.

Este ensayo es la fusión de dos trabajos previos titulados: «La revolución ecologista» e «Introducción a la teoría del Ecoestado», escritos y publicados con escasa difusión hacia 1987, en plena efervescencia de los primeros partidos verdes españoles y europeos, y trata —al igual que sus predecesores— de clarificar los fundamentos del pensamiento que puede derivarse de la aparición de una nueva conciencia ecológica, sobre todo en el mundo más desarrollado, tanto en su derivación como sistema político y social, como cultural y filosófico, o incluso religioso. Es decir, es un intento de «estructurar» esta nueva forma de pensar y ver de qué manera puede ser imbricada en la realidad social de nuestro tiempo. Más ampulosamente, también podría decir que trata de explicar en qué consiste el nuevo paradigma ecológico.

Las tesis de este ensayo se fundamentan en mi propia experiencia personal, basada en mi proximidad con el movimiento ecologista desde sus inicios como editor de uno de los primeros periódicos ecologistas y alternativos de aquella época, «El correo verde». También es el fruto de mi posterior recorrido, con estancias prolongadas, por las experiencias políticas de este movimiento en otros países como Alemania, Reino Unido, Francia y finalmente en los Estados Unidos, donde asistí a varias asambleas del incipiente partido verde del «Área de la Bahía» de San Francisco hacia 1991. Después me trasladé a Nueva York, donde estuve acreditado como corresponsal en las Naciones Unidas con la intención de cubrir la primera «Cumbre por la Tierra» de Río de Janeiro en 1992, y en cuya ciudad permanecí durante cuatro largos años, para regresar nuevamente a España, donde volví a tomar conciencia de los importantes cambios acaecidos en todos los órdenes durante estas últimas dos décadas, sin que el ecologismo político hubiera avanzado significativamente durante todo aquel tiempo.

A diferencia de otros pensamientos políticos radicales nacidos durante los movimientos revolucionarios del siglo XIX, que cuentan con suficiente bibliografía de autores ampliamente conocidos y contrastados, el «ecologismo» como pensamiento político original, nacido en parte durante los movimientos contestatarios de Mayo del 68, está escaso de referencias bibliográficas fiables. Se ha publicado mucho acerca de él, pero excesivamente tendencioso, partidista, panfletario y poco fundamentado, no tanto por parte de sociólogos (o tal vez sea más correcto decir «ecólogos»), que sí los hay, como R. Bahro, Ivan Illch, G. Spaargaren o J. Huber, que publicaron importantes ensayos durante la década de los 80, sino por politólogos, más preocupados por la influencia política de este nuevo movimiento social, entre los que cabe destacar al neomarxista A. Schneiberg. Al menos yo no he tenido oportunidad de utilizar mucho material de consulta que me resultara útil para la intención de este trabajo. Por tanto, es muy probable que las ideas de este ensayo sean polémicas y que muchos ecologistas no estén de acuerdo con ellas.

Por otro lado, en 1987 las circunstancias históricas, tanto del mundo en general como las nacionales en particular, eran radicalmente distintas a las actuales. Entonces no se hablaba de «choque de civilizaciones» ni de «globalización». Los que entonces tomamos conciencia de las agresiones al medio ambiente y sus consecuencias futuras en la propia sociedad, luchábamos contra el capitalismo extremo, que amenazaba con «nuclearizar» el mundo, destruir la naturaleza y acabar con los recursos no renovables. Ahora el panorama es muy distinto, y ese mismo capitalismo amenaza con incendiar el mundo entero precisamente por su imperiosa necesidad de recursos energéticos y de todo tipo a través de un nuevo colonialismo militar emprendido (o relanzado, porque nunca dejó de serlo) por los gobiernos conservadores de los Estados Unidos y sus nuevos aliados, entre los que incomprensiblemente se encontró mi propio país, España. Por esta misma razón, nuestro país se vio violentamente involucrado en la dinámica de una política exterior neo-imperialista que parecía definitivamente superada tras la pérdida de Cuba y Filipinas; como si apenas levantáramos la cabeza para situarnos otra vez entre los primeros Estados de Europa, reivindicáramos nuestro nefasto pasado colonial e imperial.

Por tanto, creo que este ensayo aparece en el mejor momento, aunque me apene calificar éste como un «buen momento», sin embargo, después de dos décadas de neoconservadurismo, tal vez un momento histórico en que la idea de una nueva «revolución» no se vea tan irreal y distante. Quienes atentaron contra las torres gemelas de Nueva York sabían que, a partir de ese trágico suceso, el mundo occidental entraría paulatinamente en una crisis generalizada en busca de un nuevo modelo político, económico y social radicalmente distinto y que hiciera imposible que este tipo de ataques se pudieran volver a repetir. Es decir, a partir de entonces millones de ciudadanos de todo el mundo nos reafirmamos en que «otro mundo es posible», porque con éste nunca terminarán conflictos como la «Intifada» entre judíos y árabes, extendida después a Irak en una nueva y gigantesca «Intifada», en la que se enfrentan el mundo árabe más desencantando y resentido y, por tanto, afirmado en la intolerancia política y en el renacido fundamentalismo religioso, y el mundo occidental más conservador, racista y reaccionario. Por tanto, este ensayo es también una modesta aportación a lo que será el discurso político de la nueva izquierda progresista de los próximos años en busca de argumentos que demuestren que, en efecto, «otro mundo es posible», y en mi opinión también nosotros, los que hemos adquirido una clara conciencia ecológica, tenemos mucho que decir sobre ese nuevo modelo que deberá sustituir al actual, donde los pueblos hoy enfrentados puedan encontrar un terreno de entendimiento fraternal y de cooperación económica en común con justicia y equidad.

Para empezar, tal vez sea conveniente aclarar algunas ideas sobre los orígenes y significado del propio «movimiento ecologista» en sí, y hacer un breve boceto sobre sus fundamentos históricos.

El tan manipulado e interpretado término de «ecología» fue «inventado» por el zoólogo alemán Ernst Haeckel en 1869. Sin embargo Haeckel no era sino el continuador de tres pioneros de las ciencias naturales que todavía no llegaron a establecer la interrelación entre los seres vivos y la sociedad, pero que impulsaron el desarrollo de la Biología y la Geología. El primero de ellos fue Lamarck, autor de la primera teoría de la evolución que tuvo el rigor necesario para trascender. Este autor propuso que, puesto que el medio ambiente se halla en constante transformación, los organismos necesitan cambiar y realizar un esfuerzo por lograrlo, y que éste es uno de los mecanismos de la evolución de los seres vivos. Esta era una buena base para su predecesor, el eminente geólogo inglés Charles Lyell, quien concibió la corteza terrestre y sus diversas formaciones como resultantes de cambios que suceden gradualmente desde el origen hasta el momento actual. Pero sin duda quien sintetizó mejor los descubrimientos de estos dos científicos fue el más famoso de los evolucionistas, Charles Darwin, quien fundó la teoría de la evolución moderna con su concepto del desarrollo de todas las formas de vida con su proceso lento de la selección natural.

Sin entrar en controversias inútiles, muchos creemos que los fundamentos de la ecología moderna fueron sentados por Darwin. Al desarrollar su teoría de la evolución, Darwin enfatizó la adaptación de los organismos a su medio ambiente a través de la selección natural. Darwin demostró que los organismos están sujetos a un proceso de variación que conduce a la selección natural de los individuos mejor dotados para sobrevivir y reproducirse ante las nuevas condiciones. Sin embargo la toma de conciencia del ecologismo como un nuevo paradigma para entender los comportamientos sociales y sus consecuencias llegarían entre la década de los 70 y los 90 con los sucesivos informes del «Club de Roma», que analizaron las consecuencias de la previsible crisis energética y la posibilidad de un grave deterioro medioambiental global que pudiera conducirnos a un holocausto ecológico de consecuencias catastróficas para nuestra propia especie. Por tanto, es a partir de entonces cuando se hace evidente que la inserción en la sociedad en un medio físico concreto constituye una de las tareas básicas y ocupaciones principales de las nuevas Ciencias Sociales. Es decir, nace lo que entendemos como «ecología social».

En cuanto a la concepción y articulación del nuevo paradigma ecológico como una ideología política, también constituye una de las mayores dificultades de enunciado, incluso por parte de los que militan en alguna formación política de inspiración ecologista, porque no hay nada más confuso para el ciudadano medio, habituado a los grandes enunciados políticos históricos como el socialismo, el liberalismo o la democracia cristiana, que tratar de establecer la diferencia ideológica y objetiva entre los «ecologistas» y los «verdes». De hecho una de la primera dificultad consiste en considerar si la nueva conciencia ecológica no puede ser objetivamente sustanciada en una nueva ideología política. Es decir, de la misma forma que los partidos políticos democristianos aseguran fundamentar sus ideales en el cristianismo, los verdes los fundamentan en el «ecologismo».

 

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Ecología y sociedad civil
215 PAGINAS
KINDLE 4.99
TAPA BLANDA 9.99

Uno de mis ensayos históricos. La primera redacción es de 1987, durante mi militancia activa en el nacimiento de los partidos verdes en Europa. Ha tenido numerosas revisiones para adaptarlo a los cambios causados por la revolución digital

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