×
LOS + LEIDOS
Ecología y sociedad civil
94 LECTURAS
La pasión de Alicia
60 LECTURAS
La extraña. Una historia de la inmigración
58 LECTURAS
Filosofando sobre la Realidad, el Ser, Dios y el Cosmos
47 LECTURAS
Marcus. Historia de un barrio
43 LECTURAS
Filosofía de los sistemas sociales
37 LECTURAS
eDemocracia para indignados
27 LECTURAS
La guerra de Inés
26 LECTURAS
Berlín sin muro
22 LECTURAS
Mi querida libertad
20 LECTURAS
Relatos celestiales y otros cuentos
16 LECTURAS
Cuentos berlineses
15 LECTURAS
La batalla de Sigüenza. Diario de guerra
15 LECTURAS
Filosofía para todos los públicos
8 LECTURAS
Naturaleza y ser humano
7 LECTURAS
No soñarás en vano
1 LECTURAS
Filosofando sobre la Realidad, el Ser, Dios y el Cosmos
CONTENIDO



LIBRO PRIMERO:
¿QUÉ ES LA REALIDAD? 9

LIBRO SEGUNDO:
SER Y ESTAR, ESA ES LA CUESTIÓN 85

LIBRO TERCERO:
¿EXISTE DIOS O LO HEMOS IMAGINADO? 151

LIBRO CUARTO:
PERDIDOS EN EL COSMOS 231



SUMARIO




LIBRO PRIMERO

¿QUÉ ES LA REALIDAD?
NUEVO MÉTODO PARA UN NUEVO DISCURSO

Prólogo a la última edición 5
Nuevo método para un nuevo discurso 13
Sobre este método «contextual» 18
Los conceptos fundamentales
Espíritu, Energía y Mente 25
Mundo, Materia y Ente 31
Fe, Instinto e Intuición 41
Creencia, Potencia y Causa 52
Creación, Naturaleza y Ser 58
Revelación, Reflejo y Razón 62
Apariencia, Consistencia y Existencia 67
Iluminación, Conocimiento y Entendimiento 73
Conclusión 81



LIBRO SEGUNDO

SER Y ESTAR, ESA ES LA CUESTIÓN

Primera parte

Prólogo 85
El ser y la conciencia 88
El ser y el tiempo 94
El ser y el objeto 96
El ser y el sujeto 98
El ser y la nada 100
El ser y la mente 103
El ser y el espíritu 106
El ser y la existencia 110
Epílogo: la razón del ser 114


Segunda parte

La causa del ser de las cosas 116
La causa del conocimiento 122
La causa de la mente: De lo positivo lo bueno 126
La causa de la verdad 137
Epílogo 144
Apéndice 148



LIBRO TERCERO

¿EXISTE DIOS O LO HEMOS IMAGINADO?

Introducción 151

Primera parte

Sobre el método para el conocimiento de Dios 155
Sobre el ateísmo 166
Sobre el agnosticismo 170

Segunda parte

El Dios de la teología 173
El Dios de la física o de la naturaleza 181
El Dios de la filosofía 187
Respuesta para filósofos, teólogos y científicos 200

Tercera parte

Sobre lo divino y Dios 211
Sobre lo divino y lo humano 217
Sobre el alma y la intuición 222


LIBRO CUARTO

PERDIDOS EN EL COSMOS

Prólogo a la primera edición 231
Matización de la «Gran explosión» 233
Sobre la materia aparente 240
Sobre la energía y el movimiento 252
Sobre el tiempo y la duración 260
La doble dialéctica de la naturaleza 278
Sobre el principio y el final 276
Sobre la comunicación 282
Epílogo 286
Nota del autor 289
Resumen de la tesis expuesta 290
Apéndice 291
Autores y obras citadas 294
































LIBRO PRIMERO



¿QUÉ ES LA REALIDAD?
NUEVO MÉTODO PARA UN NUEVO DISCURSO







Prólogo para la última edición

Desde mi llegada a Berlín, en el 2004, he estado trabajando incesantemente en lo que finalmente ha resultado ser un método para entender la realidad en sí misma. Pero lo cierto es que tardé bastante tiempo en darme cuenta del alcance real de este trabajo, y fue sólo a partir del tercer ensayo, «Sobre el Ser, Dios y el Cosmos», en que conseguí exponer los fundamentos de esta teoría de forma más o menos esquemática y metódica. Sin embargo, tras cada nueva lectura, sigo teniendo la impresión de no haber expuesto los argumentos con el necesario orden y claridad para hacerlos plenamente comprensibles.
La complejidad y dificultad en la exposición argumental de la tesis fundamental es debida a la amplitud del tema en sí. De hecho el método trata de explicar la realidad en sí misma, por lo que siempre es necesario partir de una causa primera. Pero también está la dificultad de analizar la simultaneidad de las diversas percepciones que el ser humano tiene de la realidad, y la extraordinaria capacidad de su mente para realizar procesos complejísimos en fracciones de segundo sin que apenas seamos conscientes de ello. Por ejemplo, cuando contemplamos imágenes en la televisión nuestra mente está trabajando a velocidades supersónicas, comparando las imágenes de lo que vemos con las que guardamos en la memoria, de manera que vamos reconociendo sobre la marcha ciertas imágenes, asociadas a un nombre, mientras guardamos otras nuevas en la memoria, asociadas también a sus nombres, para reconocerlas cuando las volvamos a contemplar. Esta no es una actividad exclusiva del cerebro, es decir, una actividad física, sino también de la mente y del espíritu, o lo que lo mismo, de los tres contextos de la percepción del ser humano: los sentidos, la imaginación y la conciencia.
Ordenar las percepciones simultáneas, objeto, imagen y forma, y otorgarles la correspondiente secuencia para la consecución del entendimiento que nos permita entender qué es la realidad, es la gran dificultad de este trabajo.
Lo que nos diferencia de los animales es que estos conocen pero no entienden, en tanto que nosotros, que somos animales filosóficos por naturaleza, estamos tan interesados en conocer como en entender. Nuestro perro nos conoce, pero no entiende nuestro lenguaje. La razón es simple, el pobre animal no percibe la realidad por su forma sino por su imagen y sustancia. Sus ladridos expresan emociones pero no entendimiento, que es propio del lenguaje. Por esa razón no puede tener ideas, pero sí sentimientos y conocimientos, es decir, no es un animal filosófico, pero es una animal con conocimiento y sentimiento. Por tanto, con este nuevo trabajo intento una vez más revindicar para la filosofía un puesto destacado en la actividad mental del ser humano, sin cuya ayuda no entenderíamos aquello que conocemos; es decir, nos rebajaríamos al nivel mental de un simple animal.
Si ha decaído el interés por la filosofía es porque se ha quedado desfasada debido al espectacular desarrollo de la física teórica, cuyas conclusiones han sobrepasado las de la metafísica clásica, pero también debido al uso casi perverso del idioma que han hecho algunos filósofos, complicando las cosas simples de razonar sólo para hacer alarde de agudeza intelectual y erudición académica. Por esta misma razón tal vez deberíamos culpar indirectamente también al mundo académico que los ha apoyado y publicado
Este breve ensayo parte del supuesto de que todos somos personas razonables y estamos interesados en entendernos mejor a nosotros mismos y la realidad que nos rodea, y no sólo en conocernos como organismos naturales, para lo que la ciencia ya nos ha aportado una abrumadora avalancha de conocimientos sin que, a pesar de todo, sirvan para entendernos.

Berlín, 9 de mayo de 2009























































NUEVO MÉTODO PARA UN NUEVO DISCURSO






«Deus sive Natura»
Baruch Spinoza





Introducción


Aprender historia de la filosofía es relativamente fácil, lo difícil es aprender a filosofar con razonamientos sin contradicciones y lógicos, a los que podamos llamar «verdaderos». Descartes sabía de esta dificultad y creyó que se trataba de la ausencia de un buen método:

«La facultad de juzgar y distinguir lo verdadero de lo falso, que es propiamente lo que llamamos buen sentido o razón, es naturalmente igual en todos los hombres; y, por lo tanto, que la diversidad de nuestras opiniones no proviene de que unos sean más razonables que otros, sino tan solo de que dirigimos nuestros pensamientos por derroteros diferentes».

Esos derroteros a los que hace mención Descartes son las palabras, puesto que en filosofía no hay más caminos que aquellos que nos brindan las palabras. Por tanto es en las palabras donde deben de estar las diferencias que llevan a la diversidad de opiniones y a sus diferentes derroteros.
¿Qué son las palabras? Sin duda que voces que expresan un sentido, que puede referirse a una cosa objetiva o subjetiva, es decir, a la representación de una cosa perceptible o a una imperceptible, como puede ser la felicidad. Estas voces tienen un origen, y son causa indistinta de la necesidad y de la propia reflexión a cerca del sujeto; es decir, de la felicidad podemos deducir tanto la desdicha como el sujeto que la padece, o del amor el odio, etc. En cuanto a la necesidad, no es más que una cuestión ontológica, pues cada nueva forma de ser requiere una nueva voz, y la formas del ser se conocen con el entendimiento, cuya cualidad fundamental es la lógica: lo que no es igual es necesariamente distinto y debe llamarse de forma distinta.
Con esta primera introducción parece imposible que pueda haber «confusión» en un discurso razonable, pues la razón es la ausencia de contradicción, dentro de la lógica contenida en el sentido «verdadero» de las palabras. Sin embargo, tal y como lo expresa Descartes, no es así. Si no sabemos a «ciencia cierta» el por qué y cómo de una cosa nos limitamos a dar nuestra «opinión»; y una opinión es tan solo una hipótesis probable que depende de aspectos subjetivos como es el mismo lenguaje.
¿Por qué el lenguaje no puede ser una «ciencia exacta» como las matemáticas? ¿Por qué un diccionario nos ofrece diversas definiciones de una misma voz? ¿De dónde surgen las causas de esta diversidad de significados?
Una primera pista se puede extraer de este comentario de un apologista de Dios sobre los adversarios del Génesis: «Su propósito era traer duda sobre las palabras de Dios... Cada oficio o profesión se inventa un vocabulario para que sea distinta a otros oficios o profesiones.»
¡En efecto! Pero no sólo Dios tiene sus propias palabras, sino que cada «oficio» tiene las suyas. Haciéndolo más esquemático y compresible, podemos decir que cada cultura, y su consiguiente lenguaje, tiene al menos tres fundamentos o premisas, y estas premisas se han ido sobreponiendo a lo largo de la historia, de manera que ahora tenemos varios lenguajes con sus respectivos sentidos, que se mezclan y utilizan indistintamente, produciendo la inevitable confusión de significados.
A estas premisas yo prefiero llamarlas «contextos», y tienen su origen en la percepción de la realidad en cada momento crítico de la evolución de la mente del ser humano.
El lenguaje sólo puede surgir cuando nuestra mente es capaz de apercibirse de la forma contenida en la imagen de las cosas; es decir, cuando la conciencia sustituye a la imaginación. Sólo con el surgir de la conciencia el ser humano adquiere la capacidad de comparar unas formas de otras por su impresión y otorgarles una voz distinta a cada una de ellas. El mundo perceptible que antes aparecía sin orden en su imaginación, ahora gracias a las impresiones puede ser trasladado a su nueva conciencia, donde nace la primera idea de una cosa contenida en su voz.
Pero el lenguaje que surge de las primeras impresiones no puede contar con una estructura razonable, y el origen del sujeto no está todavía claramente relacionado con el objeto, pues sigue mediando la sugestión de la imagen como una «aparición» sin una causa razonable. Durante esta etapa inicial el ser humano descubre las cosas pero todavía no las relaciona entre sí como causadas unas por otras en una necesaria relación dialéctica. Es por tanto un lenguaje que surge de la nada y que será el fundamento de un primer contexto mágico-religioso, sin fundamento razonable, que constituye el primer contexto de la realidad según la teología o la religión, origen de todos los textos sagrados, incluida la Biblia. Este es el contexto de la «apariencia».
Transcurridos unos cuantos miles de años, la propia experiencia adquirida de las cosas, pese a que éstas son aparentes y emanadas de su creador, dejan su constancia por su consistencia; es decir, no sólo son lo que aparentan, sino que también son lo que «consisten». Esta certidumbre lleva a la rebeldía de la conciencia contra lo aparente para saber «qué son las cosas realmente». Pero el precario lenguaje inicial de los dioses carece de voces adecuadas para expresar el ser de las cosas de acuerdo a su consistencia o características propias, y se hace necesario un nuevo y revolucionario vocabulario, que «confunde las lenguas», no por sus voces sino por sus sentidos. Por ejemplo, lo que antes era una doctrina ahora es un sistema. Estamos hablando de lo mismo, pero en otro contexto de la realidad, que requiere una nueva expresión paralela dentro de las existentes.
Este sería el segundo contexto, el de la «consistencia», o también de la ciencia, que lleva a las matemáticas y a la geometría, y que surge con toda probabilidad durante el neolítico, o el descubrimiento de la agricultura y el sedentarismo propio de esta cultura, lo que permite desarrollar la mente acumulando los datos que forman la experiencia, base de la ciencia.
Con esta primera revolución en el lenguaje se duplican las voces, pero sin que tengan sentido distinto, simplemente se expresan en su propio contexto, por tanto lo que es cierto para la ciencia debe serlo también para la teología.
Por último, y ya en épocas más recientes, cinco o seis siglos antes del nacimiento de Cristo, se gesta una nueva revolución en el lenguaje. Pero esta vez la certidumbre sobre la que se basa esta nueva revolución no tiene en consideración ninguna de las premisas o contextos anteriores, porque desprecia el conocimiento de las cosas por su apariencia o su consistencia. Ahora el ser humano no está ya interesado en conocer sin más qué son las cosas, sino que quiere saber «por qué son las cosas», es decir, las quiere «entender».
Ni la apariencia ni la consistencia de las cosas le dicen sus causas. Para poder penetrar en sus misterios ocultos, debe penetrar a su vez en su «forma de ser verdadera»; es decir, debe limitarse a entender el ser de las cosas en sí mismas y sus atributos, pero no sus cualidades o características, lo que le lleva a descubrir un nuevo contexto o premisa de la realidad: el de la «existencia», o también de la filosofía.
Pero el ser de las cosas, o la existencia, no está en las cosas mismas, sino fuera de ellas, es decir, en la mente que quien las piensa. Es el final de un proceso de «liberación» de lo creado por Dios y lo producido por la naturaleza, porque ahora el nuevo «fenómeno» consiste en saber las «causas de la existencia de la cosas». Es como si dijéramos que el «esclavo», o la mente, descubre la existencia de su «amo», la naturaleza y Dios, que es incapaz de hacerlo por sí mismo. Por esa razón Protágoras sentenciará que «El hombre es la medida de todas las cosas». Y con este último acto supremo de rebeldía personal, surge la filosofía, que «no encuentra palabras» para expresar sus nuevos descubrimientos, por lo que necesita crear un nuevo lenguaje, que se sobrepone a los dos anteriores, con lo que ya tenemos la «confusión total dentro del lenguaje actual». Siguiendo el ejemplo anterior, ahora las voces doctrina y sistema se han convertido en «ideología».
De manera que a lo largo de nuestra historia, sobre todo en la de Occidente, se han ido desarrollando tres lenguajes diferentes con tres sentidos específicos: el lenguaje de lo aparente o teológico; el lenguaje de lo consistente o científico; y, finalmente, el lenguaje de lo existente, o filosófico.
Estimado lector / Estimada lectora, si te ha gustado lo que has leío puedes comprar el resto haciendo clic aquí:
He puesto los precios mínimos posibles. Gracias por tu ayuda.   SUBIR ->