JAIME DESPREE La batalla de Slgüenza Diario de guerra: del 14 de julio al 16 de octubre de 1936 Auto-publicado en Amazon ISBN:84-609-2507- Primera edición: enero de 2005

DEDICATORIA

PRIMERA PARTE POR QUÉ SURGIÓ ESTE LIBRO La crueldad intrínseca de toda guerra es que tiene como finalidad la exterminación del enemigo. Pero cuando éste tiene el rostro de un familiar, un amigo o incluso un vecino, entonces alcanza tal grado de crueldad que pone en entredicho la supuesta superioridad del ser humano con respecto de los animales. Cuando terminan las guerras civiles ambos contendientes se dan cuenta de que no ha habido vencedores ni vencidos, sino que todos la han perdido. Así son las guerras civiles, por eso es necesario superarlas con profundos y dolorosos actos de reflexión

y arrepentimiento colectivos, acompañadas del necesario perdón y si es posible del olvido. Son tan graves sus consecuencias en las comunidades que las padecen, que su sentimiento de culpa permanece años e incluso siglos, en tanto estos sinceros actos de reconciliación no alcanzan a todas y cada una de las comunidades que las han padecido. No es suficiente con que un Gobierno decrete la paz, es necesario ganarla pueblo por pueblo, comunidad por comunidad, y ésta es la intención de este libro: hacer una revisión «histórica» de uno de los episodios más dramáticos de nuestra historia local, y que en mi opinión los «vencedores» no han hecho todavía lo suficiente para reconocer su parte alicuota de culpa en esta tragedia que nunca debió suceder. Me he permitido entrecomillar la palabra «histórica» para llamar la atención de los lectores sobre un hecho evidente: que hasta ahora no se han escrito trabajos históricos sobre estos sucesos, sino meros panfletos propagandísticos, ta

nto de uno como de otro lado, de las ideologías enfrentadas en el conflicto. La diferencia entre un libro de historia y un panfleto propagandístico no radica en los hechos en sí, que pueden coincidir, sino en la valoración de estos mismos hechos. Por ejemplo, un libro de historia diría: «en tal fecha entraron los milicianos republicanos en la ciudad», mientras que un panfleto de propaganda diría: «en tal fecha las hordas de descreídos marxistas, hombres sin Dios, canalla roja y bolchevique, entraron en la ciudad en plan conquistadores, de amos y señores de todo...», tal y como lo expresa en su delirante libro Enrique Sánchez Rueda. Lamentablemente para ellos, esta valoración propagandística les desautoriza como historiadores y sus esfuerzos de reconstruir la realidad histórica carecen totalmente de crédito. Sin embargo, en este modesto trabajo he tenido en consideración la descripción de muchos hechos que aparecen, arropados de su inevitable verborrea propagandística, en éste y en otros libros que de alguna manera se refieren a estos hechos. Por tanto, mi intención es contar un relato verdaderamente histórico sin que en ningún momento utilice adjetivos peyorativos, todo lo más reflexiones personales, en un intento de interpretar las causas y los efectos, que nunca suelen aparecer en este tipo de libros con claras intenciones propagandísticas. Los historiadores no sólo necesitan datos, sino una gran dosis de sentido común para interpretarlos. La Guerra Civil en Sigüenza fue extremadamente cruel, sobre todo porque algunos seguntinos (y otros que no lo eran, pero residían circunstancialmente en nuestra ciudad) se ensañaron de tal forma con sus propios conciudadanos que hasta los mismos mandos militares de ambos bandos tuvieron que poner freno a sus odios, cuestionando sus denuncias. Algunos incluso llegaron a hacer de la venganza una especie de «turismo macabro», haciendo viajes de «fin de semana» para denunciar a sus paisanos en Soria, donde ya padecían penas de trabajos forzados. En este trabajo no se mencionan nombres sino hechos, aun cuando su autor ha hablado con tantos testimonios directos de estos despiadados actos de venganza, que hubiera podido mencionar sus nombres y apellidos, así como las circunstancias y acusaciones con todo tipo de detalles. Muchos de ellos siguieron viviendo en nuestra localidad en contacto diario con algunas de sus víctimas, las que milagrosamente se habían salvado de sus deseos de venganza, sin que durante todo este tiempo tuvieran el más mínimo gesto de arrepentimiento, ni sus víctimas ninguna posibilidad de reivindicarse ni acusar a sus verdugos. Cuando llegó la Democracia, había pasado una generación y los hijos de las víctimas hicieron un gran esfuerzo por olvidar, sin que se vieran recompensados por actitudes similares por parte de los hijos de los acusadores. Ahora ya estamos prácticamente ante la tercera generación de aquellos luctuosos hechos y todavía unos y otros siguen sin reivindicarse, y muchos nietos de los acusadores siguen sin reconocer la culpa de sus antepasados, con actitudes de intolerancia y desprecio por aquellos valores que deben presidir nuestra época, para salvarnos de nuevos hechos similares. Incluso yo mismo he tenido que sufrir en varias ocasiones esta intolerancia y probablemente tendré que seguir padeciéndola, incluso con más acritud después de hacer público este trabajo, pero como reza un proverbio chino, me complace saber que sólo se apedrean los árboles que dan frutos. Siempre he intentado hacer lo que ha estado en mi mano y en mi capacidad para beneficio de mi propia comunidad, aunque en ocasiones parezca que hago todo lo contrario. Por eso he creído necesario hacer un último esfuerzo y pedir a los seguntinos que de una vez por todas acepten los hechos tal y como fueron y admitan que todos perdimos aquella guerra y que nadie tenia la verdad ni la razón. Que la verdad es la que dictan las urnas y la razón se expresa por medio del diálogo y la reflexión, tal y como intento hacer con este modesto trabajo, que estoy seguro no será totalmente objetivo, pero que ha sido ampliamente contrastado en sus hechos y conclusiones con muchos miembros de esta comunidad, de todas las ideologías, y que éste es el resultado final de este doloroso trabajo por recuperar la memoria histórica de unos hechos, que la sola descripción entristece profundamente y me parece imposible que hayan podido suceder. Como novelista siento un gran respeto por los temas basados en hechos históricos y me propuse «revivir» aquellos tres meses con la mayor fidelidad e imparcialidad posible. Cuando empecé a recopilar información y bibliografía sobre la Guerra Civil en Sigüenza me di cuenta con verdadero estupor, que ni yo mismo, que presumía de saber algo de historia universal, desconocía la de mi propia ciudad. Otro de los estímulos fue un breve pero conciso relato sobre los sucesos más significativos que escribió Carlos Arjona, y gracias al cual comencé una metódica labor de recopilación de testimonios, no sólo de él, sino de muchos seguntinos más, ya por haber sido ellos mismos testigos directos, o por hechos relatados por sus familiares. Al final me encontré con un material tan abundante y apasionante (por lo trágico y violento) que, sin duda me permitía escribir un modesto trabajo en el que estaba seguro de poder contar la «Batalla de Sigüenza», día a día, con detalles tan minuciosos como el contenido de los bultos que algunas milicianas se llevaban a Madrid, la actitud de los niños frente a los milicianos, el horario del tren «blindado» a Madrid, el menú del rancho de la tropa, etc. Lo que más me sorprendió fue sin duda constatar que ni yo mismo conocía estos hechos, y que los más notables cronistas o ensayistas que habitualmente colaboran en las publicaciones locales, o que han sido la clave la historiografía local, disponían de material ya elaborado sobre este conflicto, pero que simplemente «no se atrevían a publicarlo». Entonces me pregunté si era cierto que todavía no estaban cerradas las heridas de la guerra. Me pareció simplemente absurdo que a estas alturas de la Transición española alguien siguiera pensando que la Guerra Civil debía ser «ensalzada» o incluso «justificada», porque no hay guerras civiles justificadas; las guerras, en general, son un fracaso de la inteligencia, del sentido común y de la propia condición humana, por tanto, todos aquellos que emprenden guerras de agresión son culpables ante la historia, sean quiénes sean: rojos o azules, cristianos o islamistas, etc. Dicho esto, en mi opinión el estudio de la Guerra Civil española debe enfocarse como una circunstancia puntual, que ya no va a repetirse jamás y que, por tanto, si hemos de hacer algún juicio de valor debe ser desde la perspectiva actual, es decir, desde la defensa inequívoca de un Estado democrático y de Derecho, sometido a convenciones internacionales sobre el respeto a los Derechos Humanos, a la pluralidad y a la condena sin paliativos de toda forma de violencia que no sea en legítima defensa. ¿Por qué entonces debemos tener miedo a contar los hechos tal y como sucedieron? No hay razón para temer nada, pero, no obstante, soy partidario de no citar nombres propios, a excepción de aquellos cuya notoriedad es inevitable. Por tanto, este breve trabajo no citará nombres de familias seguntinas envueltas en el conflicto, para no herir los sentimientos de sus descendientes, pero ellos mismos deben valorar y aceptar la parte de responsabilidad si la hubiera, y hacer su propio examen de conciencia sin que nadie les señale con el dedo, porque, pese a que no soy creyente, acepto el dicho bíblico de que «con la misma vara que midas serás medido». En definitiva, mi intención es establecer los hechos y que cada cual haga sus valoraciones. Por mi parte, me permitiré también analizar desde mi punto de vista esas «circunstancias» que nos llevaron al conflicto, pero aceptando que no pueden ser más que opiniones subjetivas y personales. Mi deseo es que todos los seguntinos, sin excepción, condenemos estos hechos como luctuosos y detestables, rindamos homenaje a todas las víctimas sin distinción, dejemos fijadas las fechas que debemos conmemorar en su recuerdo, y pasemos página de nuestra historia local con el firme propósito de defender el modelo político y social actual, imperfecto sin duda, pero el mejor de todos los posibles. En cuanto a agradecimientos, sin duda que este trabajo habría carecido de interés sin la ayuda y el testimonio de un entrañable y extraordinario seguntino, con quien esta ciudad estará en deuda permanente y no habrá nada que podamos hacer para pagarle: me refiero al ya venerable, pero lúcido anciano, Ignacio Costero, superviviente del sitio a la Catedral y voluntario de la milicia seguntina. Si las personas tenemos algunas virtudes que nos distingan, Ignacio Costero posee un compendio de las mejores: la avidez por el conocimiento, la búsqueda de la verdad, el sentido del deber, incluso en situaciones en que es preciso poner la vida en riesgo, el deseo de justicia social, la capacidad de contemporizar en todo momento y en todas las épocas, y hasta una sana y provechosa curiosidad. Por último, y sin duda la virtud que más me ha impresionado, es su humildad y coraje para soportar el desprecio y el descrédito de los «vencedores», sin rencor, con generosidad y hasta con simpatía. El triste e inevitable día en que nos deje, podemos estar seguros de perder a la persona que a mi entender merece figurar entre los primeros seguntinos que inauguran la historia de la lucha por la libertad y la democracia en nuestra ciudad. Por último, tengo que agradecer a la hija de Francisco Gonzalo, apodado «El carterillo», Isabel Gonzalo, el que disculpara mi interés por conocer su versión de la muerte de su padre, porque involuntariamente reviví uno de sus recuerdos más dolorosos y que con toda probabilidad el rememorarlos fue abrir una vez más esa herida. Espero que este libro ayude también a mitigar su dolor, imposible de superar a pesar de haber transcurrido tantos años, pero me consta que, al menos, les quedó la imagen de un padre que murió con dignidad y entereza, fiel a sus principios, por lo que la historia de esta ciudad debe hacerle un sitio destacado entre esos «buenos seguntinos» que dieron su vida para que otras personas, como yo mismo, pudiéramos escribir libros como éste, sin temor a sufrir la misma ciega y fanática violencia que él sufrió de sus propios paisanos. BREVE ANÁLISIS DEL CONFLICTO Durante cuarenta años a los españoles se nos quiso convencer de que la Guerra Civil española fue una «guerra de religión y de valores». Nada más irreal, porque no existen las guerras de religión, sino que todas las guerras tienen invariablemente un trasfondo económico. La esencia del conflicto fue la consecuencia de los traumáticos sucesos producidos en la población española, mayoritariamente agraria y analfabeta, durante los dos periodos republicanos, cuyos gobiernos se empeñaron en recuperar con la mayor rapidez posible el tiempo perdido, y situar a España al mismo nivel social y económico que los países europeos de su entorno. Los cambios perseguían simplemente la creación de una clase media liberal y democrática, que era la base de todas las democracias europeas de su tiempo, a costa de reducir la pobreza de las clases humildes y disminuir los privilegios de las clases altas. Lo demás fueron los efectos de estas mismas causas. Pero ni la población, ricos y pobres, ni las instituciones seculares, respondieron al reto con actitud «dialogante», sino que se consideraron agredidos y reaccionaron con violencia e intolerancia. La República no tenía otro medio para llevar a cabo las reformas que el derivado del «parlamentarismo», siempre respetando los logros sociales y políticos propios del Estado de Derecho (de la misma forma que ahora la lucha antiterrorista tiene que hacerse respetando el Estado de Derecho), por eso no estaba dotada, ni del ejército, ni de los efectivos policiales adecuados para «reprimir» a los alborotadores y descontentos. Por tanto, la primera vez que se empleó con auténtica dureza, durante la represión de las huelgas revolucionarias de 1934, sembró el germen de su autodestrucción. Tal vez transgredió lo tolerable para un régimen democrático y de Derecho, y dio alas y argumentos a los revolucionarios y a los militares para que entre los dos acabaran con ella. Durante las huelgas revolucionarias de 1934, no sólo se frustraron las esperanzas de cambios profundos y radicales de las clases más empobrecidas, representadas fundamentalmente por las organizaciones anarco-sindicalistas, sino que molestó profundamente al Ejército, que representaba a las oligarquías terratenientes, grandes industriales y financieros, y a la propia Iglesia Católica, sin duda afectada por las leyes de la República que simplemente perseguían la separación real y objetiva de la Iglesia y del Estado, y especialmente al general Franco, encargado por la propia República de la sangrienta represión de los mineros en Asturias. Durante el crítico periodo entre la victoria del Frente Popular y la sublevación militar, las provocaciones de los derrotados fueron constantes y con métodos prepotentes, ya que gozaban prácticamente de total impunidad. Hay que tener en cuenta que las clases acomodadas contaban con vehículos y cuantas armas desearan, con las que hacían razias diarias por los barrios populares de las grandes ciudades, disparando contra las ventanas de los sindicatos, donde raro era el día en que no se produjeran heridos o incluso muertos. Ante estas constantes provocaciones, las clases obreras solo disponían de un arma legal para defenderse: la huelga general revolucionaria, cansados ya de la inoperancia del Gobierno para terminar con las provocaciones. No es preciso recordar que los enfrentamientos en Sigüenza tuvieron su origen en una de estas provocaciones y que el asesinato en Madrid del diputado monárquico José Calvo Sotelo fue la consecuencia directa del asesinato de un capitán de la Guardia de Asalto, José Castillo, unos días antes. Por tanto, las condiciones para un golpe de Estado, militar o revolucionario a través de una huelga general revolucionaria, estaban creadas, pero Franco se adelantó. Para colmo, y para desgracia de la frágil República, como consecuencia del desplome económico de 1929 se estaba produciendo la derrota de las democracias centroeuropeas, en las que se deseaba reflejar y apoyar, con la ascensión del fascismo en Alemania e Italia y el triunfo de la «línea dura» de Stalin en la nueva Rusia comunista, que eran las dos caras de una misma moneda. Para comprender cuáles eran las intenciones reales de la República, lo mejor es analizar el desarrollo de la sociedad española a partir de la Transición que, sin duda, retoma el «espíritu republicano» sin utilizar elemento alguno del periodo franquista. La «revolución burguesa» que preconizaba la República se realiza a partir de 1975 en apenas una generación, y puesto que el proceso es tan rápido, podemos hablar de tres revoluciones favorecidas por un cúmulo de circunstancias, que no se dieron en los años 30: – La revolución política, que en mi opinión propició Adolfo Suárez, quién valientemente legalizó todos los partidos políticos, incluido el comunista, enterrando la política del «Movimiento» y recuperando la pluridad política de la República. – La revolución legislativa, que aunque ya se había iniciado con Suárez, correspondió al periodo de gobierno de Felipe González, llevar a cabo una ingente labor legislativa, que renueva los fundamentos del nuevo Estado de Derecho de acuerdo una vez más con las intenciones de la República, derogando las leyes promulgadas por el franquismo. – La revolución económica, que no hay duda fue impulsada por los diversos gobiernos de José María Aznar, gracias a que el «terreno» estaba listo y abonado para ello, quien, además, termina con los monopolios de la era franquista y los restos de autarquía económica que pudieran quedar, consolidando la capacidad adquisitiva propia de la clase media, a lo que aspiraba la República. Por tanto, los frutos de la Transición son el regalo que el «espíritu republicano» le hace a la nueva monarquía y que, afortunadamente, valora, aprovecha y respeta. Muchos españoles opinan no sin cierto sentido del humor, pero también con cierto fundamento, que el Rey Juan Carlos es el mayor republicano de nuestro país. La llegada de los socialistas nuevamente al poder, en condiciones sin duda extraordinarias, resulta no obstante providencial, ya que pone fin a los excesos del neoliberalismo que propició la revolución económica de Aznar, y seguramente tratará de que se restablezca el equilibrio entre los factores fundamentales que configuran una sociedad equilibrada: el político, el legislativo y el económico. España estaba cayendo en una peligrosa tendencia a dar prioridad al nepotismo del dinero, sobre todo porque al ser una revolución tan precipitada, no se estaban consolidando los tres valores fundamentales propios de la clase media histórica en Europa: la ilustración humanística en contra de la especialización profesional; la responsabilidad compartida en contra de la represión policial, para el ejercicio del gobierno, y la cultura democrática para comprender la importancia del respeto hacia el opositor y vigilar su pureza y autenticidad. Pero volviendo al análisis de los acontecimientos que originan la Guerra Civil española, los grandes capitales de la época, como el de Juan March y la propia familia real en el exilio –que apoyaron financieramente a Franco desde Portugal durante los primeros meses de la guerra–, sin duda temían que era inevitable una nueva y más violenta huelga general revolucionaria, de imprevisibles resultados, y debieron tantear a militares represaliados como Mola, Sanjurjo o al joven general Franco, para proponerles dar un golpe de Estado. Franco, que en un principio se negó rotundamente a participar es este complot, debió considerarlo más adelante y una vez que comprendió que con él o sin él, Sanjurjo y Mola darían el golpe. Dado el desorden e indisciplina dentro del propio Ejército y contando con fuerzas leales y bien entrenadas como la Legión, creada por Millán Astrai, pero en la que Franco tenía gran ascendencia, y formada en su mayoría por marroquíes rifeños procedentes de nuestro protectorado y de los estratos más pobres –una de las prácticas habituales de esta tropa era arrancar dientes de oro de sus víctimas y hacerlos llegar a sus familiares como si se tratara de remesas de inmigrantes–, así como prófugos de la justicia, Franco debió considerar que le resultaría fácil dar un rápido golpe de Estado, disolver los partidos políticos y las organizaciones sindicales, disolver las Cortes, censurar los medios de comunicación, para, finalmente, y una vez restablecida la «disciplina», nombrar un gobierno «fuerte» y de «unidad nacional», sin que al principio tuviera una idea de cómo podría ser este gobierno. En mi opinión, como militar y apolítico, detestaba por igual a socialistas como a falangistas, anarquistas como a carlistas, marxistas o capitalistas. En definitiva, podríamos decir que «Franco era un hombre de disciplina», simple y sin complicaciones. Cuando se produce el alzamiento, la violencia desatada catalizaría al menos nueve movimientos enfrentados entre sí, lo que se traduce en varias guerras internas dentro de la Guerra Civil: 1. El ejercito de Franco contra el de la República: Primera fase del conflicto y el que deseaba el propio Franco. 2. Falangistas contra socialistas: En busca de las clases medias, muy próximos en sus postulados básicos, pero enconados por el nacionalismo de unos y el internacionalismo de los otros, además de sus posturas con respecto a los valores tradicionales y la religión. 3. Marxistas contra requetés: O lo que es lo mismo, ateos contra católicos fundamentalistas. 4. Anarquistas contra la República: En revancha por la represión de 1934, y a la que consideraban «burguesa». 5. Requetés contra franquistas: En defensa de sus fueros y la reinstauración de la rama borbónica de Carlos, y que Franco nunca reconoció. 6. Franquistas contra falangistas «auténticos»: Franco abandonó y encarceló a sus líderes, y dejó a su suerte a José Antonio y a otros destacados falangistas, rivales molestos, y fusionó hábilmente a estos con los intransigentes requetés en la FET y las JONS, poniendo fin a sus disputas. 7. Brigadas Internacionales contra nazis alemanes y fascistas italianos, como preludio de la Segunda Guerra Mundial 8. Anarco-sindicalistas de la CNT-FAI contra los sindicalistas socialistas de la UGT. 9. El Partido Comunista (PC) afín a las tesis de Stalin contra el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), que apoyaba las tesis troskistas. En estas confusas circunstancias, sólo el general Franco, por su talante castrense, frío, metódico e intuitivo, tuvo la habilidad de mantener unido su frente bélico, en tanto que en el lado republicano, fue imposible la unidad de acción, llegando incluso a enfrentamientos violentos entre sí, sobre todo en Cataluña. El propio Franco evolucionó desde una postura apolítica como «hombre de disciplina y de unidad nacional», a otra someramente política, cuando comprendió que podía ganar la guerra, fusionando el pensamiento social y nacionalista de los falangistas con el moral y religioso de los carlistas, ofreciéndoles participar en un primer Gobierno, pero sin transigir a ninguna de sus verdaderas reivindicaciones, como eran la instauración de un fascismo al estilo italiano de los falangistas y la reinstauración en el trono de la rama borbónica de Carlos, con los consiguientes fueros para Navarra, de los requetés. Las oportunas muertes del general Mola en una accidente aéreo y del general Sanjurjo en los primeros días del alzamiento, le facilitaron el acceso incuestionable y dictatorial a la jefatura del Estado. Tan sólo la firmeza de su régimen, gracias a una brutal depuración sistemática (tanto de la izquierda como de la derecha hostil), y dentro de un Estado policial y militarizado, le permitió mantener hasta la década de los años sesenta un régimen con esa mezcolanza de ideologías, que podía resumirse en un nacional-socialismo católico y tradicional, fundamentado sobre el Ejército, y que tuvo que mantener firmemente hasta el mismo día de su muerte. La reinstauración de la Monarquía (o más bien «instauración») aceptada a regañadientes por los progresistas tras la muerte del Franco, no probaba otra cosa que su régimen usurpó durante 40 años la legalidad institucional en nuestro país. En rigor, tras la muerte de Franco debería de haberse constituido un proceso de negociaciones hasta la proclamación de la III República, tal y como había sucedido en Francia tras la dominación napoleónica. Sin duda el «23 F» salvó al Rey de las dudas de los republicanos y le legitimó como jefe del Estado. EL TRASFONDO EN SIGÜENZA Tras las elecciones generales de marzo de 1936, a pesar de que en Sigüenza vencieron los monárquicos romanonistas, y ante la negativa de estos de jurar fidelidad a la República, es nombrado alcalde Francisco Lafuente, del partido Izquierda Republicana, encabezando una Gestora Municipal, junto con otros concejales leales, que no será disuelta hasta la caída de Sigüenza. Al estallar la sublevación, la población de Sigüenza no reaccionó, y al no haber personal militar o de seguridad en la ciudad, nadie se atrevió a tomar la iniciativa en ningún sentido, ni a favor de ningún bando. Los grupos que podrían haber tomado la iniciativa en los dos o tres primeros días del conflicto, tanto socialistas y comunistas afiliados a la Casa del Pueblo, como falangistas adscritos a Acción Popular y a Acción Católica, carecían de armamento y probablemente de decisión. Testigos presenciales del bando sublevado aseguran que los camiones de intendencia del Tercio Requeté que tomó Sigüenza, que transportaban alimentos a las tropas desde Navarra, regresaron en una ocasión cargados con armas, escopetas de caza, que había almacenadas en la Casa del Pueblo. Cabe la posibilidad de que los militantes socialistas seguntinos, en previsión de una sublevación, almacenaran estas armas, pero nunca llegaron a utilizarlas. El análisis que hemos hecho para España es también válido para Sigüenza, a excepción de la participación de los «internacionalistas». Pero sin duda la causa de la formación de facciones tuvo mucho que ver con la muerte violenta de Francisco Gonzalo, el «Carterillo», persona querida y respetada, y la vileza de algunos seguntinos (menos de media docena) que provocaron una innecesaria represión posterior, ya que en mi opinión en Sigüenza no había motivo para enfrentamientos enconados de clase, al menos que justificaran depuraciones con ejecuciones sumarias. No cabía ninguna posibilidad de que la población, tanto la urbana, como la campesina de las pedanías, aceptara el mensaje revolucionario, porque no había ni grandes terratenientes, ni grandes industriales, ni siquiera el clero, a excepción de Hilario Yaben, (próximo al pensamiento nazi y que no fue represaliado) era claramente beligerante. Los sectores productivos seguntinos se concentraban en el comercio al mayor y al detalle con un reducido número de empleados, pequeñas industrias o talleres artesanales con uno o dos operarios o aprendices y servicios administrativos de tendencia republicana y liberal. Los campesinos, por su parte, eran pequeños propietarios apolíticos, pero cercanos a las tesis conservadoras de la monarquía, más por tradición y costumbre secular que por otra cosa, o aquella que apoyara el clero local, salvo aquellos que llegaron a formar parte de los sindicatos o asociaciones agrarias de tendencia socialista. Lo que prueba esta situación fue que ni siquiera las fábricas de alfombras o la de elásticos de Lapastora fueron colectivizadas. Tan sólo lo hicieron, y no está totalmente probado, los empleados de la entonces fábrica de papel moneda, una de las primeras en España, y más tarde de estraza, de Los Heros, situada entre La Cabrera y Aragosa. No hay pruebas, como comenta Vallina, de colectividades de carácter agrícola en toda la comarca. Paul Preston analiza las causas de esta ferocidad en la represión de los pueblos ocupados por miembros de la Falange, con este comentario: «Los falangistas que ante los arbitrarios y terribles actos de represalia contra la población civil tenían problemas de conciencia, se alistaban voluntarios al frente, los que no tenían problemas de conciencia se quedaban en las ciudades simplemente para dedicarse a reprimir. Por eso los falangistas de las ciudades eran los más sanguinarios». No cabe ya la menor duda de que la actuación del ejército franquista en Sigüenza fue desproporcionada, excesivamente cruel con la población civil y sus intereses, e incomprensiblemente represiva durante la postguerra, sobre todo porque en su mayoría eran monárquicos, católicos y afines a sus ideales. Fue tan feroz, cruel y arbitraria la represión franquista (sin duda debida a la resistencia que opusieron los milicianos) que la historia posterior de nuestra ciudad ha quedado profundamente marcada y arrastró el trauma del enfrentamiento sin que hasta la fecha, casi setenta años después, se hayan aceptado los hechos y se haya hecho pública una valoración mínimamente objetiva e imparcial de los acontecimientos. Los responsables políticos posteriores, en la medida de que estaban influenciados por el horror de la contienda, decidieron «congelar» la ciudad de acuerdo a la estructura social y económica «tradicional» que tuvo durante los años veinte. Es decir, evitar a cualquier precio su industrialización, o lo que es lo mismo, el proceso de evolución natural de talleres artesanos a pequeñas industrias familiares, que traerían obreros, a los que culpaban de causar todas sus desgracias. La influencia de la Iglesia local para frenar cualquier intento de industrialización fue evidente. Buena parte de la población culpó a la creación de la Casa del Pueblo –en un capítulo posterior se verá hasta que punto esta idea es sostenida también por la Iglesia local– de todos los males padecidos por la población durante la Guerra Civil, que se limitó a implementar las nuevas legislaciones laborales promulgadas por la República en lo referente a despidos improcedentes y a la obligación de contratar parados locales con prioridad a los foráneos, y ese mismo criterio permaneció hasta bien entrada la Transición. Por esta razón, Sigüenza se quedó postrada, como una especie de «ciudad fantasma», perdiendo la extraordinaria oportunidad que supuso la entrada en la Unión Europea y el río de inversiones para infraestructuras que llegaban a nuestra comunidad, quedando al margen de toda modernidad, anclada en el pasado sin un sentido claro de cuál podría ser su futuro, una vez perdida la oportunidad de su industrialización durante la década de los setenta y ochenta. Por mucho que la nueva Corporación socialista se empeñe en «recuperar el tiempo perdido», las posibilidades de éxito son escasas, porque los fondos estructurales procedentes de Europa se están agotando y las necesarias inversiones para poner al día nuestras infraestructuras que puedan favorecer al posible empresario local representan un coste excesivo para las endeudadas arcas municipales, incapaces de equilibrar sus presupuestos debido a la escasez de sus ingresos. Pero sobre todo porque Sigüenza, debido a la importante pérdida de población sufrida durante los años setenta y ochenta, carece de la energía suficiente para este enorme esfuerzo, además, de la voluntad general y de la unidad de acción necesaria para ello. Si reconocemos que este análisis puede ser aceptable y reivindicamos la memoria histórica de los hechos tal y como acaecieron y exhumamos las fosas comunes que todavía queden, deberíamos erigir un alegórico monumento por suscripción pública –para el que no faltan buenos artistas locales que lo pudieran crear– en memoria de «todas las víctimas», indistintamente del lado que estuvieran, y, de esta manera, al menos podremos cerrar este capítulo de nuestra historia que sigue de alguna manera abierto y pesando en nuestra memoria y conciencia colectiva, dejando así abierto un proceso de reflexión para reincorporar la ciudad al momento histórico actual, con el consiguiente nuevo dinamismo e interés, sobre todo ahora que la inmigración descontrolada ha «roto el maleficio histórico de la clase trabajadora», y tarde o temprano reivindicarán todos sus derechos propios de una sociedad moderna y laboralmente regulada. LA SITUACIÓN DE LA IGLESIA LOCAL Como historiador circunstancial y escritor de vocación, tratándose de un trabajo con intenciones históricas, no doy como aceptable nada que no sea mínimamente probado. Por esta razón mi primera aproximación a la Iglesia en Sigüenza, en épocas previas a la ocupación, se fundamentaba en la creencia de algunos sacerdotes de merecido respeto intelectual, con quienes he conversado ampliamente comentando este trabajo, que opinaban que «la Iglesia en Sigüenza apenas tenía poder». Después de revisar las actas del Obispado y el último tomo de la Historia de los Obispos de Sigüenza, de Aurelio de Federico, cuyo edición curiosamente no se encuentra en la Biblioteca local, ni existe posibilidad alguna de adquirirlo, no me queda más remedio que cambiar de opinión. Cierto que la Iglesia no tenía poder, pero eso era precisamente la causa de su enconamiento contra la República. La retirada de muchas ayudas estatales, el intento de hacer efectiva la separación de la Iglesia y del Estado, promoviendo la educación pública en detrimento de la religiosa, la regulación de muchos servicios públicos y sociales que eran exclusividad de la Iglesia, como la gestión de cementerios, bodas, bautizos; la legalización del divorcio y la regulación del aborto, etc., y una nueva y más severa fiscalización por parte de la República, dejó a ésta ante la perspectiva de perder gran influencia sobre sus feligreses con la consiguiente pérdida de ingresos para su financiación. El obispo Nieto estaba profundamente preocupado por la probable bancarrota de la diócesis seguntina y muchas de sus cartas pastorales y acciones concretas están encaminadas a concienciar a los feligreses de que debían ser más generosos y contribuir al sustento del clero local. Hay que tener en cuenta que era enorme el gasto del Cabildo, además de las numerosas órdenes religiosas, el Seminario y los colegios religiosos. ¿Cómo hacer frente a todos los gastos? En mayo de 1936, y tras la victoria del Frente Popular, lanza una campaña, denominada «Cruzada Pro Ecclesia y Seminario», para concienciar a los feligreses de sus responsabilidades financieras con su Iglesia. En su misiva a los promotores y ejecutores advierte: «Mirad esta cruzada como cosa vuestra, pero miradla no bajo el prisma del interés, porque pudiera parecer a algunos que lo hacemos impulsados por el egoísmo». La advertencia deja claro que el trasfondo es económico. La gran paradoja a la que se enfrenta la Iglesia durante esta época es que los numerosos feligreses que supuestamente tendrán que sustentarla son, en su mayoría, pobres de solemnidad. Su defensa de los estamentos tradicionales que justifican la existencia de las clases sociales, es decir la inevitable condición social de pobres y ricos, se vuelve dramáticamente contra quienes los defienden: es imposible que las clases populares sostengan la Diócesis y los ricos tampoco están dispuestos a correr ellos sólos con todo el gasto. ¿Qué hacer? Parece sencillo deducir que la mejor opción era apoyar cualquier movimiento social que defendiera el retorno de los valores tradicionales, aquellos que aseguraban su supervivencia en condiciones al menos aceptables. Y esta postura se sustancia en la creación de organizaciones seglares de apoyo a la Iglesia, como por ejemplo la «Acción Católica», próxima a los grupos falangistas. En cuanto a su beligerancia política, también tenía la esperanza de no encontrar prueba alguna que contradijera la opinión que me había formado de que «carecía de poder» Puede que fuera a través de la interacción de la Iglesia y su organización seglar «Acción Católica» por lo que a la defensa de la fe, que es sin duda la labor primordial de toda Iglesia, se le añadió la peligrosa idea de que ésta también defendía, casi en exclusividad, la «Patria». ¿Cómo no iba a causar indignación entre los republicanos, que también se sentían patriotas, que la Iglesia se apropiara en exclusiva de este valor esencial? Este párrafo escrito acerca de la biografía del obispo Nieto creo que deja claro el intento de apropiación de la Patria por la religión católica de su tiempo: «Y llegados a este momento, no aparecen ya hechos salientes en nuestro biografiado hasta los primeros días de la Guerra Civil española en que segaron su vida los enemigos de la Religión y de la Patria». El talante «político» de la iglesia a favor de las fuerzas más tradicionalistas, si quieren podemos llamarla la extrema derecha, no puede ocultarse. Personalmente sentí una gran tristeza cuando indagando en los escritos biográficos del obispo Nieto leí estos lamentables párrafos: «Situación política de Sigüenza poco antes del Movimiento Nacional y en los primeros días del mismo: »Sigüenza, fundamentalmente católica en su gran mayoría, como lógico efecto del vivir multisecular bajo la sombra benéfica de los obispos, padecía ahora, al igual que tantos otros lugares en España, un fenómeno revolucionario sostenido y fomentado especialmente por la denominada Casa del Pueblo». Que yo sepa, y los testigos de su tiempo pueden confirmarlo, en la Casa del Pueblo de Sigüenza no existía ningún complot revolucionario. Cierto que se discutían y valoraban los resultados de la revolución de Octubre en Rusia y que se consideraba la posibilidad de que algo así pudiera suceder en nuestro país, pero fundamentalmente era la sede de un partido democrático, abierto y tolerante, cuya función social fundamental era la implementación de las nuevas legislaciones laborales en defensa de los trabajadores y contra los abusos frecuentes de los patronos locales, además de la difusión de la cultura popular. Este lamentable párrafo, que prueba la beligerancia política inequívoca de la Iglesia local de aquel tiempo, sigue así: «Mas, por otra parte, en esta ciudad había plantado también su bandera la nueva fuerza política de Falange Española, a quien la muerte de Calvo Sotelo hizo vibrar intensamente, como a todos los buenos patriotas, cuya indignación subía de punto al contemplar que un hecho tan execrable era aplaudido e incluso celebrado con especiales actos por algunos sectores de la República». Ningún sector oficial de la República celebró el asesinato, como no fuera algún cuerpo aislado de la nueva Guardia de Asalto. Era evidente que la Iglesia local confundía la República con «marxismo» y con «revolución», cuando las clases medias republicanas podían perfectamente ser consideradas como de centro-derecha, como el propio alcalde de Sigüenza, Francisco Lafuente. Es decir, confundía la República con las fuerzas sindicales de izquierdas revolucionarias, que también luchaban por derrocar la misma República, y consideraba a los partidos de extrema derecha como los únicos defensores de la Patria. Nuevo golpe bajo a los republicanos de clase media y de centro-izquierda o centro-derecha que se consideraban así mismo también buenos patriotas. Pero el párrafo sigue así: «Ávidos, pues, los falangistas seguntinos de tomar represalias ante aquel nefando crimen, decidieron eliminar, con la violencia de las pistolas, al presidente de la susodicha Casa del Pueblo –a la sazón el cartero Francisco Gonzalo, alias el «Carterillo»–, y así lo hicieron efectivamente...» Para cualquier escritor, habituado al uso enfático de los términos peyorativos para «esconder las verdaderas intenciones», tanta retórica y el uso del eufemismo «eliminar» por «asesinar» demuestra que la conciencia de su redactor no estaba sin duda muy tranquila. De cualquier forma resulta intolerable que la Iglesia local seguntina justificara el asesinato como forma de solucionar los conflictos sociales. Pero la prueba más evidente de la beligerancia activa en política de la Iglesia seguntina de aquel tiempo es la descripción del lamentable remate de este suceso: «Tal suceso sembró profunda inquietud en la población, incrementada por el sepelio de la víctima, que no tuvo carácter religioso alguno y constituyó una manifestación de ideología izquierdista». ¿Cómo era posible que aquella manifestación multitudinaria fuera izquierdista en una población «mayoritariamente católica»? Sinceramente, creo que la Iglesia seguntina debería pedir disculpas por estos comentarios tan poco adecuados a las virtudes cristianas de «perdón», «misericordia» y «reconciliación» de un importante y destacado miembro de su comunidad, y ahora comprendo por qué este cuarto volumen de la «Historia de los Obispos» prácticamente no ha circulado en nuestra localidad, incluso no se puede consultar en nuestra Biblioteca pública. Se trata de un libro más propagandístico que con rigor histórico, como la mayoría de los que se publicarían sobre este mismo tema. Por desgracia durante la época franquista apenas se escribieron libros de historia, la mayoría eran panfletos de propaganda aprobados por la severa censura del Movimiento. Diez años después de su publicación en la Imprenta Box, se produjo la Transición, por tanto era una lectura que ponía en un serio aprieto a la Iglesia local. Por si mis apreciaciones pudieran parecer tendenciosas, puedo aportar un nuevo argumento en favor de esta opinión que me parece francamente intolerable. En una reciente gira por monasterios e iglesias rurales de Aragón, y Castilla y León he podido comprobar con enorme tristeza que en la mayoría de la iglesias permanece todavía la correspondiente placa de homenaje a José Antonio Primo de Rivera, abogado fascista y que hoy no pude considerarse de ninguna manera por la comunidad democrática como un personaje digno de homenajes públicos, excepción hecha de sus propios seguidores, junto con los nombres de las víctimas de uno de los bandos. Se dan, además, incomprensibles casos como el de algunas iglesias que habían retirado la placa para renovar la fachada y la vuelven a colocar una vez finalizada. En el Monasterio de la Vid, de los padres Agustinos, hay una gran cruz de los caídos en un lugar destacado de la entrada, con una inscripción cuidada que glorifica a los sacerdotes «asesinados durante la Guerra Civil». ¿Es que no comprende la Iglesia que las guerras civiles, a diferencia de las de invasión, como las napoleónicas, se dirimen entre personas de un mismo pueblo y a veces de una misma familia? ¿Es que no sería más «cristiano» hacer desaparecer de una vez por todas esas placas y cruces o cambiar al menos la redacción de sus textos para no ofender la sensibilidad de los hijos o nietos de los republicanos, que también fueron represaliados y cuyos restos descansan en fosas comunes de lugares desconocidos? Pero, ¿por qué la Iglesia católica española actúa con tanto y tan reiterado rencor? ¿Es necesario recordar lo que describieron periodistas portugueses y franceses sobre los fusilamientos en masa del general Yagüe, que sólo en la plaza de toros de Badajoz fusiló en minutos a más de dos mil milicianos y civiles, aun cuando fuentes de periodistas independientes, como el norteamericano Gabriel Jackson, lo cifran en cuatro mil? Por último, la Iglesia seguntina tarde o temprano tendrá que dar explicaciones a la población de por qué el equipo de trabajadores, aparejadores y arquitectos que reconstruyeron la Catedral y el Seminario eran, en realidad, perteneciente a un organismo oficial creado por Franco para la recuperación de regiones devastadas. De acuerdo al informe presentado por este mismo organismo, la Dirección General de Regiones Devastadas, dependiente del Ministerio de la Gobernación y publicado en 1946, «Sigüenza fue zona de combate durante la guerra; sin embargo, ya en agosto de 1937 se inician las primeras obras de restauración de su Catedral (quiere decir el proceso de desescombro con la ayuda de presos de guerra). Pero la magnitud de esta empresa requiere la ayuda decidida y la tutela vigilante del Estado, que nuestro Caudillo otorga generosamente, disponiendo que la Dirección General de Regiones Devastadas se encargue de la ejecución de las obras, que comenzaron el 3 de febrero de 1941». La función de esta Dirección General era la reconstrucción de viviendas civiles en aquellas ciudades cuya destrucción fuera considerada como «devastadora», caso perfectamente aplicable a Sigüenza. Muchos seguntinos de esta época, incluidos mis propios abuelos, esperaban recibir ayudas del nuevo Estado para la reconstrucción de sus viviendas, pero tanto los fondos, como la mano de obra y los técnicos, fueron a parar íntegramente a la reconstrucción de la Catedral y del Seminario, que no forman parte del patrimonio local, sino que son propiedad de la Iglesia. Es decir, los fondos fueron a parar a la Iglesia y muchos seguntinos tuvieron que abandonar la ciudad ante la imposibilidad de reconstruir sus viviendas. De hecho la situación actual de ruina de las Travesañas, a pesar de que muchos optaron por reconstruir sus viviendas con sus propio medios, una vez más como el caso de mis abuelos, tiene su origen en esta poco solidaria actuación. La actitud de la Iglesia local actual frente a la Guerra Civil. Sorprende que el libro que sirve de referencia para la reivindicación del supuesto martirio de los sacerdotes ejecutados durante la Guerra Civil por los milicianos que ocuparon Sigüenza, e incluso para establecer los hechos en torno a la muerte del obispo Nieto, sea sobre todo el de Enrique Sánchez Rueda, un veraneante, declarado fascista defensor de Hitler y de Mussolini, católico fanático, que como se puede comprobar a lo largo de la lectura de su libro, citado profusamente en este trabajo, comete de forma intencionada y propagandística infinidad de errores, así como grandes y graves omisiones de todo tipo. Este autor, que desprecia a la población de Sigüenza tanto como a los mismos «rojos», al sugerir que sean exiliados o fusilados sin piedad prácticamente la mitad de ellos, no puede ser un referente objetivo para establecer las circunstancias de la muerte de los sacerdotes. Su relato está emocionalmente motivado por la desgraciada muerte de su hijo, a quién los milicianos de la CNT-FAI, alojados en el convento de las Ursulinas, frente a su casa de San Roque, acusaron de haber aprovechado momentos de confusión para disparar contra ellos. Sin duda que su muerte motivaría la redacción de su libro y su despiadada y cruel acusación a toda la población seguntina, a quien culpa de no haberse portado con lealtad con las religiosas desalojadas de los conventos, y a las notables familias de católicos seguntinos que no quisieron ofrecer un refugio para proteger al mismo obispo Nieto. Así mismo, llega a acusar a la Gestora Municipal del mismo comportamiento, cuando ésta impidió precisamente la ejecución de muchos de ellos. Por tanto, queda probado que su libro no se puede valorar como «histórico», sino como mero panfleto propagandístico y, además, se trata de una intolerable, delirante y hasta histérica exaltación del fascismo. A pesar de todo, sus relatos son utilizados, con más o menos matices, para el esclarecimiento de las circunstancias de las muertes de los sacerdotes durante los tres primeros meses de la guerra civil en Sigüenza, especialmente la del obispo Nieto, sin que sus historiadores locales hayan hecho grandes esfuerzos por contrastar estas circunstancias con otras fuentes más fiables. No nos cabe la menor duda de que todas esas muertes fueron dolorosas, pero no más que las de los civiles, muy superiores en número, y que también fueron acusados por algunos de los sacerdotes supervivientes. Si la Iglesia local quiere contribuir a la superación de la Guerra Civil en Sigüenza tiene que investigar con más objetividad, no sólo los casos en que sus miembros fueron ejecutados, sino los de sus feligreses, que a fin de cuentas son los que justifican la propia acción y existencia de la Iglesia. Todos los españoles hemos sido bautizados (a pesar de que muchos nos hubiéramos opuesto a ello de haber podido hacerlo), por tanto se supone que todos en algún momento de nuestras vidas profesamos la religión católica y fuimos parte de su comunidad de fieles. Si al inicio de este nuevo siglo las iglesias no están muy concurridas, tal vez sea porque la Iglesia católica no se ha renovado lo suficiente como para contemporizar con sus ex feligreses. Uno de estos desfases es su escaso rigor a la hora de establecer sus propios hitos históricos, sobre todos los relacionados con la Guerra Civil española. Si la Iglesia quiere ganar credibilidad entre los que no estamos dispuestos a creer todo aquello que se nos dice, debe esforzarse en ser más objetiva y presentar sus alegatos con más rigor histórico. La Iglesia está en su derecho de canonizar a quién desee de acuerdo a sus propias valoraciones, pero no tiene derecho a deformar la memoria histórica de una localidad sólo para que ésta se acomode a sus propios deseos. LA REPRESIÓN RELIGIOSA Y CIVIL Las persecuciones a la Iglesia católica no empiezan con el marxismo. Aparte de las «luchas de religión», es decir, de las religiones entre sí, la represión contra la Iglesia católica se inicia a partir de la Revolución francesa, cuando se quiere hacer efectiva la separación entre la Iglesia y el Estado, en un intento de desvincular a la primera de su histórica alianza con la nobleza y, más tarde, con la burguesía y los terratenientes. La razón está en los cambios culturales y sociales producidos por la Ilustración y la declaración de los Derechos del Hombre de la Revolución Francesa, por los que resulta intolerable la visión paternalista de la sociedad estamentaria feudal, en que la suerte de los «plebeyos» depende de la «bondad» y «paternalismo» de los «señores» (muchos de ellos obispos, como el caso de Sigüenza), o del explotador para con el explotado, sin que puedan existir fundamentos legales que regulen con justicia y equidad estas relaciones. Aún antes de la Revolución Francesa, ya Herodoto narra la destrucción de templos por los pueblos invasores, es decir, las diversas religiones siempre han estado de alguna manera directamente vinculadas al poder terrenal, por cuya causa han sido objeto de constantes persecuciones. Después de la Revolución Francesa, los profundos cambios sociales se reflejan en constantes conflictos sociales de carácter revolucionario, se fundamentarán en la justicia social y, una vez más, exigían la separación efectiva y real de la Iglesia y el Estado, apartando a la primera de todo poder político real o inducido en la propia sociedad. La radicalidad y brutalidad de los medios para conseguirlo dependerían de la situación cultural del pueblo que las practica y de la irracionalidad o dogmatismo de la iglesia perseguida. No olvidemos que los fundamentos de las revoluciones sociales se basan siempre en la razón contra el dogmatismo, introducidos por el pensamiento de la Ilustración. Cuanto más obstinadas son las iglesias para aceptar esta necesaria separación (boicot de la educación, el derecho a la libertad de culto, el matrimonio civil, el divorcio, el aborto o incluso la eutanasia, la pérdida de sus privilegios fiscales, etc.) más violenta es la reacción del pueblo que lleva a cabo la revolución. En cuanto a la profanación de imágenes, muchas religiones de pueblos que podemos considerar «civilizados» no rinden culto a las imágenes, ni le conceden valor simbólico alguno, por lo que no debe de extrañarnos que éstas hayan sido, a su vez, objeto de escarnio. Por último, no nos olvidemos de que las religiones que más profusión de símbolos y ritos utilizan son precisamente aquellas cuya base social es más inculta o analfabeta. La «puesta en escena» de la religión es una forma de hacer llegar el mensaje bíblico a personas incapaces de leerlo por ellos mismos en sus libros sagrados, como sucede en la religión protestante, que como todos sabemos, utilizó la Biblia como verdadera «cartilla escolar» para enseñar a leer y escribir a sus niños, lo que no ocurriría en el ámbito social de la Iglesia católica. Y ésta es una de las razones del mayor avance cultural y económico de las sociedades de mayoría religiosa protestante. Sería inadecuado en un trabajo cuya única intención es establecer los hechos para la recuperación de la memoria histórica de la Guerra Civil en nuestra ciudad, decir que las ejecuciones de personas implicadas en la sublevación contra la legalidad vigente eran más justificadas, una vez declarado el estado de guerra, que aquellas producidas por las fuerzas sublevadas contra los defensores de esa misma legalidad, porque todas las ejecuciones son injustificadas. Pero es evidente que durante más de sesenta años se ha investigado, sobre todo por parte de nuestra Diócesis, sólo los nombres, apellidos y circunstancias de las «víctimas de los rojos» y prácticamente no se ha publicado nada de las de los «sublevados», incluida la población civil como consecuencia de acciones de guerra, y tras la toma de Sigüenza. En cuanto a las víctimas de los milicianos, disponemos de una amplia relación en el libro de Aurelio de Federico, también en el de Felipe-Gil Peces Rata o en el del propio Sánchez Rueda. Incluso llama la atención que en el libro de Aurelio de Federico, supuestamente dedicado a la comunidad religiosa, se incluyan víctimas civiles pertenecientes a la guardia civil de aquel tiempo, cuando muchos de su miembros se hicieron tristemente famosos por su extrema crueldad. Según esta publicación el total de sacerdotes ejecutados en Sigüenza y sus pedanías desde el 25 de julio al 8 de octubre es de 18, incluidos el deán de la Catedral en La Cabrera y el obispo Nieto en Estriégana. Según el libro de Felipe-Gil Peces, los ejecutados en el termino municipal de Sigüenza, y bajo la influencia de la comandancia de esta ciudad, sólo son 14. Gran parte de las «causas penales» abiertas contra los sacerdotes tuvieron su origen en su actitud personal ante los ocupantes, poseídos por un «irracional miedo a ser fusilados sin acusación, por el simple hecho de ser sacerdotes». En su intento desesperado de huir provocaban las sospechas sobre ellos mismos. Muchos sacerdotes, que por la razón que fuera se vieron obligados a permanecer en la ciudad, fueron respetados, como el caso del sacerdote Galo Badiola, –o más propiamente dicho, el hijo de Galo Badiola–, que llegaría a jugar partidas de cartas confraternizando con los milicianos de la guardia de Martínez de Aragón. Los relatos intencionadamente exagerados y la omisión de los casos en que sacerdotes sobrevivieron en las zonas ocupadas por las milicias, han deformado la situación real. El miedo es libre e incontrolable, y probablemente en los primeros días de la ocupación de Sigüenza por parte de los radicales milicianos anarquistas y comunistas de la CNT-FAI y de «la Pasionaria», provocaría el pánico entre ellos, por las reiteradas arbitrariedades y excesos cometidos contra sus miembros por estos milicianos, pero no nos olvidemos de que la totalidad de las monjas desalojadas de los conventos de las Ursulinas y las Franciscanas salvaron sus vidas, a pesar de que muchos seguntinos les negaron sus casas, y buena parte de ellas tuvieron que alojarse en casas de huéspedes sin ninguna clase de protección. En cuanto a los civiles vinculados a los sublevados o a la Iglesia son 19, incluidos dos guardias civiles. Agustín de Grandes fue ejecutado en la prisión provincial de Guadalajara y Román Pascual en el término de Jodra del Pinar. La desproporción entre estos y las víctimas directas o indirectas provocadas por los sublevados, sin que hasta ahora se hayan considerado como «víctimas inocentes», reivindicando su derecho a figurar junto con las de los «vencedores», es trágicamente evidente, tanto durante el asedio como después de ocupar Sigüenza. Sólo como consecuencia de los bombardeos masivos e indiscriminados, tanto de la artillería como de la aviación, podemos dar como válidas alrededor de 200 víctimas mortales además de otros tantos heridos por derrumbes o metralla, entre las que hay que incluir los 15 niños huérfanos del hospital y hospicio de San Mateo, las monjas responsables y enfermeras. Es perfectamente aceptable que entre un 30 y un 35 por ciento de las casas de Sigüenza, sobre todo de las Travesañas que era la zona más poblada de la ciudad en aquella época, fueron afectadas. Es probable que, además de las víctimas de los bombardeos, el número de ejecuciones por las «sacas» y los «paseos» de seguntinos, milicianos y refugiados de los pueblos de las pedanías que iban siendo sometidos tras su ocupación por los sublevados, pudieron ascender a 300, desglosados de esta forma: – Un grupo de unas 30 personas alojadas en la posada de San Mateo, en la calle de San Roque, que fueron fusilados en el lugar donde se instalaba la antigua plaza de toros, en la parte trasera del antiguo Banco de Aragón, junto a la antigua fábrica de Alfombras, y que fueron enterrados allí mismo en una fosa común. El lugar fue removido durante los años 80 para la construcción de un nuevo edificio y arrojados sus restos junto con los escombros en un lugar desconocido. – Todos los heridos y enfermos que se encontraban en el hospital de la Cruz Roja instalado en el Palacio de los Infantes, unos 100, incluido algún seguntino, y que a pesar de su estado, fueron conducidos al patio de la Ursulinas, fusilados y enterrados allí mismo en una fosa común. – Un número impreciso de ejecuciones descontroladas por algunos seguntinos implicados en la sublevación, que podríamos cifrar en al menos entre 50 y 60 personas, enterrados en la antigua fábrica de harinas, huertos o cerros cercanos. – De los cerca de 500 milicianos que había en la Catedral, además de alrededor de un centenar de los civiles que se habían refugiado allí contra los bombardeos, entre los que se encontraban mujeres y niños, familiares de estos o refugiados venidos de los pueblos y que fueron fichados en el cine Capitol por falangistas locales y transportados en camiones a Soria y algunos posteriormente a Burgos, sólo algo más de la mitad de los hombres con capacidad para realizar trabajos forzados se salvaron, el resto fueron fusilados y enterrados en fosas comunes. Entre los fusilados podemos afirmar por testigos presenciales que se encontraban varias mujeres y dos niños de entre 13 y 14 años. Algunos de ellos fueron fusilados y enterrados en una fosa común el mismo día de su detención, junto a una fuente que todavía existe, en la carretera de Soria, a pocos metros del desvío hacia la fuente del Séñigo. Nada se ha dicho en todos estos años de la identidad de estas víctimas de la represión franquista. Tampoco la Iglesia local ha hecho ningún esfuerzo para investigarlo. Sin embargo, recuperar las listas de los fusilados (si es que existen, al igual que las imágenes) sería un gesto de humanidad hacia sus familiares para que al menos se pudiera establecer su identidad y saber dónde se podrían encontrar sus restos. Para colmo, si los socialistas locales desearan aprovechar el 2006, setenta aniversario del asesinato de su compañero Francisco Gonzalo, para rendirle homenaje, tendrían que acudir al «huesario» del cementerio, porque en los años sesenta el sepulturero de turno no tuvo el menor pudor en profanar su tumba, no sabemos si por iniciativa propia o por indicación de los responsables eclesiásticos del cementerio, que se encontraba apenas a unos metros de la de sus asesinos, que siguen en su sitio, y arrojar sus despojos al huesario, enterrando a otro en ese lugar. Por tanto, podemos establecer fácilmente y sin temor a equivocarnos que mientras las víctimas de los milicianos republicanos fueron alrededor de 50 (aun cuando en la ermita del Humilladero hay registrados 73, algunas de estas víctimas no pueden ser achacadas a ejecuciones por causa de juicios «revolucionarios» o a «paseos», sino como consecuencias de acciones de guerra), y las de los sublevados podrían establecerse al menos en unas 500, siendo sin duda muy generosos en nuestra apreciación. Por si los testimonios y nuestros cálculos no son aceptables, aún podemos remitirnos al primer decreto publicado por la comandancia de los sublevados. Entre otras cosas el segundo apartado ordenaba que: «Por cada patriota caído fusilaremos diez enemigos de la Patria»; es decir, que según nuestros cálculos, cumplieron al pie de la letra este primer decreto. Muchos seguntinos fueron conducidos al paredón sin mediar ni una simple o rebuscada acusación. Existen tristes anécdotas relatadas por testigos presenciales que prueban la arbitrariedad de las ejecuciones y el desprecio de los militares sublevados por la población civil, como el caso de un muchacho de apenas 14 años que al pasar junto a las obras de desescombro de la Catedral reconoció entre los prisioneros a un familiar y se interesó por su «salud», con tan mala pata que algún oficial sublevado que vigilaba los presos consideró que le había saludo con el habitual «Salud, camarada» de los comunistas, por lo que sin duda debía ser un «rojo» y, en efecto, fue fusilado. ¿Intercedió la Iglesia ante la comandancia para salvar las vidas de estos seguntinos sin acusación concreta? Más bien los indicios indican que «colaboraron», aún cuando sabemos de casos en que por razones de familia, amistad personal o por haber hecho algún servicio a la Iglesia, pudieron salvar su vida. Pero por los escritos de la época podemos deducir que los capellanes militares de los tercios requetés no debieron ser, sin duda, muy compasivos y debieron influir en la Iglesia local, muy resentida por las profanaciones y las ejecuciones del obispo, del deán y de algunos de sus sacerdotes. ¿QUIÉN ERA FRANCO? Franco: el militar Franco era un militar habituado a actuar con órdenes precisas y por eso si decidió actuar por su propia cuenta y asumir el riesgo de un posible fracaso, fue por una poderosa y simple razón: imponer al país la «disciplina castrense», es decir, imponer un orden social férreo y la unidad nacional sin excepciones de ninguna clase. Con esta simple idea y valorando sus posibilidades de éxito se rebeló contra la República. Detestaba la política y a los políticos, incluidos aquellos afines a sus propósitos, y en mi opinión desconfiaba de sus propios compañeros de armas. Podría decirse perfectamente que Franco traicionó a todos los que le apoyaron y no compartió responsabilidades políticas hasta la entrada de miembros del Opus Dei en su Gobierno, en la década de los sesenta. Puede que en toda su vida no aceptara más consejos que los de su propia mujer, y sobre aspectos religiosos y morales, nunca en estratégicos o políticos. Franco comentaría entre sus conocidos que el éxito de su mandato se debió a «no meterse en política». Franco nunca fue capaz de comprender que la soberanía recaía en el pueblo, porque despreciaba al pueblo, al que creía incapaz de autogobernarse. Como militar, y sin políticos a los que obedecer, creía que todo lo que conquistara por las armas era legítimamente de su propiedad y de los que le servían, por eso se autonombró, aún antes de conseguir la victoria, «Jefe del Estado», que en su propia terminología significaba: «Dueño del Estado». Franco reinstauró la monarquía porque tal vez él mismo hubiera deseado ser rey y crear una dinastía siguiendo el ejemplo del «dictador» por antonomasia, Napoleón Bonaparte. Al menos ese sería el deseo de su mujer, lo que justificaría su parentesco con la casa real de los Borbones. Por tanto, se decidió por una transición basada en la reinstauración de la monarquía, pero deseaba un monarca hecho a su imagen y semejanza, por eso intentó educar al príncipe en los principios castrenses de orden y disciplina (del Movimiento), para asegurar la continuidad de su régimen personalista. Es obvio que no lo logró. Franco: el político Franco no entendía de ideologías, pero tenía un sexto sentido para «eliminar adversarios» y rodearse de áquellos que podían servir a sus propósitos: permanecer en la jefatura del Estado, asegurar la disciplina, tanto en el orden público como entre las facciones políticas y religiosas que le apoyaron, la unidad de España y conseguir cierta justicia social sin cuestionar los estamentos clasistas de la sociedad tradicional. A comienzos de abril de 1937 Franco, tras encarcelar a Hedilla, líder de los falangistas, concibió una especie de partido único que él mismo pudiera controlar, unificando todas las tendencias dentro de su propio ejército: falangistas, juventudes carlistas, acción católica y monárquicos y las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalistas (JONS), creando lo que se llamó «Falange Española Tradicionalista y de las JONS, (FET y de las JONS). Así, entresacando ideas de todos ellos, apoyándose en las multinacionales interesadas en los recursos económicos españoles, de financieros e industriales pragmáticos, como Juan March, y manejando con cazurrería nacional los cambios políticos en Europa tras la Segunda Guerra Mundial, consiguió su propósito: vivir y morir en su cama y en su propio país sin ser cuestionado ni derrocado: el sueño de todo dictador. Después de dos desastrosas décadas de autarquía económica que empobreció el país y apenas le permitió librarse del racionamiento, Franco tuvo que aceptar «políticos» en su Gobierno, pero tuvo la habilidad de elegir a personas próximas al Opus Dei. Burócratas «bien preparados», conocedores de la situación internacional, pragmáticos y decididos a «engañar» al General y abrir el país a Europa y al mundo occidental en un proceso de «regularizaciones» absolutamente necesarias en todos los sentidos, desde el diplomático, aceptando la tutela de organismos internacionales como las Naciones Unidas, hasta la económica, permitiendo la fiscalización de las cuentas públicas y sometiéndose a las normas de comercio y finanzas internacionales. Cualquier gobierno liberal hubiera tomado estas mismas medidas, pero por la desconfianza natural del general, sólo los próximos al Opus Dei gozaron de su confianza. Franco y el franquismo no han dejado ningún legado cultural ni histórico que se pueda aprovechar. Como «golpista» es inevitable su condena ante la historia desde la perspectiva de la legalidad internacional, los derechos humanos y la defensa de la democracia. De hecho, si viviera podría ser acusado ante el Tribunal Internacional de la Haya por cometer «Crímenes de lesa humanidad», tal y como se intenta hacer con Augusto Pinochet, porque los crímenes contra la humanidad no prescriben. Los posibles beneficios que su régimen pudo aportar los hubiera aportado tanto una República inestable (a la italiana), como incluso un supuesto golpe revolucionario de carácter comunista, porque no hubiera podido superar la presión del mundo capitalista de la Guerra Fría y el espectacular desarrollo económico en la Europa de los años 60. Simplemente hubiéramos vivido 30 ó 40 años bajo una dictadura de izquierdas (a la húngara) que se hubiera diferenciado en aspectos puntuales, como un mayor desarrollo de la cultura social y la solidaridad, pero en términos económicos el resultado hubiera sido parecido al conseguido por el franquismo, ya que el desarrollo económico de España dependía de la voluntad de los Estados Unidos y de la entonces Comunidad Europea de integrarnos entre sus socios económicos, como hemos podido comprobar. Y esto era imposible sin nuestra vuelta a la legalidad democrática y al Estado de Derecho. LA FALACIA DE LA LEY Y EL ORDEN DE LA DICTADURA DE FRANCO Durante años los españoles leímos en los libros de historia que Franco se levantó contra la República para instaurar «la ley y el orden», pero lo cierto es que hizo todo lo contrario, instaurar la «ilegalidad y el desorden». La República era un Estado de Derecho. Existía el derecho de «Habeas Corpus», o la imposibilidad de detener a una persona más de 72 horas sin una acusación concreta, es decir que se respetaba la presunción de inocencia, y todos los ciudadanos tenían derecho a un juicio justo con jurado imparcial. Nadie podía ser detenido de forma arbitraria y el hogar era un espacio inexpugnable salvo con una orden judicial. En cuanto a la ley, si bien muchas de las leyes todavía vigentes pudieran ser consideradas como «injustas», el trabajo legislador de renovación de las dos Repúblicas fue notable. Por tanto, durante la República había «ley y orden», lo que no había era «disciplina», y eso es de lo único que entendía el general Franco. Éste no instauró la ley y el orden en España, sino simplemente la «disciplina», de la que la sociedad en su conjunto carecía. Militarizó el país, disolvió las instituciones que garantizaban la legalidad y promulgó leyes que conculcaban los derechos de todos los ciudadanos, sin excepción de creencias o simpatías políticas. Franco no sólo convirtió el país en un gigantesco cuartel, sino que procuró que sus ciudadanos actuaran con la mentalidad y la disciplina de un «buen soldado», olvidándose de la política, de la Ley y del Derecho. Por eso, durante muchos años los españoles fuimos unos completos «analfabetos» en materia política y jurídica. El régimen de Franco no hacía juicios, sino consejos de guerra. La valoración de las causas ponía más atención en la «indisciplina» y las tendencias políticas que en la sustancia del delito en sí. Era más grave ser «rojo» que «ladrón», aunque para los represores del régimen ambas cosas eran sinónimas. Franco disolvía con dureza las manifestaciones como si se trataran de delitos de «indisciplina» y no por su contenido reivindicativo o político. Esta valoración no es arbitraria sino que podemos contemplarla sin salir de Sigüenza. Cuando los milicianos ocupan Sigüenza para defenderla de los «sublevados», se trata de tropas voluntarias que, tal vez y a pesar de algunos de ellos mismos, son «leales» al Gobierno constituido por la voluntad soberana de las Cortes, como reflejo del resultado en las urnas. Por tanto, una vez que crean la comandancia y el comité que coordinarán los milicianos y sus actuaciones, no «militarizan» las instituciones locales, sino que se limitan a garantizar la ausencia de sublevados; es decir, defienden la «ley y el orden»: – La Gestora Municipal sigue siendo la misma que resultara de las elecciones de febrero y tras la negativa de los «romanonistas», que obtienen la mayoría, de jurar fidelidad a la República. Por tanto, es un poder civil y constituido de acuerdo a la legalidad vigente. – El juez de primera instancia, Alfonso Bernáldez de Quirós, sigue en su cargo e instruye diligencias sobre detenciones, sólo con acusaciones formales y cuando se producen detenciones que deben ser ingresadas en la prisión local en espera de juicio. Entre estas diligencias se encuentran las de detenciones de algunos clérigos. No nos olvidemos de que teniendo en cuenta su alineación inequívoca del lado de los sublevados, sobre todo presentes en las columnas de requetés navarros, al menos podían ser considerados como «sospechosos» de colaborar con estos y contra la República; es decir, que siempre cabía la acusación del delito contra el Estado, contemplado en el Código Penal, de sedición y rebeldía. – El funcionario de prisiones que está al cargo de la cárcel local, Sebastián Romero, dependiente de la Dirección General de Prisiones, no es destituido, de lo que se deduce que todos los que son conducidos a la prisión, sean civiles o clérigos, debe llegar con la consiguiente orden del juez. Por la misma razón, la excarcelación sólo puede hacerse con otra orden del mismo juez, o, en su caso, de la Gestora Municipal. Sin duda se produjeron algunas arbitrariedades, pero nadie puede discutir que el poder civil se mantuvo. Por tanto, los milicianos por muy alborotadores que fueran, y salvando las lamentables excepciones de grupos incontrolados, se mantienen dentro del Estado de Derecho, o lo que es lo mismo, la legalidad vigente; es decir «son gente de ley y orden» y no todo lo contrario como hemos creído durante años. Martínez de Aragón defendió en todo momento y aún arriesgando su propia vida esta legalidad vigente. Otro tanto hizo la Gestora Municipal que se consideraba el Gobierno de un «Ayuntamiento Constitucional», tal y como rezaba en su sello oficial. No nos olvidemos de que los milicianos estaban aquí porque se había producido un golpe de Estado, de otro modo, no hubieran venido ni causado daño alguno, ni a la población ni a la Iglesia. El comandante militar de la República en Sigüenza ni siquiera decreta el estado de guerra, lo que le daría poderes especiales y la declaración del «estado de sitio», con la consiguiente prohibición de circular libremente a partir de las horas establecidas por la Comandancia y la anulación del «Habeas Corpus», tal y como hicieron los sublevados apenas tomaron la ciudad. Si se produjeron algunos abusos de procedimiento, una vez más hay que achacarlos al único grupo que no estaba de acuerdo con el Estado de Derecho de la misma República, es decir, los anarquistas y comunistas. Auténtica quinta columna de la República. Pero según el historiador Gabriel Jackson, considerado neutral y bastante objetivo, incluso los anarquistas crearon sus peculiares «tribunales». «Tanto la CNT como la UGT y el Partido Comunista –comenta Jackson– tenían sus listas de supuestos ‘fascistas’ y ‘saboteadores’ y establecieron comités conjuntos para juzgarlos. Aunque partían de una fundada presunción inicial de culpabilidad, sobre todo cuando un mismo nombre aparecía en las tres listas, se procuraba aducir pruebas reales, y la persona que tuviera presencia de ánimo suficiente para demostrar su inocencia o denunciar la falsedad de un testigo, quizás regresaba a su casa con una escolta de honor, después de haber tomado unas copas con los miembros del tribunal». Curiosamente este pasaje coincide con la descripción del «juicio popular» que se hizo contra el obispo Nieto en los primeros días de la guerra en Sigüenza. Los sublevados tenían métodos más expeditos y no se molestaron en la creación de tribunales de ningún tipo, por burdas o simples que fueran. Bastaba una acusación verbal y sin pruebas para ordenar una ejecución. Lo importante era que el acusador mostrara su fidelidad de forma inequívoca con los sublevados. Muchos se salvaron de una ejecución inapelable por una rápida e inesperada vocación religiosa, pidiendo ser confesados y comulgados y mostrando gran fervor por la Iglesia y sus representantes. Por tanto, cuando Sigüenza es ocupada por el ejército sublevado, lo primero que se produce es la «derogación inmediata de la ley y del orden jurídico y del poder civil», se decreta el estado de guerra, que va acompañado de un estado de excepción; se derogan todas las leyes y normativas, locales y nacionales, y se instauran las «arbitrarias» del ejército rebelde. La Gestora Municipal tuvo mucha suerte porque según afirma Jackson, en Sevilla Queipo de Llano «incomodado al observar que los curas intercedían por las vidas de los rojos (miembros del Consistorio) ordenó que se ejecutasen a las autoridades municipales inmediatamente, antes de que nadie pudiera pedir clemencia». Además Jackson puntualiza sobre la represión de los sublevados en poblaciones como la nuestra: «En Castilla, la población fue por lo general más dócil que la de Andalucía, pero los militares impusieron el mismo sistema de terror. Se solía formar una comisión depuradora de tres miembros: un cura, un guardia civil y un propietario rural importante. Si los tres se mostraban de acuerdo, la condena era a muerte; en caso de divergencia, se imponía una pena menor. Noche tras noche, escuadras de falangistas y guardias civiles visitaban las cárceles, hacían una “saca” de varios presos, los subían a un camión, los llevaban a las afueras de la población y los fusilaban... los cadáveres eran abandonados en la carretera para servir de ejemplo al resto de los vecinos». Mola tuvo que intervenir para sugerir que fueran más discretos con los lugares de ejecución y la forma de eliminar los cuerpos, evitando que fueran enterrados cerca de pozos de agua, porque podía causar su contaminación. La Gestora Municipal seguntina es disuelta y sus miembros detenidos y sometidos a una comisión depuradora en términos parecidos, o tratados de forma arbitraria por cualquiera de los oficiales y «notables» afines a los sublevados en quién quedaba su suerte, y sin orden judicial alguna. Los funcionarios de prisiones, fusilados o encarcelados a su vez (por fortuna el de Sigüenza fue mantenido en su cargo por su extraordinario celo profesional que impidió durante su gestión la entrega arbitraria de muchos presos a los milicianos exaltados), a su vez y las prisiones son militarizadas: es decir, desaparece el Habeas Corpus, y, desde luego, la presunción de inocencia. Las detenciones son arbitrarias y los detenidos carecen de derechos de cualquier tipo. En otras palabras, con los sublevados, Sigüenza se convierte en una «ciudad sin ley y sin orden, sólo con disciplina castrense», o si me lo permiten «con la ley y el orden que impone el miedo y el terror del vencedor». ¿Cómo podía instaurar la ley un ejército de sublevados que ni siquiera tiene un Gobierno legalmente constituido? Por tanto, la falacia es que Franco no trae ni ley ni orden, sino sólo «disciplina», y el país vivió en la más flagrante ilegalidad y desorden (jurídico) hasta el proceso constituyente que aprobó la promulgación de la Constitución de 1978. Debido al «analfabetismo jurídico» de los españoles, hemos tardado muchos años en comprender el verdadero alcance y trascendencia de nuestra Carta Magna, y aún hoy, especialmente entre los «nostálgicos» del régimen de Franco, se sigue confundiendo «ley y orden» con «disciplina». LAS IDEOLOGÍAS ENFRENTADAS DERECHAS – Falangistas (José Antonio): Defendían un Estado paternalista, corporativo, nacionalista, respetuoso con la tradición pero en contra de los privilegios de clase. Dirigido por una burocracia concienciada y «competente», que favoreciera la defensa del trabajador y de la familia. Pensamiento próximo al socialismo revolucionario, y al fascismo, pero de ámbito estrictamente nacional. El propio José Antonio era partidario de la separación de la Iglesia y del Estado. – Requetés (Carlistas): Defendían el retorno de los fueros medievales de Navarra. Monárquicos de la rama colateral de Carlos de Borbón. Racistas (se consideraban una raza pura y sin mezclas árabes), con rígidos estamentos sociales tradicionales y, sobre todo, católicos fundamentalistas y fanáticos, con una absoluta intolerancia contra aquellos que no profesaran estos principios. – Fascistas (Mussolini): Defendían un estado autoritario y paternalista, regido por una burocracia afiliada a un movimiento semejante a un partido único, que defendiera los estamentos sociales tradicionales, basados en el Estado, la sociedad, la familia y el derecho al trabajo (Similar a los falangistas). Tenían tendencias imperialistas. – Nazis (Hitler): Defendían un Estado fuerte, autoritario y militarizado, regido por un partido único basado en la supremacía de la raza aria, la obediencia al líder, la defensa de la familia y del trabajo. Sin duda tenían tendencias imperialistas. CENTRO – Liberales: Defendían un Estado de Derecho y democrático, no intervencionista, con un gobierno mínimo, que permitiera el desarrollo de la iniciativa privada, y el derecho a la propiedad. Defendían la separación Iglesia-Estado y la libertad de enseñanza y de culto. – Radicales: Próximos a los liberales, pero más comprometidos con reformas sociales que conlleven mayores libertades sociales e individuales. – Socialdemócratas: Defendían un Estado de Derecho, de fundamentos liberales, pero con la intervención del Estado en temas de protección social, educación y sanidad, además de luchar contra los monopolios y oligopolios privados que distorsionaran la libre competencia y la igualdad de oportunidades. IZQUIERDAS – Socialistas (PSOE): Su postura era similar a la de los socialdemócratas, pero con una más decidida intervención del Estado en la protección social y en la defensa de ciertos monopolios estatales de sectores estratégicos. Sin duda eran partidarios de la separación Iglesia-Estado, educación laica y tenían proyección internacional. – Comunistas (PCE): Defendían un Estado controlado por los representantes de los trabajadores a través de un partido único. La abolición de la propiedad privada y los privilegios de clase. El reparto del fruto del trabajo de acuerdo a las necesidades de cada uno y la toma de decisiones a través de asambleas controladas por el partido. De confesión atea, querían la supresión de la Iglesia. – Troskistas (POUM): Defendían lo mismo que los comunistas, pero en un Estado descentralizado y confederal, donde las decisiones soberanas fueran tomadas en comités locales. – Anarquistas: (CNT-FAI) Defendían la abolición del Estado, una sociedad abierta, no autoritaria, igualitaria, descentralizada, sin jerarquías, asamblearia, y basada en el principio de que cada individuo es soberano y dueño de su propio destino. También una economía basada en la colectivización de la producción y de los bienes, libre enseñanza, amor libre y la abolición de la religión, así como de la familia jerárquica y patriarcal. EL RÉGIMEN DE FRANCO El franquismo fue una mezcla de todas las ideologías de extrema derecha de su tiempo: – Era «carlista» en tanto se definía como católico y tradicionalista intransigente. – Era «falangista» en tanto defendía el derecho al trabajo y la familia tradicional, sin cuestionar los estamentos sociales más reaccionarios. – Era «fascista» por el culto al «jefe supremo» y la organización social corporativa en estamentos controlados por la afinidad a los principios de un «Movimiento» social, que no un partido único. – Era «nazi» en tanto que estaba tutelado por el Ejército. – Era «racista» en tanto aceptaba la supremacía castellana y de otras comunidades españolas menos «contaminadas de africanismo» (origen del nacionalismo español). SEGUNDA PARTE LOS HECHOS MÁS RELEVANTES (1936) JULIO Martes, 14: Asesinato de Francisco Gonzalo, presidente de la Casa del Pueblo, apodado el «Carterillo» Sábado, 25: (Festividad de Santiago Apóstol) Entrada de la columna de la CNT-FAI al mando de Feliciano Benito. Horas más tarde llega una nueva columna del batallón «Pasionaria» Lunes, 27: Asesinato del obispo Eustaquio Nieto Martín, y del presidente de Acción Católica, José María Martínez Martes, 28: Asesinato del Deán de la Catedral, Anastasio de Simón. Llega el comandante Martínez de Aragón al frente de otras dos columnas de milicianos ferroviarios de la UGT y de las JSU. AGOSTO Agosto, 7: Primer intento fracasado de los sublevados por tomar Sigüenza desde Alcolea del Pinar. Agosto, 8: Graves incidentes anticlericales, con la profanación de varias iglesias y el intento de incendiar la iglesia de Santa María. Domingo, 9: Visita Sigüenza el Ministro de Instrucción Pública de la República acompañado del Gobernador Civil, Benavides. Jueves, 13: Aparecen los primeros aviones alemanes, estacionados en el aeródromo de Barahona Domingo,16: El coronel Jiménez Orge encabeza una columna con la intención de tomar Atienza. Lunes, 17: Fracasa el intento de tomar Atienza. Martes, 18: Llega a Sigüenza Mika Etchebéhère, autora del libro «Mi guerra en España», sobre la batalla de Sigüenza. Llegan también el periodista de la CNT y corresponsal de guerra Mauro Bajatierra y el médico anarquista Pedro Vallina. Viernes, 21: Nuevo intento por detener el avance de los sublevados en la Riba de Santiuste, que termina en fracaso. Muere el marido de Mika, Hipólito Etchebéhère en las proximidades de Imón. Viernes, 28: Nuevo intento de recuperar Imón, que ha caído en poder de los sublevados. La batalla se prolongará hasta el día siguiente, pero termina con una nueva derrota de los milicianos. SEPTIEMBRE Miércoles, 2: Una columna sublevada al mando del coronel García Escámez toma la localidad de Huérmeces. Lunes, 7: Caen los primeros abuses de artillería sobre Sigüenza, disparados desde Mojares por las tropas sublevadas que ya ocupan Alcuneza, y que continuarán a intervalos regulares hasta la caída de Sigüenza Martes, 15: Llegan a Sigüenza decenas de refugiados procedentes de los pueblos que están siendo ocupados por los sublevados. Domingo, 27: Primer vuelo de reconocimiento de los aviones alemanes, previos a los bombardeos masivos de los días siguientes. Martes, 29: Alrededor de 20 aviones alemanes bombardean Sigüenza desde primeras horas de la mañana y en oleadas sucesivas, hasta primeras horas de la tarde. Muere en una acción de guerra en los cerros el capitán del POUM, Martínez Vicente. Miércoles, 30: Nuevo bombardeo de la aviación alemana todavía más intenso que el del día anterior, que comienza a las siete de la mañana, durante al menos seis horas ininterrumpidamente. Como consecuencia de los bombardeos Sigüenza se queda sin luz y sin suministro eléctrico. Además, las aguas del Henares han sido salinizadas intencionadamente con sal procedente de las Salinas de Imón. OCTUBRE Viernes, 2: Llega a Sigüenza el último tren blindado tras reparar los daños en las vías, con un cargamento de municiones, pero sin refuerzos. Lunes, 5: Martínez de Aragón abandona Sigüenza a última hora de la tarde. Jueves, 8: Nuevo bombardeo indiscriminado todavía más intenso que los anteriores, acompañado de bombas incendiarias y fuego de artillería y de ametralladoras apostadas ya prácticamente en el interior de la ciudad. Un grupo de 500 milicianos y unos 200 civiles, junto con Galo Badiola, sus padres y los empleados del cabildo, se encierran en la Catedral. La artillería cañonea la Catedral desde cuatro puntos distintos, produciendo grandes destrozos. Sábado, 10: Feliciano Benito y un numeroso grupo de milicianos de la CNT-FAI consiguen evadirse de la Catedral y ponerse a salvo a través del pinar. Lunes, 12: Primer intento de negociación ofrecido por los sublevados para aceptar una posible rendición incondicional que es rechazada por los sitiados. Martes, 13: Se reanuda el fuego artillero y de mortero contra la Catedral, produciendo importantes daños en el crucero y muchos otros lugares. Fracasa un intento de escapar de la Catedral. En un nuevo intento, Mika Etchebéhère y un pequeño grupo milicianos del POUM, consiguen evadirse. Miércoles, 14: A primeras horas de la mañana se reanuda el cañoneo sobre la Catedral Jueves, 15: Galo Badiola sale de la Catedral con bandera blanca para negociar la rendición, que no es aceptada por unanimidad entre los grupos encerrados. Los dinamiteros consiguen escapar abriéndose paso con cartuchos de dinamita lanzados con honda. A partir de las 5:30 de la tarde empieza la evacuación de la Catedral. Viernes, 16: Retiran los últimos cadáveres de milicianos heridos con gangrena que han sido, a petición de ellos mismos, rematados por sus propios compañeros. Entre ellos está «la Chata». Martínez de Aragón organiza una columna de apoyo a los sitiados, pero no llega a entrar en Sigüenza. Finaliza la batalla de Sigüenza JULIO: DIARIO DE GUERRA Desde la muerte del «Carterillo» hasta la llegada de los primeros milicianos Situación del frente en Julio de 1936 Martes, 14 Aunque la Guerra Civil española comienza el 18 de este mes, en Sigüenza la violencia política se inicia este martes, 14 de Julio. Sobre las once y media de la noche, a la salida de la Casa del Pueblo, en la esquina de San Roque con la plaza de las Ocho Esquinas, un grupo de falangistas abordan al presidente de la Casa del Pueblo, el cartero Francisco Gonzalo, y lo asesinan a sangre fría de varios disparos. Asesinato del presidente de la Casa del Pueblo Uno de los episodios que más han prevalecido en la memoria histórica de esta época en nuestra ciudad fue el asesinado de cartero local y presidente de la Casa del Pueblo, Francisco Gonzalo, apodado el «Carterillo», sin duda referido a su pequeña estatura. Existen varias versiones de los hechos: la de los testigos presenciales, la que ofrece el semanario comunista de Guadalajara «Abril» en su crónica publicada en la edición que siguió a este asesinato y, sin duda la más fiable, la que nos ofreció su propia hija, Isabel Gonzalo. Todas estas versiones coinciden en lo esencial, pero difieren en la trascendencia y envergadura del atentado. Para los testigos presenciales se trata de una acción personal ejecutada por el empresario Román Pascual, para el semanario de Guadalajara es una operación de mayor envergadura y trascendencia política, con la intención de terminar con las actividades de esta organización popular, para su hija es una revancha por el asesinato, el día anterior, del dirigente conservador, José Calvo Sotelo. Tal vez la primera consideración sea que es ejecutado por personas que tras el triunfo del Frente Popular de este mismo año y la proclamación de la Segunda República en 1931 se habían «convertido», de monárquicos, conservadores y republicanos cedistas, a miembros del nuevo partido minoritario de clara exaltación nacional y abiertamente violento, la Falange, que se convertiría en una alternativa política «revolucionaria» para los descontentos tras la victoria de las izquierdas. Según la versión del semanario «Abril» de Guadalajara, ya se habían producido incidentes entre este grupo de falangistas y los miembros de la Casa del Pueblo, pero testimonios de seguntinos sólo admiten que estos enfrentamientos se limitaron a disputas de índole laboral entre los pocos empresarios y los cientos de trabajadores locales, que por lo general eran tratados con total arbitrariedad a la hora de contratarlos y pagar sus retribuciones. Los que justificaron este asesinato (entre los que se encuentra la Iglesia local de la época, al menos los portavoces oficiales, como veremos en extractos de la biografía del obispo Nieto), aseguran que la causa no era otra que la represalia por el asesinato en Madrid del dirigente Calvo Sotelo, pero resulta poco menos que inadmisible aceptar que un grupo formado por un empresario y varios trabajadores locales con poca formación política «revolucionaria» se arriesgaran a tanto sólo por vengar la muerte de este político monárquico y conservador. Las razones son sin duda mucho más complejas y comprensibles, y tienen que ver con circunstancias estrictamente locales. Francisco Gonzalo era una persona cuya actividad e iniciativa no concordaba con su pequeña estatura. No sólo era el presidente de la Casa del Pueblo, lo que suponía supervisar y promover la organización de decenas de actividades populares, como conferencias, espectáculos teatrales, exposiciones, reuniones sindicales, etc., etc., sino que, además, era el presidente de la «Oficina de Colocación Obrera», organismo creado por la República, pero al que él se había anticipado fundando la «Bolsa del Trabajo» de Sigüenza, situada junto al actual edificio de Sindicatos. Estas oficinas no sólo gestionaban el empleo local disponible, dando prioridad a los más necesitados, sino que velaban por el estricto cumplimiento de la nueva «Ley de Términos Municipales», que obligaba a los empresarios a contratar a los trabajadores locales en situación de desempleo en lugar de cuadrillas venidas de otros municipios, especialmente en épocas de recolección o siega, así como que les pagaran el salario mínimo establecido y otros complementos y retribuciones extras. Sánchez Rueda, sin embargo, hace una lectura distinta de la personalidad del «Carterillo» en su libro y lo compara prácticamente con un delincuente cuando dice que, además de tener una «pésima reputación», es el «principal agente de la Casa del Pueblo subvencionado con crecido sueldo por los primates socialistas de Madrid». Por tanto, el trasfondo de este crimen no era político sino como represalia por las acciones emprendidas por la Casa del Pueblo, controlada por socialistas y por ferroviarios afiliados a la U.G.T. (por aquella época el PSOE contaba con alrededor de 350 afiliados en Sigüenza), y por la Oficina de Colocación Obrera, o Bolsa del Trabajo, para proteger los nuevos derechos de los trabajadores promulgados por la República contra los abusos patronales frecuentes en esta época. Nada ilustra mejor la situación creada en Sigüenza que este comentario de Jiménez de Asúa de 1932: «La burguesía cerril que puebla los campos y las ciudades levanta guerra contra nosotros, incumple las leyes del ministerio de Trabajo, niega labores a los campesinos de la U.G.T. para dar ocupación a sindicalistas (Sindicatos católicos)...» O el comentario de José Antonio Primo de Rivera en el acto de fundación de la Falange, también en 1933: «Bien está, sí, la dialéctica como primer instrumento de comunicación. Pero no hay más dialéctica admisible que la dialéctica de los puños y de las pistolas cuando se ofende a la justicia o a la Patria.». Sin duda que los asesinos del «Carterillo» debieron tener en consideración estos consejos. La mayoría de la fuerza obrera local de Sigüenza la componían «mozos» con trabajos temporales sin contrato y con sueldos arbitrarios, y una auténtica legión de jardineros, hortelanos y criadas, en régimen de semi esclavitud, carentes de cualquier protección social o laboral, al servicio de la numerosa colonia de veraneantes. Pero, además, según las crónicas de la época, algunos seguntinos pertenecientes a la burguesía local, hacían frecuentes préstamos con usura a los campesinos de las pedanías, que se veían obligados a cederles sus tierras ante la imposibilidad de devolverlos. El verdadero móvil de este primer asesinato político en Sigüenza –el primer dirigente socialista asesinado durante nuestra guerra civil–, fue por causa de la creciente enemistad que surgió entre un un reducido número de empresarios y dirigentes cnservadores seguntinos y el propio Francisco Gonzalo, empeñado en combatir las arbitrariedades de éstos a la hora de contratar trabajadores. En concreto, la Casa del Pueblo había ganado un caso por un despido improcedente, por el que la empresa de Román Pascual tuvo que pagar una importante suma de dinero a uno de sus trabajadores afiliados a la UGT, empleado en el comercio que este empleado tenía en la carretera de Soria, a la altura de Palazuelos. La gestación del crimen se urdió en un bar situado en la calle del Humilladero, donde un grupo de falangistas, encabezados por Román Pascual, ultima los detalles de la acción. El semanario «Abril» relata así el encuentro: «Durante toda la tarde... estuvieron reunidos en la taberna de Salustiano Tundidor, “El Tundi”... ¿Qué se tramó en aquella reunión?... Sin duda que pretendían asaltar la Casa del Pueblo y realizar varios asesinatos. Se hizo un sorteo para ver que escuadra iba a actuar en primer lugar. Le tocó a Román Pascual». No hay duda de que el cronista utiliza términos exagerados como «escuadra», y no parece probable que estuvieran reunidas más de una docena de personas, por el reducido espacio del bar, y no 50 como relata el cronista. Sabemos que Román Pascual había adquirido por 250 pesetas un número determinado de pistolas probablemente con la intención de armar al grupo, porque estaban decididos a iniciar acciones violentas contra miembros de la Casa del Pueblo. Siempre según el semanario «Abril», el grupo tomó las calles próximas a la Casa del Pueblo armados con pistolas, por lo que la acción pretendía ser mucho más sangrienta. «Román Pascual y su escuadra asaltó la sede, donde estaba reunido el comité del Sindicato de Oficios Varios, y les gritó: “¡Habéis terminado. Aquí no hay más chulos que nosotros!”. Los asistentes huyeron sin que se produjeran víctimas, a pesar de que se inició un intenso tiroteo. Inmediatamente sonaron veintitantos disparos en el portal», asegura el cronista. La versión de los testigos es menos espectacular y organizada: Al finalizar la reunión en el bar del «Tundi», el grupo echó a suertes el ejecutor del asesinato, o más bién la pistola con la que debía ser cometido el asesinato, que recayó sobre un falangista del que sólo sabemos que se apellidaba Gaceo, pero éste tuvo miedo y renunció. Ante la indecisión general del grupo, fue entonces cuando el propio Román Pascual se ofreció voluntario para cometer el asesinato. En cuanto al lugar donde fue asesinado, también hay dos versiones, porque los testigos aseguran que el «Carterillo» salía del local tras una reunión del Sindicato de Oficios Varios, y el semanario «Abril» asegura que se decidía a entrar en el local. Este semanario sugiere que Francisco Gonzalo estaba en el bar «Motor» cuando debió enterarse de la reunión en el bar del «Tundi», prácticamente en la cera de enfrente de la misma calle del Humilladero y que telefoneó desde el mismo bar al alcalde Lafuente para advertirle de que se estaba tramando alguna acción violenta contra él mismo o contra la Casa del Pueblo. El alcalde Lafuente le sugirió que llamara a la Guardia Civil, pero éste se negó porque no creía que pudiera ser violenta. Pero sin duda que la versión más real y aceptable sea ésta que nos ofreció su propia familia: Aquella tarde, al finalizar el trabajo, Francisco Gonzalo había acudido a la Casa del Pueblo para presidir la comentada reunión del Sindicato de Oficios Varios. Su familia, su mujer y sus tres hijos, se distraían en la Alameda. Un pequeño suceso hizo temer a la esposa del «Carterillo» de la violencia que se produciría horas después: uno de los que cometería el asesinato destruyó de una patada un castillo de arena que estaban levantando los hijos del «Carterillo» en la Alameda, lo que demuestra que la animosidad hacía él era extensiva a toda su familia. Sobre las diez de la noche la familia del «Carterillo» decidió regresar a su domicilio, en el número 20 de la calle Medina. A la altura de la calle de San Roque se encontraron con él y su esposa le rogó que no regresara a casa muy tarde porque «parece que hay alborotos». El «Carterillo» regresó a la reunión, y es probable que fuera entonces cuando telefoneó al alcalde Lafuente. En torno a las once y media de la noche irrumpió en la sede el grupo de falangistas encabezado por el propio Román Pascual. Puede que los que estaban en la sala de actos fueran alertados y pudieron abandonarla precipitadamente, pero Francisco Gonzalo se enfrentó a los asaltantes saliendo al portal, donde según testigos Román Pascual le gritó: «¡Francisco, venimos a matarte!». Y le disparó varios tiros a bocajarro. Su hija comenta que en esos momentos su madre tomaba el fresco en el balcón de su casa cuando escuchó varios tiros y comentó a su vecina: «que tarde disparan los cazadores», sin sospechar que aquellos disparos habían acabado con la vida de su esposo. El «Carterillo» no murió en el acto, sino que tan sólo recibió un disparo que le había penetrado a la altura del hígado. Los que atentaron contra él, asustados por la gravedad de la acción, huyeron precipitadamente del lugar dejándolo mal herido tendido en el portal. Sus compañeros intentaron salvar su vida llevándole precipitadamente a la consulta de don Santiago, un médico que vivía justo enfrente de la Casa del Pueblo. El médico lo reconoció y sugirió que dada la gravedad de la herida lo único que se podía hacer era trasladarlo inmediatamente en una ambulancia a Guadalajara. Otras versiones, sin embargo, aseguran que llamaron a este médico para que le atendiera en el mismo portal de la Casa del Pueblo, pero que éste, atemorizado por la gravedad del atentando, se negó, sugiriendo simplemente que le llevaran en una ambulancia al hospital de Guadalajara. Sus compañeros debieron llamar al Juez de Sigüenza para que levantara un atestado del suceso porque, todavía consciente, Francisco Gonzalo, que probablemente intuía su próxima muerte, le rogó: «¡Despídase de mi mujer y de mis hijos y deles un beso de mi parte!». Mientras yacía, con la mano sobre el disparo que había recibido, irrumpió una vez más Ramón Pascual y les gritó: «¡Este no va a ningún hospital, donde va a ir es al cementerio!», rematándolo delante del Juez, del médico y de sus atónitos compañeros. Este personaje, calificado de «terrorista» por la prensa local de la época, todavía tiene dedicada una calle en nuestra ciudad. El doctor Santiago y su hijo serían fusilados días después por los milicianos que ocuparon Sigüenza, acusándole de no haber hecho lo suficiente para salvar su vida. También el conserje de la Casa del Pueblo, ex empleado de Román Pascual, y causante en parte del odio de Román Pascual contra la Casa del Pueblo, moriría asesinado en el hospital el día de la toma de Sigüenza, donde convalecía por una herida de bala. Miércoles, 15 La guardia civil arresta a varios de los responsables del asesinato de Francisco Gonzalo, excepto a dos que abandonan Sigüenza. Es probable que fueran trasladados al Castillo, donde prestan declaración y posteriormente son ingresados en la prisión local, a la espera de nombrar un juez especial según el requerimiento de sus compañeros. La conmoción en Sigüenza es enorme. Éste fue sin duda el primer asesinato político que inquietó a los seguntinos y les hizo temer que estaban en las vísperas de algún acontecimiento más grave, de gran trascendencia, y que seguramente les afectaría a ellos también. Por su filiación política, la Iglesia local intenta convertir el acto multitudinario en un simple refrendo político y según sus cronistas de la época, desvinculado de los creyentes. Jueves, 16 José Arjona es nombrado en secreto nuevo presidente de la Casa del Pueblo en sustitución de Francisco Gonzalo. La sesión de nombramiento se lleva con extraordinario sigilo y reservada a los militantes con derecho a voto, para tratar de ocultar el nombramiento y evitar nuevos actos de violencia política, pese a que los principales ejecutores están detenidos. A pesar de los trágicos e inquietantes acontecimientos, ese día por ser jueves, y como era habitual desde la festividad del Corpus, la banda municipal tocó en la Alameda y las familias, a pesar de la inquietud, no cambiaron sus hábitos, acudiendo a ella y disfrutando de sus entretenimientos. Es de suponer que estaría el heladero con su tonel de helado a la espalda que por 5 y 10 céntimos vendía helados cuadriculados entre galletas que fabricaba con una pequeña máquina de mano que regulaba el grueso de los helados. También estaría el barquillero, donde al azar de su ruleta podrían darnos hasta una docena de barquillos por 5 céntimos. Estaban abiertos los quioscos el «Triunfo» y el «Agustín», donde se servía vino a 5 céntimos el chato, cerveza, horchata, naranjadas y toda clase de bebidas alcohólicas en copa. Viernes, 17 Hoy se celebra el multitudinario entierro del «Carterillo». Según testigos presenciales, acudieron unas dos mil personas, entre las que había varios sacerdotes, por lo que no se comprende el deseo del biógrafo del obispo Nieto de considerar aquella manifestación de dolor popular como «un simple mitin de carácter político», que, según simpatizantes de sus asesinos, estaba compuesta principalmente por militantes socialistas y ugetistas llegados desde Guadalajara. En previsión del inminente alzamiento, que ya es un hecho en el protectorado español de Marruecos, el Gobernador Civil ordena la concentración de todas las fuerzas provinciales de la guardia civil en Guadalajara. La medida tiene que ver con la actitud de su comandante José Rubio García, claramente leal a la República y decidido a mantener a la provincia al margen de la sublevación. Con esta orden, este mismo día, la guarnición de la guardia civil de Sigüenza, que por entonces tenía su cuartel en el Castillo, se traslada en automóvil a la capital, dejando nuestra ciudad sin cuerpos de seguridad de ninguna clase, si exceptuamos los dos guardias urbanos pertenecientes al Ayuntamiento y que obviamente no estaban armados. No he podido encontrar argumentos históricos para justificar el hecho de que la guardia civil de Atienza no fuera llamada a Guadalajara. Puede que su comandante decidiera dejar algunos efectivos en previsión de la llegada de la «Columna navarra», pero su sublevación será la causa de las mayores derrotas militares que sufrirán los milicianos estacionados en Sigüenza. Aunque en Madrid el jefe del Gobierno Casares Quiroga, hasta el 18 de julio en que presenta su dimisión, se negará al reparto de armas entre la población, en Sigüenza nadie pidió armas ni se produjo movimiento alguno en el sentido de controlar el Ayuntamiento o el abandonado cuartel de la guardia civil. Sábado, 18 Los seguntinos se informan gracias a la prensa llegada de Madrid, «ABC», «El Liberal», «Debate» o «El Socialista» de que un grupo de militares, encabezados por el general Mola, Sanjurjo y el joven general Francisco Franco «desterrado» a Canarias, se habían sublevado contra la República. Es probable que los seguntinos no fueran partidarios de la sublevación, pero tampoco eran adictos a la República, puesto que en su mayoría eran monárquicos o romanonistas, debieron quedarse al margen y no se pronunciarían en un sentido ni en otro. Esta ambigüedad se mantuvo hasta la primera llegada de milicianos leales a la República, unos días después. Además de los periódicos, la radio, de las que probablemente habría un centenar de aparatos entre todos los vecinos, debió trasmitir la noticia de que el general Mola, el principal instigador del golpe dentro de la península y que estaba destacado en Pamplona, había formado una columna de unos 1.500 milicianos, formados por carlistas y falangistas y se dirigía a Madrid, vía Logroño y Soria, pero que no pasaría por Sigüenza. Se trataba de la denominada «Columna Navarra», al mando del capitán García Escámez. También les llegarían noticias de la primera acción violenta en la provincia, en la localidad próxima a Brihuega de Budia, donde un grupo de sublevados habían intentado tomar del cuartel de la guardia civil, pero fueron reducidos. Cuarenta personas fueron detenidas, entre ellos estaba el secretario del Ayuntamiento, dos sacerdotes y dos mujeres: la llamada «Falange de Budia». Domingo, 19 La vida en Sigüenza no se altera por las alarmantes noticias del alzamiento. Se celebran misas y la banda municipal vuelve a amenizar el baile de la Alameda. Otro día sin ninguna acción por parte de falangistas o socialistas locales para asegurar la lealtad a la República o sublevarla. Lunes, 20 La Casa del Pueblo es un hervidero. Los militantes socialistas acuden para escuchar la radio y hacerse una idea de la situación. Debieron saber que la «Columna Navarra» había entrado en Logroño y apoyado a los sublevados que controlaban la ciudad. Otro grupo de militantes prefiere reunirse en la estación, con los ferroviarios afiliados a la UGT, los más activos y mejor organizados, y que jugarían un papel fundamental durante los tres meses de ocupación. Además de los boletines de noticias que se radian cada 15 minutos, los ferroviarios seguntinos reciben un telegrama en el que les informan de que una docena de milicianos armados procedentes de los talleres ferroviarios de Arcos de Jalón se dirigirán a Sigüenza con la intención de formar un comité revolucionario y asegurar la lealtad de la ciudad a la República. Pero el grupo es interceptado por la guardia civil sublevada, y son reducidos y posteriormente ejecutados. Entre ellos había un padre y un hijo, los dos ferroviarios de Arcos de Jalón. Martes, 21 En la ciudad sigue la tensión y el desasosiego. Según Sánchez Rueda, este mismo día se produce un robo en el polvorín de «grandes cantidades de pólvora y de dinamita por elementos de las izquierdas de la población». También asegura que el Gobernador Civil de Guadalajara emitió una orden por la que «debían requisarse todas las armas cortas existentes en las armerías de la población y de los civiles y entregarlas a la Casa del Pueblo». Es posible que en la Casa del Pueblo se almacenasen escopetas de caza, algunas de las cuales fueron utilizadas por los milicianos ante la falta de fusiles en un primer momento de la ocupación, pero no consta que hubiera armas cortas ni desde luego fusiles. Rueda hace una valoración de la tensa situación de este día con un significativo comentario que sin duda hubiera sido causa para una acusación en firme de rebeldía y sedición: «Esta disposición –requisar las armas–, iba encaminada a dejar en la más absoluta indefensión a las derechas, para llegado el momento poder entrar en la población sin que ésta presentara resistencia alguna. Aún cuando en Sigüenza las derechas eran en número considerable y superior a los contrarios». La radio informa que finalmente, a media mañana y ante la inminente llegada de la «Columna Navarra», el comandante rebelde Ortiz de Zárate saca las tropas a la calle en Guadalajara convencido de que no tendrá oposición y que la guardia civil también se sublevará. Pero este mismo día se recibe la noticia de la muerte en accidente aéreo de uno de los cabecillas del golpe, el general Sanjurjo. El general Mola le había enviado un avión pilotado por el monárquico Juan Antonio Ansaldo, «as de la aviación, mujeriego y antiguo organizador de las escuadras terroristas de la Falange», según describe Paul Preston. Las causas de que el pequeño avión capotara se debieron, al parecer, al exceso de carga, tanto por maletas llenas de uniformes como por la obesidad del general. Miércoles, 22 Hacia las 14 horas de este día los dirigentes seguntinos de Acción Popular recibieron una llamada del presidente de la CEDA de Guadalajara, Félix Valenzuela, para indicarles que la sublevación había triunfado y que los sublevados de Guadalajara había tomado el Gobierno Civil y detenido al gobernador, Benavides, al capitán de la guardia civil, José Rubio y al militante del PSOE, director del semanario «Avante», Joaquín García. Tras la acción, los sublevados declaran el estado de guerra en Guadalajara y comienzan a fortificar las entradas a la ciudad en previsión de un asalto por parte de milicianos procedentes de Madrid y Alcalá de Henares. Sánchez Rueda confirma este contacto: «Este día el diputado a Cortes sublevado en Guadalajara Félix Valenzuela telefonea a los directivos de Acción Popular en Sigüenza para comunicarles que se había encargado del Gobierno Civil de Guadalajara, deteniendo al funestísimo Benavides, anterior Gobernador, y que acudieran a Guadalajara para recibir instrucciones y preparar la sustitución de la Gestora Municipal de Sigüenza por el Ayuntamiento destituido». Las perspectivas de un hipotético triunfo de los sublevados en la provincia parecía creíble por lo que es probable que algunos seguntinos, especialmente los afiliados al partido de Gil Robles, Acción Popular, y de Acción Católica, estuvieran pensando en tomar el Ayuntamiento, destituir a su alcalde de Izquierda Republicana y sublevar la ciudad. Un testigo afirma que este mismo día por la noche, un grupo de militantes del partido de Acción Popular, que tenía su sede en la plaza de la Catedral, salen por la noche y se dirigen hacia la parte alta de la ciudad. Aunque no está confirmado, es probable que tuvieran la intención de dirigirse a la cárcel y liberar a los falangistas detenidos, implicados en el asesinato de Francisco Gonzalo, y junto con ellos sublevar Sigüenza. Pero no se produjo ninguna acción de este tipo, tal vez porque la prisión local estaba guardada por funcionarios de la Dirección General de Prisiones y podrían encontrar resistencia. Ese mismo día la «Columna Navarra», que encuentra más oposición de la prevista, tiene que dividirse en dos partes: una se dirige hacia Alfaro y la otra hacia Soria Al finalizar la tarde llegan noticias de que la rebelión en Alcalá de Henares ha fracasado, circunstancia que debió influir en los ánimos de los que estuvieran pensando en sublevar Sigüenza. Con la recuperación de Alcalá, los milicianos inician su marcha hacia Guadalajara tomando posiciones en sus alrededores. «Al anochecer de este día –comenta Sánchez Rueda–, se tuvo en Sigüenza noticia del desastre y ya no se pensó en ocupar el Ayuntamiento. La gente joven (¿Se refiere a los falangistas?), aún continuaba optimista. Llegaron noticias de que había pasado por Paredes una fortísima columna motorizada que ocupaba más de doscientos coches entre camiones y autos ligeros». Sin duda se refería a los cerca de 1.000 requetés y falangistas de la «Columna Navarra» que se dirigían a Guadalajara. Las noticias de este día parecen ser claramente favorables a los republicanos. Por un lado su aviación bombardea la «Columna Navarra» en su precipitado avance hacia Madrid y los milicianos leales inician a primeras horas de la mañana el asalto a la capital de la provincia, precedidos de algunos bombardeos estratégicos sobre todo en las fortificaciones junto al puente del río Henares. Las noticias aseguran que la «Columna Navarra» está próxima a Jadraque, por lo que la toma de Guadalajara es urgente. Finalmente se confirma que los milicianos han tomado el cuartel de la Maestranza y que horas más tarde toman la ciudad al mando del coronel Puigdengolas, ayudado por los anarquistas comandados por el albañil de la CNT, Cipriano Mera. Éste es también un día de movilización general contra los sublevados en Madrid y en muchas otras ciudades de España. Un variopinto grupo de milicianos afiliados a sindicatos de clase y otras organizaciones anarco-sindicalistas saldrán desde la estación de Atocha de Madrid con la intención de retomar Zaragoza. Están mal armados pero con un ardor combativo propio de los primeros días. Entre ellos se encuentra un grupo de unos 400 milicianos del partido Troskista, POUM, mandados por un militar profesional leal a la República, el capitán Martínez Vicente, que tendrán un especial protagonismo en la batalla de Sigüenza. Entre ellos se encuentra una columna de unos 100 milicianos y milicianas mandados por el argentino, nacionalizado francés, Hipólito Etchebéhère y su esposa, la austríaca Mika Feldman (aunque adoptaría el apellido de casada de su marido), ambos convencidos anarquistas que habían participado activamente en las revueltas obreras de Alemania en 1932, y que gracias al libro que publicaría años después «Mi guerra en España» podemos saber los seguntinos las circunstancias en que se desarrolló la «batalla de Sigüenza» con bastante aproximación y objetividad. Mika Feldman, fue capitana de la columna y terminó por censurar incluso a sus propios mandos, por lo que no cabe la menor duda de que su relato es objetivo y bastante neutral. El tren partió de Madrid de madrugada, hizo una larga parada en Alcalá de Henares y no llegó a pasar de Guadalajara, al recibir contraórdenes de «demorar» el asalto a Zaragoza. Por tanto ese día los seguntinos se fueron a dormir con la misma incertidumbre de los primeros días. Jueves, 23 Dadas las fechas y lo avanzado del mes, los cereales estaban ya a punto para la siega, por lo que era probable que este día las calles y plazas de Sigüenza estuvieran abarrotadas de cuadrillas de segadores. Gran parte de ellos debieron pernoctar en la estación y conocer gracias a los ferroviarios la situación del alzamiento. Un telegrama desde Jadraque informa a los ferroviarios seguntinos que la «Columna Navarra» ha pasado por la ciudad y está en Miralrío siguiendo adelante con sus planes de apoyar el alzamiento en Guadalajara. La columna consiguió llegar ese mismo día hasta Taracena, a las puertas de la capital de la provincia, pero al confirmarse la restitución de la legalidad y el arresto de los sublevados, recibe la orden de replegarse hacia Aranda de Duero y Almazán. Como cada jueves la Banda municipal amenizará el baile de la Alameda, no sin tensiones entre su miembros por sus simpatías o antipatías hacia la República, que sigue ofreciendo sus conciertos y acompañando a los últimos militares de remplazo a la estación. Pese a la tensión que se respira en el ambiente, los seguntinos siguen disfrutando de su tradicional paseo por la Alameda, entre multitud de niños y la «habitual» escena de las jóvenes seguntinas cogidas del brazo en grupos y los jóvenes acosándolas con bromas, más bien rudas, sin privarse de sus numerosos chatos de vino y alguna copa de coñac o anís. Viernes, 24 Este día los seguntinos serán testigos de la entrada en su ciudad de la guerra propiamente dicha. Los segadores debieron empezar la siega, el día era caluroso y pocas personas permanecerían en la calle cuando un coche con bandera blanca, pero en la que están escritas las iniciales de la CNT-FAI, que habían salido de reconocimiento para informar sobre la situación del frente y las posiciones de la columnas de requetés en la provincia, entró por la calle de Santa Bárbara (hoy Villaviciosa), procedentes de Algora y Torremocha, transportando a varios heridos que habían sufrido un accidente al volcarse uno de sus camiones a la altura del kilómetro 117 de la carretera nacional. El coche con los heridos se detuvo en la plaza de Guadalajara (hoy Hilario Yaben) y uno de los milicianos armado caminó por la calle de Guadalajara para preguntar a uno de los seguntinos que presenciaron la llegada, testigo fundamental de este mismo relato, por la ubicación del hospital. Éste se ofreció a acompañarles al hospital de San Mateo, dependiente del Cabildo, para que fueran atendidos los heridos. Sánchez Rueda hace mención a la llegada de estos primeros milicianos con bastante objetividad, asegurando que entraron en la ciudad con «bandera blanca», lo que probaba sin duda su intención de hospitalizar a los heridos y abandonar la ciudad. Sin embargo, en su confusión casi permanente sobre ideologías confunde estos milicianos de la CNT-FAI con «comunistas». También cita la intervención de un campesino de Torremocha, quién les prestaría ayuda en el lugar del accidente y recomendaría que fueran ingresados en el hospital de Sigüenza por ser el más próximo de aquel lugar. Rueda persiste, no obstante en la intención exploratoria y la supuesta reunión con la Gestora Municipal y los responsables de la Casa del Pueblo, reuniones que no está probado se produjeran. Tampoco está probado que fuera el propio Cipriano Mera quien comandara este primer grupo de milicianos. Para los autores próximos a los sublevados se trata de una «estratagema» para valorar la situación dentro de la ciudad, pero lo desmiente el hecho probado de que estos milicianos son ayudados en Torremocha por un campesino de esta localidad, gracias a lo cual pudo salvar, días después, la vida de su propio hijo, un seminarista y paje del mismo obispo Nieto, que permaneció junto a él durante los primeros días de la ocupación, así como la de los sacerdotes que le acompañaban. Al llegar a las puertas del hospital, que por entonces también era hospicio y estaba gestionado por Monjas de la Caridad y financiado por el Cabildo, las monjas recelaron de los milicianos y trataron de impedir su entrada. El propio testigo que les acompañó relata la conversación que medió entre él y las monjas responsables: «–Hermanas, traemos un camión con heridos de milicianos de la República. »–Lo sentimos, pero no podemos abrir… porque son rojos. »–Hermanas, tienen que atenderlos porque son representantes del gobierno». Finalmente las monjas cedieron y los milicianos heridos fueron atendidos. Los mandos del grupo aprovecharon para recorrer la ciudad y comprobar si había grupos alzados y si habían tomado posiciones o algún tipo de acción que pudiera ser considerado como «sublevación», pero no encontraron resistencia alguna. Antes bien, la circunstancia de que el alcalde era de Izquierda Republicana y la ausencia de guardias civiles favorecía su ocupación sin violencia. A su regreso a Guadalajara los milicianos informan al comandante Jiménez Orge de que Sigüenza puede ser ocupada sin resistencia. Este mismo día el comandante Palacios, al mando de una columna de requetés y falangistas, del batallón Gerona, entra en Medinaceli procedente de Zaragoza apoyados por una pieza de artillería del 7 ½, controlando la línea férrea y el valle del Jalón. Más cerca, en Arcos de Jalón, sobre la misma vía férrea Madrid-Barcelona, la guardia civil detiene a un grupo de milicianos ferroviarios de los talleres de la M.Z.A. controlando la ciudad. Sin duda que se trata de los ferroviarios que planeaban ocupar Sigüenza desde Arcos de Jalón. Sábado, 25 En medio de todos estos rumores favorables a la República en la provincia de Guadalajara, un buen número de familias seguntinas de alguna forma vinculadas a Acción Popular, Acción Católica o a la Falange, abandonan la ciudad a través del Pinar con dirección a Medinaceli y Aragón. Éste es sin duda un día clave en el desarrollo de la batalla de Sigüenza, porque por primera vez, después de una semana de incertidumbre y dudas por ambos bandos, la ciudad es ocupada por los milicianos leales a la República. Por ser sábado y dado lo avanzado de la cosecha, es de esperar que la plaza de Guadalajara estaría ya concurrida de gente desde primeras horas de la mañana. Era habitual que desempleados y segadores se concentraran en la esquina con la calle del Humilladero a la espera de ser contratados por los propietarios o empresarios locales. Este es, además, un día importante por ser la festividad de Santiago Apóstol, y por si fuera poco, día de mercado. Los de mi generación todavía podemos recordar los numerosos puestos de venta de utensilios, especialmente de guarnicionería, que se instalaban a lo largo de la calle de Santa Bárbara (hoy José de Villaviciosa), al final de la cual, había una cordelería. En la plaza era frecuente la llegada de «charlatanes» que vendían toda clase de variopintos productos, sobre todo plumas estilográficas, algo casi mágico para los sencillos campesinos que la abarrotaban. En este ambiente los seguntinos debieron de sorprenderse al ver llegar por el fondo de la calle hasta una docena de camiones cargados de milicianos y, sobre todo, milicianas vestidas con su mono azul, sus cartucheras, su fusil y con una pistola en el cinto. Los coches y camiones tenían escritas en grandes letras blancas las siglas CNT-FAI, y el primero la descripción «Comandante». Se trataba de la una columna de unos 200 milicianos de la Confederación Nacional de Trabajadores (CNT) al mando de Feliciano Benito Anaya. Por la tarde se les uniría otra columna de unos 300 milicianos del batallón «Pasionaria», del Partido Comunista. Sánchez Rueda describe así la entrada del primer contingente de milicianos y milicianas: «A las once de la mañana pudimos observar, con la natural inquietud, que Sigüenza estaba ya dominada e invadida por lo rojos que acaban de entrar brutalmente como conquistadores y ocupaban arma al brazo la Plaza Mayor y las principales calles. Llegaron en los primeros momentos unos doscientos, pero a primeras horas de la tarde pasarían de los quinientos. Con esta invasión comenzó el martirio de Sigüenza, largo, doloroso, cruel y sangriento». Por la imprecisión en las fechas de Mika Feldman, deducimos que la columna del POUM, que tomaría parte en el intento de toma de Atienza, llegaría la segunda semana de Agosto. Contradiciendo las opiniones de Sánchez Rueda, en mi opinión es probable que a los seguntinos les tranquilizara que aquellas tropas fueran leales a la República, en lugar de sublevados, porque por su talante conservador y monárquico, preferirían la seguridad que les otorgaba ver milicias leales al Gobierno. Puede que pensaran que, de la misma forma que en Guadalajara el golpe había fracasado lo mismo sucedería en el resto de España, con lo que aquellas primeras tropas evitarían que Sigüenza se viera realmente envuelta en una guerra, que sin duda la mayoría considerarán que sería corta y todo se resolvería antes de dos o tres meses. Por supuesto que la Iglesia seguntina no compartiría esta misma valoración. La persecución al clero por parte de anarquistas y comunistas era evidente desde la misma proclamación de la II República en 1931. Inmediatamente los milicianos preguntaron a los asombrados seguntinos por la ubicación del Palacio Episcopal, porque parecía evidente que deseaban ocupar este edificio y el Seminario aledaño para destinarlo al cuartel general de las columnas de ferroviarios de la UGT y de la JSU (Juventud Socialista Unificada), que llegarían al día siguiente al mando de Martínez de Aragón, que sería el comandante militar de Sigüenza durante la ocupación, y que los milicianos denominaban como «el miembro del Gobierno que pronto iba a llegar». Naturalmente que los seguntinos sólo tuvieron que mover el brazo para indicarles el lugar. Los milicianos se encaminaron hacia la entrada principal del Palacio para proceder a su registro y posterior ocupación. Al llegar les sorprendió encontrar las puertas cerradas y que nadie respondiera a sus insistentes aldabonazos. Según el testimonio del entonces seminarista Carmelo Pascual, paje del obispo e hijo de un campesino de Torremocha, que se encontraba dentro del palacio, la razón era, según su propia narración reproducida por el biógrafo del obispo Nieto, que al comprobar que los milicianos se dirigían hacia el palacio sugirió que lo mejor era cerrar las puertas. «¡Están cercando el palacio y el Seminario! Creo que debemos cerrar las puertas. Así tal vez pasemos inadvertidos». El obispo Nieto accedió, dejándolo al criterio de su paje. Sin embargo su biógrafo ofrece esta otra versión: «el Sr. Obispo ante el peligrosísimo cariz que mostraban aquellas turbas invasoras, ordenó se cerrasen las puertas del Palacio, como en efecto se hizo, ya para ver si de esta forma pasaba un tanto disimulado el edificio y se fijaban menos en él las masas revolucionarias, para evitar los estragos de una posible irrupción... Sobre las once y media golpearon los milicianos con el aldabón de las puertas de la residencia episcopal pero decidimos no contestar», prosigue el relato. Este fue sin duda un grave error del obispo Nieto porque provocó la furia de los milicianos que empezaron a golpear con la culata de los fusiles la puerta de entrada, con tan mala suerte que uno de los fusiles se disparó hiriendo a uno de ellos. Esto alteró los ánimos y por un momento se pensó en tomar el Palacio al asalto, disparando contra las ventanas y rociando las puertas con gasolina y prendiéndolas fuego, amenazando, además, con llamar a la aviación republicana para que fuera bombardeado. «Ante aquellas palabras pensé que yo sería el responsable de que destruyeran Sigüenza.... –comenta el paje–. Y me fui a abrir las puertas». El obispo Nieto había decidido trasladarse al Seminario a la espera de acontecimientos. Los primeros milicianos temían que los posibles sublevados seguntinos se hubieran hecho fuertes en el palacio o que hubieran escondido armas allí, y procedieron a un rutinario registro acompañados por un seguntino, conocido del seminarista, apodado Tamarino, al que el biógrafo del obispo confunde con un «destacado comunista de Sigüenza». De hecho no estaban muy descaminados, pues el propio seminarista confiesa ocultar él mismo una pistola: «Tengo además una pistola que me dieron los del Frente Popular cuando mataron a Calvo Sotelo... Lo cierto es que yo llevaba una pistola con el único fin de amedrentar». Los milicianos ni siquiera registraron la parte superior del claustro y se dieron por satisfechos con una primera impresión de que, en efecto, allí no había nadie sospechoso de formar parte de alguna sublevación. La mala fortuna quiso que el obispo Nieto regresara al Palacio desconociendo la situación y se topó literalmente con un grupo de milicianas en la antesala del antiguo Provisorato. La sorpresa debió conmocionar al obispo y alegrar a las milicianas, que según relata el testigo eran «dos milicianas vestidas con mono azul, con cinto pertrechado de dos pistolas, más otra que llevaba en la mano». No debió ser un encuentro con frases de cortesía desde luego, las milicianas enfadadas por lo sucedido en la entrada del palacio «le preguntaron de dónde venía y por qué no habían abierto las puertas cuando llamaron». El obispo se excusó asegurando que «no sabía lo que había sucedido en el Palacio», sin duda que trataba de cubrirse. Es sorprendente lo que sucedió después. Las milicianas, a pesar de su enfado, creyeron al prelado y éste tal vez más relajado al ver que no tenían intención de arrestarle o agredirle, y siempre según la crónica del mismo testigo citado por su biógrafo, intentó contemporizar con ellos, porque escribe: «Entonces el Sr. Obispo, agradecido por la relativa condescendencia con él, manifestó su deseo de obsequiarles con una copa, que no aceptaron por temor a que estuviera envenenada la bebida». Al parecer los milicianos debieron considerar esta absurda posibilidad a juzgar por su respuesta: «¿Copas? De ninguna clase, no sea que estén envenenadas». En vista de ello les ofreció unos cigarros puros, que aceptaron», en realidad se los llevaron todos. Después de este primer encuentro, los milicianos pidieron al Obispo y a quienes les acompañaban que se presentasen ante el comité creado tras la llegada y que estaba reunido en la plaza de Guadalajara. En efecto, fue conducido ante el comité en compañía de otros sacerdotes responsables del Seminario y, como es de suponer, se formó una auténtica y variopinta algarabía entre la multitud. La plaza debía estar abarrotada de gente por ser, como ya hemos dicho, día de mercado y festivo. No toda la población era favorable a la Iglesia local y no es de extrañar que el prelado fuera insultado en una especie de comparecencia ante «Poncio Pilatos». Por si faltara algún detalle, las milicianas que le custodiaban no debieron ser muy corteses con él, provocándole con expresiones sin duda soeces para la categoría y rango del prelado. Una vez sobre la plataforma ovalada con dos escalones y una gran farola que había en el centro de la plaza sucedió lo que el cronista ha manipulado por razones obvias, quien dice que: «llegados al comienzo de la plaza uno de los milicianos acompañantes se adelantó poniéndose frente al Sr. Obispo, y asiéndole de un brazo se lo entregó a cierto sujeto que figuraba como mandamás, con la siguiente frase: “Jefe, ahí le entrego ésto”». Lo cierto es que, además de este gesto, confirmado por el propio seminarista, el miliciano le cogió por el brazo, le cerró el puño y levantándolo, le obligó a que gritara públicamente: «¡Viva la República!», lo que por supuesto hizo el prelado. Este hecho es incuestionable y quienes lo presenciaron podrían corroborarlo ante un juez si fuera preciso y que, por otro lado, era común cuando se procedía a una detención de este tipo. Una vez que el obispo Nieto se mostró «leal a la República», fue devuelto al palacio, advirtiéndole de que permaneciera en él, que no volvieran a resistirse y que las puertas deberían permanecer abiertas, tal y como relata el seminarista testigo de los hechos: «En consecuencia, volvimos al Palacio, aunque ya sin acompañamiento». Estos fueron los únicos hechos que pueden ser probados como consecuencia de citar todas las fuentes escritas disponibles, así como testigos presenciales. Las versiones manipuladas e interesadas sobre este suceso que se han difundido durante todos estos años son simplemente falsas. Sin embargo nada hacía presagiar el desastre posterior porque, al menos en un primer momento, el encuentro de la columna de Feliciano Benito con la iglesia local no fue violento. El obispo no sólo fue devuelto sin que se produjera ningún acto de violencia, sino que se le asignaron dos centinelas en la entrada del Palacio para evitar cualquier incidente. ¿Cómo es posible aceptar que las «hordas invasoras» contemporizaran de esta forma con el clero? ¿Cómo se justifican los trágicos sucesos posteriores después de un principio con un final tan feliz? Este mismo día es probable que la Gestora Municipal ayudara a las columnas de milicianos a elegir los lugares adecuados para instalar sus cuarteles generales, que se decidieron por el convento de las Ursulinas para la CNT-FAI, y el de las Franciscanas de la calle Mayor, para el batallón «Pasionaria». El Seminario, que por aquellas fechas estaba desocupado ya que los seminaristas habían regresado a sus localidades de origen por el periodo de vacaciones estivales, se reservaría para los que estaban a punto de llegar junto con el comandante Martínez de Aragón, las milicias de la JSU y los ferroviarios de la UGT. Una vez en el palacio y sin duda sorprendido por la actitud de los primeros milicianos, el obispo Nieto se puso en contacto con el alcalde Francisco Lafuente enviando al paje para que le indicara «la conducta a seguir en aquellas circunstancias», lo que debió parecer una actitud sorprendente y cínica, teniendo en cuenta que Francisco Lafuente había sido blanco constante de sus críticas antes de aquellos sucesos. Francisco le contestó que «nada podía hacer y que “ahora él era muy bueno, ya que recurría a su persona el Sr. Obispo”». De hecho el alcalde Lafuente se vio invadido por decenas de seguntinos que no sabían que actitud tomar ni qué hacer con sus armas de caza, que no habían entregado cuando fue ordenado que se requisaran. Entre ellos sin duda que habría bastantes clérigos, muy aficionados a la caza. Tras estos incidentes, el obispo Nieto gozó de cierta libertad de acción hasta el extremo de que tuvo oportunidad de entregar «el dinero que tenía, 25.000 pesetas (equivalente a unos 75.000 euros actuales, ó 12 millones de las antiguas pesetas), que recibió el M. I. don Raimundo, quedándose él sólo con 2.000 pts.». ¿A quién pertenecía ese dinero? No era probable que fuera del Obispado porque éste tenía depositado sus fondos en la Caja Agrícola Ambrona, y en parte estaba en forma de títulos, obligaciones y acciones bancarias (Títulos que motivaron posteriores desavenencias y pleitos legales entre los herederos de Nieto y el Obispado seguntino). El biógrafo no lo dice. Sin embargo el encuentro de este mismo día entre la columna y la Iglesia local, o su brazo seglar de Acción Católica, tuvo su primer hecho luctuoso: la ejecución de José María Martínez, presidente diocesano de los jóvenes de Acción Católica, cuya muerte también ha sido burdamente manipulada por los autores próximos a los sublevados. La razón de su muerte fue un cúmulo de circunstancias, pero la acusación principal fue que al ser detenido en la calle Medina, a la altura de la Catedral, se dirigía al campo con la intención de deshacerse de una pistola, supuestamente usada en el asesinato de Francisco Gonzalo. Fue conducido por los milicianos a la Casa del Pueblo donde tras argumentar que no había entregado su arma por temor a que pudieran detenerle, fue puesto en libertad. En el momento en que se disponía a salir del local se cruzó con la viuda del «Carterillo», quien lo identificó como uno de los posibles ejecutores de su marido. El acusado presa del pánico intentó huir por el piso superior de la Casa del Pueblo y reapareció en uno de sus balcones, donde fue alcanzado por disparos desde la calle. Los cronistas próximos a los sublevados simplemente dicen que «fue asesinado y colocado con una pistola en las manos en un balcón de la calle San Roque». No obstante existe otra versión ofrecida por el paje del obispo quien, según su testimonio, presenció el incidente cuando se dirigía a entrevistarse con el alcalde Lafuente en el Ayuntamiento: «Al llegar frente a la Catedral veo venir en dirección opuesta al presidente de la Acción Católica... Hace como que va a sacar el pañuelo... Los milicianos creen que trata de sacar un arma... ¡y oigo un tiro!» Según este testimonio, el cuerpo es trasladado a la Casa del Pueblo. De cualquier forma está probado que fue sorprendido por los milicianos portando una pistola. Desde ese momento, el obispo Nieto, a quién todos aquellos acontecimientos afectarían su estado de salud, desestimó la posibilidad de escapar sin duda por temor a ser capturado, lo que equivaldría a su detención y posible ejecución inmediata, y decidió recluirse en algún lugar seguro y esperar acontecimientos. El lugar elegido fueron los desvanes de la iglesia pública del Seminario, cuyo acceso probablemente estaría bien guardado y protegido e, incluso, era probable que sólo él y quiénes le acompañaban lo conocieran, a juzgar por lo que sucedió después. Es evidente que su intención era ocultarse allí hasta que «llegaran los nacionales» que probablemente debió pensar que entrarían pronto en la ciudad. El obispo Nieto, no obstante, intentó que dos familias seguntinas de probada fidelidad a la Iglesia le buscaran una casa segura donde esconderse, pero lamentablemente para su suerte posterior, ambos declinaron prestarle ayuda argumentando que: «estamos en una situación muy difícil; yo mismo no se dónde esconderme; me temo un desastre; esta gente no respeta a nadie; si viera alguna forma de ocultar al Sr. Obispo, a la hora que fuere bajaría a comunicárselo; lo mejor sería que se vistiera de paisano y sin perder tiempo salierais por la Raposera al pinar en dirección a Barbatona o Alcuneza; si logran salir al pinar estarían a salvo». En otras palabras, nadie se arriesgó a ocultar al obispo Nieto en su propia casa, lo que con bastante probabilidad hubiera salvado su vida. y, como narra el propio paje, «el obispo estaba acobardado». El paje insistió una vez más en su decisión de sacarle «a punta de pistola» del Palacio, pero el obispo le aconsejó que se desprendiera del arma, recluyéndose nuevamente en el desván de la iglesia. «Si no me hubiera desprendido del arma hubiéramos llegado a Barbatona»., comenta el paje en su relato. Detalle que obviamente omite su biógrafo. Según el propio testigo la parte alta de la ciudad estaba tranquila por lo que es de suponer que los milicianos no emprendieron acciones importantes ese mismo día, a la espera de la llegada a Sigüenza de Martínez de Aragón, su reducida escolta y el resto de los milicianos, a quienes los que ya estaban en Sigüenza se referían como «las fuerzas del Gobierno», y que por esa razón los curas debían vestirse de seglar antes de que llegaran. Puede que ya se estuvieran recogiendo los puestos del mercado (o tal vez los recogieran apenas entraron los primeros milicianos) cuando sobre las seis de la tarde entró en Sigüenza la otra columna, esta vez un grupo de unos 300 miembros del Partido Comunista, del regimiento «Pasionaria». La mayoría de los milicianos y milicianas que llegan a la ciudad son jóvenes entre 15 y 25 años, procedentes de Madrid, reclutados en las nuevas escuelas de capacitación profesional controladas por organizaciones como la JSU, la UGT o la CNT-FAI, como cita la miliciana anarquista Rosario Sánchez en sus memorias, quién es reclutada en la escuela «Aída Lafuente» en la calle de San Bernardo de Madrid, donde se impartían clases gratis de cultura general y algunos oficios. Sobre la razones por las que Martínez de Aragón ocupó Sigüenza existe una gran controversia. Como más tarde citara Mika Feldman, «llegaron a Sigüenza sin una orden exprofesa del mando central». Pero según un informe militar de la época: «Jiménez Orge... envía destacamentos de milicianos hacia los pueblos más avanzados de la provincia y de Soria, a fin de alejar el peligro». Es decir, que las milicias, que en un principio estaban destinadas a intentar recuperar Zaragoza, ocuparán los pueblos más próximos al primer frente de guerra que intenta la toma de Madrid, por lo que en realidad estas tropas quedaron «atrapadas» en Sigüenza. Por tanto se quedaron en nuestra ciudad para asegurar la plaza y por si era posible una nueva acción militar importante en el frente de Aragón. Pero una vez perdida definitivamente Zaragoza, Sigüenza carecía de interés estratégico. En otras palabras: los que fueron destinados a Sigüenza no tenían otra misión que la de «aguantar» las avanzadillas de los sublevados, pero desde nuestra ciudad no estaba previsto lanzar ninguna ofensiva de más envergadura. Tal vez por eso en otro informe militar de la época se diga que «Las milicias de formación republicana... se ocuparon sólo de vegetar al sol, sin tomar ninguna medida de precaución, atrincheramiento o defensa». Franco y Mola, tras el repliegue de éste en Somosierra, deciden, a partir de mediados de agosto, replantearse la estrategia para la ofensiva contra Madrid y reorganiza las columnas que han de confluir en la capital: El coronel García Escámez mandará las tropas que en tres columnas, deberán confluir desde Somosierra a Molina de Aragón, hasta contactar con la División de Zaragoza. Las tres columnas tendrán como objetivo la toma de Sigüenza: – La primera llegará a Atienza y avanzará por la carretera de Jadraque hasta la localidad de Huérmeces. – La segunda partirá desde Barahona hacia Sigüenza por Paredes y a lo largo de la carretera de Soria, tomando a su paso los pueblos de Valdelcubo, Sienes, Riosalido, etc. – La Tercera, desde Medinaceli, descenderá por la vega del río Henares hasta Mojares y Alcuneza, donde instalará una batería con la que se bombardeará Sigüenza. Los pronósticos eran que a mediados de septiembre estuvieran tomados todos los cerros colindantes de la ciudad, pero no lo lograrían hasta primeros de octubre. Durante los primeros días del alzamiento en Atienza, tan sólo había un grupo de unos quince guardias civiles y voluntarios falangistas locales. Por tanto, los primeros días de julio la misión de estas fuerzas sublevadas no era otra que defender sus posiciones, pueblos y aldeas próximas desde Atienza hasta Medinaceli, en espera de la llegada de estas columnas, pero no tenían órdenes de atacar Sigüenza ni medios para hacerlo. Los jóvenes milicianos que llegan a Sigüenza no estaban acostumbrados a los sacrificios de la guerra y no todos eran plenamente conscientes de la ideología que representaban, incluso algunos eran analfabetos. Más que soldados eran un grupo de jóvenes exaltados con mentalidad de «guerrilleros», resentidos por las muchas injusticias sociales que habían tenido que sufrir, y en especial contra la guardia civil de aquella época muy poco considerada con ellos. Deseaban entrar en acción y «matar fascistas», y no temían las consecuencias de las batallas, porque estaban convencidos de que «ellos tenían la razón y la legalidad de su lado» y no podían perder aquella guerra. O cómo rezaba en uno de los carteles de propaganda: «¡Milicianos! Ni el ruido de los disparos, ni la bala cuyo silbido se oye, matan». Este mismo día varios grupos de milicianos viajan en diversos automóviles por varios pueblos de las pedanías para comprobar su situación y si se habían sublevado o permanecían fieles a la República. Uno de estos vehículos llegaría hasta Atienza, donde intentaron requisar todos los aparatos de radio de la localidad. Allí comprobaron que un grupo de unos 15 guardias civiles se habían hecho fuertes en el castillo. De regreso a Sigüenza informan de la situación en esta localidad. Domingo, 26 La esperanza de los seguntinos por verse libres de la violencia de la guerra duró poco, porque durante este domingo comenzaron las primeras detenciones de personas próximas a las ideas de los sublevados, especialmente miembros del clero local, que en su mayoría intentarán abandonar Sigüenza camuflados de seglares, segadores o incluso con ropas de mendigo para pasar desapercibidos. Según la exaltada descripción de Enrique Sánchez Rueda, por orden de la Gestora Municipal, a su vez comunicada por la nueva comandancia de Martínez de Aragón, se ordena el desalojo del convento de las religiosas Franciscanas, de la calle Mayor, que sería ocupado por la columna «Pasionaria», que llegaron «con unas caras de borrachos, asesinos y lujuriosos como salidos del infierno». Al parecer, Sánchez Rueda habría visto a alguien salir del infierno. El relato da una idea de la postura de los seguntinos frente al conflicto y el deseo, en un primer momento, de contemporizar con los milicianos republicanos, porque las monjas desalojadas no encontraron alojamiento en las casas de los seguntinos que se habían ofrecido a acogerlas en caso de necesidad. «No quisieron recibirnos diciéndonos que éramos un peligro a su seguridad. Nos recibían con mal talante como si fuéramos apestadas. ¡Que desengaño hemos recibido!» De hecho, sólo las familias que contaban con religiosas entre sus miembros se ofrecieron a acoger a algunas de sus propias compañeras. La mayoría de las monjas tuvieron que alojarse en las casas de huéspedes locales. Sin duda que el comportamiento de la población seguntina, supuestamente devota y conservadora, fue mezquina y desleal con los miembros de la Iglesia, y esto justificaría, no sólo el tono crítico y rencoroso del libro de Sánchez Rueda, tanto contra los milicianos, como contra los propios seguntinos, sino su deseo de que fuera eliminada prácticamente la mitad de la población, a quien consideraba «roja» o simplemente «sospechosa» de colaborar con los rojos. Este comportamiento era mucho más injustificado si tenemos en cuenta que la mayoría de los monjas y religiosos, tras prestar declaración ante improvisados comités revolucionarios, fueron puestas en libertad, como cuenta el propio Sánchez Rueda. «Presas de temor pasamos toda la noche... (en la prevención del Ayuntamiento) esperando la llegada del coche que nos pudiera llevar al lugar del fusilamiento... Al día siguiente se presentó el que tenía la categoría de Comandante de la canalla de las milicias rojas (Martínez de Aragón), preguntando que quién les había encerrado allí y ordenó que les dieran libertad». Martínez de Aragón pasó la mayoría de su tiempo tratando de poner orden en los abusos y arbitrariedades de los grupos anarquistas y comunistas que no siempre actuaban bajo su órdenes, como prueba este relato y otros de uno de sus más fervientes defensores, Galo Badiola. Durante todo este día se suceden las detenciones de religiosos y religiosas que son conducidos, no con buenos modales sin duda, ante los primeros «comités revolucionarios», en medio de vejaciones, insultos y, sobre todo, un nada disimulado anticlericalismo (Los anarquistas creían que no era posible hacer la revolución sin la eliminación de la Iglesia, tal y como se había hecho en Rusia, y como antes se intentó hacer durante la Revolución Francesa). Sin duda que fue un día triste para la Iglesia local y no nos cabe la menor duda que supuso una profunda humillación para la mayoría de sus miembros, especialmente para las religiosas. Pero se trataba de un cierto «ritual propio de toda revolución», con los modos y las actitudes propias de aquellos tribunales populares improvisados y alimentados por un gran rencor histórico contra esta institución, el mismo del de la Iglesia contra el comunismo y el socialismo, incluso el más moderado de la época. Sin embargo, tras los interrogatorios y algunos periodos angustiosos de detención, la mayoría de los religiosos fueron puestos en libertad. Las ejecuciones de sacerdotes, salvo excepciones, solían basarse en algún tipo de acusación concreta y con el acuerdo de al menos tres de los grupos presentes en Sigüenza. Ni Martínez de Aragón ni la Gestora Municipal autorizarían ejecuciones de sacerdotes, estas fueron en su mayoría consecuencia de «paseos» de milicianos exaltados, y sucedieron durante el primer mes de la ocupación. Es más, el propio Sánchez Rueda, que sin duda la emprende con un odio indisimulado sobre todo contra los jóvenes milicianos, procedentes por lo general de los más bajos estratos sociales, reconoce que «desde el primer momento pudo convencerse el comandante Martínez de Aragón, de que no sólo no le obedecía nadie, salvo los destacados pero escasos guardias de asalto, sino que su vida peligraba, pues a diario le amenazaban y le llamaban fascista porque no se doblegaba a sus deseos de fusilar a media población». Al menos reconoce que los oficiales de la República eran «gente de orden», y no parece comprender que la tropa, por lo general, es la inevitable víctima de toda guerra, utilizada simplemente como carne de cañón. Pronto la población de Sigüenza tendría oportunidad de comprobar cómo aquellos jóvenes ruidosos y «juerguistas» serán reemplazados, con la llegada de los requetés, por auténticos «escuadrones de la muerte»; los «chicos» de los capellanes navarros, como estos les llamaban familiarmente. Este mismo día el alcalde Francisco Lafuente envía también una nota a las monjas de las Ursulinas para que desalojen el convento que será ocupado por la columna de la CNT-FAI al mando de Feliciano Benito. Sin duda una de las columnas más abiertamente hostiles a la Iglesia local y a quién probablemente se deban la mayoría de los «paseos» contra sacerdotes. Durante todo el día también se produjeron un buen número de injustificadas detenciones de civiles, cuyo comportamiento no obstante fue ambiguo y desleal, y se desvalijaron un buen número de casas, cuyos propietarios o las habían abandonado o habían sido detenidos por los comités. La calle Mayor estaba repleta de muebles y enseres arrojados por las ventanas de las casas que iban siendo desvalijadas, y posteriormente quemados. La mayoría de estos actos de auténtica rapiña inicial fueron ejecutados por el grupo de milicianos de la columna «Pasionaria», que ocuparían el convento de las monjas Franciscanas, en la misma calle Mayor. Lunes, 27 Este lunes se produjeron importantes cambios en Guadalajara, porque una vez asegurada la ciudad contra sublevaciones y pacificada la provincia con la ocupación de Sigüenza, el comandante Puigdengolas fue enviado a Badajoz, donde se establecía el frente activo contra las tropas al mando directo de Franco. La vida en Sigüenza, aunque bajo la presión de las violentas acciones anticlericales de los milicianos, no se alteró sustancialmente. Los comercios abrieron sus puertas normalmente así como los numerosos talleres de artesanos de la ciudad. Se coció el pan normalmente y se repartió, junto con la leche, como era habitual. Algunos campesinos iniciarían las tareas de la siega, sobre todo en lugares seguros, en el perímetro desde El Atance, pasando por Sienes, Alcuneza, Barbatona y Matillas. Más allá de este perímetro podrían encontrarse con números de la guardia civil sublevados. No es que tuvieran que temer por sus vidas, pero una de las causas más frecuentes para los fusilamientos era la de campesinos y pastores acusados de «pasar información» sobre la situación y las fuerzas de la tropa en ambos bandos. En realidad se trataba de padres que se habían refugiado en Sigüenza pero que sus hijos habrían permanecido en sus aldeas sublevadas y trataban de comunicarse y ayudarse mutuamente. Una vez más un reducido grupo de milicianos de Sigüenza regresa a Atienza convencidos de que ellos mismos podrían reducir a los guardias civiles acantonados en el castillo, pero son detenidos y fusilados al día siguiente. Este hecho provocó el primer intento organizado de tomar Atienza al día siguiente. Con la partida de Puigdengolas, Francisco Jiménez Orge es nombrado comandante de las variopintas fuerzas milicianas de la provincia, y establece su cuartel general en Taracena. A pesar de lo que se ha escrito, no llegaban ni a 5.000 los efectivos con los que contaba, armados sobre todo con fusiles calados con bayonetas y una escasa y poco potente dotación de artillería. Según fuentes oficiales Jiménez Orge cuenta con una fuerza militar profesional compuesta por dos compañías de Guardias de Asalto, dos compañías de la Guardia Civil que permanecieron leales. Un escuadrón de Caballería, 8 blindados del Cuerpo de Asalto, y artillería compuesta por tres baterías posiblemente del 7 ½. En cuanto a las milicias voluntarias, que supuestamente controlará bajo su mando, no llegarían en total ni a dos mil voluntarios, repartidos entre las siguientes organizaciones: – 500 efectivos de las «Milicias ferroviarias de la UGT», de los que unos 300 vinieron a Sigüenza. – 500 efectivos de las milicias de la «Juventud Socialista Unificada», JSU, también al mando directo del comandante Martínez de Aragón, y que llegaron a Sigüenza alrededor de 300. – 400 efectivos de la CNT-FAI, al mando de Feliciano Benito, unos 300 llegaron a Sigüenza. – 200 efectivos de milicianos comunistas-troskistas del POUM, incorporados a Sigüenza los primeros días de agosto y al mando del capitán Martínez Vicente. Por tanto, y tal y como muestran otras fuentes, en Sigüenza llegaron a estacionarse unos 1.500 milicianos. Este día, además del secuestro y ejecución del obispo, son detenidos en Guijosa el Prefecto de Postulantes y director de la escuela de niños cantores, instalada en el Palacio de los Infantes, donde se había refugiado el mismo día de la entrada de los milicianos y un segundo sacerdote cuya identidad desconocemos, pero no llegarían a Sigüenza, porque son ejecutados y abandonados sus cadáveres al borde de la carretera a la altura del cerro del Otero. Cuál fue la razón de su captura no lo sabemos, pero sin duda tenía relación con la precipitada salida del grupo de niños cantores que ocupaban el palacio y que fueron llevados en varios grupos campo a través, y con riesgo de sus vidas, hacia las líneas de los sublevados. Sin duda que aquellos niños tenían familias que dada la forma y rapidez con que fueron evacuados, no fueron consultadas. También podría tener relación con la mención del coronel de Sanidad Militar, de cuyo nombre sólo sabemos que se apodaba «Babi», que quería instalar en el Palacio un hospital auspiciado por la Cruz Roja Internacional. Como es habitual Sánchez Rueda no nos aporta dato alguno que justifique el desplazamiento de un grupo de milicianos a Guijosa para proceder a su detención y por qué, si tenían órdenes de traerlo a Sigüenza, fue ejecutado durante el camino. Deducimos que la comandancia militar debía de requerir su presencia para alguna gestión relacionada con la ocupación del Palacio o para que explicar el destino de los niños allí alojados. Se da la triste paradoja de que los sublevados no respetaron ninguna de las instalaciones de la Cruz Roja Internacional, precisamente porque era «Roja» y además «Internacional». No podemos sospechar que el coronel de Sanidad ordenara la ejecución de Prefecto, puesto que tenía a su servicio tres misioneros encubiertos como enfermeros, lo que les permitió salvar la vida. En cuanto a los niños becados para cantores de la Catedral, que habían sido enviados en varios grupos a Palazuelos, y más tarde a Medinaceli y Calatayud y a Guijosa, algunos volvieron al colegio y les asignaron un nuevo director. Sin duda los milicianos no aprobaron que el objeto de la escuela fuera su educación musical. Tal vez por ello consideraron que no recibían una «adecuada educación» y puede también que la ejecución del Prefecto tuviera relación con este hecho. Los niños fueron reinstalados en el Palacio, pero con un nuevo director que les impartiría una educación general y obviamente laica. Secuestro y ejecución del obispo Nieto La primera observación sobre este luctuoso hecho, que tanto influiría en el desarrollo, no tanto de la batalla de Sigüenza sino de la crueldad de las depuraciones e incluso en la postguerra, es el hecho de que Martínez de Aragón todavía no está en la ciudad, como prueba el que los milicianos que lo secuestran, una vez más hablan de la próxima «llegada de mandos del Gobierno». De haber estado allí casi con absoluta seguridad que no se hubiera producido. Los hechos, al menos los que están directamente relacionados, comienzan alrededor de las cinco de la mañana de este mismo día, cuando un grupo de unos 30 milicianos irrumpen de nuevo en el Palacio del Episcopado con la intención de requisar las llaves y preparar el edificio como alojamiento y cuartel de los milicianos del JSU y ferroviarios de la UGT. Al menos esto es lo que se deduce del comentario de uno de ellos y que cita el biógrafo del obispo Nieto: «Vosotros descansando y nosotros pasando calamidades para salvar a España de los fascistas». Sin duda hacía referencia a la noche que habrían pasado en los camiones o incluso en la misma calle, donde probablemente también se encontrarían familiares, mujeres e hijos, de algunos de los ferroviarios. Según una vez más el testimonio del joven seminarista, este nuevo incidente se salvó sin mayores consecuencias, a pesar de que no se pudiera evitar el consiguiente sobresalto, dada la hora del mismo. «Así transcurrió una media hora, y cuando se cansaron de pronunciar mil tonterías nos dejaron detenidos y con dos milicianos de guardia». El obispo Nieto y los que le acompañaban volvieron a esconderse en las bóvedas de la iglesia con la esperanza de que las cosas en Sigüenza dieran un vuelco y fueran liberados. «Tal vez por teléfono o por medio de algún mensajero, el obispo Nieto sabía que el capitán Palacios había ocupado Medinaceli con su columna de requetés e incluso tal vez supiera la intención de esta columna de intentar tomar Sigüenza en la primera semana de agosto. Los hechos relacionados directamente con la muerte del obispo no sucedieron hasta media mañana de este mismo día. Sobre las once y media de la mañana se presentó un grupo de milicianos (anarquistas de la CNT-FAI) con una supuesta orden de la Gestora Municipal para que «todos se vistieran de paisano, ya que de un momento a otro estaban por llegar las fuerzas del Gobierno, y si le encontraban con alguno de traje talar no respondían de lo que sucediese». ¿Llevaban realmente esa orden o simplemente era un ardid para descubrir el paradero del obispo y que éste se vistiera de seglar de forma que no fuera reconocido una vez ejecutado? ¿Cómo iba la Gestora Municipal a dar una orden tan absurda, sobre todo porque era evidente que en Sigüenza no vendrían más efectivos militares o guardias de asalto de la República que los que traería como guardia personal Martínez de Aragón? Podemos confirmar que la Gestora Municipal jamás dio semejante orden, confirmado por los familiares de José Arjona, encargado de los salvoconductos. Es evidente que el grupo sabía que no tendrían ninguna oportunidad de ejecutar al obispo Nieto después de la llegada de Martínez de Aragón y urdieron un plan para conseguir descubrir su paradero. Cuando el seminarista se dirige al palacio en busca del traje de seglar del obispo, se produce un extraño incendio en el lugar donde se guardaban actas y otros documentos que sin duda podrían contener hipotéticas pruebas contra la Iglesia local, al menos quién las quemara debía temer esta posibilidad, lo que volvería a crear gran agitación entre los milicianos. No obstante, el seminarista asegura que se trataba de una dependencia donde se guardaba combustible para las estufas del Seminario. Sea como fuere, apenas se percibió el humo por una de las ventanas los milicianos acudieron a sofocar el incendio. Una vez más, nuestro testigo excepcional estaba allí y sin pensárselo mucho requisó cubos de la ferretería próxima y organizó una fila desde la fuente próxima al Palacio, apagando el conato de incendio. Por si fuera poco, también estuvo a punto de arder el hornillo de la cocina que se encontrada encendido y «repleto de carbón» donde hervía una gran cazuela llena de leche. A este incendio debió referirse el seminarista cuando dice que «con un caldero de agua había suficiente para apagarlo». Pero el incendio exaltó los ánimos de los milicianos que exigieron la presencia del obispo para que les diera personalmente explicaciones del suceso. Sin duda que cuando comprendieron que los sacerdotes trababan de ocultar su paradero, sospecharon que estaría planeando huir o ya lo habría hecho. Decididos a dar con su paradero idearon una macabra forma de conseguirlo montando un simulacro de fusilamiento con balas de fogueo junto a la pared de frontón. Pero nadie delató el paradero del obispo que permanecía en su escondite. ¿Sabían realmente dónde se encontraba? Sin duda que el obispo Nieto debió escuchar las voces de orden de ejecución, (el propio seminarista habla de la orden de «¡Apunten, fuego!» y de la consiguiente descarga) porque el patio del frontón no está lejos de la Iglesia pública del Seminario. Sin embargo, no se delató saliendo de su escondite para evitarlo. El propio testigo relata esta situación que no deja lugar a dudas sobre su conducta: «Sin duda alguna, el Sr. Obispo, al oír el griterío y que le nombraban a él, corrió a ocultarse con el padre Conceso en las bóvedas de la iglesia; ya que habíamos previsto ese lugar para ocultarnos, si al llegar las fuerzas del Ejército, que estaba en Medinaceli, los milicianos en represalia, querían vengarse». ¿Sabía el obispo el inminente ataque que los sublevados tenían previsto lanzar a primeras horas de la mañana del 7 de agosto y confiaba en que si permanecía escondido en aquel lugar podría salvarse de las posibles represalias? Algo debería saber cuando el seminarista hace mención a estas tropas sublevadas estacionadas en Medinaceli. Ante la negativa de desvelar el paradero del obispo, los milicianos deciden cumplir su amenaza de ejecutar a los encubridores, que son conducidos al claustro, fotografiados y, a continuación, preparados para su fusilamiento real. Afortunadamente salvaron la vida por la oportuna llegada del padre del seminarista, que casualmente había ayudado a uno de los que formaban el pelotón de ejecución tras el vuelco del camión en que viajaba, cerca de donde él segaba con varios de sus hijos, en la localidad de Torremocha. Incidente que reseñábamos al principio. El seminarista consiguió un salvoconducto que le permitió regresar a su pueblo junto con su padre, además de evitar la ejecución de los sacerdotes que le acompañaban, pero obviamente, la historia perdió un testigo de excepción, porque lo que sucedió después siguen siendo hipótesis más o menos fundamentadas. Los padres Porras y Crespo fueron detenidos y conducidos a la prisión acusados, seguramente de «sedición y rebeldía», y el padre Montero enfermó como consecuencia sin duda de tantas emociones. «Sobre las dos y media de la tarde cerraron el Seminario –comenta el paje del obispo–, sin encontrar al obispo que permanecía en compañía del subdiácono Conceso, encerrado en las bóvedas de la iglesia». ¿Fueron parte de aquel grupo de milicianos los que, contrariados por la actitud del obispo a quien se le había ordenado que permaneciera en el Palacio a la espera de la llegada del comandante Martínez de Aragón, planearon ejecutarlo si llegaban a dar con su escondite? No es posible una respuesta categórica, pero, al menos, ésta es mi opinión a juzgar por los acontecimientos posteriores. Este mismo día, a media tarde, es cuando con toda certeza podemos estar seguros de que comienza el lamentable episodio del secuestro y ejecución del obispo Eustaquio Nieto Martín. Existen varias versiones sobre este suceso, pero en mi opinión la de su biógrafo es la más probable, aun cuando con matizaciones. «El día 27 de julio, de 4 a 5 de la tarde –es decir unas horas después de los primeros incidentes–, llegaron dos coches oficiales del Ministerio de la Gobernación, Dirección de Seguridad al Ayuntamiento preguntando por los concejales de la Gestora. Se les dijo que no estaban reunidos, que solamente se hallaba el Sr. Andrés Ortega, que ejercía de Teniente de Alcalde. Avisado éste le manifestaron que traían orden de llevar al Ministerio de la Gobernación al Obispo de la Ciudad, y que les acompañara al Palacio Episcopal». Indudablemente que trataban de darle un cierto aire de gestión oficial. Primera duda: ¿No serían parte de los mismos milicianos que intentaron inútilmente localizar el obispo horas antes y que interrogan a los detenidos y estos confesaran que el obispo se encontraba todavía escondido en algún lugar del Seminario? Lo cierto es que en Sigüenza había un grupo de unos cinco o seis milicianos anarquistas –tal vez hubiera otros parecidos que hacían misiones similares–, que conducían un vehículo requisado con el que solían hacer frecuentes desplazamientos a poblaciones cercanas que no habían sido tomadas por los sublevados, con la intención de convencer a sus ciudadanos para que apoyaran la revolución (no la República). El propio doctor Pedro Vallina confirma este tipo de acciones, cuando en sus crónicas nos cuenta como «Avanzando en aquella dirección, penetré en terreno fascista, y en un campo donde trabajaban numerosos campesinos me detuve y los arengué para que se sublevaran y se unieran a la revolución popular». Este grupo hizo varias incursiones antes de la llegada de Martínez de Aragón por el lado de Alcolea del Pinar, cuando las fuerzas sublevadas estaban en Medinaceli, llegando hasta Molina de Aragón, sin conseguir adeptos. Por tanto, según mis informes de testigos presenciales, fue este grupo quien tramó el secuestro del obispo, y cuando se referían al «coche oficial», sin duda se estaba refiriendo al vehículo que utilizaban normalmente, coches nuevos y de cierto lujo requisados en Madrid. Nuestro testigo asegura que este grupo de anarquistas «tenían coches muy bonitos que habían requisado en Madrid y siempre estaban limpiándoles el polvo». El grupo presionó al director de la prisión local Sebastián Romero, un intachable funcionario dependiente de la Dirección General de Prisiones y que se enfrentaría en innumerables ocasiones a grupos de exaltados milicianos, para que liberara al padre Porras para intentar que éste «venciera la desconfianza del obispo». También debieron recurrir a algún miembro de la Gestora Municipal para que presionara al inflexible funcionario, que no entregaba presos sin una orden judicial o de alguna autoridad municipal responsable. Sánchez Rueda, una vez más, aporta datos que corroboran este hecho cuando comenta que ante la negativa del funcionario de entregarles al padre Porras, exigiendo una orden judicial le contestan: «¡Qué Juez ni qué autoridad, ahora mandamos nosotros!» Rueda, no obstante manipula una vez más los datos asegurando que tanto los padres detenidos en el Seminario, como el deán de la Catedral «fueron a la cárcel enviados por el Alcalde». Como hemos tratado de establecer, estos fueron detenidos por su relación con la ocultación del obispo y el deán por negarse a entregar las llaves de la caja fuerte del Seminario. Según el biógrafo del obispo Nieto, es por mediación del Teniente de Alcalde por lo que finalmente liberan de la cárcel al padre Porras para que les acompañe al Palacio y haga de intermediario para ganar la confianza del obispo y se decidiera a abandonar su escondite. Los supuestos delegados del Gobierno obligaron al padre Porras a que llamara al obispo a gritos por el palacio y por el Seminario, obligándole a decir que «era él, el padre Porras, quien llamaba, que no le ocurriría nada». Parece que la estrategia funcionó porque primero salió del escondite de las bóvedas de la iglesia el subdiácono que le acompañaba para asegurarse de que se trataba realmente del padre Porras y que estaban a salvo. Instantes después salió el obispo. «Los de la Dirección le manifestaron que traían órdenes del Ministerio de la Gobernación de conducirlo a Madrid para protección y seguridad de su vida». Según la versión del biógrafo, «el obispo fue introducido en un coche custodiado por dos milicianos que montaron en el estribo». No hay duda de que se trataba del vehículo de los milicianos, y que al no haber sitio en el interior, dos de ellos viajaron en el estribo. En cuanto a lo que sucedió después, digan lo que digan los cronistas o biógrafos, nunca se sabrá con exactitud, porque no hubo testigos, ni existen pruebas fiables de lo que pudo suceder. Por tanto, nunca se sabrá cuáles fueron los últimos minutos del obispo Nieto, ya sea para la historia de este luctuoso suceso o para la causa de su beatificación. Lo que se ha escrito simplemente se ha inventado. Por nuestra parte, sólo contamos con el testimonio excepcional de un miliciano seguntino que tuvo oportunidad de conversar con los ejecutores a su regreso, porque se jactaban de la acción con este comentario: «Le hemos dado el “paseo” al Obispo». Es decir, obraron de la forma habitual en aquellas ejecuciones: llevaban a su víctima a un lugar apartado, le disparaban con armas cortas o tal vez con fusiles, y una vez cerciorados de su muerte, abandonaban el cadáver en el mismo lugar de los hechos, o en algún barranco o lugar oculto. El sacerdote Pedro Vicente Sanz, ofrece una «versión de oídas» bastante truculenta e imposible de probar. Según él escuchó a unos milicianos en el frente de Buitrago decir que «la muerte fue de espanto, un verdadero martirio. Decían que le habían cortado diversos miembros del cuerpo, en un plan verdaderamente de horror, y todo esto lo soportó con resignación hasta que a fuerza de ir despedazándolo, le dieron muerte». Sin duda un buen relato para una posible beatificación, pero ese no era el método empleado para las ejecuciones de aquel tipo. Además, esta versión se contradice y apoya la nuestra, cuando el mismo autor dice unos párrafos más adelante: «Ha de consignarse, igualmente, que debió haber un disparo, por lo menos, con arma de fuego, ya que al levantar los restos fue encontrada una bala deformada». Otras fuentes hablan de tres balas. Para colmo, los ejecutores ni siquiera se preocupan de sustraerle un anillo de oro que serviría para identificar su cadáver calcinado. Es probable que si el cuerpo hubiera podido ser examinado por un forense se hubiera podido establecer la muerte por uno o varios disparos a bocajarro hasta su muerte, antes de que fuera quemado. Otra manipulación indiscutible y adecuada para un caso de beatificación es el supuesto testimonio del capellán de los requetés que presenció la exhumación quien dijo que «nuestro señor Obispo murió dando vivas a España y a Cristo Rey». De todos es sabido que estos son los gritos de guerra de los requetés y de ninguna manera los de una persona acobardada y desbordada por las circunstancias. Otra pista que nos permite dudar de que no hubo tal mutilación es que el caminero que denuncia la presencia del cuerpo se refiere a un cadáver, pero no un «cadáver mutilado». Además, según testimonio del propio caminero, «el cuerpo aparecía boca abajo con los brazos hacia adelante»; es decir, no estaba mutilado. El cuerpo se localizó en el lado izquierdo de un pequeño barranco en el kilómetro 5 de la carretera de Alcolea. El hallazgo del cadáver debió llegar a oídos de los milicianos del mismo grupo que irrumpieron en el Seminario el día anterior, porque inmediatamente se desplazaron al lugar varios de ellos en un coche, y después de que el caminero les indicara el lugar donde se encontraba, rociaron el cuerpo con gasolina y le prendieron fuego. Es probable que intentaran destruir las evidencias de esta ejecución porque con toda seguridad el comandante Martínez de Aragón lo desaprobaría, e incluso era probable que castigara a los culpables. Desde luego no eran los mismos que lo ejecutaron porque desconocían el lugar donde se encontraba. Por alguna razón ningún juez instruyó diligencias sobre este hallazgo y si lo hicieron, ya no existen. Estos sucesos debieron ocurrir sobre el mediodía y los restos calcinados del obispo Nieto permanecieron en aquel lugar hasta que fueron recuperados varios días después por la columna de requetés que habían tomado Alcolea del Pinar. Resulta, no obstante, extraño que para perpetrar el asesinato del obispo eligieran la carretera de Alcolea del Pinar, en dirección a las fuerzas sublevadas, cuando otros «paseos» se habían hecho en las proximidades de La Cabrera, por la carretera más segura de Madrid. ¿Qué hacía este grupo en las curvas de Estriégana, a pocos metros del llano ya en descubierto, desde donde se divisa Alcolea del Pinar? Se me ocurren varias conjeturas, pero puesto que no hay pruebas que las confirmen, lo correcto es no mencionarlas. Martes, 28 Hoy (o tal vez la noche del 27) llega a Sigüenza el comandante Martínez de Aragón y su escolta, se instala en una casa de la calle Medina, mientras sus escoltas, lo hacen en dependencias de la Catedral, en el mismo lugar donde residen Galo Badiola y su familia. Según Sánchez Rueda, «Las calles estaban solitarias de gente de bien; de personas de la población y del veraneo, y nadie salía. Se privaba uno de comprar algunas cosas por no tener que salir; los únicos que circulaban, y esto en plan vagancia y con aspecto de matonismo, vociferando siempre, blasfemando y haciendo alarde de soberbia, eran los milicianos y las mujerzuelas que les acompañaban que había sin exageración un 40% de ellos». Nada más incierto que este relato, que por otro lado contradice él mismo en las siguientes páginas cuando asegura que «los repartidores de pan, leche, etc., no se atrevieron a salir a la calle ese día» –se refiere al 7 de agosto, primer intento de los rebeldes de tomar Sigüenza–. Es decir, que los primeros días del alzamiento, y a pesar de la ocupación, los comercios siguieron abiertos, se repartía el pan y la leche, y de hecho no se cerrarían hasta los primeros bombardeos y enfrentamientos en los cerros cercanos, a finales de septiembre. En cuanto al comportamiento de los milicianos y de las «mujerzuelas» milicianas voluntarias, entre las que sin duda había alguna prostituta, tal y como describe Mika Feldman, durante su estancia en Madrid, no era sino el único que se podía esperar de una situación excepcional, ante el estallido de una guerra civil. Desde luego que no estaban allí por su propio gusto ni acudían a las fiestas locales. Por otro lado, la asignación de diez pesetas diarias a los milicianos supuso que, descontando los actos de latrocinio, la economía seguntina no se vio seriamente afectada hasta los bombardeos de septiembre y octubre. Sobre las algarabías y escándalos nocturnos, no debemos sorprendernos de algo que sigue produciéndose en nuestra ciudad cada fin de semana y no estamos en guerra. Por tanto, el comportamiento podía ser molesto y atemorizaría a la población, sobre todo a los miembros de la Iglesia local, pero era perfectamente comprensible ante una situación tan irregular. Este mismo día también se produce la ejecución del deán de la Catedral Anastasio de Simón y de Simón. Como es natural ni su biógrafo ni los supuestos historiadores afines a los sublevados admitieron que su detención se debía posiblemente a una denuncia por tenencia ilícita de armas, cuando todas habían sido requisadas, o por su intento de ocultar la caja de caudales del Seminario. Por otro lado, los enfrentamientos solapados y ocultados a la población en el seno de la propia Iglesia seguntina eran evidentes. El propio Hilario Yaben había sido vetado por el obispo Nieto ante sus intentos de presentarse a unas elecciones en un partido opositor a los romanonistas. También las finanzas e inversiones del obispado eran objeto de graves controversias. El obispo había puesto a su nombre un paquete de acciones bancarias, ante la posibilidad de que fueran requisadas, lo que no fue aprobado por una buena parte de los miembros de la comunidad. Por esta misma causa, la Iglesia local de la posguerra mantuvo un largo litigio con los herederos del obispo Nieto para que devolvieran al Obispado estas acciones, lo que se negaban a hacer. Finalmente, el Obispado ganó el litigio, pero fue la razón por la que sólo recientemente se haya propuesto su candidatura para una posible santificación. De manera que las relaciones entre los estamentos religiosos locales no eran tan buenas como su biógrafo pretende hacernos ver, y muchas de las reuniones que se produjeron el mismo día de la entrada de los milicianos en Sigüenza, entre los máximos responsables y el obispo Nieto, tenían que ver con esta situación. Como sabemos, el obispo disponía de 27.000 pesetas en metálico –alrededor de 80.000 euros actuales– cuyo biógrafo no aclara ni su origen ni su destino, y cuesta creer que en julio, una vez que los seminaristas han abandonado la ciudad, fuera destinado al pago de pensiones para los padres de seminaristas pobres, como sugieren algunos historiadores de la Iglesia. Por tanto, la acusación contra el deán es muy probable que tuviera relación con la situación de las cuentas del Obispado y sus fondos. No es de extrañar que el deán fuera reticente a entregar las llaves de una caja fuerte donde había títulos y acciones por un valor superior a un millón de aquellas pesetas, que según la equivalencia actual, ¡valían tres millones de euros! Era una apreciable cantidad de dinero para una diócesis relativamente modesta, que sin duda provenían fundamentalmente de donaciones testamentarias y que podrían rendir la nada despreciable suma de 150 mil euros al año, suficiente para pagar buena parte de los sueldos del clero local. Parte de estos valores sustraídos por los milicianos fueron devueltos al Obispado años después, pero habían sido objeto de una agria polémica entre el deán y el arcediano Hilario Yaben y el obispo, que los había registrado a su nombre. La mayoría de las supuestas detenciones arbitrarias de sacerdotes tenían un trasfondo relacionado con algún tipo de actuación, que dadas las circunstancias podía ser considerado como «sedición o rebeldía», es decir, desobediencia a colaborar con las autoridades de la República. Incluso la Catedral se resiste a abrir sus puertas para que pueda ser registrada por los primeros milicianos que ocuparon Sigüenza. Parte de los problemas del clero con los milicianos tuvieron su origen en el miedo irracional a ser fusilados sin causa alguna de la mayoría de ellos, no siempre justificada, tal y como sugiere el primer encuentro entre los milicianos y el obispo. El que los detenidos no fueran puestos a disposición del juez o del tribunal militar que debía juzgarlos era sin duda causado por la «indisciplina» de la mayoría de los grupos anarquistas, quienes los ejecutaban en su mayoría durante su traslado a Guadalajara, ante la inexistencia de un tribunal competente en nuestra ciudad. Por lo tanto, el deán fue detenido y conducido a la prisión local, en la que como ya hemos visto, sólo se podía ingresar con algún tipo de diligencias previas, bien del Juez o de la Comandancia. Allí debió ser interrogado sobre la situación y localización de los fondos del Cabildo y del Seminario. En cuanto a la forma en que fue asesinado, una vez más por el procedimiento del «paseo», en algún lugar cercano al cruce de la carretera de Madrid y el cruce de La Cabrera, no hace sino probar que es víctima probablemente del mismo grupo de anarquistas que ejecutarían días antes al propio obispo Nieto. Sin duda este grupo estaba decidido a «descabezar» la Iglesia seguntina, de acuerdo al más ortodoxo manual revolucionario tradicional, iniciado en la Revolución Francesa, además de aprovecharse de la ausencia de Martínez de Aragón. Desgraciadamente, los supuestos historiadores de la Iglesia, que como hemos visto incurren en la categoría de «propagandistas», han utilizado los exaltados e irreales relatos de Sánchez Rueda, y de otros autores de su misma forma de pensar, para fundamentar los hechos sobre las ejecuciones de sacerdotes. Aún hoy, en los relatos referidos a estos hechos, los cronistas de la Iglesia siguen utilizando expresiones como «turba miliciana», «aquellos sacrílegos criminales» o «muchedumbre soez». No creo que sea ésta la forma más adecuada de intentar superar aquellos lamentables sucesos, tal y como estamos tratando de expresarlo en este modesto trabajo de recuperación de la memoria histórica de nuestra ciudad. Los adjetivos despectivos, si los hay, son frases entresacadas de los mismos protagonistas o cronistas, jamás nosotros emplearíamos este lenguaje, ni siquiera con aquellos que en conciencia lo merecen. Pero, incluso, por simple sentido común, no es posible aceptar que un solo testigo estuviera presente en todos los arrestos, y prácticamente acompañara a los ejecutores hasta los lugares donde son fusilados. La manipulación de los hechos es evidente y, por tanto, carecen de valor histórico, para quedarse en el meramente especulativo y, sobre todo, con fines obviamente propagandísticos. Como hemos tratado de establecer, la mayoría de las ejecuciones tuvieron un proceso lamentablemente «lógico» dados los excepcionales acontecimientos, pero la frecuencia de éstas dependían de las circunstancias y del desarrollo de la propia batalla de Sigüenza: cuando se producía un hecho violento con víctimas milicianas se intentaba inculpar a algún sacerdote. Si la comandancia militar de Martínez de Aragón o la Gestora Municipal se negaba a sentenciarlos, y se les ordenaba que fueran conducidos a Guadalajara para ser juzgados, los propios milicianos resentidos y desobedeciendo a ambos poderes locales, se las apañaban para ejecutarlos durante el viaje por el cruel procedimiento del «paseo». Sánchez Rueda no debería sorprenderse, cuando a partir de la ocupación pudo comprobar la misma actitud multiplicada por diez de sus «bravos soldados nacionales» pero esta vez involucrando a la población civil y, desde luego, respetando a la Iglesia, cuando él mismo dice que «para las ejecuciones cometidas por los rojos en Sigüenza, empleaban por lo general el procedimiento llamado del ‘paseo’... que consiste en entrar con violencia en la casa para llevarse detenido al que van a asesinar, le meten en un coche y en las pequeñas poblaciones generalmente a pie, llevándoles a las afueras de la ciudad o a cualquier carretera, donde los asesinan y allí suele quedar el cadáver muchas veces dos o tres días». Un relato que parece sacado de alguna experiencia vivida por él mismo tras la ocupación de los sublevados, pero en lugar de coches, estos utilizan camiones, porque no son un sacerdote sino varios civiles. Muchas madres y esposas seguntinas saben la angustia de subir a las tapias del cementerio para ver si al menos sus familiares han sido fusilados allí y pueden darles sepultura. Hoy también el pequeño avión apodado familiarmente «el Negus», que reparte periódicos en Sigüenza, sobrevuela Atienza para inspeccionar la situación de la ciudad y la posición donde se encuentran los sublevados que la defienden, sin duda pensando en el asalto que intentarían al día siguiente. Miércoles, 29 Como ya hemos dicho, en el Palacio de los Infantes existía una escuela de niños cantores de la orden religiosa del Sagrado Corazón, dirigida por un Prefecto asesinado el 27 de este mismo mes. Los niños se beneficiaban de una beca concedida por el Cabildo de la Catedral para el estudio de música, canto, algo de cultura general y por supuesto religión. Los milicianos de la CNT-FAI, que habitaban el cercano convento de la Ursulinas, una vez recuperados parte de los niños evacuados, alteraron estos estudios otorgando más interés a la cultura general y olvidándose del canto y, obviamente, de la religión. Pero consideraron que la escuela no era compatible con las actividades del hospital y propusieron su traslado. El Coronel de Sanidad se opuso, permaneciendo en el Palacio hasta treinta niños que recibirán instrucción básica, así como tres misioneros camuflados de enfermeros. Gracias a la intervención del propio Martínez de Aragón, estos pudieron abandonar Sigüenza a pesar de la presión de la CNT-FAI, que exigía su entrega. Jueves, 30 Mientras en Sigüenza prosiguen los actos de profanación de iglesias y conventos, son frecuentes los registros en las casas de los supuestos fascistas y sacerdotes, así como en la de Sánchez Rueda. Los aviones republicanos que reparten «El Socialista» sobrevuelan una vez más Atienza, pero no arrojan bombas, sino ejemplares del periódico del PSOE, que obviamente son quemados en la Plaza de los Olmos. Este mismo día, llegan a Atienza procedentes de Almazán dos columnas de requetés y soldados, que se unen a los guardias civiles que han defendido Atienza de las primeras incursiones de milicianos desde Sigüenza. Por tanto ya disponen de varias ametralladoras con las que repelen los aviones republicanos. Además cuentan con una pieza de artillería de 7 ½, al mando del capital Díaz Muntadas. Viernes, 31 En la localidad de Imón se produce una refriega entre partidarios de la sublevación y leales a la República con varios heridos, algunos son transportados a Sigüenza y otros a Atienza. AGOSTO: DIARIO DE GUERRA Sigüenza se convierte en un frente de guerra activo Situación aproximada del frente a mediados de agosto Sábado, 1 Agosto sería un mes caluroso y cada vez eran más evidentes los efectos de la guerra en Sigüenza y las pedanías. Muchos campos quedaron sin segar, en cierta manera porque bastantes segadores prefirieron alistarse como milicianos a regresar con los bolsillos vacíos a sus localidades. Además, en la milicia cobraban incluso más que si hubieran estado segando. Mientras las peonadas de los segadores podían ascender a unas 4 ó 5 pesetas, el sueldo de un miliciano era de 10 pesetas, o el equivalente a 30 euros de hoy en día. El comercio seguía abierto y por lo general los milicianos pagaban lo que compraban, especialmente alimentos y bebidas, pero las compras de material para intendencia solían pagarlas con vales de la República, que no podían ser canjeados con facilidad, o simplemente lo requisaban. La cabaña de corderos prácticamente desapareció, el vino, el aceite y las legumbres fueron los productos estrella, sobre todo el arroz, que llegaba con abundancia desde Valencia, porque eran muy habituales en los ranchos las «paellas de cordero», además de los guisos de lentejas, garbanzos y judías con arroz. En cuanto a la fruta, camiones de melones llegaban cada semana a la ciudad. Lo cierto era que las cocinas de los milicianos eran con creces mucho más sustanciosas y abundantes que la de la mayoría de los seguntinos. Algunas niños seguntinos recuerdan que «los milicianos nos trataban con mucho cariño y nos daban comida de sus propios ranchos». Este día es fusilado el ex presidente de Acción Católica, y presidente de la Conferencia de Caballeros de San Vicente, así como miembro de todas las cofradías locales. Según Sánchez Rueda «había trabajado con ardor y entusiasmo en las elecciones para luchar contra el Frente Popular». En el mismo grupo de fusilados está el hermano de Hilario Yaben, arcediano de la Catedral, director de «El Henares», cuyos discursos pro nazis eran ya populares, y que fue uno de los principales oponentes a los romanonistas, lo que le causaría el veto del obispo Nieto para evitar que los feligreses seguntinos le votasen, y que huyó de Sigüenza días antes de la llegada de los milicianos. Domingo, 2 Los primeros grupos de milicianos ya están asentados en sus diferentes cuarteles y Martínez de Aragón en coordinación con el coronel Jiménez Orge, en Guadalajara, sigue preparando una vez más la toma de Atienza. El Negus, como cada día, sobrevuela esta localidad y detecta la entrada de otro contingente de soldados sublevados, que junto con los demás ya estacionados, celebran una misa de campaña al aire libre. En Sigüenza ya no se celebraban misas, por lo que este domingo no se escuchó ninguna campana en toda la ciudad, excepto las del reloj de la Catedral. La Banda Municipal actuaría en la Alameda, aún cuando según consta en actas municipales anteriores, las desavenencias entre su director, Florencio Relaño, un antirrepublicano radical, y el Ayuntamiento son frecuentes por causa del Himno de Riego, que también debió crear situaciones tensas entre los mismos músicos. En una ocasión incluso llegarían a enzarzarse en una grotesca pelea entre ellos, con los instrumentos musicales utilizados como armas. Sánchez Rueda lo comenta así: «Por el carácter y significación derechista de Don Florencio, éste siempre que se veía precisado a tocar el Himno de Riego lo hacía de mala gana». El Ayuntamiento terminó por decretar que se «tocara el Himno de Riego al principio en lugar de tocarlo al final». El cronista desprecia a la Corporación Municipal con su acostumbrada exaltación antidemocrática, haciendo mofa del «sello de caucho que dice Ayuntamiento Constitucional de Sigüenza», y remata su impresión con este despectivo comentario: «¡Pobre Ayuntamiento! Menguada inteligencia la de tu alcalde». Que la Banda Municipal actuaría probablemente durante todo el mes de agosto lo prueba este otro pasaje de Rueda: «Los de la FAI eran contrarios a la actuación de la Banda... Martínez de Aragón se impuso y aunque muchos se echaron encima... fue partidario de que tocara. Entonces el alcalde sumose al parecer del comandante». Tal vez esto explique por qué los milicianos de la CNT-FAI, que tenían su cuartel en las Ursulinas, justo enfrente de la ermita de San Roque, dónde tenía su sede la Banda Municipal, irrumpieron en el local destrozando algunos de los instrumentos que se encontraban allí. Normalmente cada músico guardaba el suyo en su propio domicilio. Los seguntinos que querían estar bien informados, supieron por la radio que el primer ministro francés, Leon Blum, en un intento por no internacionalizar el conflicto, pidió a las potencias europeas la no intervención en nuestra guerra civil, pero antes de que se llegara algún acuerdo, envió a la República varios aviones Potez de la Primera Guerra Mundial. Pero este mismo día pudieron leer en los periódicos que Mussolini había enviado secretamente varios Savoia-81, que los seguntinos difícilmente olvidarán por acontecimientos posteriores, uno de los cuales se estrelló en el mar y otro tuvo que hacer un aterrizaje de emergencia en el Marruecos francés. Lunes, 3 Hoy aviones de la República, entre los que estaría el popular Negus, bombardean algunas posiciones rebeldes en Atienza y Medinaceli. Como cada mañana se producirían los relevos de las guardias en los cerros que cercan Sigüenza. La defensa de estos se habían dividido de acuerdo a este reparto: – Los milicianos seguntinos en el cerro de Valdecán. – Los de las JSU, en los cerros de Santa Librada, o en los Jardines, contiguos a Valdecán. – Los ferroviarios de la UGT, en el cerro del «Mirón», junto a la carretera de Soria, probablemente el más peligroso y por el que se esperaba la toma de Sigüenza. – Los comunistas del regimiento «Pasionaria» defendían el cerro de la Quebrada para controlar posibles avances desde Alcolea del Pinar. Los dinamiteros de Pozoblanco intentarán fortificar la posición. – Los milicianos del POUM defenderían el cerro del Otero, pero días después, cuando entrasen a formar parte de las milicias estacionadas en Sigüenza. Mika Feldman, que después de la muerte de su marido había conseguido cierta ascendencia en la columna (más tarde sería ascendida a capitana), describe a los milicianos seguntinos en uno de los párrafos de su libro. «En nuestra columna hay muchos jóvenes como la miliciana Emma, tan pequeñita en su mono de miliciana pero de porte tan marcial», o «el Mellado... que no tiene dieciséis años sino catorce, nos ha dicho su hermano mayor», o «Juanito, otro de nuestros pequeños, hijo de un abogado de Madrid», o «Chavelín, el más pequeño en edad y talla, el más grande de todos nosotros, el más valiente, el más fervoroso... Este niño endeble, tímido y serio me da tanta pena que estoy decidida a despacharlo». Este era el ejército que Sánchez Rueda califica de «feroz» y que ocuparon y, según las versiones mal intencionadas de los historiadores franquistas, «aterrorizaron» Sigüenza. Este día, los periódicos informaban de la llegada del acorazado alemán Deutschland a Ceuta con la intención de romper el bloqueo que la marina republicana ejercía sobre el paso del Estrecho, a fin de evitar el transporte de tropas a la península. Todavía los milicianos y milicianas disfrutarían de sus ratos de ocio y participarían aquel domingo en el baile popular de la Alameda, puede que incluso se bañasen en alguna zona caudalosa del río Henares. De su buena disposición de ánimo y de su deseo de disfrutar en lo posible de su azarosa vida en Sigüenza, podemos hacernos una idea por algunos testimonios que aseguraban que algunas milicianas anarquistas, convencidas de los principios del amor libre, y rechazo de todo autoritarismo y convencionalismo burgués, provocaban a los seguntinos, bastante timoratos, desnudándose en el Ojo mientras hacían sus coladas, o provocando a los pocos sacerdotes y religiosos que se atrevían a salir a las calles. No hay duda de que su comportamiento era el propio de una persona convencida de sus principios y sin la menor intención perversa o malintencionada. De hecho no hubo prostitutas profesionales en Sigüenza, pero sí alguna miliciana prostituta que había considerado la revolución como una forma de librarse de su poco digna profesión. Probablemente fuera una de ellas, apodada «la Chata», que daría un ejemplo inequívoco de valor y coraje durante el sitio de la Catedral. Martes, 4 Es a partir de esta fecha, cuando el intento de los países europeos por no intervenir en el conflicto español es roto por alemanes e italianos, que creían que con su ayuda militar el golpe triunfaría en unos pocos meses. También hoy el pequeño avión el Negus ha sobrevolado Atienza a primeras horas de la mañana para informar sobre las posiciones rebeldes en esta localidad. Pero antes, como cada mañana, ha arrojado los periódicos de Madrid, que traerían la noticia de la llegada de cargueros alemanes e italianos bajo pabellones latinoamericanos que zarpaban de Hamburgo cada cinco días transportando aviones bombarderos y cazas, cañones antiaéreos y antitanques, lanzaminas y lanzallamas, radiotransmisores portátiles y teléfonos de campaña, fusiles, ametralladoras y munición. Llevaban también pilotos, artilleros, operadores de radio y mecánicos. Todo este material era de última generación y los utilizaron en nuestra guerra para probar su efectividad destructiva, en vistas a lo que parecía estar previsto ya en la plana mayor de Hitler, la Segunda Guerra Mundial. Por estas fechas se supo que Mussolini también se apuntó con gran entusiasmo a esta guerra y estableció su cuartel general en Mallorca, en manos de los sublevados, con la intención de que una vez que Franco ganara la guerra, Italia se convirtiera en la dueña del Mediterráneo. En cuanto al material de guerra aportado por Rusia en favor de la República, desde el punto de vista de este trabajo no tiene interés, porque llegó a partir de la segunda quincena de octubre, cuando Sigüenza ya había sido tomada por los sublevados. Miércoles, 5 Lo más destacado de este día fue sin duda el hallazgo de los restos calcinados del obispo Nieto por una columna de requetés provenientes de Alcolea del Pinar, localidad que controlaban totalmente. La información sobre la existencia del cadáver debió proceder del mismo caminero o de alguien que conociera el lugar e informó al comandante Palacios que mandaba las tropas rebeldes de Alcolea. Por la inseguridad del frente, se formó una columna de voluntarios precedida por el capellán de los requetés, que seguidos del propio capitán Palacios llegaron al lugar y, en efecto, descubrieron los restos del obispo. Estos estaban tan calcinados que tuvieron que ser recogidos con una pala y no hubieran podido identificarlos de no haber sido porque hallaron «un pectoral con su cadena, una hebilla de cinturón ancho, un anillo de oro como de boquilla de cigarro puro, una moneda de una peseta y una bala con muestra de haber chocado contra un cuerpo duro». Los restos fueron enterrados en la ermita del San Roque de Alcolea del Pinar, hasta su traslado a la Catedral, tras su consagración, en 1946. Este miércoles la prensa informa del hundimiento del acorazado republicano Jaime I con lo que la defensa del Estrecho está cada vez más debilitada. Esta circunstancia permite al ejercito sublevado transportar a la península seis cazas Heinkel He-51. Ninguno de estos aviones participó en los bombardeos sobre Sigüenza, ya que estos fueron del tipo bombarderos más pesados y lentos. Jueves, 6 No se produce nada destacable durante este día, y tal vez por esta aparente tranquilidad, los milicianos se fueron a dormir confiados, sin saber que al día siguiente se produciría la primera acción de guerra de importancia para la defensa de la ciudad. Como prueban una vez más los testimonios de Sánchez Rueda, este jueves también hubo verbena en la Alameda, lo que demuestra que «el terror rojo» no había alterado sustancialmente la vida en la ciudad, al menos hasta este día, porque los acontecimientos del día siguiente sí la alteraron radicalmente. «El jueves día 6 se tocó como de costumbre en la Alameda y al día siguiente fue cuando acaeció la acometida de los militares...», relata en su libro. Sin duda que el entierro en la ermita de San Roque, en Alcolea del Pinar, de los restos del obispo y los encendidos discursos, antirepublicanos, tanto del capellán de los requetés como del comandante Palacios, servirían como arenga para levantar la moral de las columnas de requetés que intentaron el primer asalto a la ciudad al día siguiente y que terminaría en fracaso. Viernes, 7 En efecto, este día de madrugada, una columna de unos 500 soldados sublevados se internan por Barbatona, a través del pinar en dirección a Sigüenza. Los milicianos situados en las avanzadillas de aquella zona no detectan la incursión y la columna avanza sin resistencia hasta las mismas puertas de la ciudad. Sólo la oportuna presencia de un pastor –Sánchez Rueda asegura que fue una mujer– en los alrededores, permitió avisar a las avanzadillas de la presencia de soldados sublevados y organizar inmediatamente la defensa ante una de las primera batallas por la toma de Sigüenza. Algunas horas después, y tras un duro combate que se libra desde las mismas casas del Arrabal, los sublevados son rechazados y huyen abandonando buena parte de su armamento. Ortiz Heras asegura que se replegaron hacia Alcuneza, pero cualquiera que conozca la zona sabe que es prácticamente imposible. Lo más probable es que lo hicieran hacia Barbatona y de nuevo a sus posiciones de Alcolea del Pinar, aun cuando puede que se refiera al cambio de táctica posterior, atacando Sigüenza por el valle del Henares. Testigos presenciales hablan de un número de muertos entre los sublevados próximos a cincuenta, que «eran transportados en un camión que circulaba a la altura de las escuelas». En este enfrentamiento murió también un oficial rebelde cuando estaba subido en un nogal, en una de las huertas aledañas, próximas al Casetón. Sábado, 8 El triunfo sobre los sublevados del día anterior enardeció los ánimos de los milicianos concentrados en Sigüenza y ni Martínez de Aragón, ni la Gestora Municipal pudieron evitar que como represalia se iniciaran los primeros y más graves asaltos y profanaciones contra varias iglesias seguntinas. El asalto se inició en la iglesia del convento de Nuestra Señora de los Huertos, donde profanaron varias tumbas y poniendo sus calaveras en palos los llevaban como estandarte durante los incidentes. A continuación se dirigieron a la ermita del Humilladero, donde derribaron la puerta con un gran tablón en forma de ariete, pero al verla ruinosa y abandonada se dirigieron a la iglesia de Santa María. Allí sacaron los pasos de la Semana Santa al patio, derribaron imágenes, destruyeron mobiliario, parte del órgano, cuyos tubos se fundieron por el calor, e intentaron prender fuego a la iglesia. Muchos seguntinos, vecinos del barrio próximo a Santa María, y un buen número de los propios milicianos alojados en el Seminario, organizaron una fila de cubos de agua desde la fuente de los Cuatro Caños, en la calle Valencia, y consiguieron apagar el incendio. Entre los voluntarios estaba el mismo Martínez de Aragón, según cita Galo Badiola en su relato. Pero el grupo de anarquistas enardecidos continuaron sus acciones de represalia, aun cuando añadieron un toque teatral. Uno de ellos, un albañil de Vallecas, se vistió con las ropas sacerdotales encontradas en la iglesia, se encaramó sobre el paso de la Semana Santa y fue conducido en andas por el resto de los milicianos y milicianas hasta el mismo patio de la Catedral, llevando un paraguas abierto y un cáliz lleno de obleas, que arrojaba al paso de la grotesca comitiva. Una testigo lo narra así: «En unas andas de la procesión de Semana Santa, un grupo de milicianas vestidas con mono gritaban: “hijos sí, maridos no”, y un hombre con la cara tiznada de negro y un paraguas que creo representaba al Negus, llevaba en sus manos el cáliz y tiraba obleas. Ahora se me ocurre pensar en la frase común de: “repartiendo hostias”». En la Catedral repitieron las mismas acciones, arreciando una vez más contra símbolos e imágenes religiosas. Desgraciadamente para el anarquista con sentido teatral, la fotografía que le fue tomada serviría de prueba para su posterior ejecución, aun cuando durante un cierto tiempo se «declarara católico practicante», lo que le salvó al menos durante las primeras semanas de su detención. Con el paso de los días la Iglesia sufrió numerosos ataques, pero no podemos olvidarnos que del lado de los sublevados uno de los grupos armados más violentos y represivos lo constituían los requetés, católicos fanáticos, y que a menudo no eran mandados por un oficial, sino por un capellán militar. Las «hazañas» represivas de los requetés eran perfectamente conocidas entre los milicianos y esto explica que fuera la Iglesia y sus miembros, claramente posicionados con los sublevados, los que sufrieran constantes ataques de ira después de cada acción de guerra y sus consiguientes víctimas. Algunas de ellas no eran «rojos sin Dios», «ni hordas marxistas», sino jóvenes de clase media y baja; adolescentes idealistas y convencidos de que sirviendo a la defensa de la República estaban defendiendo el progreso, la cultura, la democracia y los derechos humanos, valores que sin duda hoy defenderíamos todos en el caso de que volvieran a estar amenazados. Pero estos acontecimientos no hacían sino sembrar la inquietud entre el escaso clero que quedaba en la ciudad, y aumentaba la tensión entre los propios milicianos, que no todos estaban de acuerdo en la conveniencia de estos ataques de furia, grotescos e inútiles. Hoy también el Negus vuelve a sobrevolar Atienza y Medinaceli, pero este día arrojaría varias bombas sobre objetivos militares en ambas localidades. Pero sin duda que la noticia publicada en los periódicos más inquietante de este día fue la decisión del gobierno francés de cerrar sus fronteras con España. Los seguntinos debieron comprender que aquella escaramuza golpista de los generales rebeldes, estaba convirtiéndose poco a poco en una guerra civil y que la República, tal vez a juzgar por el ejemplo local, no estaba en condiciones de ganar. Domingo, 9 Hoy es día festivo y no es de extrañar que los seguntinos trataran de hacer su vida con la mayor normalidad posible. A excepción del ataque poco preparado e improvisado del día siete y de los tragicómicos asaltos a las iglesias locales, la probabilidad de que la guerra llegara hasta la misma ciudad todavía era remota, porque las líneas del frente seguían sin estar definidas. De hecho muchos niños recorrían los lugares donde se había producido la batalla en busca de casquillos de bala. Era cierto que Atienza y los pueblos cercanos podían estar más o menos controladas por los sublevados, pero no mostraban mucha actividad bélica ni intenciones claras de lanzar una ofensiva inminente tras el fracaso de la primera. Como cada día, los seguntinos estarían pendientes del pequeño y popular Negus que procedente Madrid arrojaría paquetes de periódicos y propaganda entre la población. Pero la batalla del día anterior pone de manifiesto la precaria situación en que se encuentran los milicianos en Sigüenza, algunos de los cuales todavía no disponen de fusil. Martínez de Aragón tiene que hacer frente a un intento de sublevación de los grupos más críticos, especialmente los de la CNT-FAI, cuya idea de su misión en Sigüenza no coincide con el mando de Jiménez Orge en Guadalajara. Deseaban ver cómo se hacían conquistas revolucionarias en lugar de permanecer pasivos sin saber cuál era en realidad la situación en los frentes próximos a Sigüenza. Este día visita la ciudad el Ministro de de Instrucción Pública de la República, acompañado del Gobernador civil de la provincia, Miguel Benavides. La respuesta a los milicianos descontentos es la promesa de enviar nuevos refuerzos, tanto en hombres como en armas. Labor que se encargaría a la columna troskista del POUM, que permanece en Guadalajara. Sin embargo, Jiménez Orge no está de acuerdo con esta petición y plantea por primera vez la evacuación de Sigüenza. Martinez de Aragón se opondrá. Lunes, 10 Sin duda que pudo ser también un día de represalias por parte de milicianos contra aquellos seguntinos que de forma más notoria y evidente apoyaban a los sublevados. Sin embargo, si nos atenemos a las fechas de las ejecuciones de sacerdotes publicadas por Aurelio de Federico, tres religiosos fueron ejecutados el 7 de agosto –primer intento de asalto de la ciudad–, uno el 14, dos el 15, y uno más el 19. Es decir, según los datos aportados por la propia Diócesis, los dos o tres días posteriores a este primer asalto a la ciudad no fue ejecutado ningún sacerdote. No obstante, fueron fusilados tres civiles, como el médico Antonio Bernal Jimeno, jefe de la Falange seguntina, ejecutado el 13 de agosto. De acuerdo a estos datos, este sábado no se produjo ningún fusilamiento de represalia, sino que estos se producen a partir del miércoles 13, y en total podemos confirmar que como posible represalia por este primer asalto contra la ciudad se fusilan 3 sacerdotes y 3 civiles. Cualquier otra ejecución como posible represalia realizada durante estos días no puede ser probada. En cuanto a la Gestora Municipal, podemos confirmar que ningún detenido presentado ante ella fue condenado con la pena de muerte, antes bien sucedería todo lo contrario, porque José Arjona, por entonces responsable de la Casa del Pueblo y de la concesión de salvoconductos, era favorable a la puesta en libertad y se otorgaban salvoconductos a todos los seguntinos que los solicitaban, pero sobretodo a la numerosa colonia de veraneantes, atrapados por el inicio del conflicto en plena temporada veraniega. No sólo desde su cargo intentó evitar ejecuciones, sino que ayudó a sacerdotes que no habían entregado sus escopetas de caza, llevándolas él mismo a la Comandancia militar. Por esta razón, podemos casi asegurar que todo aquel que lo deseaba podía abandonar la ciudad, sin considerar su filiación o simpatías; es decir, que pese a la guerra ya prácticamente declarada, Sigüenza seguía siendo una «ciudad abierta», lo que no sucedería una vez tomada por los sublevados. Martes, 11 Este mismo día, por la noche, los seguntinos escucharon uno de los más trascendentales discursos referidos a las primeras consecuencias de la guerra. A pesar del horror y la tristeza por la destrucción y muerte que las tropas sublevadas estaban ocasionando ya en todo el país, Indalecio Prieto condenó en una alocución los asesinatos políticos y advirtió que la República no debía emular los horrores que estaban ocurriendo en la zona de los sublevados. Por entonces se crearon los primeros tribunales para juzgar los casos de sedición y rebeldía que evitaran los frecuentes «paseos». Miércoles, 12 Nuevo bombardeo sobre las posiciones sublevadas de Atienza del Negus. En Sigüenza no se producirían sucesos de interés. Jueves, 13 Este día aparecen en el cielo de Atienza los primeros cazas enviados por Hitler a Franco, porque por primera vez el Negus, que como cada mañana intenta bombardear las posiciones sublevadas de Atienza y Medinaceli, tiene que replegarse ante la aparición de un caza Henkel-111, procedente del cercano aeródromo de Barahona, en la provincia de Soria. Este hecho prueba que empiezan a desplegarse los aviones que participarán en los devastadores bombardeos de finales de mes sobre nuestra ciudad. Además de estos cazas, es probable que llegaran a Barahona algunos de los diez bombarderos Junkers Ju-52, que llegaron a Cádiz el 11 de este mismo mes, procedentes de Hamburgo, y otro de los primeros envíos de armamento de Hitler a Franco que violaban el acuerdo de no intervención. Viernes, 14 Hoy vuelve el Negus a Atienza, a pesar de la amenaza de los cazas alemanes, volviendo a bombardear las posiciones sublevadas. Es probable que ya por estas fechas la moral de los milicianos no fuera muy alta, especialmente la de los jóvenes socialistas que empezaban a cuestionar la validez de la defensa de Sigüenza. Puede que fuera la disciplina de los de la «Pasionaria» y el ardor revolucionario de los anarquistas de la CNT-FAI, lo que convenciera a Jiménez Orge para perseverar en su defensa. Lo cierto era que el asedio y la toma de la ciudad por los sublevados podría ser ya cuestión de poco tiempo. Si los sublevados, que rodeaban prácticamente Sigüenza, tomaban los cerros colindantes y cortaban la vía del ferrocarril, interrumpiendo los suministros a las tropas, no habría ninguna posibilidad de defender la ciudad. Sábado, 15. Festividad de la Virgen de la Mayor Hoy sin duda sería un día señalado en Sigüenza y lleno de sentimientos encontrados, porque era la Virgen de la Mayor, venerada en Sigüenza con su tradicional «Procesión de los Faroles», y estoy seguro de que muchos seguntinos hubieran deseado poder celebrar su fiesta de la forma que lo habían hecho tradicionalmente, pero no hubo celebraciones y mucho menos religiosas. Donde si hubo celebraciones fue en Pamplona. Gabriel Jackson comenta que «en Pamplona, feudo del carlismo, la fiesta de la Virgen del Sagrario fue celebrada... con ejecuciones en masa. A última hora de la tarde, dos pelotones de fusilamiento, uno de falangistas y otro de carlistas, sacaron de la cárcel a unos cincuenta o sesenta presos. Llamaron a algunos curas, ya que la mayoría de los cautivos eran católicos... para que cada uno pudiera confesarse en privado. Cuando fueron fusiladas las primeras víctimas, los demás presos sufrieron un ataque de pánico y echaron a correr, por lo que fueron cazados a tiros como a animales». Finalmente «hubo una violenta pelea entre carlistas y falangistas por si “los rojos” merecían la oportunidad de confesarse o no». Para solucionar el dilema los curas dieron la absolución colectiva a los que quedaban, y se les ejecutó acto seguido. Después del fusilamiento los camiones regresaron a Pamplona con el tiempo justo para que los miembros de los pelotones se sumaran a la entrada de la procesión en la Catedral». Este relato de Jackson coincide con los testimonios de algunos seguntinos que aseguran que los carlistas se «peleaban» por participar en los pelotones de fusilamiento. Para estos católicos fanáticos la única reforma agraria que podían disfrutar los campesinos «era un pedazo de tierra en propiedad perpetua». Domingo, 16 Este día Jiménez Orge recibe los primeros informes de que Atienza está siendo reforzada por tropas sublevadas procedentes de Somosierra y Almazán, y que sobre el aeródromo de Barahona hay estacionados aviones alemanes. Ante la posibilidad de que se esté formando un amplio frente para la toma de Sigüenza, organiza una columna compuesta por unos 400 milicianos del POUM, estacionados en Guadalajara, algunos procedentes de Extremadura y Cataluña, pero fundamentalmente de Madrid, todos al mando del oficial republicano de carrera, el capitán Martínez Vicente, y una compañía de guardias de asalto, a la que se sumarán en las cercanías de Atienza los milicianos de Sigüenza. Es la primera y única vez en que un coronel participa en hechos de guerra en el frente de nuestra ciudad. Según narra Mika Feldman, los milicianos abandonan el tren y en sus propios camiones se encaminan al frente. «Esta noche vamos a la guerra», comenta en sus memorias. La misión que se les encomienda es tomar la localidad de Atienza, guarnecida ya por soldados que participaron en el fracasado intento de la toma de Madrid por el puerto de Somosierra y otros que se les unen procedentes de Zaragoza y estacionados en Medinaceli, además de un grupo de unos 15 guardias civiles y algún voluntario local. De madrugada una columna de unos quinientos milicianos parte en camiones con destino a Atienza. Son jóvenes que tendrán su primer bautizo de fuego y muchos apenas sabían disparar con su fusil. La columna seguntina contacta de madrugada con la de Jiménez Orge en las cercanías de Atienza y se despliega por los alrededores de la ciudad. A diferencia de los sitiados, los milicianos carecen de cualquier tipo de disciplina militar. No saben desplegarse ni parapetarse adecuadamente. Como relata Mika Feldman «disparaban por disparar, para probar sus fusiles». Al primer encuentro algunos de ellos, sobre todo los más jóvenes, aterrados, abandonan las posiciones y se refugian donde pueden. Esa misma noche, antes de su salida hacia Atienza, Mika Feldman sufre una grave infección en la garganta, por lo que apenas es consciente de las primeras operaciones militares de su columna. «Nuestra columna avanza a paso de hombre, invisible, con todos los faros apagados... ¿Cuánto tiempo hemos marchado? Cuando se detienen empieza a clarear y el perfil del castillo aparece en el horizonte». El relato de esta batalla podemos contrastarlo con el del cura párroco de San Juan, en Atienza. Mika Feldman, que tiene fiebre alta hasta casi hacerle perder el conocimiento, hace de este primer ataque de las tropas conjuntas esta sencilla descripción: «Nuestra artillería le arranca aquí y allá algunas astillas de piedra (al castillo de Atienza). Los hombres avanzan muy lentamente, replegándose cuando los obuses de mortero tirados desde la torre estallan demasiado cerca. Sin nuestros cañones y sin los morteros del enemigo esta guerra de verdad tendría trazas de jira campestre. Aparece un avión en el cielo sembrando el pánico en nuestras filas. La operación ha terminado». Gracias a la versión del cura párroco de San Juan, de Atienza, podemos hacernos una idea mucho más detallada de esta primera batalla y también primera importante derrota de los milicianos que ocupan Sigüenza. Lleva razón este párroco cuando escribe que «fuerzas de Madrid, Guadalajara y Taracena se habían unido a los milicianos seguntinos». Recordemos que el comandante Jiménez Orge tiene su cartel general en Taracena, los guardias de asalto tienen el suyo en las afueras de Guadalajara, y que los milicianos de POUM, aunque estacionados en la ciudad, vienen de Madrid. Por supuesto que el total de efectivos que participa en esta ofensiva contra Atienza no sería de 5.000, como describe el párroco, sino como hemos visto, con algo más de un millar; es decir, una parte de los estacionados en Sigüenza, unos 400 milicianos del POUM al mando del capitán Martínez Vicente, y una compañía de 150 guardias de asalto. Por el lado contrario, en Atienza, ya estaba desplegado buena parte del regimiento América, procedente de Somosierra, que ya cuenta con ametralladoras, una pieza de artillería del 7 ½ al mando del capitán de artillería Díaz Muntadas y con el apoyo de los cazas Junker-111, o bombarderos Dornier procedentes de Barahona, y que decidirán sin ninguna duda el resultado de esta ofensiva, ya que los milicianos carecían de defensa antiaérea y peleaban en terreno descubierto con escasa protección contra la aviación. Sobre la una de la madrugada los milicianos estacionados en Sigüenza son transportados hasta las proximidades de Atienza. A las tres de la madrugada contactan con las tropas llegadas desde Taracena. Hacia las seis de la mañana las piezas de artillería de calibre 7 ½ de los republicanos inician el cañoneo de las posiciones sublevadas. Otros dos notables personajes, además de Mika e Hipólito, acompañan esta expedición: el periodista adscrito a la CNT-FAI, cuyas «Crónicas de Guerra» desgraciadamente son más propaganda que documentos históricos fiables, Mauro Bajatierra, y el médico anarquista Pedro Vallina, que a partir de este momento se incorporarán a la batalla de Sigüenza, no sólo como periodista y médico de campaña, sino que van armados y pelean, llegado el caso, junto con los otros milicianos. Unas horas después de primer cañoneo, los sublevados reciben otra columna de refuerzo procedente del Regimiento Gerona estacionado en Medinaceli, y que ya controla Alcolea del Pinar. A los soldados estacionados se les unen, además, siete cañones de gran calibre, pero que dada la situación en plena batalla sólo puede ser emplazado en posición de tiro uno de ellos. Aunque el cronista no especifica el calibre de estos cañones, deducimos que se trata de los mismos que cañonearán días después la Catedral, es decir, del calibre 15 ½, con una capacidad de fuego mucho mayor que los utilizados por los republicanos. El fuego de artillería confunde a los milicianos porque según los informes del Negus los sublevados apenas poseían artillería y mucho menos de este calibre, ni contaban con aviación. También el Negus, junto con otros tres pequeños aviones, participaría en la batalla, bombardeando posiciones dentro y fuera de la ciudad. Apenas se emplaza el cañón, bombarderos alemanes procedentes de Barahona entran también en el combate, terminando por obligar a replegarse a los milicianos incapaces de hacer frente a ambos fuegos, artillero y aéreo. Por tanto, cunde el desánimo y la rabia entre los jóvenes milicianos que se sienten «traicionados» una vez más por Martínez de Aragón al lanzarlos a una batalla contra un enemigo muy superior en capacidad de fuego. De nuevo los milicianos, que en los combates actúan más como guerrilleros que como soldados, se ven obligados a replegarse en desorden hacia Sigüenza. Para colmo muchos se verán obligados a regresar a pie, ya que la mayoría de los camiones han sido destruidos por la aviación o reservados para transportar a los numerosos heridos. Hacia las cinco de la tarde el propio Jiménez Orge, que comanda la operación, da la orden de retirada y repliegue hacia Sigüenza y hacia Jadraque. Los milicianos han tenido varias víctimas mortales y un considerable número de heridos, que son transportados en los pocos vehículos disponibles al hospital de la Cruz Roja de Sigüenza. Entre estos vehículos se encuentra el de una conocida empresa local de recadería, «Transportes La Veloz», requisado por los milicianos para uso de ambulancia y que participaría en otras escaramuzas contra Atienza. Esta derrota, que significará el fin de los intentos de tomar Atienza, es un nuevo golpe para la moral de los milicianos que no encuentran ninguna razón estratégica para tomar esta ciudad, sobre todo porque al no actuar como un cuerpo de ejército disciplinado, no comparten los criterios de estrategia de los mandos, especialmente de Martínez de Aragón. Los guardias de asalto regresan esa misma tarde a sus cuarteles de Guadalajara y los milicianos del POUM llegados desde esta misma ciudad, se repliegan ahora hacia Sigüenza. A pesar de nuestro intento por establecer las fechas de las batallas contra Atienza, esta crónica del párroco de Atienza no coincide con la de Mika Feldman en lo que se refiere a la muerte de su esposo, Hipólito, que caería días después en un nuevo intento por tomar la localidad de Imón. El párroco de Atienza establece esta misma fecha como la de la su muerte, pero sin duda que Mika Feldman debió saberlo mucho mejor que el párroco, quien comenta que: «Este último día habían reunido pertrechos guerreros abundantísimos (POUM y guardias de asalto), gente en número muy superior a los atacados, dirección, al parecer competente, pues de Guadalajara se le sumaron dos columnas de un coronel (Jiménez Orge); en la refriega perdieron al jefe supremo comunista (Hipólito Etchebéhère, que desde luego no es jefe supremo, no tiene grado militar alguno y ni siquiera es comunista) que era un oficial francés (argentino nacionalizado francés), masón de alta graduación (ni era masón ni tenía graduación alguna) y hombre valiente y entendido a juzgar por lo que dijeron de él y por lo que sintieron su muerte». Curioso elogio para un enemigo, que según él además de comunista era masón. Sin duda que quién más sintió su muerte fue su mujer, Mika, y la totalidad de la columna del POUM, que en efecto le tenía en muy alta estima. Mika Feldman, que debido a su fiebre alta ha terminado por perder la conciencia, comenta que «Me despierto muy tarde de noche en una cama de hospital». Desde luego que su marido no ha muerto en las operaciones, porque prosigue: «Hippo ha venido a buscarme. Hemos cambiado de ciudad. Nuestra columna está ahora en Sigüenza». Sin embargo es probable que Mika Feldman estuviera delirando durante un día más por efecto de la fiebre, porque sugiere que Hipólito ha regresado a Guadalajara en busca de municiones y al transportarlas a Sigüenza, dice que se han enfrentado a los asaltantes (¿en qué posiciones?) y les han causado más de sesenta muertos, recogiendo en el terreno ametralladoras y fusiles. No es posible confirmar esta batalla, ni su localización ni las tropas enfrentadas. Debido al lógico interés por las acciones bélicas contra Atienza pocos seguntinos prestarían atención a la noticia del arresto, este mismo día, del poeta granadino Federico García Lorca, que había sido detenido por «marica» y por «rojo», acusaciones que a pesar de su gran prestigio internacional, serían suficientes para que fuera fusilado unos días después. Lunes, 17 Si nuestras deducciones son acertadas, el hospital donde yace convaleciente Mika Feldman no está en Sigüenza sino en Guadalajara, y los milicianos del POUM tras la derrota en Atienza regresan a Guadalajara. Esto explica el relato de Hippo sobre su encuentro con sublevados y el siguiente pasaje del libro de Mika Feldman, camino ya de Sigüenza: «En el camino que lleva a Sigüenza el trigo se dobla bajo el peso de las espigas demasiado maduras». Por tanto, podemos establecer que es este mismo día cuando la columna de milicianos del POUM se instala definitivamente en nuestra ciudad, y como primer alojamiento provisional utilizará el almacén de mercancías de la RENFE, junto a la estación. Días después se trasladarán a la casa situada frente a estos almacenes, en el número 25 de la avenida de la Estación, hoy residencia de inmigrantes, y que se conserva tal y como era en 1936. Martes, 18 Tras su participación en la fracasada operación sobre Atienza, llega a Sigüenza el periodista autodidacta afiliado a la CNT, Mauro Bajatierra, con sus cuatro escoltas. Bajatierra dejó una serie de relatos publicados bajo el título de «Crónicas de guerra», cuyo ejemplar puede ser consultado en el Archivo de la Biblioteca Nacional de Madrid, pero por desgracia se refieren sobre todo al frente de Madrid. Miércoles, 19 Una de las muestras de solidaridad más importante de la población civil de los países europeos tuvo lugar en Rusia, donde durante todo el mes de agosto se hicieron numerosas colectas en las asambleas de fábricas para la recogida de dinero y medicinas en ayuda de la República. Stalin no se decidió a enviar material de guerra hasta mediados de octubre, cuando quedaría probado que Alemania e Italia habían violado el acuerdo de no intervención. Sigüenza no pudo recibir esta ayuda porque cuando estuvo disponible, la ciudad ya había sido tomada por las tropas sublevadas. Hoy también llegó la noticia de la ejecución del poeta Federico García Lorca por militantes de Acción Católica y Falangistas. Su ejecución se debía a la repugnancia que les provocaba su condición homosexual, por ser el cuñado del alcalde socialista de Granada, por su amistad con el «judío» Fernando de los Ríos y, sobre todo, por haber llevado la cultura al pueblo humilde y sin recursos, con su teatro ambulante representando obras como «Yerma», considerada por la Iglesia católica como «inmoral». Es posible que algún seguntino recordara que el poeta granadino había visitado nuestra ciudad unos años antes, y desde luego que sintieran su trágica muerte. Jueves, 20 Mika Feldman, cuenta que por estas fechas que «el trigo se dobla bajo el peso de las espigas demasiado maduras» y que las mujeres de los pueblos, que se resisten a dejar sus casas, «venden jamones y pollos a los milicianos enriquecidos por las diez pesetas», ya que la mayoría despreciarán el rancho. Esto prueba que el paso de los milicianos por los pueblos, incluso de los anarquistas, no está seguida de asesinatos y saqueos, sino todo lo contrario, contribuyen a mantener su modesta economía. De hecho la columna del POUM llegará a formar un consejo revolucionario a uno de sus miembros y fusilarlo por considerarlo culpable de saqueos reiterados e injustificados. No obstante, milicianos de este grupo registran las casas abandonadas en busca de colchones y víveres porque esta columna tiene que alojarse en un almacén sin condiciones de habitabilidad. Mika Feldman cuestiona el fusilamiento de su compañero, pero entiende que ellos son «milicianos revolucionarios, no un atajo de ladrones». Viernes, 21 Aún cuando es difícil de establecer con exactitud las fechas de las batallas más importantes, es probable que fuera este mismo día cuando se produjo otra de las batallas más duras en el frente próximo a Imón, con al menos dos bajas y otros tantos heridos entre los milicianos, algunos tan graves que no pudieron ser atendidos en Sigüenza y murieron durante su traslado a Guadalajara. Esta batalla se produjo en la Riba de Santiuste, donde las columnas sublevadas, apoyadas por la guardia civil, avanzan y se apoderan de las ruinas del castillo, muy próximos ya a la localidad de Imón, que tomarían días después. Por las constantes imprecisiones sobre fechas y lugares del doctor Vallina, que narra en sus memorias este asalto, y por el hecho de que Mika Feldman tampoco fuera muy precisa en las fechas, no podemos estar seguros de si Vallina fue testigo directo de este nuevo asalto o si se refiere a él por las crónicas de guerra de su amigo y periodista Mauro Bajatierra. Pedro Vallina, y su columna anarquista, llegan a Sigüenza para reforzar las fuerzas y aprovisionarlas de municiones, y aunque los choques armados en esta zona son frecuentes, éste fue probablemente uno de los más sangrientos. Vallina comete errores de bulto al decir, por ejemplo, que en el asalto llegan a utilizarse dos «carros blindados», pero lo cierto es que se trataba de camiones a los que se blindó con chapas metálicas, dejando varias troneras para disparar con mosquetones. El interior, como era corriente en la mayoría de las defensas contra las balas, estaba forrado con colchones de lana, muy eficaces para este fin. Jiménez Orge ya no comandará el asalto y, por tanto, tampoco les acompañan guardias de asalto, como sugiere Manuel Ortiz. Las tropas, compuestas sólo por milicianos voluntarios, son comandadas por Martínez de Aragón. También Vallina asegura que los milicianos disponían de abundante artillería, pero lo cierto es sólo contaban con una pieza del 7 ½, una ametralladora de la columna del POUM, mosquetones, que para más confusión eran españoles y mejicanos y que utilizaban municiones diferentes, y granadas de mano «Lafitte». Como curiosidad, podemos asegurar que en Sigüenza sólo hubo un tanque de la Primera Guerra Mundial, que se averió y quedó fuera de uso aparcado en algún lugar próximo al Casetón, donde hacía prácticas de tiro. Por lo tanto, las fuerzas que intentan tomar La Riba de Santiuste estaban compuestas por ferroviarios, jóvenes milicianos de las JSU, comunistas del batallón «Pasionaria» y milicianos troskistas del POUM. Es probable que los milicianos llegaran hasta la misma localidad de La Riba de Santiuste y cuando estaban dispuestos a tomar el Castillo, donde se habían hecho fuertes los sublevados, fueron sorprendidos por el flanco por un grupo de requetés provenientes de Alcolea del Pinar, que llegaban por la carretera de Sienes. Los jóvenes milicianos se replegaron de forma desordenada como era habitual y en la acción se produjeron varios heridos, tal y como narra el propio Vallina que participó en ella, pero omitió esta circunstancia del imprevisto ataque por el flanco. Entre los heridos se encontraba una joven de quince años con un tiro en un brazo, «hija de un minero de Almadén… Aquella niña anarquista», según palabras de Vallina. Pero la víctima más notable de este nuevo fracaso militar sería la del argentino Hipólito Etchebéhère. Según relata la propia Mika Feldman a media mañana un grupo de milicianos le traen la triste noticia de que su marido, Hipólito Etchebéhère, había caído en combate en los alrededores de Imón y ni siquiera su cuerpo había podido ser recuperado. La versión del ataque por el flanco se contradice con la que asegura que el repliegue se debió a una inesperado ataque aéreo procedente del aeródromo de Barahona, pero puede que se produjeran ambas cosas. Mika Feldman asegura que aquellos milicianos se movían bien frente a las ametralladoras o incluso la artillería o los morteros, pero huían despavoridos ante la aviación porque contra ésta carecían de defensas. Sábado, 22 Las noticias del frente de Madrid tampoco son optimistas, porque se ha producido un suceso que es incluso rechazado por el atribulado Gobierno de la República. Tras un misterioso incendio en la cárcel Modelo de Madrid, los guardianes fusilan por su cuenta a catorce destacados presos políticos, entre los que se encuentran un diputado conservador, dos de los fundadores de la Falange y varios militares que habían tomado parte en el alzamiento en Madrid. Por la noche los seguntinos estuvieron atentos al trascendental discurso del presidente del Gobierno, Indalecio Prieto, que se dirigía por radio a la población condenando el fusilamiento, sobre todo porque ya había advertido en su anterior alocución del pasado 23 que este tipo de actos serían la causa de que pudieran perder la guerra. Al final de la locución Prieto exclamaría lo que sería una premonición: «Hoy hemos perdido la guerra». Este fusilamiento, como tantos otros durante los primeros días de la guerra, se produjo como represalia por los bombardeos indiscriminados que la aviación sublevada estaba llevando a cabo sobre Madrid y otras poblaciones leales a la República. Algo parecido, y a menor escala, sucedió también en Sigüenza. Domingo, 23 Día de descanso en los frentes de batalla. Mika Feldman cuenta una anécdota sucedida en el cuartel del POUM que ilustra la mentalidad de aquellos jóvenes, revolucionarios sin duda, pero todavía poco concienciados sobre la igualdad de la mujer. «Delante de la puerta, un grupo matinal se empeña en desmontar una ametralladora. Con voz muy animosa pregunto al grupo: »–¿Es verdad que nadie quiere barrer? »Las respuestas tardan un poco en llegar... El menos inteligente, el más terco, ese chato que recogimos en Guadalajara y que me sigue inspirando desconfianza, se atreve por fin a expresar la opinión general: »–En el batallón “Pasionaria” las mujeres lo hacen todo, hasta lavan la ropa y remiendan los calcetines... »–Así es que tú crees que yo debo lavarte los calcetines...? »–Tú no, claro está... »–Ni las otras tampoco... Las muchachas que están con nosotros son milicianas y no criadas...» A pesar de los desastrosos resultados de las primeras acciones en el frente, la Banda Municipal, una vez más, animó el baile de la Alameda y los seguntinos salieron a las calles intentando dar cierto aire de normalidad. Solo había una salvedad con respecto a las sesiones musicales anteriores: ahora la banda empezaba su actuación interpretando el himno de la República. Según testimonios de algunos músicos, el volumen del sonido bajaba considerablemente, porque la mitad de ellos sólo hacían ver que tocaban. Lunes, 24 Hoy no hay ninguna acción bélica reseñable. Las columnas de milicianos permanecen acuarteladas en Sigüenza a la espera de nuevas órdenes. Los sublevados tampoco muestran actividad importante y se limitan a reforzar las posiciones conquistadas en todos los frentes. Martes, 25 Siguen los lentos pero constantes movimientos de tropas sublevadas en apoyo de las avanzadillas de los alrededores de Sigüenza. Una nueva columna de requetés se desplaza desde Medinaceli hacia Miño, Torrecilla y Sienes con la intención de reforzar a las tropas ya cercanas a Imón y que avanzan también hacia Sigüenza. Otra columna del Batallón América, sale de Aranda de Duero con dirección a Ayllón y Huérmeces. Miércoles, 26 Los informes que llegan del frente de Imón alarman al capitán Martínez de Aragón que, a pesar del fracaso de las operaciones sobre Atienza, prepara una nueva columna con la intención de recuperar esta localidad y asegurar las posición de Imón. La columna que se desplaza hacía Huérmeces amenaza con tomar Baides y cortar el envío de suministros por ferrocarril. Esta localidad está defendida por un grupo de milicianos del CNT-FAI, al que días después se unirían el médico anarquista Pedro Vallina y su hijo. Jueves, 27 La situación del frente lo narra así Mika Feldman: «Tres campesinos de Imón... vienen a decir que los fascistas se acercan a sus tierras. Al parecer no se trata de incursiones para robar ganado. Del otro lado de la montaña (Riba de Santiuste) andan grupos que bien pueden ser la vanguardia de una columna numerosa... Se resuelve lanzar al día siguiente una operación para despejar el pueblo». La movilización en los cuarteles es total, pero se da la paradoja de que, según la propia Mika Feldman, muchos milicianos tendrán que quedarse en los cuarteles por falta de fusiles. Los milicianos cuentan con una ametralladora, algunas granadas «Laffitte» y cartuchos de dinamita que lanzarían a mano y con hondas. También transportan alguna pieza pequeña de artillería. En el pueblo reina la inquietud, especialmente entre los refugiados y los muchos «aprendices» o «mozos» que se hubieran manifestado abiertamente en favor de la República, o militasen en algún sindicato o en el PSOE local. Temen las posibles represalias si los sublevados consiguen tomar la ciudad. Viernes, 28 Hoy se prepara un nuevo intento de asalto a la localidad de Imón. Sin duda que los milicianos tienen una buena moral de combate, pero muchos, especialmente los anarquistas de la CNT-FAI, empiezan a considerar que el comandante Martínez de Aragón no les dice la verdad sobre la situación real en el frente de Sigüenza. Vallina llegó a comentar que era preferible hacer una guerra de guerrillas en grupos de milicianos reducidos y con coraje que aquellas operaciones militares que por lo general terminaban en repliegues apenas aparecía la aviación. De cualquier manera, en esta primera fase de la guerra en Sigüenza los frentes son imprecisos y dependen de la actitud de los propios habitantes de pueblos y aldeas, que se unirían a uno u otro bando dependiendo de las circunstancias y de la acción de sus avanzadillas, con arengas en uno y otro sentido para ganar su confianza. Vicente Camarena comenta en su extenso trabajo sobre la guerra en Castilla-La Mancha que «en las primeras semanas de la guerra, la población rural de la provincia de Guadalajara demostró cierta hostilidad hacia la causa republicana, sobre todo los pequeños propietarios rurales, que vieron a los grupos de milicianos como posibles usurpadores de sus pequeñas propiedades». Las operaciones militares contra Atienza fueron desde el principio un total fracaso, lo que ponía de manifiesto la escasa preparación militar de los milicianos destacados en Sigüenza. Según Gabriel Jackson, «no sabían desplegarse con orden, parapetarse en trincheras y atacar de forma coordinada y siguiendo órdenes». Por lo general se lanzaban de forma individual y descontrolada, más por arrebatos de furia combativa que por inteligencia militar. Esta conducta debilitaba la eficacia de los mandos y era fácil para los sublevados repeler sus descontrolados ataques. Sobre las tres de la tarde la columna llegó a las cercanías de Imón desplegándose por los cerros próximos. Van armados con mosquetones, y disponen de una pieza de artillería y algún camión blindado de forma artesanal. Dada la poca efectividad de fuego de ambos bandos, las operaciones se prolongan durante todo el día. Al llegar la noche una orden muy contestada obliga a los milicianos a abandonar las posiciones conquistadas y replegarse para dormir a los camiones. El descontento es general porque «todo lo que huele a disciplina militar les sublevaba», comenta Mika Feldman asistenta del médico en el puesto de auxilio. Sánchez Rueda ofrece la versión contraria en este párrafo: «El valor y el acierto del capitán Muntadas, que con su cañón del 7 ½ les destrozó un carro de asalto y otro quedó maltrecho (en realidad se refiere a los camiones blindados con chapas de hierro de la columna de la CNT-FAI) determinó una vergonzosa, rápida y decisiva huida de los rojos». Una vez más el tono propagandístico e inexacto de Sánchez Rueda manipula los hechos refiriéndose a la actitud de los milicianos en su retirada por Imón. Pedro Vallina, que ya participa como médico de campaña, a quien ayuda Mika Feldman, narra así el final de esta batalla: «Nos sentamos a conversar en el tronco de un árbol (se refería al periodista Mauro Bajatierra que también participaría en esta batalla), cuando al poco rato aparecieron varios gritando que nos alejáramos de aquel lugar porque los fascistas arreciaban el fuego y avanzaban en nuestra dirección. En efecto, los proyectiles de cañón caían a nuestros pies y las balas silbaban sobre nuestras cabezas... No sé por qué se tocó a retirada y nuestras fuerzas se fueron replegando hacia Sigüenza... No tuve tiempo de avisar al viejo médico de Imón para que viniera con nosotros, y a poco llegaron los fascistas lo fusilaron a la puerta de su casa por la ayuda que nos había prestado». Sánchez Rueda censura que los milicianos intentarán la evacuación de la población civil de Imón durante su retirada «amenazándoles, como en casos análogos, con la matanza de los hombres por los militares (sublevados) cuando estos llegaran». En efecto, tan pronto como tomaron Imón, reunieron en la plaza a la mayoría de los hombres y mujeres, hicieron una rápida selección en base a las acusaciones de los propios vecinos y fusilaron alrededor de 35 personas. Una mujer salvó la vida porque el niño, de unos ocho años, que estaba con ella, preguntó asustado: «¿Mamá, nos van a matar?» Este es uno de los episodios de represión más violento de todos los que se produjeron en las pedanías y sus cuerpos siguen enterrados en una fosa común en algún lugar próximo a la localidad. Los que aceptaron la evacuación y se refugiaron en Sigüenza, no corrieron mejor suerte cuando los sublevados tomaron la ciudad. Sábado, 29 A primeras horas de la mañana se reanuda el tiroteo. Durante la noche, los sublevados habían conseguido emplazar varias ametralladoras en posiciones muy eficaces. Según narra Mika Feldman, «Un puñado de voluntarios se ofreció a acallarlas... lanzaron aullidos tan feroces... que los guardias civiles que las servían creían vérselas con efectivos muy superiores, abandonando las posiciones». Durante horas el frente queda en silencio y los sublevados se repliegan. Por el momento sólo hay una víctima mortal, pero algunos milicianos empiezan a dudar de la lealtad de sus mandos. Como comenta Vallina estaban pensando en «organizarse en guerrillas, como desde Viriato hasta El Empecinado». O el comentario de Mika Feldman nada alentador: «Las operaciones frente a Atienza se me suben a la garganta. Giras campestres, paseos en camión por la carretera», y las graves acusaciones de algunos milicianos de su columna: «Más vale irnos de esta columna mandada por traidores». Se refieren sin duda a Martínez de Aragón, aún cuando sus dudas se extiendan al propio Martínez Vicente. Al caer la noche, llegó de nuevo la orden de abandonar los cerros conquistados. «De regreso a la carretera –comenta Mika Feldman– los hombres no paran de blasfemar dedicando las más obscenas injurias a los jefes, a Dios y hasta los santos. Una reivindicación corre de boca en boca: “Somos voluntarios, no soldados ni mercenarios. ¡Tienen que darnos explicaciones!”». Domingo, 30 Los mandos reúnen a sus columnas en sus respectivos cuarteles para justificar porqué la operación militar del día anterior terminó en repliegue, y por qué no se intentó la toma de Imón. La explicación es sencilla: «No podemos extender nuestro frente por falta de efectivos y sobre todo de material». Muchos milicianos se preguntan: «¿Por qué nos quedamos en este hoyo de Sigüenza? Hubiera valido más ocupar Imón o los cerros que rodean la aldea, ganar terreno, impedir que los fascistas tomen todos los pueblos, uno tras otro, y fortificarnos». SEPTIEMBRE: DIARIO DE GUERRA Comienza el asedio de los sublevados a Sigüenza Situación aproximada del frente a mediados de septiembre Martes, 1 Tras la desmoralización por el fracaso de Imón varios milicianos abandonan sus columnas en Sigüenza y marchan al frente de Madrid, Mika Feldman habla de la deserción de dos milicianos del POUM. Una columna sublevada del coronel García Escámez toma sin resistencia la localidad de Huérmeces, próxima a las líneas republicanas situadas en Baides, y que protegen la vía férrea de Madrid por donde todavía circula un tren diario, «El blindado», con suministros y víveres para los milicianos seguntinos. Miércoles, 2 A pesar de las malas noticias de los frentes cercanos, hoy no se producen acciones de guerra destacables. Jueves, 3 En otros frentes los sublevados, que cada vez se aproximan más a Madrid por el oeste, toman la localidad de Talavera de la Reina y se dirigen hacia Toledo con la intención de liberar al general Moscardó, que junto con un grupo de guardias civiles y un número impreciso de rehenes civiles, se han hecho fuertes encerrándose en el Alcázar de esta ciudad. El general Moscardó, una vez liberado, estaría al mando de las tropas sublevadas de Soria en el momento de la toma de Sigüenza, y será el interlocutor para la rendición de la Catedral. Viernes, 4 Los periódicos y la radio este día trajeron la noticia de un nuevo cambio en el Gobierno de la República, que era asumido por el socialista Francisco Largo Caballero, apodado el «Lenin español». «Era un hombre de origen y estilo proletario». Ministro de Trabajo en el primer gabinete republicano, persona de gran integridad, reconocida incluso por sus enemigos, pero en Sigüenza, a excepción de los simpatizantes socialistas, no debió parecerles una buena elección. Su gobierno estaba compuesto por republicanos liberales, socialdemócratas y comunistas. Contaba con la simpatía de los militares leales a la República y con la lealtad del «Quinto Regimiento», creado por el Partido Comunista y una de las fuerzas en defensa de la República más disciplinadas, pero, al mismo tiempo, con una dependencia demasiado evidente de la Rusia de Stalin. También los anarquistas aceptaron su liderazgo hasta el extremo de formar parte de su segundo Gobierno. Sábado, 5 Hoy es día de mercado, pero con toda probabilidad no tendría mucha actividad ni movimiento, a pesar de que en Sigüenza ya hay muchos refugiados que necesitan abastecerse. Domingo, 6 El comandante Martínez de Aragón autoriza la celebración de una boda civil entre una pareja de milicianos que se celebra con gran algarabía entre sus compañeros en un fonda local. Según Sánchez Rueda, que no desaprovecha ninguna oportunidad para arremeter contra ellos, «fueron a cenar a una fonda cuyo gasto no pagaron... A los ocho días, se ha sabido después, cada uno iba por su lado». Lunes, 7 Según también Sánchez Rueda hoy comienzan a caer sobre Sigüenza los primeros obuses disparados por una batería del calibre 7 ½, situada en la localidad de Mojares, que por su regularidad y persistencia, uno cada 30 ó 40 minutos y desde primeras horas de la mañana, llegaría a ser conocido por los seguntinos con el apodo de «La Nicanora» (otras versiones dicen que éste era el apodo del pequeño cañón del 7 ½ al mando de Díaz Muntadas). Por la imposibilidad de establecer comunicación visual con Sigüenza desde Mojares se supone que los artilleros no tienen ninguna posibilidad de centrar los objetivos, por lo que los obuses caen en cualquier zona de la ciudad. Curiosamente la mayoría caerán en el prado de San Pedro. Se trataba de obuses cargados con bolas de plomo, pero de escasa potencia. Los niños solían ir al prado, después del colegio, en busca de las bolas. El mismo Sánchez Rueda reconoce que «todos los días caían granadas que pasan silbando por encima de nuestra casa y alguna cayó en la plaza delante de nosotros que hizo trizas todos los cristales». Sánchez Rueda no especifica si se producían víctimas, de hecho no hay noticias de que se produjeran, como consecuencia de estos bombardeos, pero asegura que «el cañoneo comenzaba a las seis de la mañana, había que levantarse aprisa y corriendo, bajábamos al jardín donde teníamos el resguardo de los muros de la iglesia de San Roque (Sánchez Rueda vivía en el número 38 de la calle de San Roque). Todos los días, excepto algunos muy contados, hubo bombardeo, más o menos intenso, hasta el día de la liberación de la ciudad». Martes, 8 Esta mañana los centinelas de una avanzadilla regresan con tres soldados desertores del ejército sublevado con informaciones sorprendentes y que no ayudan a levantar los decaídos ánimos de los milicianos seguntinos. Confirman que la defensa de Atienza era escasa, así como la de Imón, y que las pocas fuerzas que había estuvieron a punto de abandonar el pueblo durante la ofensiva. Tal vez la orden de repliegue en efecto fue una equivocación. Según sus informes, al parecer están avanzando las líneas y reforzándolas con compañías de requetés y de falangistas. Cunde el temor de que en dos o tres semanas puedan intentar la toma de Sigüenza. Los rumores de un posible asalto circulan pronto por la ciudad y muchos seguntinos empiezan a temer por sus vidas. Los mismos soldados desertores, que salieron con la «Columna Navarra», cuentan de las violentas represiones y depuraciones de los requetés. Miércoles, 9 A partir de ahora no pasará un solo día sin alarmantes noticias del precario frente que ya rodea la ciudad. Esta vez la alarma viene de Huérmeces. Los sublevados, que ya han tomado esta localidad, intentan hacerse con el control de la vía férrea a la altura de Baides y bloquear el aprovisionamiento de la ciudad por medio del único tren blindado que todavía circula por ella. Este mismo día se organiza una nueva ofensiva compuesta por milicianos de todas las organizaciones. Una vez más las batallas en los frentes se vuelven confusas y no se mueven sustancialmente las posiciones. La posición de Baides puede ser defendida y la línea del ferrocarril está por el momento a salvo. Puede que fueran pocos los seguntinos preocupados por el devenir del conflicto que llegaran a enterarse de que se reunía en Londres el «Comité de No Intervención», al efecto de analizar las pruebas presentadas por los representantes de la República sobre la participación efectiva de Alemania, Italia y Portugal, con envío de material de guerra y personal apoyando a los sublevados. Sin embargo, el Gobierno de la República no fue invitado a la reunión, frustrando así su intento de aportar estas pruebas. El Gobierno de la República, desesperado por tal actitud, tendría que esperar hasta el 30 de este mes para presentar sus alegaciones ante la Sociedad de Naciones, con sede en Ginebra, pero sin mejores resultados por la oposición y reticencias del Reino Unido, con importantes intereses comerciales y mineros en la zona ya ocupada por los sublevados. Jueves, 10 Hoy no disponemos de datos sobre acciones destacadas en el frente. Como era habitual, y aún con la violenta oposición de Feliciano Benito, la Banda Municipal seguirá tocando por la tarde en la Alameda. Viernes, 11 Este día es probable que los seguntinos que tenían oportunidad de escuchar las noticias del devenir del alzamiento siguieran con interés los acontecimientos de Madrid y en otras localidades cercanas. En Toledo permanece un grupo de sublevados encerrados en el Alcázar, donde habían tomado a un grupo de rehenes civiles, entre los que había mujeres y niños. Este día la Iglesia hizo quizás una de sus pocas gestiones en favor de la República, al interceder ante el general Moscardó para que liberara a los rehenes, pero los sublevados presentaron ante el mediador el testimonio de una mujer que aseguraba que «todos los sitiados deseaban correr la misma suerte que los sublevados». Sábado, 12 La presión sobre Sigüenza del ejército sublevado es constante y sus avances, con mucha más preparación militar que los milicianos, son imposibles de repeler. Este día han sido tomadas las localidades de Carabias y Palazuelos. Tres sacerdotes son arrestados acusados de haber disparado desde sus iglesias contra los milicianos. Las pruebas: han encontrado fusiles y municiones en sus respectivas iglesias. Según Mika Feldman, dos de ellos, los más jóvenes, serían fusilados, pero el más anciano salvó la vida gracias a la intercesión de última hora de un miliciano sobrino suyo. Estas acusaciones, que se repetirán para justificar otras detenciones, no parecían tener demasiado fundamento, ya que los sacerdotes podrían ser aficionados a la caza y tal vez tendrían alguna escopeta en sus domicilios o incluso en las iglesias, pero en ningún caso es probable que las utilizaran contra los milicianos. Domingo, 13 Mika Feldman describe un suceso difícil de emplazar por falta de precisión del lugar. Habla de «una capillita escondida en un repliegue de la montaña» que un grupo de milicianos y gentes del pueblo querían quemar. Al parecer la iglesia contenía obras de gran valor porque comentaría: «Es una lástima quemarla, porque ahí adentro hay verdaderos tesoros. Cada trozo de esa madera pintada vale una fortuna... Cuando termine la guerra, estoy segura de que la capilla será declarada monumento nacional». No especifica si finalmente ardió o se salvó, ni podemos establecer a qué capilla se refiere. Lunes, 14 Tras la neutralización del frente en Huérmeces, Sigüenza entra en una tensa calma, sin combates ni sobresaltos. Los dinamiteros de Pozoblanco aprovechan para volar rocas de los cerros de los alrededores para construir defensas y parapetos. Martes, 15 Las avanzadillas de los sublevados provocan las primeras oleadas de refugiados que vienen a instalarse en Sigüenza. «Centenares de campesinos vienen a refugiarse a Sigüenza. Se traen las mujeres, los niños, los animales y hasta a veces, las herramientas del trabajo». La mayoría, ante la falta de recursos, son alojados en la misma Catedral. Miércoles, 16 Se producen duros enfrentamientos en torno a la localidad de Huérmeces entre la columna de García Escámez y los milicianos destacados en Baides, que no consiguen retomar la localidad y permanece bajo el control de los sublevados. Este mismo día Franco y Mola, reunidos en secreto en la Comandancia rebelde de Burgos, discuten la necesidad de crear un mando único entre las diversas facciones del ejército sublevado sin llegar a ningún acuerdo concreto, pero del que Mola tuvo la convicción de que, dadas sus buenas relaciones con los militares nazis, el cargo recaería sobre el general Franco. Jueves, 17 Las noticias de otros frentes no eran muy favorables para los milicianos que defendían Sigüenza. Este día se anuncia la creación de la «Legión Portuguesa», llamados también los «Viriatos», como parte de la ayuda que el dictador portugués Salazar prestaría al general Franco. Este hecho planteó la cuestión de la no intervención de los países europeos en el conflicto, ya que empezaba a ser más que evidente la participación de una coalición portuguesa-alemana-italiana. En el frente local, la columna sublevada de requetés que manda el capitán Palacios, con posiciones ya establecidas en Alcolea del Pinar, se acerca a la pequeña localidad de Pelegrina, creando una pinza que amenaza la única salida de la ciudad por la carretera de Madrid, todavía libre y protegida por las milicias de la «Pasionaria» y los dinamiteros de Pozoblanco que intentan con ayuda de la dinamita, fortificar el punto situado en el cruce de la carretera de Madrid con la de Torremocha, cuyas huellas todavía son visibles. Puede que todos estos hechos fueran el tema de conversación en la Alameda, que como cada jueves, volvió a distraer las preocupaciones de los seguntinos con las populares piezas de baile de la Banda Municipal. Viernes, 18 La noticia más llamativa de este día en Sigüenza es sin duda la caída de Toledo, lo que supone una nueva amenaza sobre Madrid, además de que la liberación de los sublevados encerrados en el Alcázar es utilizado por la propaganda de Franco como un acto de heroísmo. Días más tarde se producirá en Sigüenza una situación similar, pero con un desenlace muy distinto. También en Toledo, como ocurriría en Sigüenza, las tropas sublevadas, haciendo un total desprecio de los acuerdos de Ginebra sobre el trato a heridos y prisioneros, rematan a los heridos y enfermos que hay en el hospital. La frase «Sin novedad en el Alcázar» se convierte en el lema de la nueva moral patriótica de los sublevados. El parecido de este asedio con el de la Catedral de Sigüenza es evidente y en parte justificaba la decisión de Feliciano Benito de resistir hasta su posible liberación por parte de los refuerzos que promete Martínez de Aragón, que saldrían hacia Guadalajara dos días antes de la caída. Pero había una gran diferencia que muestra una vez más el talante y el respeto hacia la vida de los civiles de ambos bandos: mientras los civiles del Alcázar fueron utilizados como rehenes –no hay duda sobre este hecho, ya que incluso el padre Vázquez Camarasa, o el embajador de Chile, Aurelio Nuñez Morgado, intercedieron para conseguir su liberación–, en el caso de Sigüenza los civiles se refugiaron para protegerse de los bombardeos, no se les permitió salir, sin duda para que su presión terminase por rendir también a los milicianos, cañoneando la Catedral con ellos dentro. El general Moscardó, convertido en héroe entre los sublevados por haber mantenido a decenas de rehenes civiles para impedir la toma al asalto del Alcázar, jugó un papel decisivo en la conclusión del asedio a la Catedral, ya que estaba al mando de las tropas que intervinieron en la toma de Sigüenza, comandadas por el coronel Marzo. Sábado, 19 La caída de Toledo y las nuevas amenazas sobre Madrid por el sudoeste serían sin duda el tema principal de las noticias y de los comentarios. Muchos seguntinos debieron comenzar a considerar que la guerra la podía ganar Franco, por lo que ya no era conveniente contemporizar demasiado con los milicianos, que parecían retroceder de todos los frentes. El problema era que muchas jóvenes seguntinas o procedentes de las pedanías, entre las que había una auténtica «legión» de criadas, prácticamente esclavizadas por sus empleadores, debieron ver en aquellos jóvenes idealistas, o no tanto, las parejas adecuadas para librarlas de su condición, enamorándose de ellos con la esperanza de que, una vez ganada la guerra, podrían conseguir buenos trabajos y tendrían un gran prestigio social. Por desgracia muchas acabarían rapadas al cero y humilladas en público por las calles de Sigüenza, práctica habitual de la postguerra con todas las mujeres que hubieran tenido relaciones probadas con los milicianos. Domingo, 20 Las noticias que llegaban a la comandancia militar de Martínez de Aragón eran bastante pesimistas. Las tropas sublevadas que prácticamente cercaban Sigüenza habían conseguido completar varias columnas, no muy bien armadas, pero, como desgraciadamente se verá después, apoyados por la nueva aviación, así como sus pilotos y tripulación, enviada por la Alemania nazi de Hitler a Franco de forma clandestina y violando el acuerdo que todavía estaba vigente de no intervención en la Guerra Civil española. La mayoría de los historiadores coinciden en señalar que los sublevados dejaron abiertas vías de salida por la línea férrea hacia Madrid y por la carretera de Mandayona, convencidos de que los milicianos evacuarían la ciudad tan pronto como cayeran las primeras bombas de la aviación alemana, lo que evitaría la toma de Sigüenza al asalto con las consiguientes bajas por ambas partes. Pero no fue así. Lunes, 21 El frente parece haberse paralizado, pero la tensión y la incertidumbre ya está en el ambiente. Se espera una ofensiva importante y todos los milicianos están apostados en los puestos de avanzadillas en los cerros colindantes, tal y como narra Mika Feldman: «En el cuartel se quedan ahora únicamente los milicianos para los que todavía no hay fusiles. Todos los demás están apostados en los cerros». Los sublevados están ya a la vista desde las posiciones avanzadas. La avanzadilla de Mika Feldman situada en Pelegrina, comenta que «vigilamos por las troneras una loma ocupada por el enemigo». Es probable que sería el alto de la carretera de Bujarrabal, desde donde ya se divisa Pelegrina y las lomas en dirección a Sigüenza. A pesar de la distancia, disparos de fusil terminan con la vida de un sargento miliciano del POUM de un tiro en la frente. «Esta muerte silenciosa los ha defraudado a todos. ¿Cómo se puede morir de un agujero tan pequeño y de una bala que ni siquiera ha silbado?» Los milicianos de la CNT-FAI, alojados en el convento de la Ursulinas detienen al hijo de Sánchez Rueda y es conducido a la prisión local. La acusación era que había disparado contra un grupo de milicianos, estacionados fuera del cuartel, dada la proximidad de su vivienda con el convento de la Ursulinas. Poco después toda la familia fue detenida y presentada ante el Comité, que al no poder probar los hechos los pusieron en libertad. En el bando rebelde se reciben las primeras noticias que confirman la disposición del ejército nazi de proporcionar armas a los rebeldes. El militar alemán Helmuth Wilberg se entrevista con Mola en Valladolid para confirmarle que «Había recibido órdenes de comunicarle que todas aquellas armas (un importante cargamento de ametralladoras y munición) las recibía no de Alemania sino de las manos del general Franco». Este hecho creaba las condiciones para que Franco fuera, finalmente, nombrado Generalísimo de los sublevados y jefe del nuevo Estado rebelde. Martes, 22 El frente sigue sin alterarse sustancialmente pero el asalto a la ciudad es inminente. ¿Esperaban los sublevados la llegada de los nuevos bombarderos alemanes al aeródromo de Barahona para iniciar el ataque? Es probable que fuera así porque a partir de estos días las columnas de sublevados que acosan Sigüenza ya están listas para iniciar la ofensiva. A última hora se les añade el tercio de requetés «María de Molina», procedentes de Molina de Aragón. ¿Por qué el general Moscardó, al mando de las operaciones militares contra Sigüenza desde su cuartel general en Soria, consideró necesario «ablandar» la población con un bombardeo previo si sabían por sus propios informadores que en general los seguntinos seguían siendo hostiles a la República? ¿Es que no se sentían capaces de tomar la ciudad al asalto sin la ayuda de la aviación? Los sublevados contaban con varias piezas de artillería de gran calibre, 15 ½ y otras más pequeñas, además de militares profesionales y soldados disciplinados, aunque puede que estuvieran cansados y no tan bien armados y pertrechados, porque llevaban ya muchos días durmiendo en los cerros y soportando las inclemencias del tiempo de Sigüenza, con cambios tan extremos en esta época del año. Este pasaje del requeté José Sanz y Díaz da una idea de su situación previa al asalto de Sigüenza: «Las casuchas de Alcolea eran impotentes para contener tantos soldados, requetés y falangistas, por eso nos acomodamos como Dios nos dio a entender», y cuando reciben la orden de que tomar Sigüenza, comenta: «al fin iban a entrar en batalla y tomarían café en la ciudad de Sigüenza». Parece evidente suponer que no se atrevieron a tomar la ciudad sin el apoyo de la aviación. Miércoles, 23 La columna del POUM abandona su improvisado cuartel en el almacén de la RENFE, tal vez por considerarlo poco seguro, y se trasladan a la casa que hay en el número 25 de la avenida de la Estación, dentro del recinto de ésta y paralela al muelle de descarga. Sabemos que era esta casa por la descripción de Mika Feldman, en la que dice que tenía tres plantas y un jardín y que las ventanas fueron fortificadas con sacos terreros, desde donde se controlaban los cerros del otro lado de la estación del ferrocarril. A pesar de la guerra, un puesto de melones estaba situado en la parte exterior de la estación, como había sido tradicional año tras año. Puede que dadas las circunstancias, el melonero ya no ofrecería la posibilidad de hacer «catas», en forma de un pequeño rectángulo, desechándolo si estaba pasado o poco dulce. Jueves, 24 Extrañan los comentarios de Mika Feldman sobre el clima en Sigüenza, porque al parecer aquel mes de septiembre fue excepcionalmente frío: «Da pena salir de casa para ir a montar guardia en las colinas... No es que haya más peligro que de día, es que hace frío... Puñaladas fulgurantes atraviesan el bloque de hielo que aprisiona mis pies». No hay duda de que el clima en nuestra ciudad ha cambiado sustancialmente desde aquellas fechas, porque ahora son raras las heladas en el mes de septiembre. Viernes, 25 Un día más de incertidumbre y tensión. Los milicianos empiezan a sentir esta presión en su estado de ánimo como muestra este pasaje del libro de Mika Feldman que se refiere a estas mismas fechas: «–¿Crees que pasaremos el invierno en esta ciudad maldita? –me pregunta nuestro valiente Mejías. »–¡Que optimismo! –murmura Escudero–. Se nos echarán encima un día de estos. ¡Felices los que puedan escaparse de este pozo infectado de fascistas! No tenemos nada para defendernos, no tenemos más que las piernas para correr». Este comentario nos permite deducir que por entonces la población en general era abiertamente hostil contra los milicianos y presentía que los sublevados no tardarían en tomar la ciudad. Las noticias llegadas de todos los frentes son todavía más desmoralizantes, sobre todo porque los sublevados están empezando a recibir abundante material bélico de la Alemania nazi y de la Italia fascista de Mussolini, mientras las ayudas a la República, canalizadas por el cada vez más poderoso e influyente Partido Comunista, tardarían todavía en llegar. Esta conversación entre dos milicianos ratifica esta opinión: «–Tropas, ya lo has dicho, y oficiales, aviones y tanques es lo que tienen ellos para hacer la guerra. Y nosotros, ¿qué tenemos? ¿Qué hacemos para poder resistir aquí. Con el tiempo que llevamos se podía haber fortificado la ciudad. Hay más de mil quinientos milicianos. De haberlos ocupado en cavar trincheras y en construir fortines no andarían metidos con las hijas de los fascistas que les sonsacan todo lo que les da la gana...» Sábado, 26 Día de mercado que se celebraría sin demasiada animación, ya que la mayoría de los campesinos han quedado incomunicados con Sigüenza. Muchos de ellos están refugiados en nuestra ciudad. Domingo, 27 Este domingo a primera hora aparecen los temidos aviones alemanes sobre el cielo de Sigüenza. Será una primera oleada en busca de posiciones defensivas y posibles piezas de artillería y comprobar cómo está organizada la defensa de la ciudad y los principales focos de resistencia. Los milicianos se apresuran a salvar la dinamita, que parece la mejor baza para la defensa, sobre todo por que cuentan con los dinamiteros de Pozoblanco que la manejan como si fueran auténticas bombas de mano. Más de 400 kilos de este explosivo se ponen a salvo suspendidos en el interior de un pozo, en la casa-cuartel de los milicianos del POUM, junto a la estación, y la artillería no sufre daños porque según Mika Feldman «felizmente los cañones están bien camuflados». Por desgracia, los milicianos no cuentan con cañones antiaéreos, tan sólo un pequeño cañón «adaptado», que desde la estación intenta alcanzar a los aviones, ni la República puede enviar cazas. El popular Negus es demasiado lento y pequeño, además de no estar adecuadamente armado, para enfrentarse a los nuevos Henkel-111 alemanes. Por tanto, los sublevados saben después de esta primera incursión que la aviación puede actuar sin riesgo y que los grandes bombarderos ni siquiera necesitarán el apoyo de los cazas. Podrán bombardear la ciudad a placer y con tranquilidad, como así hicieron. Lunes, 28 La tensión de una posible ofensiva que estaba a punto de producirse enrarece la convivencia entre seguntinos y milicianos. Este mismo día son ejecutados en las tapias del cementerio un grupo de civiles seguntinos. No existen pruebas condenatorias que justifiquen su ejecución, pero la tensión de estos días previos al asalto desata este tipo de acciones violentas y de ciega represalia. Sus nombres son suficientemente conocidos porque una placa conmemorativa permanece todavía en la valla de entrada del cementerio local. Este sería el último acto de este tipo que cometieron los milicianos republicanos antes de la caída de la ciudad. Los intensos combates, especialmente artilleros y aéreos en los cerros cercanos a Baides, consiguen cortar momentáneamente la línea del ferrocarril, que será reparada el 2 de octubre por un grupo de ferroviarios llegados en el tren blindado desde Madrid. Por el valle del Henares, la columna que manda el capitán Palacios y que avanza desde Medinaceli, reforzada con el tercio de requetés «María de Molina», procedentes de Molina de Aragón, llega en tren hasta la misma «Obra del Obispo», donde se atrincheran. Por tanto, los sublevados ya han sobrepasado Horna, Mojares y Alcuneza, y están a las puertas de Sigüenza, y a tiro de fusil de las avanzadillas del POUM, situadas en el cerro del Otero. Martes, 29 Según Sánchez Rueda este día «la aviación nacionalista (es la primera vez que se utiliza este concepto) evolucionó por primera vez en plan ofensivo contra la ciudad. En la plaza Mayor y otros puntos causaron las bombas daños de consideración, pánico extraordinario y diversas desgracias personales de mayores y niños». Sin duda una forma muy diplomática para narrar unos hechos que iniciarían una serie de bombardeos cuyos métodos y uso de municiones serviría para otros similares durante la Guerra Civil y que haría tristemente famosa a la localidad vasca de Guernica. Contradiciendo las opiniones de que durante la ocupación la vida en la ciudad se vio sustancialmente alterada, este día tanto la plaza de la Catedral como la plaza Mayor estaban muy concurridas. Sigüenza había aumentado considerablemente su población debido a los refugiados. Muchos no tenían donde vivir y era normal verlos deambular por las calles durante el día, por la noche muchos de ellos pernoctaban dentro de la misma Catedral. Lo que hizo más trágico este primer bombardeo fue que la mayoría de la gente al escuchar la llegada de los primeros aviones alemanes esperaba el popular Negus y su habitual reparto de la prensa diaria, en especial «El Socialista». Confiados salieron a la calle para recoger ejemplares, pero en lugar de fardos de periódicos cayeron las primeras bombas de la aviación alemana, obuses de 100 ó 150 kilos capaces de abrir cráteres de 5 ó 6 metros de diámetro y destruir una casa de mediano tamaño. El médico anarquista Pedro Vallina lo describe así: «Planeó un momento sobre la población y al poco descargó una bomba de las de mayor tamaño y potencia, que sembró la destrucción y la muerte. Bajatierra, que fue testigo del ataque, me contó lo ocurrido. Era el primer aeroplano que volaba sobre Sigüenza (de la aviación rebelde) y la gente confiada salió a la calle a recibirlo. La bomba arrojada cayó sobre la multitud causando numerosas víctimas en la población civil». Por su parte, Mauro Bajatierra, testigo del bombardeo, lo narra así: «La gente, confiada, salió a la calle para recibirlos (pensaban como he dicho que arrojaría periódicos y propaganda). La bomba arrojada cayó entre la multitud causando numerosas víctimas en la población civil... En unión de otros compañeros, compramos un ataúd para enterrar a una preciosa joven destrozada por la metralla, cuyos padres se mostraban inconsolables, gritando como enloquecidos». Mika Feldman describe este segundo bombardeo, sangriento para los miembros de su columna, con un breve relato tomado de uno de los compañeros sorprendidos por los primeros bombardeos sobre sus posiciones en los cerros, que narra, además, la muerte del capitán republicano Martínez Vicente: «Un espantoso mugido de sirenas resuena en mis oídos. »–Pancho Villa (apodo de uno de sus compañeros) estaba muy cerca de mí, cuando un casco de metralla le destrozó la cara. La sangre le corría como de un caño. ¿Saben lo que me dijo cuando le ayudé a levantarse? “me estoy muriendo a chorros, deja estar.” También murió el capitán Martínez Vicente. Un verdadero suicidio. Los hombres no quisieron seguirlo hasta una loma que había que alcanzar a toda costa. Él fue solo, sin bajar la cabeza, gritando como un loco: “¿Lo veis? Yo voy, ¡a la española!”». Al parecer, la noche de 29 al 30, avanzadillas rebeldes sorprenden dormidos a los centinelas que vigilaban los cerros. Por tanto, hoy se han producido los primeros enfrentamientos entre los sublevados y las avanzadillas de los milicianos en las mismas puertas de Sigüenza. Estos se han visto obligados a retroceder a posiciones dentro de la propia ciudad y abandonar algunos cerros. «El enemigo se ha infiltrado esta noche. Vemos las piedras de sus parapetos. Apilan las piedras como nosotros, pero detrás hay ametralladoras, estoy seguro. Y nosotros, ¿qué tenemos?» –comenta Mika Feldman sobre el inicio del asedio a Sigüenza–. «Arrolladas nuestras avanzadillas, los milicianos se repliegan a la ciudad y algunas posiciones que todavía pueden resistir... Se combate también en las afueras de Sigüenza». La otra noticia es que ante la imposibilidad de abastecer las tropas en Sigüenza desde la intendencia de Guadalajara, y teniendo en cuenta el escaso interés estratégico de nuestra ciudad para la defensa de Madrid, que la mayor preocupación del mando militar republicano, Jiménez Orge autoriza el abandono de Sigüenza. ¿Por qué no se evacuó Sigüenza antes? Existen toda clase de conjeturas y versiones sobre la decisión de resistir, pero la más probable era que Feliciano Benito, al mando de los milicianos de la CNT-FAI, considera que un nuevo «Alcázar de Toledo» en Sigüenza daría moral a las tropas republicanas. Otras apuntan a razones puramente estratégicas, como era la de contener las columnas que asediaban la ciudad para evitar que marcharan sobre Madrid, y que pudieran utilizar Sigüenza para aprovisionar la retaguardia. Otra, quizás la más acertada, es que a estas dos posibles razones se unía el «amor propio» de algunos oficiales que no quisieron aceptar que Sigüenza estaba perdida. Teniendo en cuenta las fechas que mediaron entre estas primeras batallas y el asedio final, cabe suponer que los sublevados intentaron evitar a toda costa tomar la ciudad en una lucha cuerpo a cuerpo, donde la posibilidades de éxito no eran ciertas, mientras que la desmoralización y el constante asedio a la ciudad terminaría por desestabilizar el mando de Martínez de Aragón y provocaría una «estampida» de cada grupo de milicianos tomando sus propias decisiones de evacuación. Este día se produce otra noticia que cambiará el curso de la guerra y de nuestro país: la promulgación por el Gobierno provisional de los sublevados en Burgos de un decreto que nombra al general Francisco Franco «Jefe del Gobierno», a pesar de que no existe todavía ninguna estructura de poder al que pudiera darse el nombre de «Gobierno». A este cargo se le añade el de «Generalísimo» del ejército sublevado. El nombramiento fue precedido de fuertes presiones orquestadas por los monárquicos y fieles a Franco, los generales Kindelán, Yagüe y Orgaz, además del verdadero instigador, su hermano Nicolás Franco. El consejo que le otorgo estos extraordinarios poderes, la recientemente creada «Junta de Defensa Nacional», estaba formada por el propio Franco, Mola, Queipo de Llano, Dávila, Cabanellas, Saliquet y los coroneles Montaner y Moreno Calderón. El nombramiento no contó con el apoyo del general Mola, que aspiraba él mismo a la jefatura del nuevo Estado, pero tras sus fracasos en la primera ofensiva sobre Madrid y la pérdida de confianza del régimen de Hitler, quedó en mala posición dentro de la junta. El monárquico Eugenio Vegas comentaría años después que: «A Mola no podíamos nombrarlo... porque hubiéramos perdido la guerra». Miércoles, 30 Día trágico para Sigüenza que debería figurar como otro de los más destacados de nuestra historia reciente, porque es el día en que los bombarderos alemanes, hasta veintitrés, ensayan por primera vez su capacidad de destrucción sobre Sigüenza con la misma táctica que emplearían meses después en Guernica. Mika Feldman relata así el bombardeo: «vienen los aviones... Hay tres, y otros tres, más tres hasta veintitrés... Pasan de largo sobre la estación, prefieren las calles de la ciudad, el hospital y, por supuesto, las concentraciones de milicianos en la carretera. Hay muchísimas víctimas, veinticinco muertos entre los escombros del hospital, la mayoría de la población civil. Mas del doble, sobre todo mujeres y niños en las casas arrasadas...» Por su parte Sánchez Rueda simplemente comenta en su libro sobre este primer bombardeo que: «El día 29 comenzó el bombardeo aéreo que siguió el día 30», aun cuando en varias ocasiones citará estos bombardeos «efectuados por la aviación nacional». Las escenas de pánico y horror debieron ser indescriptibles. Vallina describe así el bombardeo: «El hospicio, con su cruz roja, fue hundido por la aviación, y los asilados y las enfermeras, monjas con traje civil, perecieron bajo sus escombros. Sólo escapó un viejo soldado que estaba aquel día de guardia, y llegó a mi lado herido en la cara y sin narices». «Los que han vuelto... –escribe Mika Feldman– exigen que Martínez de Aragón, el comandante de la plaza, ordene la evacuación de la ciudad o encuentre los medios de defenderla». A lo que Martínez de Aragón contestaría en un mitin conjunto con el famoso discurso que marcaría el final trágico de la batalla de Sigüenza: «–Camaradas, tenemos el deber de quedarnos aquí, de combatir en la ciudad, defenderla calle por calle, y cuando se haya perdido el último palmo de terreno, nos encerraremos en la Catedral que es una fortaleza inexpugnable. Mirad los fascistas que han resistido en el Alcázar de Toledo y el prestigio que esto vale a su causa. Nuestra página de gloria será la Catedral de Sigüenza. Entre sus muros aguardaremos las tropas que mandará Madrid para salvarnos. ¡Confianza, camaradas, y Viva la República!» Lo cierto es que se ha producido una auténtica desbandada entre los milicianos que guardaban las posiciones sobre los cerros y muchos de ellos no han regresado a sus cuarteles, saliendo de Sigüenza hacia las líneas republicanas situadas en Mandayona. Por tanto, este día se decide la batalla de Sigüenza con la orden de encerrarse en la Catedral. Martínez de Aragón no se encerraría en ella, tal y como él mismo había sugerido, ni tampoco llegarían los refuerzos prometidos por él mismo, pero está probado que el propio Martínez de Aragón organizaría una columna de refuerzos que estaba previsto que se pusiera en marcha dos días después de que se produjera la rendición de la Catedral. ¿Quién ordenó aquel bárbaro ataque contra la población civil? ¿Fue el general Mola, o Moscardó, o fueron los nazis alemanes por su propia cuenta que utilizaron la excusa del apoyo aéreo para la toma de Sigüenza para ensayar nuevas tácticas de bombardeo de destrucción total? Los bombarderos no sólo arrojaron toneladas de bombas de metralla, sino bombas incendiarias con la clara intención de provocar la destrucción masiva de la localidad, desde la calle del Humilladero hasta el castillo. ¿Cómo era posible que el comandante de los sublevados, el coronel Marzo o el propio general Moscardó, ordenara semejante ataque a una población dominada históricamente por el clero –por su propia constitución– y con una población mayoritariamente católica practicante y conservadora que, debido al devenir de la situación en el frente, empezaba a ser claramente hostil a los milicianos y a la República? ¿Eligieron principalmente las Travesañas por considerar que sus pobladores, los más pobres, eran todos «rojos»? ¿Bombardearon el hospital –que el comandante republicano de Sanidad Militar había señalado con grandes cruces rojas sobre el tejado– porque se suponía que debía estar abarrotados de heridos del frente? ¿Sabían que era hospicio y que, además de las monjas, había también sacerdotes y huérfanos? ¿Cuántas víctimas civiles produjo este primer gran bombardeo sobre Sigüenza? Es difícil precisarlo porque después de tomar la ciudad, todas estas acciones se intentaron ocultar y es prácticamente imposible conseguir documentos que puedan darnos una idea siquiera aproximada. Sin embargo, si consideramos que al menos un treinta por ciento de las casas quedaron totalmente hundidas o dañadas (no sólo por este sino por los posteriores bombardeos de igual o mayor intensidad) y en aquellos tiempos las familias tenían un promedio de cuatro o cinco miembros por familia, que la población de las Travesañas era de aproximadamente 3.000 personas (en aquella época estaba muy poblada), con el agravante, además, de que no existían refugios antiaéreos efectivos, excepto la misma Catedral, y las casas no eran muy consistentes, sólo entre los escombros debieron perecer alrededor de 50 ó 60 personas, y sin duda pecamos de modestos. A estas víctimas probables hay que añadir las que perecieron en las calles y plazas, alrededor de 12, más las víctimas del hospital de San Mateo, 24 personas. Sánchez Rueda relata así las consecuencias del bombardeo: «El bombardeo efectuado por la aviación nacional... ocasiona la muerte de cinco hermanas de la caridad (además de la Superiora), y cuatro muchachas del hospicio instalado allí. Una de las asiladas fue conducida en grave estado a Calatayud, al entrar las tropas, donde murió a los cuatro meses. También murieron bajo los escombros dos niños mellizos de siete años... Hubo también bastantes heridos de los cuales algunos han fallecido. Dos hermanas de la Caridad (la Superiora y una novicia) las sacaron de entre los escombros. De las once muchachas que había asiladas perecieron seis y de los varones cinco chicos. También murió el padre del practicante». Entre los que se encuentran atrapados por los escombros hay un sacerdote que tuvo la mala pata de pedir ayuda a un miliciano que estaba reconociendo el estado en que había quedado el hospital. Por tanto, el número total de víctimas mortales entre la población civil de aquel bombardeo pudo ascender a más de 100 personas. Por si esta cifra no es bastante dramática, además tenemos que considerar los numerosos heridos más o menos graves y que, al quedar destruido el hospital, no pudieron recibir atención médica adecuada, por lo que es de suponer que en las próximas semanas perecerían muchos más. No nos olvidemos de que todavía no se había inventado la Penicilina y que la gangrena hacía estragos tras ataques de este tipo. ¿Dónde se atendieron entonces los heridos? Es probable que fueran acogidos en el Centro de Salud que había en la calle de San Roque y en el hospital provisional de la Cruz Roja del Palacio de los Infantes, que no había sufrido daños importantes, pero que no disponía de grandes medios, y mucho menos de un quirófano. Lo más normal es que fueran atendidos de cualquier manera por los propios familiares y se les practicaran curas caseras de urgencia y que algunos fueran atendidos por los propios milicianos, utilizando sus equipos de campaña. Vallina, que era doctor y podría tener una idea más o menos real de la situación, asegura que «perecieron unas 600 personas de la población civil». Sin duda una exageración, pero nuestra evaluación de 150, más los que pudieran producirse entre los heridos los días siguientes, nos parece bastante realista. Entre las víctimas de este día se encuentra el hijo de Enrique Sánchez Rueda, lo que explica el tono exaltado y de profundo resentimiento de su libro. Según su propio relato, tras el bombardeo, un grupo de milicianos del CNT-FAI, cuyo cuartel de las Ursulinas ha sido también alcanzado, asalta su vivienda. El hijo de Sánchez Rueda, por indicación de su padre, abre la puerta a los enardecidos milicianos y sólo sabemos lo que él mismo relata: «Un tiro sonó, debió ser el que acabó con nuestro pobre hijo». Es asombroso ver hasta que punto el odio le impidió reconocer que tanto su familia, como sus seis hijas y sus dos criadas, salvaron la vida gracias a los propios milicianos, que después de obligarles a entrar en la Catedral, en medio del bombardeo y el ametrallamiento de la aviación, les permitieron salir de ella antes del asedio, lo que les evitó sin duda un gran sufrimiento. «Efectivamente aquel miliciano nos preguntó a qué casa queríamos ir, diciéndonos: “Bueno y si no os admiten, yo le requisaré una habitación para vosotros”. Como se ve aquella gente no encontraba obstáculo para nada». ¡Realmente, no se puede ser más desagradecido! El repliegue de los milicianos de los cerros permitió la toma de algunos de ellos sin disparar prácticamente un solo tiro. En el caso del cerro del Otero, una vez más la indisciplina o el cansancio de los milicianos del POUM facilitó su toma, ya que fueron sorprendidos mientras dormían, e inmediatamente fusilados. Los restos mal enterrados de estos milicianos todavía eran visibles muchos años después de la guerra. Sánchez Rueda lo describe como un hecho heroico de los requetés estacionados en «La Obra del Obispo», que sólo tuvieron que ascender el monte y detener a los desprevenidos soldados. La paradoja es que los milicianos del POUM fueron los únicos que cavaron trincheras, y que todavía pueden verse. El principal problema de las milicias seguntinas era su escasa o nula preparación militar, especialmente de sus mandos y tampoco aceptaban las órdenes que pudieran llegar de la comandancia de Martínez de Aragón. Tenían mentalidad de «guerrilleros» y no de soldados y preferían desplegarse sin orden en busca de «fascistas». Esta falta de preparación militar hizo que la ciudad no fuera convenientemente fortificada, aun cuando no estaba preparada para repeler los ataques de la aviación por falta de cañones antiaéreos. Por esta razón la toma del cerro del Otero, y del resto de los cerros donde había avanzadillas, no supuso ninguna dificultad seria para los asaltantes. Sánchez Rueda inventa, una vez más, las causas por las que a partir de aquel día se corta el suministro de agua potable a la ciudad, asegurando que es causado por «una bomba perdida de los aviones republicanos», pero como sabemos este día no volaron aviones de la República, en todo caso es bastante probable que una de las primeras bombas dirigidas contra las avanzadillas en los cerros, rompiera la cañería de abastecimiento, que no fue reparada hasta días después de la rendición de la Catedral. No sólo se cortó el abastecimiento general, sino que como comenta Sánchez Rueda, manipulando una vez más los hechos: «Hubo que analizar las aguas del río Henares», y se pudo comprobar que sus aguas bajaban totalmente salinas. Resulta hasta cínico decir que «existen en la ciudad gran número de pozos pero la mayoría lo son de “agua salada”». Rueda no cuenta que los días anteriores al bombardeo, y en preparación del asalto final, decenas de mulas transportaron en serones miles de kilos de sal que fue arrojada en la fuente del Henares. Que yo sepa el agua de Sigüenza nunca ha sido salada. Esto supuso un grave problema sanitario de enormes consecuencias para la población. Las filtraciones hicieron que los pozos en la zona baja de la ciudad también se salinizara. Rueda vivía en la calle de San Roque, es decir, una zona afectada por la salinización. La ciudad permaneció sin agua potable durante una semana, y no se restableció completamente hasta después de la toma de la Catedral. Otro tanto sucedió con el suministro de electricidad, cortada por los sublevados. Debido a los trágicos sucesos de este día es probable que los seguntinos ya no estuvieran interesados en saber que por fin los representantes de la República española pudieron presentar pruebas irrefutables ante la Asamblea General de la Sociedad de Naciones –una organización antecesora de las Naciones Unidas– de la intervención alemana e italiana en la guerra de España, –sin duda que aquel mismo ataque por la aviación alemana era una de esas necesarias pruebas para condenar la intervención de nazis y fascistas italianos–, pero las reticencias del Reino Unido de romper la no intervención, –Gran Bretaña tenía a salvo sus intereses económicos situados en Andalucía al estar ocupada ya por los sublevados– y en especial su representante, Lord Plymouth, logró que el Comité se nombrara incompetente y desestimara las pruebas presentadas. Durante los meses en que los milicianos defendieron Sigüenza de los sublevados, la guerra no se internacionalizó «oficialmente», lo que sucedería a finales de octubre. Los efectos destructivos sobre el patrimonio histórico artístico de la ciudad, no sólo durante este segundo bombardeo, sino de los siguientes, fueron enormes. Los edificios de gran valor históricos que fueron totalmente destruidos o severamente dañados fueron: – Iglesia de Santiago y convento de las Franciscanas, de la calle Mayor, ocupado por el batallón «Pasionaria»: totalmente destruido – Seminario, ocupado por los socialistas o las «Milicias de la Juventud» y los de ferroviarios de la UGT: totalmente destruido – Convento de las Ursulinas, ocupado por los anarquistas de la CNT-FAI, comandados por Feliciano Benito: parcialmente destruido. Ni en estos primeros bombardeos ni en los posteriores la Catedral sufrirá daños de consideración. Estos fueron causados por el fuego de la artillería, durante el asedio final. OCTUBRE: DIARIO DE GUERRA La caída de Sigüenza Situación aproximada del frente a primeros de octubre Jueves, 1 Este debió ser un día difícil de describir. Decenas de casas todavía permanecerían humeando tras los incendios provocados por el bombardeo del día anterior. Familiares tratando desesperadamente de descombrar lo que quedara de sus viviendas en busca de supervivientes. Escenas de dolor por todas partes, pero sobre todo impotencia e indignación por lo incomprensible de este bombardeo contra la población civil. El impacto sobre los milicianos fue fulminante y cundieron actos de rebeldía contra Martínez de Aragón, con gran número de deserciones. Mika Feldman no especifica si fue este jueves, primero de octubre, cuando sucede el conocido episodio del abandono de la ciudad por parte de un grupo de ferroviarios afiliados a la UGT, pero este grupo estaba ya decidido a desobedecer las órdenes de Martínez de Aragón y volver a Madrid. Después del discurso en favor de resistir, un grupo de exaltados y ante las desastrosas consecuencias de este primer bombardeo masivo, con la pérdida en vidas de muchos de sus milicianos, contestan a Martínez de Aragón con un despectivo: «Pa tu padre la Catedral... traidor, hijo de puta... vendido... Van a enterrarnos en la Catedral... ¡Hala, vámonos que ya está bien!...» Cito textualmente los comentarios escritos por esta autora. Sin embargo, para la mayoría de milicianos «Martínez de Aragón no es un traidor, no es más que un pobre hombre que no está a la altura de los acontecimientos». Este mismo día se había preparado el tren blindado, una locomotora y el furgón, para evacuar de la ciudad a mujeres y niños. Al parecer el tren había llegado desde Madrid con un equipo para reparar algunos tramos de vía dañados durante la batalla de Baides. Según Mika Feldman los ferroviarios de la UGT indignados deciden tomar ellos mismos este tren dejando a las mujeres y los niños en la estación, la mayoría de los cuales estaban refugiados en la Catedral. «–Cabrones, hijos de mala madre, podían haberse ido a pie o como les diera la gana», comentan algunos milicianos presentes en la partida del que sería ya el penúltimo tren que llegara en ayuda de los milicianos republicanos sitiados en nuestra ciudad. Por tanto la conmoción del bombardeo produjo en parte los efectos que los sublevados esperaban, pero el precio en vidas civiles fue abrumador e innecesario. Esa misma noche se celebran comités en casi todos los cuarteles de milicianos para discutir la situación. Mika Feldman describe de esta forma el que se celebra en el del POUM, cerca de la estación: «–Compañeros del POUM, la lucha dentro de Sigüenza comienza esta noche. No sabemos cuánto durará ni cómo terminará. Todavía podemos irnos. ¿Pero podemos entregarla al enemigo huyendo como esos hombres que han robado el tren de las mujeres y de los niños? Badajoz e Irún han caído, Toledo acaba de caer. Los fascistas amenazan Madrid... ¿Aceptan quedarse aquí?» Todos los milicianos de este grupo decidieron quedarse y defender Sigüenza. Empiezan los preparativos para aprovisionar a los que se encierren en la Catedral. Martínez de Aragón ordena «que todo, víveres, ropa, explosivos y objetos de valor que conservan las distintas columnas le sean entregados para depositarlos en la Catedral». Por tanto introducen dentro de la Catedral coches, autocares, camiones y vehículos con los tanques repletos de gasolina, cargados con garbanzos mejicanos, latas de bonito y sardinas en escabeche y mucho bacalao, que por falta de agua no se podía desalar, leche en polvo, tabaco, municiones, dinamita y otros pertrechos, incluidos alrededor de cincuenta mulos militares que arrastraban grandes armones que serían utilizados como parapetos. «Todos los garbanzos, judías y patatas, además de tres jamones, irán a la Catedral», comenta Mika Feldman. Pero entre los pertrechos no hay ni una venda esterilizada, ni una botella de alcohol para limpiar las heridas. Es evidente que los preparativos están hechos de forma improvisada y sin pensar realmente en un asedio prolongado ni que la Catedral fuera bombardeada. Es probable que por estas fechas se sustrajeran objetos de valor de la Catedral, tanto de culto como obras de arte, para depositarlos en la sucursal del Banco Central de Sigüenza. Algunos cronistas aseguran que días después fueron trasladados hasta llegar a la localidad gerundense de Figueras, donde fueron recuperados por una comisión delegada del Cabildo y del Ayuntamiento después de la Guerra Civil. Cuando se recuperaron se había perdido el «viril» de oro de la custodia, probablemente requisado por la República para el pago de armas y pertrechos. No obstante, y como cita el propio Galo Badiola, todavía existía mientras fue custodiado en el banco de Sigüenza. Tal vez, por ser de oro, siguiera el mismo destino que las reservas del Banco de España, utilizadas como garantía de pago para la compra de material de guerra en Rusia. Durante todo el día se suceden los ataques de los sublevados desde las posiciones conquistadas con munición de gran calibre apuntando con balas trazadoras de colores. «Nuestra artillería responde. Las ametralladoras de la Catedral también... Una verdadera fiesta de fuego que me da una alegría insensata», comenta Mika Feldman, aun cuando está probado que por entonces los milicianos carecían de piezas de artillería. Cunde el pánico entre los milicianos más jóvenes que por primera vez se encuentran ante una ofensiva real, pero los más veteranos parecen incluso sentirse eufóricos ante la ofensiva. «Los hombres cantan y bailan... no hace falta indagar para saber que han bebido». Hoy también los seguntinos escuchan por la radio, o tal vez por la prensa que todavía llega a la ciudad, que ya hay un nuevo «Jefe del Estado» en el lado de los sublevados. El general Franco, que había sido nombrado jefe de un gobierno prácticamente inexistente, se autoproclama con su primer decreto «Jefe del Estado español». Como comenta Jackson «pocas personas osaron reparar en ese ligero cambio de terminología, aunque el general Mola y algunos otros protestaron con vehemencia en privado». Por tanto Franco, puesto que no contaba con la aprobación unánime de sus compañeros de armas, basó su legitimidad en la misma que hubiera legitimado a un rey durante la Edad Media: se proclamó «Jefe del Estado por la gracia de Dios». Por supuesto que dado el mandato divino, la Iglesia, como antes había hecho con Napoleón, bendijo esta «coronación» como inapelable y desde entonces el general fue conducido bajo palio como si se tratara de una gran dignidad eclesiástica. Durante años esta frase estuvo acuñada en las nuevas monedas de la dictadura. Viernes, 2 Sigüenza está sitiada. Algunas avanzadillas sublevadas permanecen en sus posiciones a la espera de terminar el despliegue y el emplazamiento de la artillería y las ametralladoras, pero las que se encuentran en el cerro del «Mirón», consiguen acercarse a los alrededores de la estación y el cuartel del POUM y desplegarse por las huertas. En las calles no es probable que hubiera mucha gente, a excepción, claro está, de los milicianos encargados de defender las avanzadillas, ya dentro de la misma ciudad y en algunos cerros. Los que trabajan dentro de la Catedral están construyendo parapetos y organizando la intendencia, no sólo para abastecerse ellos mismos, sino a las decenas de civiles, hombres, mujeres y niños que se están refugiando también allí por temor a nuevos bombardeos y, sobre todo, a la represión de los sublevados si toman la ciudad. La mayoría son campesinos refugiados de los pueblos cercanos y que precisamente por ello serán considerados sospechosos de simpatizar con los «rojos» y fusilados con toda probabilidad. La mayor inquietud de este día entre los milicianos era que apenas disponen de municiones, unos veinte cartuchos por fusil, que según Mika Feldman eran claramente insuficientes para repeler el primer asalto. A través del telégrafo de la estación, los milicianos reciben casi de madrugada la noticia todavía sin confirmar de que el tren blindado llegará al día siguiente con municiones y refuerzos, lo que levanta la moral de los sitiados. La anécdota es que el único capaz de leer morse, un tal Barquero, está sin sentido y apenas tiene fuerzas para confirmar que «El tren blindado va a venir». «El morse se pone a replicar de nuevo. Barquero ya recuperado descifra en voz alta: “Atención, anuncien si están en línea... mensaje muy secreto... el tren blindado llegará a eso de las ocho”». Sábado, 3 Sigüenza es ya un objetivo prioritario para el general Mola, que se impacienta por el lento despliegue de fuerzas que la asedia, por eso este mismo día se crea la «División de Soria», al mando del general Moscardó. La división se dividirá en dos columnas: La de Somosierra al mando del coronel García-Escámez, y la de Sigüenza, al mando del coronel Marzo. En total cuenta con 11.661 soldados, pero la columna Sigüenza cuenta con 3.799 hombres y dos baterías. Sin embargo, las fuerzas rebeldes que tomaron Sigüenza probablemente apenas superaban el millar. Mola ordena la prioridad de tomar cuanto antes Sigüenza, porque esta localidad «debe jugar un papel importante en el ataque a Madrid». A primeras horas de la mañana, antes de la llegada del tren blindado y sin duda para proteger su llegada, un avión republicano, una vez más el pequeño y popular Negus, tal vez acompañado de otro similar, ametralla las posiciones de los sublevados en los cerros cercanos a la estación. «Cuando los aviones hayan barrido las colinas, podremos recuperarlas... –comenta un miliciano–. Si Madrid nos da aviones quiere decir que hay un plan para conservar Sigüenza». Mika Feldman comenta que este mismo día se pasaron a su columna dos milicianas de la columna «Pasionaria», son Nati y Manolita «la fea», quienes expresan hasta que punto la «revolución» no afecta a la emancipación de la mujer ni entre los comunistas españoles. «Prefiero quedarme con vosotros, aquellos nunca quisieron dar fusiles a las muchachas. Sólo servíamos para lavar los platos y la ropa». Sin duda son estas jóvenes milicianas, procedentes del barrio madrileño de Carabanchel Bajo, las que cito en otra parte de este trabajo, que hacían la colada de los milicianos en el lavadero del Ojo, provocando a los seguntinos con sus ingenuas exhibiciones. De todas formas la columna «Pasionaria», que se alojaba en el convento de las Franciscanas de la calle Mayor, no era sin duda muy considerada con la población ni tenían un sentido del civismo muy elevado. Según relatos de testigos, durante las horas de calor utilizaban el depósito de agua de abastecimiento público situado frente al convento como piscina improvisada donde se bañaban. Suerte que por entonces eran muy pocas las casas que gozaban de agua corriente y muchas contaban con pozos dentro de sus respectivos corrales. Sobre el nivel cultural y responsabilidad cívica de los milicianos habría mucho que censurar, pero ¿quién había hecho que esos muchachos de escasa cultura se hubieran convertido en soldados indisciplinados y poco concienciados? De no haberse producido el alzamiento estos jóvenes permanecerían en sus casas y no tendrían que empuñar un fusil para «jugarse la vida» como milicianos voluntarios por una causa que sin duda, y pese a su talante, era justa: la defensa de la República. Tampoco tendrían una excusa para luchar por las armas por una utópica revolución social. Este sentimiento de improvisación y desencanto que ya cundía entre los milicianos lo expresa Mika Feldman en este pasaje de su libro: «Nos hemos plantado en Sigüenza siguiendo el primer impulso de la revolución sin pedir la aprobación del Gobierno de Madrid... Porque Madrid no cree en la revolución... ¿Tú crees que tenemos el derecho de inmovilizar aquí a los hombres sabiendo que todo está perdido?» «Nuestro cuartel está vacío –comentan las milicianas llegadas de la columna “Pasionaria”–. La mayoría de los milicianos luchan fuera. Los otros ayudan a Martínez de Aragón a defender la Catedral. El capitán quería que todas las chicas se fueran de Sigüenza... Yo no he venido al frente para morir por la revolución con un trapo de cocina en la mano». Los hombres del POUM la aceptaron con aplausos y un sentido «¡Olé tu madre!» El tren blindado ha pasado por Moratilla y sube hacia Sigüenza. Martínez de Aragón llega a la estación para recibir las municiones. «Ahora lo veo. No tiene más que la locomotora y un furgón color cardenillo, pero su tamaño ya no importa, tiene las dimensiones de su leyenda... Ebria y loca de entusiasmo me pongo a correr gritando como una loca: ¡El tren blindado ha venido!», comenta Mika Feldman sobre la llegada del último tren antes de la caída de Sigüenza. Martínez de Aragón repartirá las escasas municiones que decepcionan a los milicianos, porque además no llegan hombres de refuerzo, pero el comandante les asegura que «vendrán mañana o pasado. Se habla de una columna de dos mil milicianos para Sigüenza». Domingo, 4 Hoy amanece un día frío y lluvioso en contraste con los días secos y calurosos del pasado mes de septiembre. Las tiendas permanecerán cerradas, excepto las panaderías que hacen su habitual recorrido en sus caballerías entre las escombros que se amontonan sobre la mayoría de las calles de la ciudad, porque curiosamente y a pesar de no haber recogido la cosecha de trigo, en Sigüenza hay abundancia de harina. Es inútil llamar en la puerta de los comercios porque invariablemente los dueños argumentarán que no tienen precisamente aquello que les piden. Todos los seguntinos hacen sus preparativos para el inminente asalto y, sobre todo, procuran evitar cualquier compromiso que los delate si la batalla favorece a los sublevados. Aquellos que por sus actividades sindicales o políticas próximas a la República crean estar comprometidos aprovecharán estos días para dejar Sigüenza por la única carretera que todavía queda abierta hacia Madrid. Los preparativos para el encierro en la Catedral continúan durante este viernes. Como cada día, obuses disparados desde Mojares impactan sobre Sigüenza a espacios irregulares, por lo que la población seguntina parece estar ya acostumbrada. A primeras horas del día un nuevo sobresalto por la aparición de la aviación, pero no hay alarmas porque es nuevamente el Negus, el mismo avión que cada mañana trae la prensa a la ciudad, pero que ahora aprovecha estas incursiones para bombardear las posiciones de los sublevados en los cerros colindantes, llegando a arrojar apenas una docena de bombas sobre las avanzadillas de los cerros. Los milicianos entusiasmados exclamarían: «¡Los fascistas corren como liebres... salen de sus agujeros! ¡A por ellos...! Podemos recuperar las colinas». Pero nadie se mueve porque llega una orden explícita del comandante Martínez de Aragón: «Que nadie se mueva, se efectuarán operaciones más amplias. ¡Ánimo! ¡Viva la República! Firmado: Martínez de Aragón y Feliciano Benito». Se produce un intento de recuperar Barbatona en una incursión a través del Pinar, pero es rechazada porque las posiciones de los sublevados se refuerzan constantemente con nuevos soldados y artillería de la retaguardia. Aquella noche los milicianos que han estado combatiendo en los cerros regresan «desalentados por unas operaciones mal coordinadas cuyo objeto nadie se explica». Cunde el pesimismo porque los milicianos tienen la sensación de que Martínez de Aragón les ha abandonado en Sigüenza y que aquellos pequeños aviones no les seguirán más, ni vendrán refuerzos. Lunes, 5 Ha transcurrido una semana desde el primer ataque de la aviación sublevada pero en los cerros no se aprecia ningún movimiento, tan sólo se producen esporádicos tiroteos de fusil o de ametralladora entre las avanzadillas milicianas que todavía quedan en ellos y los sublevados. Martínez de Aragón sigue haciendo los últimos preparativos para defender la Catedral, pero no hay noticias de la columna de refuerzos prometida porque Jiménez Orge. El mando republicano considera que Sigüenza «quedaba muy adelantada, y sin la debida protección de su línea de comunicación, y ya ha decidido que no puede ser defendida. Por tanto, ordena que los milicianos se replieguen hasta una nueva línea del frente mucho más retrasada, a la altura de Matillas, abriendo un círculo de unos 50 kilómetros entorno a la capital de la provincia. Además el telégrafo de la estación está cortado porque los sublevados ya controlan la vía del ferrocarril a la altura de Moratilla y el puente sobre el Henares ha sido volado. Puede que Baides siga en poder de los milicianos porque Vallina sigue allí con una pequeña columna de la CNT-FAI desde donde, según sus crónicas, contempla desde los altos la llegada de la aviación que bombardea Sigüenza. También sus posiciones en los cerros colindantes son bombardeadas: «Apareció un trimotor alemán que planeó sobre el sitio donde solíamos detenernos y arrojó una bomba formidable», comentaría. Al anochecer nuevos milicianos regresan de los frentes cercanos con el mismo desaliento del día anterior. En el hospital provisional de la Cruz Roja montado en el Palacio de los Infantes ya no caben todos los heridos. Las salas altas del palacio se llenan de camas y de heridos graves con impactos de bala y de metralla que necesitan algo más que vendas y gasas antisépticas. Es probable que esté ocupado por alrededor de 150 heridos y enfermos, entre los que se encuentran algunos civiles seguntinos, heridos en los pasados bombardeos o por los incesantes morteros que caen a intervalos irregulares, y un curioso personaje, un indio que estaba realizando una vuelta al mundo en motocicleta y fue alcanzado por una bala junto a la estación. Después de la guerra se establecería en nuestra ciudad como un reputado mecánico. Esa misma noche Martínez de Aragón intenta convencer a Feliciano Benito de la necesidad de replegarse a posiciones más retrasadas, tal y como ha ordenado Jiménez Orge, pero el comandante de la CNT-FAI se niega a acatar estas órdenes y persiste en defender Sigüenza haciéndose fuertes en la Catedral. Después de esta entrevista, Martínez de Aragón abandona Sigüenza en compañía de su guardia personal en dirección a Guadalajara. A pesar de que es probable que finalmente compartiera la opinión de Jiménez Orge sobre la imposibilidad de evitar la caída de Sigüenza, organizará una columna en defensa de los sitiados en la Catedral, pero no llegaría a tiempo. Este extraordinario comandante, cuya oportuna intercesión salvó tantas vidas en nuestra ciudad, caería muerto durante la toma del Cerro del Águila, en las cercanías de Madrid. Feliciano Benito se haría cargo de la comandancia militar de la mayoría de los milicianos que todavía quedaban en la ciudad. Martes, 6 Al amanecer de este martes se produce una nueva explosión de júbilo entre los milicianos porque esta mañana ha vuelto el pequeño avión republicano, el Negus, con la prensa del día y sigue bombardeando las posiciones de los sublevados. Vuela tan bajo que los milicianos pueden ver al oficial que lo pilota y le saludan con el puño en alto cantando «La Internacional», al tiempo que exclaman: «–Es el Negus. ¡Bendita sea la madre que lo ha parido!» ¡Curiosa expresión para unos milicianos supuestamente ateos! Un día más la pieza de artillería situada en Mojares reanuda sus bombardeos sobre la población a intervalos regulares. Miércoles, 7 El pesimismo es total entre las diferentes columnas de milicianos. Las avanzadillas sublevadas los hacen retroceder de todas sus posiciones, perdiendo el control de un cerro tras otro. Los milicianos seguntinos, entre los que también cunde el desánimo y el desconcierto, se repliegan del cerro de Valdecán. Algunos aprovechan para abandonar la ciudad otros se concentran en el castillo, donde permanecerán durante los bombardeos posteriores. Los cerros colindantes de Valdecán hasta la carretera de Atienza caen y son abandonados por los pocos milicianos del JSU que todavía quedaban, con importantes pérdidas entre heridos, que no pueden ser evacuados, y muertos durante el repliegue. La columna de requetés que avanza desde Huérmeces toma los cerros entre la carretera de Atienza y Moratilla, controlando la vía del ferrocarril, por donde ya no circularán trenes. Todavía resisten en el cerro de la Quebrada los milicianos del batallón «Pasionaria» y los dinamiteros de Pozoblanco, quedando despejada una zona entre la carretera de Madrid y Pelegrina. Será precisamente a través del pinar, y por el valle del río Dulce hasta esta pequeña localidad, por donde huirán gran parte de los milicianos sitiados, no sólo en este día y el siguiente, sino parte de los que consiguen escapar del sitio a la Catedral. La situación en Sigüenza es desesperada. Los heridos se amontonan en el improvisado hospital del Palacio de los Infantes. La batería de Mojares sigue castigando la población a intervalos regulares. Los sublevados, en vísperas de la ofensiva, toman drásticas medidas para castigar todavía más a la población civil: – Cortan el suministro de electricidad a la ciudad al controlar las pequeñas estaciones eléctricas del «Salto Pepita» en Mojares y del «Salto Jimena» en Moratilla, además de las líneas de conducción desde otros lugares. – Cortan las comunicaciones telefónicas y telegráficas dejando a la ciudad incomunicada. El correo hacía días que no se repartía. – Cortan todas las vías de acceso a la ciudad por donde pudieran llegar suministros, tanto a los milicianos como a la población civil. – Por último, en una acción rocambolesca preparada con varios días de antelación, arrojan sobre el río Henares a la altura de Horna, cientos de kilos de sal procedente de las salinas de Imón, que han sido acarreadas campo a través en mulos, hasta salinizar el agua del río, impidiendo que pudiera ser utilizada para beber por la población civil. De no haber sido por la gran cantidad de pozos existentes dentro de los patios de las casas esta medida hubiera causado estragos entre la población. Sin duda menos importante pero significativo fue el desastre ecológico que produciría esta salinización, con la destrucción de toda la riqueza piscícola y parte de la flora de la ribera. Estas acciones sugerían a los seguntinos que el ataque final era inminente, pero pocos sabían este día la magnitud y la extrema crueldad del mismo. Jueves, 8 Hoy, 8 de octubre de 1936, es uno de los días más importantes en la historia de nuestra ciudad, y no porque fuera «liberada» por los sublevados, sino como el día más trágico y sangriento de nuestra historia y el día en que la esperanza de libertad, democracia y, sobre todo, de «entrar en la modernidad» de nuestra ciudad, subyugada durante siglos por la arbitrariedad paternalista de los obispos, es violentamente frustrada y comienza nuestra decadencia económica, social y cultural. Hoy es el día de la caída de Sigüenza, pero a primeras horas de la mañana los milicianos todavía no tienen ninguna evidencia de los graves acontecimientos que estaban por suceder. Aquella mañana los milicianos del POUM desayunan en su cuartel un humeante y reconfortante tazón de chocolate con picatostes cuando aparecen los primeros bombarderos alemanes que causaran una de las mayores catástrofes de la historia de nuestra ciudad. Mika Feldman narra así la llegada de la primera oleada de aviones sobre el cielo seguntino: «De pronto se detiene –se refiere a un compañero–, levanta la cabeza para escuchar mejor lo que yo también creo escuchar, un zumbido de miles de abejas que llegan a ser millones segundo tras segundo. Ya todos sabemos que los aviones se acercan... Contamos treinta, negros y chatos. Las primeras bombas estallan en las colinas que todavía ocupan los nuestros». Por su parte Pedro Vallina lo describe así desde los altos de Baides: «A poco de aquel suceso –el primer bombardeo del 29 de septiembre–, mandaron una escuadrilla de aeroplanos que atacaron por el aire la ciudad, mientras que el ejército fascista embestía a sangre y fuego». Sánchez Rueda lo describe así: «El día 8 de octubre desde la 8 de la mañana, durante cinco horas no cesaron de lanzar bombas que destrozaron diversos edificios y casas particulares, justamente la artillería estuvo lanzando cañonazos; en esta casa cayeron tres bombas y en la inmediata donde vivía el dueño otras cuatro; pero además en los patios traseros otras trece y delante una porción, así que aquello era algo terrible. Diecinueve aviones estuvieron evolucionando sobre la población». Y como no podía ser de otra manera contribuyendo a la deformación histórica de los hechos, justifica el bombardeo de la aviación sublevada: «Con su obstinación en conservar una ciudad que no podían defender, hicieron inevitable el bombardeo terrible a que fue sometida el día 8 de octubre, bombardeo que precedió a la entrada de las tropas, y que destruyó gran parte de la población». Por último, no podía hacer otro tanto sobre el bombardeo a la Catedral: «Y con su obstinación posterior en defenderse en la Catedral, hicieron inevitable el terrible cañoneo del día 15 que destruyó buena parte de ese gran monumento, gloria y corona de esta ciudad». Galo Badiola, por su parte hace esta descripción del bombardeo y cómo se vio él mismo entre los encerrados en la Catedral: «Al atardecer del primer día de asedio, Sigüenza era un mare magnun. La artillería se situó en los cerros y la gente corría, despavorida, buscando dónde refugiarse. La Catedral era un buen refugio. Tronaban incesantes los cañones (es probable que confundiera los cañones con la aviación o tal vez después del bombardeo todavía la ciudad fuera cañoneada) y desde los balcones y ventanas aledañas hacían fuego los fusiles... Buscando un nuevo ángulo de tiro situaron un cañón en la Alameda. Desde este emplazamiento comenzó a disparar a la Catedral... Con unas sábanas intentamos descolgarnos desde la ventana. Tuvimos que desistir. Apenas asomamos la cabeza, la metralla se estrellaba contra los muros de la casa. ¡Nos fuimos a la Catedral!» Si durante el primer bombardeo Mika Feldman llega a contar hasta veintitrés aviones, ahora son treinta, porque les acompañan algunos cazas preocupados por la posible aparición de la aviación republicana. Tal vez hayan exagerado los efectos del pequeño avión Negus de los días anteriores. Los primeros objetivos de la aviación rebelde son las columnas de tropas milicianas que se repliegan por la carretera de Atienza, procedentes de las avanzadillas situadas en el cerro, cuyas huellas aún hoy siguen presentes. La escuadrilla se divide en dos direcciones: una entra a la altura de la estación y la otra por el campo de fútbol para concentrar el intenso bombardeo sobre estos objetivos prioritarios: – la calle de Villaviciosa (bombardeando intensamente el Seminario, cuartel de los JSU); – la calle del Humilladero, San Roque y la Alameda (bombardeando el convento de las Ursulinas, donde está el cuartel de la columna de la CNT-FAI); – entre el Vadillo y la calle Mayor (bombardeando masivamente el convento de las monjas Franciscanas, donde se encuentra el cuartel de la columna «Pasionaria»); – el castillo (donde están concentrados milicianos seguntinos). Además de estos objetivos «militares», bombardean la población civil, desde la calle de Guadalajara hasta el castillo, así como el barrio del Arrabal, dejando la zona literalmente «arrasada» por la destructivos efectos de bombas de metralla de 100 ó 150 kilos de explosivo y bombas incendiarias, cilindros de aluminio que al impactar se incinerarían, saliendo lenguas de fuego por sus orificios. Algunos vecinos se las apañaban para «pescar» estos cilindros y arrojarlos de sus tejados. La potencia de las bombas la expresa gráficamente Sánchez Rueda al comprobar el cráter de una de ellas que cae en el patio trasero de la casa donde está refugiado: «un hoyo de unos cuatro metros de diámetro por uno de profundidad». «Los siniestros triángulos van y vienen de las montañas a la ciudad. Haciéndonos el honor de que nuestra aviación podría venir a defendernos, traen muchos cazas... Entonces las ametralladoras de los cazas barren las calles cuando los bombarderos les ceden el sitio», comenta Mika Feldman También Sánchez Rueda, que ese mismo día es obligado a abandonar su casa y entrar en la Catedral, ratifica la utilización de cazas durante el bombardeo: «Una verdadera lluvia de tiros pasan rozando nuestras cabezas». La confusión en Sigüenza es total. Carreras de milicianos abandonando posiciones, en busca de refugio o de otras más seguras. Disparan contra los aviones con sus fusiles maúser y las ametralladoras de la Catedral «cantan» incesantemente sin demasiada efectividad. Una bomba incendiaria cae en el cementerio de los canónigos, pero no causa daños importantes. Por el momento la Catedral no parece un objetivo, los aviones se ensañan con la población civil, y especialmente y una vez más, contra las Travesañas. Los seguntinos trataban inútilmente de ponerse a salvo de las bombas encerrados en cuadras, cuevas o precarios refugios construidos apresuradamente tras los bombardeos artilleros, o en lugares donde pudieran librarse de las explosiones. Muchos ya estaban en la Catedral. Algunos, los más precavidos, salvarán la vida porque fueron previsores y reforzaron las estructuras de sus viviendas con aquello que tuvieran a mano. El polvo que causan los derrumbes cubre la ciudad y grandes llamaradas de las bombas incendiarias empiezan a surgir por todas partes. El antiguo casino, situado entre la esquina de la calle de Medina y de Guadalajara recibe varios impactos que lo reducen a escombros. En esta calle sólo se libran una decena de casas, el resto quedan reducidas a escombros. Del Banco Zaragozano, situado en el actual Museo Diocesano y que fuera también sede del Banco Barrena y antes del Hotel Florida, salen dos empleados en busca de refugio y mueren ametrallados. Por suerte, los aviones no aciertan al hospital de la Cruz Roja en el Palacio de los Infantes. Puede que sobre su tejado ya no hubieran grandes cruces rojas, que habían sido inútilmente desplegadas sobre el tejado del hospital de San Mateo, y que sirvieron para afinar la puntería de los aviones. Vallina previno al teniente coronel de Sanidad Militar, al cargo del hospital, empeñado en marcar el edificio como indicaban los acuerdos de Ginebra, firmados tras la Primera Guerra Mundial para la protección de heridos y prisioneros de guerra: «No le pareció bien que los médicos y practicantes fueran armados hasta los dientes, como iba yo y los que me acompañaban. Y apoyaba sus razones en no sé qué acuerdos tomados en Ginebra. Mire usted, le respondí, todos esos acuerdos de Ginebra, son letras muertas..., fue fusilado este inocente que tan en serio se tomaba los acuerdos de Ginebra, buenos para colocarlos en el retrete. Pocos días después le sorprendí colocando cruces rojas sobre las tejas del Hospital Militar y del Asilo, y al advertirle que aquello era un excelente blanco para la aviación fascista volvió a invocar con la mayor seriedad los acuerdos de Ginebra». Los milicianos que permanecían en los cuarteles cargaron con las pocas municiones y heridos y sorteando los ametrallamientos y bombardeos, empezaron a replegarse hacia la Catedral. La ofensiva había comenzado y las avanzadillas de los sublevados empezaban a desplegarse por las calles de la ciudad tal y como relata Mika Feldman «Los aviones ya no tiran. Las balas ahora nos silban en los oídos vienen a la horizontal». Algunos milicianos caen y son abandonados, otros aterrorizados son obligados a punta de fusil a avanzar hacia la Catedral. «Corre, llevas dos requetés pegados a los talones... La Catedral se alza frente a nosotros con sus dos torres de fortaleza. Dos milicianos pegados al suelo mantienen las puertas entreabiertas. Somos los últimos en pasar. Como ratas, acorraladas, cualquier agujero sirve para escapar del acoso». Sánchez Rueda describe así su entrada en la Catedral: «El aspecto de ésta era algo espantoso... Allí, autos y camiones entrando y evolucionando... En primer lugar el claustro donde pasamos, estaba convertido en cuadra... En todas las capillas se veían familias materialmente amontonadas, con colchones tirados en el suelo sobre las tarimas de los altares... Aquellas familias no eran presas de los rojos sino simplemente refugiados por temor a la aviación... Circulábamos sin más luz que algunas velas, pues la ciudad llevaba varios días sin luz eléctrica». El sacerdote beneficiado y sagrarero de la Catedral, Galo Badiola, que jugará un importante papel en su rendición, intenta abandonarla por una de las ventanas que dan a la calle Medina, pero el intenso fuego de una ametralladora apostada en la calle del Seminario le impiden hacerlo. No tiene otra opción que encerrarse, junto con sus padres, en el interior de la Catedral. La providencial amistad con la guardia personal de Martínez de Aragón, probablemente los únicos guardias de asalto que permanecen en la ciudad y que se alojan en las casas de estas mismas dependencias, fueron la causa principal para que evitase ser fusilado una vez dentro de la Catedral. Lo que ocurrió este día en Sigüenza se repite de forma dramática la primavera de 1937 en Guernica, pero gracias a Picasso y a la voluntad reivindicativa de los vascos, esta ciudad ha quedado como uno de los símbolos de la Guerra Civil española, mientras que el bombardeo de Sigüenza, debido en parte a la pasividad de los propios seguntinos, ha pasado desapercibida para la historia. Las similitudes entre ambos casos son extraordinarias y para ratificarlo sólo es necesario leer la descripción que Gabriel Jackson hace del bombardeo de Guernica: «El lunes 26 de abril era día de mercado, por lo que la población normal de 4.000 habitantes se incrementaba con numerosos forasteros. El tiempo estaba despejado y, por la tarde, el hospital local recibió heridos procedentes de los pueblos vecinos bombardeados durante la mañana. El ataque aéreo se efectuó en cuatro oleadas entre las cuatro y cincuenta minutos y las siete y media de la tarde: primero, un grupo de aviones Dornier alemanes, y luego un par de Savoia-79 italianos, que lanzaron bombas explosivas y paquetes de granadas de mano; a esto siguió un ametrallamiento indiscriminado a cargo de los cazas Heinkel-111: finalmente se produjo una saturación de la zona con bombas incendiarias lanzadas principalmente de los Junkers Ju-52... Hubo más de 100 muertos y varias centenares de personas heridas y sin hogar por culpa del bombardeo incendiario». ¡Asombrosa coincidencia! Para nuestra desgracia y de nuestra memoria histórica, ningún Picasso se inspiró en el bombardeo de Sigüenza, que sirvió como modelo «exacto» para el de Guernica, incluso probablemente para corregir los posibles errores. ¿Cuándo reivindicaremos los seguntinos un lugar en la historia de este país por este hecho, en lugar de aparecer como reaccionarios recalcitrantes por nuestra docilidad y acatamiento del régimen posterior? De esta forma se inicia el 8 de octubre el sitio de la Catedral que no terminará, ni mucho menos, con la suerte de los sitiados en el Alcázar, sino de forma ignominiosa y de una crueldad innecesaria. Dentro había decenas de mujeres y niños asustados y hambrientos que no tenían otra culpa que haber nacido y vivido en una época de intolerancia política, y de un odio histórico entre estamentos y clases sociales. Según Sánchez Rueda «Sigüenza ha perdido de siete a ocho millones de pesetas –35 millones de euros actuales–. No pocas familias han desaparecido por haber quedado sin hogar, y otras aunque con la casa en pie han quedado sin medio alguno de vida». En su delirante descripción tras el bombardeo Rueda escribe: «¡Sigüenza! ¡Cómo te han dejado el odio de los marxistas!...» Y remata su caótica valoración sobre los sucesos: «Día de tristes recuerdos (el 8 de octubre) porque los efectos destructores de las bombas de la aviación dejaron en ruinas las principales casas de la ciudad. El pánico que se apoderó de la población fue enorme, las desgracias de personas, que quedaron enterradas bajo los escombros, fueron diversas; pero aquellos momentos de espanto, aquellas cinco horas que duró tan dura operación, era estrategia militar necesaria».. Una vez más, sin comentarios. Este autor no especifica el número de víctimas, probablemente entre 100 y 150, no obstante se preocupa por la destrucción material, especialmente del patrimonio de la Iglesia local, porque comenta: «La iglesia es la que más ha padecido en Sigüenza. La Catedral medio destruida, el Seminario que puede considerarse destruido por completo, y el Hospital cuya situación es parecida a la del Seminario. Añadamos los estragos causados en los conventos Franciscanos y Ursulinas.... Ruinas de casas, cables por los suelos, obra destructora de la artillería y de la aviación». Rueda insiste en la destrucción ocasionada por la aviación, pero no admite quiénes son sus culpables y finalmente arremete una vez más contra los rojos: «Muchas casas han quedado totalmente destruidas: unas, al menos por efecto de las bombas de la aviación, y la mayoría por los incendios producidos por la barbarie roja al replegarse y refugiarse en la Catedral». En primer lugar, resulta inverosímil que milicianos que eran ametrallados desde el aire en su repliegue hacia la Catedral se entretuvieran en incendiar edificios y, desde luego, los incendios fueron provocados por una saturación final con bombas incendiarias arrojadas por los aviones, táctica a imitar meses después en Guernica. Pero sin duda que la descripción que hace del bombardeo el requeté José Sanz, que lo contempla desde la «Obra del Obispo», es la que mejor expresa el desprecio de los sublevados por las terribles consecuencias en la población civil y en el patrimonio histórico de la nuestra ciudad. Este soldado, que califica a los seguntinos de «abisinios» (sin duda haciendo referencia a las preferencias de la República por el pueblo abisinio ante la invasión de los fascistas italianos de este país) narra así los hechos: «Los trimotores, pilotados por gente técnica y valerosa, comenzaron a planchar el cielo seguntino. Arriba, en el "techo", los cazas plateados, vigilantes y juguetones, como cigüeñas acrobáticas. Debajo los pesados trimotores de bombardeo... no iban muy altos... La ciudad histórica, atemorizada, temblaba de pavor y de alegría –anhelo de ser de España– con todos sus músculos de piedra profanados por las hordas rojas... »Se iban acercando los trimotores sin prisa, lo mismo que las águilas que acechan desde las nubes su presa. Elegían, sin duda, los objetivos indispensables. La enorme cantidad de hombres y máquinas de guerra con que contaban para la defensa les había hecho creer a los rojos seguntinos que la ciudad era inexpugnable. »Y seguía el rumor de las alas y el batir de las hélices. Debajo de ellas quedaban joyas de inestimable valor arquitectónico, como la famosa Catedral del siglo XII, glorificada por generaciones y la crítica de varios siglos; mas no había otro remedio que ametrallarlas. »La canalla anarco-marxista sabe bien de nuestro amor por el arte y las cosas pretéritas y quiso aprovecharse, refugiándose en ellas. »Nosotros pensamos que la célebre estatua yacente, "El Doncel de Sigüenza", preferiría mil veces ser destruida a vivir entre blasfemos estúpidos y criminales cobardes. »De pronto, "pican" los trimotores, tres silbidos terribles rasgan el aire, sendos truenos estremecen las colinas próximas y enormes tolvas de humo denso, cascotes y metralla se elevan por encima de los tejados de la ciudad sitiada. »Desde el cerro donde espera la Infantería la orden de avanzar... rugen los antiaéreos (¡totalmente falso!) y aúllan sin cesar las ametralladoras rojas (sólo había dos ametralladoras emplazadas en la torre de la Catedral), pero nada importa a nuestras águilas rojas (naturalmente que se refiere a la de los nazis alemanes). »Ahora vuelan los trimotores sobre el castillo, dejando caer en sus torres, gigantescas y relucientes bellotas de trilita. »A las nueve de la mañana ya se había bombardeado con éxito los objetivos del Castillo, la Catedral, el Seminario, la Estación, el Teatro, el Convento de las Ursulinas –cuartel general de los rojos–, etcétera, principales refugios de la canalla anarco-marxista (la mayoría estaban combatiendo en los cerros, por lo que aquellos bombardeos fueron inútiles). »A las diez volvieron del Aeródromo Militar de Barahona, otra vez, las aves gigantescas de Franco, depositando sus huevos de acero y trilita sobre los humeantes paredones de la estremecida ciudad. »Era, en verdad, un espectáculo grandioso e imponente, magnífico y casi mitológico, empresa de titanes cabalgando en hipógrifos sobre el volcán de las ametralladoras y de los cañones antiaéreos...» Continuar reproduciendo este relato es un insulto a la dignidad humana y muestra el fanatismo de los requetés, algunos incluso «ilustrados», y la valoración «mitológica» de sus atrocidades, así como de sus grandes proezas y heroicidades durante la Guerra Civil española. Los primeros requetés y falangistas que entraron en la ciudad, sobre las doce y cuarto del medio día, al mando de un joven teniente llamado Nombela y con la original contraseña de «¿Mola? ¡Franco!» para evitar confusiones, se encontraron con el dantesco espectáculo de una ciudad arrasada, con las calles llenas de escombros, la mayoría en llamas, en medio de una densa capa de polvo y humo y civiles heridos o muertos que debían yacer bajo los escombros o en medio de las calles. En tales circunstancias no era probable que se encontraran con ningún tipo de resistencia, a pesar de que algunos milicianos que no se habían refugiado en la Catedral, o no habían podido evacuarla, debieron resistir emboscados en los lugares donde fueron sorprendidos. Sin embargo el requeté José Sanz asegura que «esperábamos impacientes –bayoneta calada al brazo– la orden de avanzar sobre la población. Habría que tomar algunos edificios al arma blanca; mas ¡que importa morir cubiertos de gloria!... La toma de Sigüenza en pocas horas revistió carácter de epopeya, deprimiendo la escasa moral de los rojos en una mañana tremenda. A las doce y cuarto en punto de la mañana dejó de sonar el estruendo horrísono, viril, de nuestros aviones y el cañoneo cesó. Únicamente los cazas coqueteaban con las nubes». Es decir, que la «heroica» conquista de Sigüenza por estos requetés y falangistas no duró «varias horas», sino apenas media hora, el tiempo de llegar andando desde la «Obra del Obispo», donde se encontraban. Sin duda que no hubo apenas resistencia porque la mayoría de los milicianos ya estaba encerrados en el interior de la Catedral. Al menos, nos deja también una descripción del estado en que dejaron Sigüenza: «El castillo ardía con un claror fantástico, como una pira infernal. Los principales edificios estaban baldados y negros por la explosión de las granadas. Era un cuadro dantesco el que ofrecía en las tinieblas la Ciudad del Henares. Pero toda la ciudad estaba ya en poder de España...» Como hemos visto la «heroicidad» de la toma de Sigüenza podemos atribuirla al coronel Marzo y a sus oficiales, entre los que destacó el capitán Palacios, con arengas como: «¡La vida es tránsito para el creyente y es honroso perderla en la batalla! ¡Viva Franco! ¡Viva Cristo Rey! », aun cuando es más probable que éstas fueran frases del «pater», Pascual Cerrada, que alentaba a los requetés. Viernes, 9 Todos los estudios históricos sobre la Guerra Civil en nuestra ciudad, escritos en su gran mayoría por personas e intelectuales próximos a la causa de los sublevados, parecen haber sufrido una total «amnesia» sobre lo que sucedió este dramático día en Sigüenza. Para ellos es «un día glorioso» en el que un grupo de fanáticos religiosos con ideas sociales ancladas todavía en el medievo, y que se peleaban por formar parte de los pelotones de fusilamiento contra mujeres y niños, «liberaron» la ciudad. No es necesario recurrir una vez más a las opiniones suficientemente contrastadas de Gabriel Jackson para saber lo que ocurrió en Sigüenza aquel día. Es inútil, por otra parte, intentar buscar testimonios locales de personas próximas a los sublevados, porque casi nadie quiere hablar de aquellos horribles días de verdadero «terror», que comparado con el «terror rojo» anterior, éste era un juego de niños. Tan sólo, una vez más, tenemos el testimonio sesgado de Sánchez Rueda. Para empezar, reaparecen en Sigüenza personas próximas a los sublevados que llegan con el ejército rebelde que toma la ciudad y que se ofrecen «voluntarios» para «identificar rojos» en una operación de «limpieza». Sin ánimo de que el siguiente comentario pueda ofender a la colonia de veraneantes, lo cierto es que algunos de los que acompañaban al ejército sublevado eran miembros de la colonia, provenientes de familias acomodadas y próximas a los partidos conservadores, a quienes el alzamiento les había sorprendido en Sigüenza, como el caso del propio Sánchez Rueda. Por lo general sólo los cabezas de familia abandonaron la ciudad dejando en ella a sus familias. El propio requeté José Sanz nos deja en su relato el caso de uno de ellos: «El diputado aragonés Blasco Roncal, que tenía su familia veraneando en Sigüenza, nos acompañaba. Seguía trémulo, con la vista en la trayectoria aérea de los trimotores... oprimía el fusil con gesto de impaciencia (lo que prueba que algunos incluso se ofrecieron voluntarios para participar en la toma de Sigüenza) y consultaba a cada paso su reloj nerviosamente... Afortunadamente –casi un milagro– pudo luego abrazarlos sanos y salvos». Tras este pasaje no nos extrañe que durante la postguerra muchos veraneantes se consideraron con ciertos derechos «de conquista» sobre la ciudad, mostrando con arrogancia su desprecio por buena parte de sus habitantes, especialmente por los más humildes, a quienes utilizaban casi como esclavos para lavarles la ropa o atender sus labores domésticas. Tal vez hoy mismo se iniciase la inevitable represión de los sublevados que toman Sigüenza, empezando por un grupo de refugiados de los pueblos de las pedanías que se alojaban en el hostal de San Mateo, en la calle de San Roque. Ya hemos dicho que cualquier persona refugiada en Sigüenza, procedente de los pueblos y aldeas que iban siendo ocupadas por los sublevados, eran considerados «sospechosos» de haber participado en alguna asociación campesina, sindicato agrario, partido político de izquierdas o, simplemente, por no llevarse bien con algún vecino próximo a los sublevados. Se da la circunstancia de que en el hostal de San Mateo se instalaría inmediatamente después de la toma de la ciudad, la cocina de la columna de los requetés que al mando del capitán Palacios entraron en Sigüenza, que por cierto durante el asedio habían recibido una penosa alimentación consistente en dos huevos cocidos, una lata de sardinas, un chusco de pan y una cantimplora de agua al día, por tanto la perspectiva de tomar Sigüenza significaba, además, terminar con aquellas penurias. En mi opinión, las primeras víctimas civiles de la represión que se inicia ya este mismo día debieron ser estos alrededor de 30 campesinos procedentes principalmente de Imón, Riosalido, Sienes y de Valdelcubo, ya que sabemos la anécdota contada por un testigo de que acudió una familia con su vaca, porque en el hostal había una vaquería, con alrededor de una docena de estos animales. Sabemos que estos campesinos fueron conducidos a los corrales situados junto al antiguo Hospicio, donde hoy se encuentra el colegio de la Sagrada Familia, detrás del antiguo Banco de Aragón y dónde por entonces se instalaba la plaza de toros provisional, y que allí mismo fueron fusilados y enterrados en una fosa común. La siguiente acción represiva sería también una práctica ya habitual en el ejército sublevado, y que se repite en todas las ciudades ocupadas, incluida Toledo, que además incurría en la violación de los acuerdos de Ginebra y que Vallina estaba seguro de que no servían para nada en nuestra guerra de auténtica «exterminación» del enemigo. Una columna, compuesta principalmente por falangistas y requetés, se dirigió hacia el hospital de la Cruz Roja instalado en el Palacio de los Infantes, irrumpiendo en el edificio donde descubren que la mayoría de los heridos de guerra y enfermos están refugiados en la planta baja. A golpe de culata y empujones se les obliga a volver a ocupar sus camas, para poder identificarlos. Inmediatamente después son conducidos al cercano convento de las Ursulinas, ya abandonado por los milicianos de la CNT-FAI, donde son fusilados. La versión de Sánchez Rueda por supuesto que es sesgada e incompleta y hasta confusa. Según su propio relato durante el bombardeo se encuentra en la casa que hay frente al Palacio y, sin embargo, cuando llega esta primera columna de requetés está, junto con su familia, en los sótanos del Palacio, donde presencia la entrada de la columna y la primera orden para que los heridos vuelvan a sus camas en el piso alto del Palacio. Rueda y su familia habían salido de la Catedral el día anterior a la toma de Sigüenza gracias a la intercesión de un miliciano, a quién no obstante le considera «no tan malo como los otros», y es conducido a una casa en el mismo callejón de los Infantes, frente al hospital, donde sufre los bombardeos del día anterior librándose de la muerte por unos metros, pero no menciona en su libro la ejecución de estos heridos. Cuenta que en su casa había un grupo de «detenidos» sospechosos de haber disparado contra los milicianos durante los últimos días del asedio, alrededor de 60, que permanecerán todavía durante dos días sin que los requetés, ocupados en los fusilamientos de heridos del hospital, se preocuparan de ellos. Sánchez Rueda no es reconocido en un principio por los soldados y es tratado con la misma severidad que el resto de los prisioneros, heridos y enfermos. «Poco después quedamos en el sótano contadísimas personas –los que no estaban heridos o enfermos–. Una voz gritó desde la puerta: “que suban todos los hombres”. Se nos llevó en presencia del capitán y uno por uno nos fueron cacheando y tomando declaración... Volví en busca de mi familia y todos juntos subimos a lo que en otro tiempo fue capilla del edificio». Sánchez Rueda no cuenta en su libro que mientras él permanecía en los sótanos del Palacio todos lo heridos y enfermos habían sido conducidos al patio de las Ursulinas. El grupo entró por la puerta lateral que da a la plazuela de las Tres Cruces, y que hoy está tapiada, y fueron colocados contra uno de sus muros donde los fusilaron. Sólo se salvaron dos personas: un conocido empresario local, acusado de colaborar con los «rojos» por haber servido con su pequeño camión de transportes «La Veloz» como ambulancia, y que hubieran fusilado con los demás de no haber sido por la intervención en el último minuto de uno de los «delatores» seguntinos que acompañan a los sublevados, e implicado en casi todos los asesinatos y purgas de «rojos» locales, y un ciudadano indio, trotamundos, que se encontraba allí por haber recibido un tiro de bala en la estación. Sin duda que no los remataron en el mismo hospital porque no habría un lugar adecuado para enterrarlos. Todos los fusilados fueron enterrados en una fosa común en el mismo patio del convento ¿Siguen todavía allí o han sido exhumados de forma clandestina? Y si es así ¿dónde están sus restos? Durante mucho tiempo estos cuerpos permanecieron enterrados en el patio, porque en ocasiones que se hicieron obras o se removió la tierra de las huertas, las monjas impedían que se removiera el lugar de la fosa común con este comentario: «Ahí no toquen, que están los rojos». Creemos que fueron exhumados clandestinamente durante los años sesenta, pero este extremo debería ser confirmado por los responsables de la Iglesia local. Los que se salvaron del fusilamiento masivo, entre los que estaba el propio Sánchez Rueda, permanecerían todavía dos días dentro del Palacio de los Infantes sin recibir ninguna clase de atención por parte de los sublevados: «Pasamos allí aún dos días en bancos o butacas, como podíamos arreglarnos, dado lo reducido del espacio... los pasamos sin tener un solo pedazo de pan. Salí por los claustros del edificio y a los soldados les demandaba que si les quedaba sobrante un pedazo que tuvieran la caridad de dármelo». Tal vez Sánchez Rueda añoraría el café negro de las mañanas y el rancho de medio día y de la noche que le daban los milicianos durante los días en que estuvo preso con ellos. Este mismo día debieron escapar de Sigüenza a través del pinar hacía Pelegrina y la Cabrera, alrededor de treinta milicianos. Un seguntino comenta que «la Chata», una miliciana madrileña que protagonizará uno de los episodios más dramáticos dentro de la Catedral, le sugiere que los dos abandonen la ciudad, pero el miliciano seguntino rechaza la oferta argumentando que «tenemos el deber de encerrarnos con los demás y hacernos fuertes, tal y como nos han ordenado». Por desgracia para esta mujer, aquella no fue una buena decisión. Por tanto, en la Catedral se encerrarán unos 500 milicianos pertenecientes a casi todos los grupos que había en la ciudad, y unos 200 civiles, principalmente refugiados de los pueblos cercanos, así como familiares de algunos milicianos, y que ya «residían» allí desde el primer bombardeo, entre los que se encuentran mujeres con niños de pecho a los que apenas podrían alimentar. Mika Feldman describe esta dramática conversación con una de estas pobres mujeres, una joven madre con varios niños pequeños: «–¿Por qué has venido a encerrarte aquí? »–A causa de mi marido, que es del sindicato. Los fascistas lo hubieran matado, y a mí también. »-¿Cuánto tiempo hace que estás en la Catedral? »–Yo y los niños desde el primer bombardeo de la aviación (29 de septiembre), pero los puertas estaban abiertas, ¿comprendes?, se podía ir y venir. La desgracia fue habernos quedado en Sigüenza.... »–Debiste irte. »–Mi marido no quería. Decía que el Gobierno mandaría tropas. Hay gente aquí que lo sigue diciendo, pero ¿cuándo vendrán esas tropas? »–No lo sé. »-¡Virgen Santísima! ¿Qué será de nosotros, en esta cárcel donde ni siquiera hay leche para los niños? »-Ni medicamentos, ni vendas para los heridos... »-Los milicianos son los que han robado los botes de leche para beberlos con sus putas en los coches... ¡No son ustedes mejores que los fascistas!». Mi fe absoluta en la veracidad de la descripción que hace Mika Feldman de las circunstancias de la batalla de Sigüenza se basa, no sólo en su extraordinaria capacidad como narradora, sino en la reproducción de éste y de otros comentarios similares, sin duda dolorosos para una persona con sus ideales, pero que por esta razón dan una idea de la integridad y la honestidad de esta extraordinaria mujer, a quién tenemos que agradecer el habernos dejado un documento excepcional para la recuperación de nuestra memoria histórica. En efecto, no todos los milicianos habían asumido que la «revolución» que proclamaba tenía como fundamento la solidaridad. Muchos de ellos, como comenta un miliciano seguntino superviviente, pensaban más en el reparto del botín que la tan cacareada revolución les pudiera aportar. Si estaban luchando en el bando republicano era por circunstancias simples de entender: eran obreros o desempleados, con escasa cultura social y general, que creían que la revolución les haría ricos. Muchos simplemente por resentimiento hacia la guardia civil de aquella época, que se ensañaba de forma arbitraria y cruel con los menos favorecidos, tal y como narra Mika Feldman después de una operación en Imón donde caen varios guardias civiles y que comenta uno de los milicianos de esta acción: «Todavía me duelen las costillas de todos los culatazos que me dieron los guardias civiles. Te pegan por nada, por gusto. Te hacen papilla a patadas porque recoges bellotas, porque viajas sin billete en tercera». Ésta no es una valoración gratuita, los seguntinos de aquella época sufrieron también la arbitrariedad y crueldad de este cuerpo durante esta época de violencia y arbitrariedad. Los informes del archivo militar sugieren que el asalto y toma de la ciudad se produce este día, sobre las 12:15 del mediodía, cuando entran los primeros soldados, pero en toda su documentación se produce un incompresible «retraso» de un día en todas las operaciones militares, como por ejemplo que la rendición se produce el día 16, cuando en realidad se produce el 15. Tal vez se refiera a la «consolidación» de la toma o al desalojo total de la Catedral, que en efecto no se produce hasta el día 16. Sábado, 10 Lo que ocurre este día en la ciudad es fácil de deducir aun cuando una vez más los testigos y los historiadores parecen haberse quedado «amnésicos». Continúan las represiones y fusilamientos. Con los mismos métodos que describe Jackson, cada mañana los falangistas y requetés practican sistemáticas detenciones de seguntinos que son conducidos al antiguo Hospicio, hoy colegio de la Sagrada Familia. Allí se formaría un tribunal militar con el «asesoramiento» de algún seguntino cuya identidad es fácil de imaginar. Con acusaciones casi siempre absurdas o por rencillas personales, porque los seguntinos no participaron en acciones de guerra excepto los milicianos que se encuentran en la Catedral o han huido de la ciudad. Los supuestos «culpables» son llevados en camiones a diversos lugares donde son fusilados y abandonados o enterrados apresuradamente. Sabemos que algunos eran fusilados al amanecer en las tapias del cementerio y que sus familiares, una vez que sabían el trágico final, acudían al lugar para sepultarlos. Por supuesto que de estos seguntinos no hay placas de recuerdo en sus muros. Otros, como narra un pastor, son mal enterrados en algún lugar próximo al cruce de la carretera de Torremocha con la de Madrid. Sobre las formas en que los requetés practican las detenciones, y la arbitrariedad de las acusaciones, el mismo relato de Sánchez Rueda nos da una perfecta idea de ellas: «En todos los pueblos ha reinado siempre un cierto antagonismo endémico impulsado por las envidias... En los mismos Cabildos ha habido generalmente bandos encontrados... En Sigüenza, como en todas partes, también está en el meollo de los huesos infiltrado ese afán de tirar contra el vecino... Hay muchas personas a las cuales les roe la envidia... La mayoría de los asesinatos, atropellos, robos y persecuciones de que han sido víctimas tantos inocentes... han sido debidos a delaciones falsas de la misma gente del pueblo». Curiosa declaración que explica por qué un tercio de la edición de su libro apareció en una trapería local vendida a peso del papel. En otro párrafo prosigue: «Debemos señalar a toda esa canalla de bandidos, de malos ciudadanos, de pérfidos hijos de Sigüenza y falsos delatores con el estigma de su propia vileza». De esta manera Sánchez Rueda intenta justificar la brutal «depuración» fundamentada sobre acusaciones que nada tienen que ver con los hechos de guerra en sí, y obviamente su deseo de que al menos media población abandone la ciudad para irse a África: «¿No hay selvas vírgenes todavía en el centro de África donde podéis ser los amos y ningún fascista os estorbaría?» Sin comentarios. Pero tal vez reseñar que, tanto la Iglesia local como la propia sociedad seguntina de la postguerra, actuaron durante los años inmediatos de la postguerra de acuerdo al pensamiento radical y exaltado de Sánchez Rueda. El «espíritu» de la inmediata postguerra está claramente reflejado en este nuevo párrafo de Sánchez Rueda: «El deber de las actuales autoridades es exigir responsabilidades y castigar a los muchos individuos de uno y otro sexo –no especifica niños, que también llegarán a ser supuestos culpables–, responsables de los daños ocasionados en personas y cosas en Sigüenza... No es posible convivir con los asesinos, con los fratricidas, con los ladrones, con la hez de la humanidad». Es importante recordar que se está refiriendo a los seguntinos a los que al parecer hay que fusilar porque no es posible vivir con ellos. El concepto de «fraternidad» de Sánchez Rueda es obviamente muy relativo. Para colmo de desfachatez termina reconociendo que, «No nos guía en el momento presente ni jamás nos ha guiado “pasión, odio, rencor ni enemistad alguna” (el entrecomillado es mío por inevitable), tan corrientes en los pueblos, empezando por manifestar al que lo ignore que no tenemos más relación que la de simples veraneantes desde hace veinticinco años. Hemos hecho con gusto lo que hemos podido por la prosperidad de este pueblo, nos hemos llevado bien con sus simpáticos y honrados vecinos, y hemos visto y agradecido sus atenciones, su afable trato y las demostraciones de simpatía... Pero aunque particularmente no deseamos ningún mal a esas personas... se hace necesaria una eliminación de toda esa gente... La guardia civil es la llamada a hacer esa limpieza a fondo y sin contemplaciones... Y Sigüenza, el pueblo sano de Sigüenza, no debe consentir que quede en su seno un solo individuo culpable... Incluso desterrar a los sospechosos. De los que formaban parte de la Gestora ni uno solo debe volver a convivir en el pueblo». Saquen los lectores sus propias conclusiones, porque, francamente yo he agotado mi capacidad de asombro con respecto a las opiniones de este autor. Pero sin duda fue el espíritu de venganza de este «ilustre veraneante» el que prevaleció en las fechas posteriores a la caída de Sigüenza, lo que nos da una idea comparativa entre el horror de los «vociferantes milicianos y milicianas» y el de los que llegaron después. Sobre la situación de la batalla, los sublevados no pueden todavía acercarse a la Catedral porque sigue habiendo milicianos emboscados actuando como francotiradores. «Los fascistas no se han atrevido aún a acercarse a la Catedral. Hay entre nosotros muchos emboscados pero también varios puñados de valientes decididos a arriesgar el todo por el todo», comenta Mika Feldman. Los milicianos ocupan cualquier lugar protegido desde donde se pueda disparar y controlan las calles colindantes, y encaramados en los tejados de las edificaciones próximas al claustro, la parte norte de la Catedral y los patios aledaños que no han podido ser fortificados. En el interior de la Catedral, mientras tanto, los diversos grupos de milicianos se reúnen para tratar de organizar la defensa y, sobre todo, decidir si defienden la posición o abandonan esa misma noche la Catedral en una acción desesperada, apoyada por los dinamiteros. «A mi juicio, todavía es tiempo de abrir una brecha a golpes de dinamita», comenta Mika Feldman. Otra de las operaciones urgentes es deshacerse de la gasolina almacenada en los depósitos de los vehículos. Este episodio contradice la versión tendenciosa y partidista de los testimonios escritos hasta ahora sobre la profanación de tumbas de obispos y otros prelados enterrados en la Catedral. Mika Feldman comenta que los oficiales temieron que si los depósitos de carburante de los vehículos rebosantes de gasolina aparcados en el interior de la Catedral se incendiaban, ésta se convertiría en un auténtico infierno y consideraron que la única forma de deshacerse de esta gasolina era derramándola en el interior de las fosas de las tumbas junto con el resto del enlosado, que estaban levantando con el objeto de utilizarlas como parapeto eficaz contra la artillería. La prueba de esto es el comentario de Galo Badiola cuando comenta que «el vino de las cubas de la sacristía sabe a gasolina porque para extraerlo han utilizado las mismas gomas con la que extrajeron la gasolina». Sabían que las puertas de madera cederían a la primera andanada de la artillería de los sublevados y se apresuraron a levantar todas las losas de la Catedral y construir sólidos parapetos frente a la puerta principal, entre ésta y el altar mayor y junto al altar de Santa Librada y la puerta de acceso a la plaza Mayor. Mika Feldman comenta como se llevó a cabo la operación y su relación con la profanación de tumbas: «–¿Qué piensan hacer con la gasolina? »–Volcarla en los sepulcros. Menudo trabajo para abrirlos, pero ya está hecho... »Hay seis aberturas rectangulares en el muro y al pie de cada una, bien recogido, un paquete de huesos. Creyéndome escandalizada por la profanación el Marsellés me tranquiliza: »–No te preocupes, los volveremos a meter en sus agujeros». Es evidente que lo que no volvería era algún eventual anillo de valor, si es que aparecía entre alguno de sus restos. Es probable que hoy no haya restos en muchos de las sepulturas que yacen en el suelo de la Catedral, ni en el de otras iglesias seguntinas que fueron ocupadas por milicianos y, salvo las Ursulinas, arrasadas por la aviación de los sublevados. En cuanto a los heridos por el ametrallamiento de la aviación y que habían sido ayudados a entrar en la Catedral, Mika Feldman comenta: «No podemos hacer nada por ellos. Martínez de Aragón mandó almacenar aquí garbanzos, harina, bacalao y hasta ropa, pero ningún medicamento, ni una gota de tintura de yodo, ni un paquete de algodón». En la Catedral sólo había un enfermero, sin equipo médico, y que entró en el último momento. Los heridos son conducidos a la sacristía de las Cabezas, donde permanecerán sin atención médica, la mayoría con procesos de gangrena, hasta la rendición. Poco a poco la ciudad se habitúa a la nueva situación. Continúan las «depuraciones» y las tropas sublevadas van emplazando su artillería en lugares estratégicos desde donde lanzarán sus disparos contra la Catedral, una vez que tengan la seguridad de que los encerrados no tienen intención de rendirse. Este día los sublevados intentan penetrar en la Catedral al asalto por la puerta principal con una táctica que el requeté José Sanz califica de «audaz sorpresa y un atrevidísimo plan», que consiste en lanzarse con granadas de mano por la puerta principal, que permanece abierta. Pero los dinamiteros los detienen en la misma plaza causándoles varias bajas. Sin duda que no estaban informados de los preparativos para la defensa. Con respecto al sitio de la Catedral, una vez más no podemos dejar de hacernos angustiosas preguntas para las que estoy seguro de que la Iglesia local tendrá alguna de las respuestas. Cuando se produjo el encierro en el Alcázar, y tal vez por tratarse de sublevados, un sacerdote, el padre Vázquez Camarasa, intercede ante los encerrados para que sean liberados los civiles antes de llevar a cabo operaciones militares. Incluso el entonces embajador chileno, Aurelio Nuñez Morgado, intentó mediar para conseguir su liberación. Al menos sabemos que los milicianos que asediaban el Alcázar y el propio Gobierno de Madrid autorizaron esta mediación. ¿Por qué no ocurrió lo mismo en Sigüenza? ¿Por qué la Iglesia no intercedió por los civiles encerrados? ¿Podían ser considerados «rojos» también los niños de pecho? ¿Hubo algún intento de mediación y el propio general Moscardó lo impidió? Sabemos que los sublevados intentaban a toda costa evitar mediaciones cuando tomaban una ciudad para hacer rápidamente una «limpieza de rojos», pero no puedo entender por qué nadie medió para que los civiles encerrados fueran liberados con bandera blanca antes del inicio del bombardeo con artillería de gran calibre. Según Mika Feldman no había duda de su inocencia. «Los paisanos (de la Catedral) son pobres infelices que tiemblan por sus mujeres y sus críos y que siguen creyendo que los sacaremos a flote». Por otro lado, mientras el Alcázar era un edificio militar propiedad del Estado y que por tanto, podría considerarse como objetivo militar, la Catedral pertenecía al Obispado y, en consecuencia, al Vaticano. La Iglesia debía asegurar la vida de los refugiados encerrados en la Catedral por considerar su interior con el mismo status que si se tratara de una «embajada» extranjera. Tal vez Martínez de Aragón debió pensar en esto cuando dijo que era «inexpugnable», tratando de apelar a las supuestas creencias de los sublevados, que respetarían la Catedral, pero obviamente no fue así. ¿Autorizó la Iglesia su asedio y bombardeo o ni siquiera fue consultada? Sabemos que por entonces la Iglesia seguntina estaba descabezada, con la muerte violenta del obispo y del deán, es probable que ni el Obispado ni el Cabildo contaban con responsables que pudieran impedir este asedio. Por otro lado, ¿sabían los sublevados que en su interior estaba el sacerdote Galo Badiola y toda su familia? En fin, son preguntas sin respuesta y que se deben sobre todo a la «amnesia» sufrida a partir de este trágico 8 de octubre en nuestra ciudad, prácticamente hasta nuestros días, por parte de testigos de excepción e historiadores locales. Con más o menos dificultades, por el constante hostigamiento de los milicianos de la Catedral, las tropas sublevadas fueron emplazando piezas de artillería y ametralladoras de acuerdo a estos emplazamientos: – Una pieza de gran calibre del 15 ½ en el puente de San Francisco, próximo a la antigua fábrica de elásticos de la Pastora, desde donde dominaban el lado Este de la Catedral, el ábside, el crucero y los edificios próximos al claustro. – Dos piezas también del 15 ½ en la entrada de la Alameda, sobre la calle Medina, protegidas por las columnas de la entrada, desde donde se puede hacer blanco contra la torre donde están emplazadas las ametralladoras. – Otra pieza de 15 ½ a la altura del número 36 de la calle Mayor, justo cuando tuerce ligeramente a la derecha, protegiéndola de los disparos de francotiradores situados en la torre del Altísimo, apuntando a la puerta de entrada y al crucero, donde se encuentra el rosetón. – Una pequeña pieza de 7 ½ que los sublevados, al mando del capitán de artillería Díaz Muntadas, consiguen instalar en el edificio que hay frente a la Catedral en la misma calle Medina, desde donde cañonearía las ametralladoras situadas en la torre y la gran puerta principal. – Una ametralladora parapetada con los restos de los escombros de las casas en ruina, a la altura de la Imprenta Box, de la calle del Seminario, con la intención de controlar la posible salida de milicianos por este lugar. Es probable que se instalaran otras ametralladoras en las calles que desembocan en la Catedral, pero no dispongo de datos para su confirmación. Para hacernos una idea de la potencia de fuego y la capacidad destructiva de la artillería de gran calibre con la que se asedió la Catedral, baste con saber que el retroceso y la honda expansiva era tal que el cañón situado en la calle Mayor reventó la casa situada en el número 36, que todavía permanece en ruinas. Un sólo obús era suficiente para destruir una casa familiar de las habituales en las Travesañas, no obstante la Catedral demostró que había sido construida a conciencia porque resistió esta primera andanada de fuego artillero, especialmente la torre derecha que según testigos recibió hasta 100 impactos. Domingo, 11 Amanece otro día lluvioso lo que dificultará la huida de los sitiados en la Catedral a través del Vadillo, porque está embarrado. Por el momento no se ha hecho ningún intento de diálogo con los encerrados en la Catedral, al menos ni Mika Feldman ni nuestros testimonios especifican que se hubiera producido contacto alguno entre los sublevados y los encerrados en la Catedral. Incluso, la supuesta mediación del padre Galo Badiola no se hace mención en el libro de Mika Feldman, por lo que deducimos que cuando se produjo debió tener lugar después de su salida, dos días antes de su rendición, cuando ya prácticamente no quedaban oficiales ni mandos milicianos en su interior. Esta misma noche, Feliciano Benito abandonará la Catedral por el cementerio de los canónigos en compañía de un grupo de 15 milicianos de la CNT-FAI. Fuentes militares aseguran que este día lograron escapar del cerco de la Catedral hasta 150 hombres, dato totalmente inexacto, porque en el interior de la Catedral todavía quedan unos 500 milicianos o tal vez 600. Por tanto, el primer ataque ordenado por el comandante militar de los sublevados solo tiene justificación como represalia por el fracaso del primer intento al asalto. Hoy se vuelve a intentar un nuevo asalto paradójicamente con uno de los camiones blindados que la CNT-FAI había perdido en las batallas contra La Riba de Santiuste, lo que prueba que, aparte de la aviación y de las piezas de artillería, carecen de blindados. Pero de nuevo el requeté José Sanz narra el fracaso de este nuevo intento: «era tan liviano el blindaje que las balas mejicanas lo perforaron como si de cartón hubiera sido, saliendo con vida, aunque heridos, sus valerosos ocupantes». Una vez más subestima la capacidad de resistencia de los milicianos, de la misma forma que la subestimó ordenando los bombardeos masivos contra la población civil. Después de este intento, los sublevados decidieron cañonear la Catedral hasta provocar su rendición, sin importarle las consecuencias de todo tipo, tanto contra el monumento en sí como contra la población civil, y los primeros proyectiles impactan en la torre derecha, después de varios disparos que fallan el blanco. Mika Feldman narra de esta forma el primer impacto de la pieza situada en la fábrica de La Pastora contra el crucero: «Ha sonado la señal de alarma... Yo me siento en el suelo porque la cabeza me da vueltas y la naúsea me llena la boca de agua salada. La nave mayor se pone a girar muy despacio volteando las estatuas que están por caerse de sus nichos. Relámpagos de oro atraviesan el montón de seres grises tirados en el suelo... Arrastran también niños de grandes ojos negros... Quiero agarrar a uno que pasa cerca de mi, pero el brazo me pesa como plomo. Ahora todo se derrumba con un estruendo de Apocalipsis. El primer cañonazo hace caer un diluvio de piedras en la nave mayor... Entre la polvareda que ciega ahora, corro hacia los gritos de las mujeres y los alaridos de los niños. Ningún herido grave, felizmente, gracias a que toda esta gente vive tendida en el suelo o metida en recovecos». Parece que la primera escena que describe es debida a la honda expansiva y al relámpago de la explosión que debió impactar sobre el crucero. Mika Feldman intenta que las mujeres abandonen sus improvisadas casas con lonas y trapos, donde cocinan y viven desde hace ya varios días, pero a pesar del peligro se niegan a abandonarlos, y sólo consigue convencer a una anciana con la que mantiene esta conversación: «–¿De dónde eres abuela? »–De aquí mismo, de Sigüenza. »–¿Por qué no te has quedado en tu casa? »–Por que mi marido es un militante muy antiguo de la CNT... Para nosotros vale más morir aquí entre la metralla que a manos de los fascistas en las calles del pueblo, con humillación y vergüenza». No había duda de que la prensa enviada por el pequeño avión Negus había puesto en aviso a muchos seguntinos de lo que les esperaba si la ciudad era tomada por los sublevados. «–Abuela –continúa Mika Feldman– nos prestarías mejor servicio quedándote con estas mujeres que se volverán locas cuando el cañón vuelva a tirar». «Un segundo, un tercer cañonazo abren una brecha muy ancha en el crucero... Esta vez el éxodo comienza sin que haga falta rogar ni ordenar... Todo el mundo se dirige hacia la sacristía y a los claustros. ¿Cómo era posible que el coronel Marzo no tuviera información de la verdadera situación dentro de la Catedral? Y si la tenía, ¿por qué no esperar simplemente a que se les agotara el agua y rendirlos por sed? ¿Cómo era posible que un «católico» ordenara la destrucción de una Catedral del siglo XII, monumento irremplazable, sepultando, si fuera necesario, entre sus ruinas a cerca de 200 civiles, incluidos mujeres y niños? ¿No pensó que la nave entera pudiera venirse abajo? Durante años la «amnesia» interesada de los cronistas próximos a los sublevados nos hicieron creer que la Catedral de Sigüenza había sido destruida por los «rojos» y, poco a poco y a regañadientes, pasaron a «culpar simplemente a los rojos por encerrarse en ella», para aceptar, finalmente, las pruebas documentales que son irrefutables y que demuestran que fueron ellos mismos quienes cañonearon la Catedral, con milicianos y civiles dentro. Personalmente no me doy por satisfecho y espero que precisamente por el horror de este acto despiadado los seguntinos estemos de acuerdo en que el 8 de octubre de 1936 no se «liberó» Sigüenza, sino que fue «ocupada» por sublevados desleales a la República y ciegos de ira y de venganza, que contravinieron todos los más elementales principios cristianos de caridad y misericordia, y, por supuesto, las convenciones internacionales sobre el tratamiento de la población civil en conflictos armados, así como el trato a los prisioneros de guerra de los acuerdos de Ginebra. Cualquier seguntino que siga teniendo alguna duda sobre esto, sean cuales sean sus ideas políticas, no debería sentirse parte del nuevo Estado de Derecho actual, democrático, plural y tolerante, donde estos atropellos a la dignidad humana y a la legalidad ya no pueden concebirse y mucho menos aceptarse. De hecho todos los militares sublevados que participaron en la Guerra Civil española podrían hoy ser acusados de «crímenes de lesa humanidad», tal y como se está haciendo con militares afines en otras partes del mundo y por hechos similares. A media tarde termina el cañoneo contra la Catedral. Los daños son considerables y los milicianos hacen planes para abandonarla. La pieza de artillería situada en la calle Medina ha destrozado la gran puerta central, de la que ya sólo queda un batiente. Los milicianos tienen que protegerse detrás de los parapetos construidos con el enlosado porque ya están a tiro de las ametralladoras instaladas en los alrededores. Los mismo sucede en la puerta de la capilla de Doncel, que milagrosamente no ha recibido daños. Un gran parapeto de losas y piedras se levanta justo entre la antigua reja metálica y la capilla de Santa Librada. Las hondas expansivas han hecho caer de sus repisas a las imágenes, y la lluvia que al parecer no cesa durante todo el día entra ya en la misma Catedral. Los milicianos sólo pueden contar con los dinamiteros de Pozoblanco para defenderse, porque los fusiles no son efectivos contra la artillería. Tiran los cartuchos de dinamita con hondas, pero apenas alcanzan las posiciones de los sublevados. «Es casi seguro que no se atreverán al asalto –comenta un dinamitero–, le tienen miedo a la dinamita». De todos los heridos de este primer ataque de la artillería sublevada, el caso de «la Chata», una miliciana madrileña que se unió a la columna del POUM, es el más dramático. Ha sido alcanzada por una esquirla de obús y prácticamente le ha seccionado la pierna izquierda. Estaba en el parapeto de la capilla de Santa Librada cuando un obús que entra por la puerta del Ayuntamiento impacta contra él. Este suceso apenará a Mika Feldman con la que había llegado a tener una entrañable amistad, ya que «la Chata», a pesar de su baja estatura y no ser muy agraciada, había demostrado siempre un gran coraje y decisión. Un miliciano seguntino superviviente también nos la describe como una mujer «muy decidida y valiente». «–¡Pobre chica! –comenta Mika Feldman–. Está herida. Un casco de metralla le abrió pierna, justo cuando yo la había convencido de que se fuese a descansar». Mika Feldman la visitará antes de su evasión, que está junto con otros heridos que se desangran sin posibilidad de atención médica, en la sacristía de las Cabezas. «En el inmenso cuarto desnudo gris y glacial, se alinean por tierra una decena de heridos, más una mujer que ha dado a luz un niño muerto la noche pasada... (la Chata) tiene los ojos febriles y las manos húmedas, pero la voz sigue conservando la sonoridad de su barrio madrileño y la misma entonación burlona: “–Es una suerte que hayas venido a verme... ¡Qué tiempos más buenos aquellos... en vuestra casa! Lo recordaré siempre, un siempre corto seguramente porque la pata está muy estropeada. Deja, no la toques, yo no la miro de puro asco y miedo...”». «La Chata» murió en la Catedral un día antes de la rendición. Tenía la pierna gangrenada y pidió a sus compañeros que la remataran, como así hicieron. De cualquier forma no hubiera tenido mejor suerte si hubiera caído en manos de los sublevados. Mika Feldman nunca supo el trágico final de su amiga porque un día después de esta entrevista consiguió escapar de la Catedral, y sólo sabemos que sus compañeros cumplieron su voluntad por el testimonio del miliciano seguntino superviviente. Sólo escribe cuál fue su último deseo: «–¡Vete, huye, y si te salvas, vuelve a tu tierra para decirle a la gente que nos ayude! Y para mi... –gruesos lagrimones le lamen la cara roja de fiebre. Habla entre sollozos, con la boca pegada a mi oído–, antes de irte, pide que me rematen. No quiero que los fascistas me destrocen a patadas... Vale más que te vayas porque me parece que estoy diciendo bobadas que una miliciana no debe decir...» Durante todos estos años los cronistas locales no han querido reconocer que abundaron los comportamientos heroicos entre los milicianos y las milicianas que participaron en la batalla de Sigüenza. Con este modesto libro quisiera rendir mi emocionado homenaje a esta extraordinaria mujer que sufrió y murió con dignidad y entereza ¡por defender Sigüenza contra los golpistas del general Franco! Pero, además, espero tener la oportunidad de escribir un nuevo libro, una nueva novela, basado en la triste experiencia de esta desconocida mujer, cuya trágica muerte no debe quedar impune ni caer en el olvido. Es lo menos que puedo hacer por reivindicar, tanto su memoria, como la del resto de milicianas que lucharon y murieron en Sigüenza durante la guerra civil. Mika Feldman y algunos miembros del POUM planean abandonar la Catedral a través del cementerio de los canónigos, donde un miliciano seguntino ha conseguido situar varias escaleras unidas para saltar el muro. Además les ha proporcionado un mapa para que, una vez fuera, puedan orientarse por el Vadillo en dirección al pinar y, más tarde, cruzando la carretera de Alcolea, puedan llegar a Pelegrina o a Mandayona, que según los informes de que disponen, siguen en manos de los milicianos. Pero Mika Feldman pospondría su salida para el día siguiente. La salida no es fácil, porque si son descubiertos por las ametralladoras situadas en torno a la Catedral no tienen ninguna posibilidad de escapar. Un grupo de milicianos evadidos, entre los que se encuentran varios seguntinos, tiene que volver a la Catedral al haber sido descubiertos, incluso son atacados con fuego de mortero y de ametralladoras. «Ya hay un montón de gente en los puntos de salida. El cañoneo decidió hasta a los más miedosos. Estoy seguro de que muchos se volverán atrás en cuanto las ametralladoras se pongan a tirar», comenta Mika Feldman. El problema es que el Vadillo está enfangado y no pueden correr hacia las tapias cercanas para librarse del intenso fuego de las ametralladoras. Las noches dentro de la Catedral son aterradoras, no sólo por el temor a nuevos bombardeos, sino porque debido al corte de luz está completamente a oscuras y es necesario sortear los grandes bloques de piedra caídos de las bóvedas, además del peligro de nuevos derrumbes, tal y como comenta Mika Feldman es este pasaje: «En este recinto de sombras, bajo las bóvedas que se nos están cayendo encima...» Lunes, 12: Festividad de la Virgen del Pilar «Ya son las seis de la mañana, pero la noche tarda en abandonar la Catedral». Esta mañana por primera vez los sublevados intentan dialogar con los encerrados en la Catedral a través de un miliciano seguntino capturado durante la toma de la ciudad. Por tanto, por el momento no existe mediación alguna del sacerdote Galo Badiola, que aunque Mika Feldman no lo cita, está recluido y vigilado por milicianos en la Catedral, después de sufrir un sin número de peripecias en las que está al borde de ser fusilado en medio de la creciente tensión entre los que deseaban rendirse y los que tenían intención de resistir hasta la llegada de los refuerzos prometidos por Martínez de Aragón. El miliciano se sitúa en el centro del patio de la Catedral agitando una bandera blanca, pero no es reconocido por sus compañeros del interior. Finalmente, y como comenta Mika Feldman, es reconocido como uno de su propio bando, «no por su mono descolorido y desgarrado en los codos, que le da trazas de miliciano, sino a causa de su aire humillado». Nos podemos hacer una idea de cómo debían ser los parapetos construidos con el enlosado y las lápidas de la Catedral a juzgar por la anécdota de que el mensajero es incapaz de escalarlo y tiene que ser ayudado por varios milicianos. Este miliciano seguntino confirma las ejecuciones y las primeras represiones de los sublevados: «Han rematado a nuestros heridos en el hospital», pero puntualiza que se trata de una habitual operación propia de requetés, porque asegura que «cuando acudieron sus oficiales, ninguno quedaba vivo, y los asesinos no eran moros, sino españoles». Los sublevados, a través de este mensajero, exigen la rendición de la Catedral el día siguiente antes de las nueve de la mañana. «Los hombres deben salir por una puerta lateral (Situada en la calle Medina, procedente del claustro) sin armas, con los brazos en alto. Si aceptan estas condiciones tendrán asegurada la vida, ha dicho el comandante. Hasta lo dijo dos veces, le tienen miedo a la Catedral. Los soldados no duermen en la ciudad, por la noche se retiran a las colinas dejando una guardia alrededor del cementerio». El intermediario es seguntino y parece que no han podido probar que tuvo armas, en realidad muchos milicianos seguntinos nunca llegaron a tener un fusil. Éste, del que desconocemos su nombre, era ferroviario y pertenecía a la UGT, por lo que estuvo integrado en la columna de esta organización en Sigüenza. El mensajero asegura que los sublevados estaban especialmente interesados en capturar a Mika Feldman: «Te han buscado por todas partes y han preguntado miles de veces por ti», comenta el miliciano. Al parecer encontraron la libreta de notas que abandonaría en la casa de la estación. La respuesta intenta ganar tiempo indicando que la decisión debe ser consultada con los mandos de todos los grupos de milicianos y que tendrán una respuesta debidamente firmada una vez concluya la reunión. Durante esta tregua no se vuelve a bombardear la Catedral, ya muy dañada. Aunque las mujeres presionan para que se rindan, una vez más el fantasma del Alcázar de Toledo y su deseo de imitar el gesto, hace que se tome la decisión de resistir, al menos mientras tengan dinamita, lo único que puede disuadir a los sublevados a tomar la Catedral al asalto. Mika Feldman, no obstante, ya ha decidido abandonar esta misma noche la Catedral. Esa tarde hace una última visita a «la Chata», y comenta desolada: «Su pierna está perdida. De poderla amputar, viviría, pobre chica. Pide sin parar que la rematemos». Los planes para salir de la Catedral se posponen hasta el día siguiente. Un intento masivo de fuga termina en fracaso al ser descubiertos por el ruido que producen el corrimiento de las basuras, sobre todo por las latas de conservas, por el vertedero que intentaban escalar para dirigirse hacia el pinar, que por entonces se encontraba en el Vadillo. Los fugados fueron atacados con fuego de ametralladoras desde las antiguas escuelas y con fuego de mortero. Uno de los obuses entraría por la ventana de las letrinas, cayendo en la fosa séptica, cubriendo literalmente a los milicianos con su nauseabundo contenido. Martes, 13 Amanece otro día frío y lluvioso. La tregua continúa y salvo esporádicos detonaciones de fusiles desde las troneras y la respuesta de las ametralladoras emplazadas en torno a la Catedral, no hay acciones bélicas de interés. La situación dentro es insostenible. Escasea el agua porque, además de los mulos, los sitiados tienen que consumir más agua de la normal debido a la salinidad del bacalao, rancho habitual, aunque al parecer no escasean las provisiones. «Ni siquiera hace falta que echen la Catedral abajo –comenta un miliciano–, pueden esperar, nada más que esperar y nos veremos obligados a abrirles las puertas cuando no nos quede una gota para beber». Según Mika Feldman los milicianos están decididos a resistir y lo hacen con disciplina y protegiendo firmemente los puntos más peligrosos. «Estos hombres son los mismos que durante los diez días de la batalla de Sigüenza permanecieron en sus puestos de combate. Los otros, aquellos que aparecen sólo a la hora de comer, ya habían buscado refugio en la Catedral... El fusil no ha dejado rastro en sus hombros ni sus manos huelen a pólvora. Las gentes de la ciudad los han visto sobre todo gastándose las diez pesetas de la paga en las tabernas y cortejar a las muchachas del lugar». Los campesinos refugiados se preparan para salir también de la Catedral, algunos ya han huido, dejando a sus mujeres e hijos y éstas «están más tranquilas porque se les dan un poco más de comida y el cañón no tira, aunque el pan está duro como una piedra y es necesario mojarlo para poderlo comer». A media mañana empieza a lloviznar y permanecerá así toda la tarde. Sobre las 11 de la mañana de nuevo se reanuda el fuego artillero contra la Catedral. Las piezas de gran calibre lanzan una andanada tras otra y la pequeña pieza situada en la calle Medina dispara contra el parapeto frente al altar mayor y las troneras de las ametralladoras situadas en la torre derecha. Los milicianos responden al fuego lanzando con hondas cartuchos de dinamita que poco pueden hacer contra los cañones. «El cañoneo crea un verdadero infierno. Hay que hacer evacuar la nave mayor porque parte de la bóveda se ha hundido. Los fervorosos católicos se ensañan ferozmente con la casa de su Dios. Las hermosas puertas talladas caen a trozos. Los dinamiteros pegados al suelo se enderezan por turno para lanzar sus cartuchos metidos en latas de conserva mezclados con tornillos y tuercas. En medio del estruendo y el polvo, cegados, resecos, negros de humo, amenazados por los obuses que estallan en todas partes, los hombres siguen en sus puestos, armas al brazo. Yo voy de un lado para otro dando de beber», comenta Mika Feldman sobre este segundo cañoneo. El cañoneo cesa al atardecer, es decir, han estado bombardeando la Catedral durante al menos seis horas de forma insistente. Ha caído parte de la bóveda del crucero y de la nave central. La torre derecha muestra un gigantesco boquete y sus almenas están también dañadas. Podemos imaginar el horror de la población al contemplar toda aquella destrucción, no sólo por la Catedral, sino porque algunos tienen familiares civiles encerrados en ella. No se ha permitido la salida de civiles ni nadie ha mediado por ellos. Tienen que salir todos o ninguno y parecen decididos a enterrarlos a todos bajo los escombros de una Catedral que ha soportado invasiones de todo tipo y las recientes guerras napoleónicas y carlistas, pero parece que sucumbirá ante los cañones de un ejército de católicos devotos. ¿No es una grotesca paradoja? «Hay un ancho desgarrón en el lado izquierdo del altar mayor. Todos los santos de los retablos llevan máscaras de polvo. Los escombros se amontonan en el suelo. Los ardientes católicos que están derribando su rica Catedral a cañonazos dirán luego que han sido los rojos», comenta Mika Feldman. Al anochecer Mika Feldman y un grupo de milicianos del POUM escalan los altos muros del cementerio de los canónigos para saltar después sobre el Vadillo, pero en la caída se rompe dos dedos de la mano. Apenas consiguen llegar al muro que bordea el arroyo cuando son descubiertos por una ametralladora que abre fuego contra el grupo de evadidos. Permanecieron más de una hora apostados contra el muro hasta que por fin, y sin guías porque en la primera desbandada el grupo se ha disgregado, caminan protegidos por el muro que bordea la vaguada. En el grupo hay una seguntina, novia de un miliciano, que se ofrece a guiarlos hacia Baides, pero al parecer y teniendo en cuenta que «atraviesan un espeso bosque» y el grupo terminará en Pelegrina, lo más probable es que siguieran la ruta del Vadillo, el pinar, cruzaran la carretera, los encinares de los altos de Pelegrina hasta que, dos días después, llegaron a esta pequeña localidad que todavía no había sido tomada, o la habían vuelto a tomar los milicianos. Tras alcanzar las líneas republicanas, Mika Feldman regresa a Madrid, desde donde viajará a Francia. En París pasará dos semanas de descanso, para incorporarse nuevamente al frente de Madrid, ya con el grado de capitana. Allí se encontraría con milicianos que estuvieron en la batalla de Sigüenza, pero no hace mención de la suerte que corrió nuestra ciudad. A partir de la salida de Mika Feldman de Sigüenza, perdemos un testigo excepcional para la recuperación histórica del asedio a la Catedral y su humillante final, pero si tenemos en cuenta que dentro prácticamente sólo estaban los civiles y grupos de milicianos que no se habían atrevido a salir, o simplemente decidieron resistir con la esperanza de que llegara la columna prometida por Martínez de Aragón, podemos hacernos una idea de los dos días restantes, los que interesan para este relato. Miércoles, 14 A las seis de la mañana los seguntinos se despiertan sobresaltados por los cañonazos que, desde diferentes puntos, disparan otra vez contra la Catedral. Sánchez Rueda, que en todo su relato no muestra ni la más mínima piedad por las mujeres y los niños encerrados en ella, parece estar bien informado de los planes de asalto de la Catedral, porque describe así el inicio de este día en Sigüenza: «A las 6 de la mañana comenzó un cañoneo tal, con piezas de 15 ½, que destruyeron tan hermoso edificio dejándolo en las condiciones que se puede apreciar. Con alguna intermitencia las dos piezas de artillería no cesaron de disparar hasta las cuatro de la tarde –diez horas de intenso cañoneo–, con el fin de preparar el asalto que había de hacerse con auxilio de dos tanques». Y termina su exaltado relato con un: «Unámonos todos en apretado haz con los militares para hacer una España grande y libre.- ¡Viva España!». ¿No eran españoles los civiles encerrados dentro y en peligro de morir aplastados? ¡Sin duda que España no se haría grande cañoneando catedrales llenas de mujeres y niños! Mientras, los sitiados se reúnen en una tensa y probablemente violenta asamblea, dividida entre los que deciden resistir y los que son favorables a rendirse, para decidir si entregan la Catedral, afuera siguen los fusilamientos de seguntinos supuestamente involucrados en acciones de guerra contra los sublevados. A los primeros detenidos que son conducidos al antiguo Hospicio, según testigos en un primer momento debieron concentrarse más de doscientos acusados que permanecerán en estas dependencias durante varios días, hoy se ha establecido una especie de «rutina» para terminar de «limpiar la ciudad de rojos». Grupos de falangistas y requetés van de casa en casa llamando a las puertas y deteniendo a sus inquilinos para ser llevados ante el tribunal militar del Hospicio. Muchos se salvaran de estos procesos simplemente asegurando que ellos «eran de derechas de siempre», incomprensiblemente los soldados solían considerar estas espontáneas declaraciones. Los detenidos eran conducidos al hospicio donde un tribunal militar era asesorado por seguntinos, una vez más ocultamos sus nombres, que incluso se excedían en sus acusaciones por simple antipatía personal. Un testigo presencial narra esta conversación entre este seguntino y el oficial del tribunal militar: «–A ver, ¿qué pasa con estos? »-Fusilarlos a todos. »–¿Pero, por qué?, ¿qué han hecho? »–Son rojos. »–No podemos fusilar a todos porque sí. ¡A ver si te vamos a fusilar a ti!» De esta conversación se deduce la paradoja de que para tener alguna posibilidad de salvar la vida había que tener la suerte de ponerse en manos de los militares, porque si caían en manos de los requetés, falangistas o de sus mismos paisanos, tenían pocas posibilidades de salvar la vida. De esta manera transcurrió este día, entre el sufrimiento de las familias de los que eran conducidos ante el tribunal, con la certidumbre de que lo más probable era que los encontraran al día siguiente muertos junto a la tapia del cementerio, o puede incluso que nunca supieran donde habían sido enterrados. Otro miliciano capturado por los sublevados nos comentó que «durante esos días teníamos mucho trabajo abriendo fosas en cualquier huerto o en los alrededores de Sigüenza». Mientras tanto, los civiles sitiados en la Catedral, con parte de la nave central y el crucero derruido, también varias zonas próximas al claustro, las letrinas y el cementerio de los canónigos, además de la torre derecha, con peligro de que parte de las almenas se vinieran abajo, presionan a los milicianos para que se rindieran. Sánchez Rueda describe así la situación de la Catedral tras el intenso cañoneo de este día: «Está en tierra más de la tercera parte del crucero; ha padecido mucho el magnifico altar plateresco de Santa Librada, se han derrumbado los airosos ventanales de la capilla mayor y otros de la nave central; las ruinas son imponentes y como no se atajara con rapidez que se precisa, las lluvias, nieves y hielos seguirán ocasionando nuevos derrumbamientos y continuos deterioros. Se ha desplomado la bóveda del archivo. Bulas pontificias, cartas reales, códices e incunables yacen entre los escombros, entre los que han aparecido varios cadáveres». Las mujeres, desesperadas por la situación que viven durante el encierro, y sobre todo por la escasez de agua, agravada por la salinidad del bacalao, presionan a los milicianos para que acepten la rendición. Mika Feldman había preparado agua con vinagre como un medio eficaz de combatir la sed, pero los encerrados no la tomaban porque creían que les daría todavía más sed, tal vez por el equívoco evangélico del soldado que trata de humillar a Cristo dándole agua con vinagre, cuando en realidad era lo más adecuado para su situación. Finalmente, algunos responsables de los distintos grupos milicianos que todavía quedan en la Catedral, y en un tumultuoso comité, deciden considerar la oferta de mediación que días antes les había hecho el padre Galo Badiola, el hombre del «traje marrón». Durante los primeros días del encierro Badiola intentará, junto con su familia, huir de la Catedral pero todos los posibles lugares están vigilados. Finalmente un grupo de milicianos seguntinos lo identifica y es confinado dentro de una capilla. Su providencial amistad con la guardia de Martínez de Aragón evitará sin duda su fusilamiento hasta que estos abandonan la Catedral. A partir de ese momento corre el riesgo de ser ejecutado por los partidarios de resistir. Por tanto, no tenía mucho que perder arriesgándose a actuar como mediador. Algunos milicianos creen que Martínez de Aragón no les abandonará y que los refuerzos están en camino. Por su parte, los dinamiteros insisten en que mientras tengan dinamita pueden resistir. De hecho fueron los únicos que no aceptaron la rendición de la Catedral. Finalmente el desunido comité decide enviarle en compañía de un joven miliciano del que sólo sabemos que era vasco. En efecto, este mismo día Martínez de Aragón intenta movilizar una columna estacionada en los nuevos frentes próximos a Matillas, agrupando una compañía del batallón la «Pasionaria» y dos compañías de guardias de asalto, apoyados por dos baterías de 7 ½, una de 10 ½, y otra del 15 ½, además de dos carros de combate y un tren blindado que llegaría, junto con las tropas hasta Moratilla, donde la vía había sido cortada. La operación debería realizarse el día 17. ¿Sabían las personas sitiadas en la Catedral que si resistían unos días más podrían ser liberados? Sin duda que no, o al menos sólo los dinamiteros parecían «intuir» esta posibilidad, porque fueron los únicos que no rindieron la Catedral. Jueves, 15 Sin agua, desmoralizados ante la evidencia de que los refuerzos no llegarían a tiempo, este día se toma la decisión de aceptar la mediación de Galo Badiola. A primera hora de la tarde, Galo Badiola intenta contactar a través de una de las troneras de la Torre del Altísimo con los sublevados mostrando una gran bandera blanca y gritándoles quién era y que deseaba negociar la salida de la Catedral, pero la respuesta es una ráfaga de ametralladora. Finalmente se acepta su mediación y sale con bandera blanca por la puerta del Ayuntamiento, donde le esperan un grupo de falangistas apostados detrás de las columnas de la plaza Mayor. La salida de la Catedral no es fácil ni está exenta de riegos, porque los milicianos decididos a resistir le disparan desde las troneras. Badiola grita a los requetés que le cubran disparando contra las troneras y, finalmente, consigue resguardarse detrás de una de las columnas de la plaza Mayor. Al parecer el joven vasco logró cubrirse detrás del arco del Toril. En un primer momento de desconcierto, Galo Badiola está apunto de ser ejecutado por los propios sublevados. De acuerdo a su propio relato, el capitán al que le comunican su salida de la Catedral contesta al soldado que lo ha detenido con un lacónico: «¡Que le peguen cuatro tiros!». Pero finalmente es reconocido. El mando sublevado no acepta ningún tipo de condiciones para la rendición y advierte que espera que sea incondicional: «Que se entreguen a discreción, y que no tenga miedo el que no tenga culpa», comenta Sánchez Rueda en su libro. Según este mismo autor, la comandancia sublevada tenía previsto tomar la Catedral al asalto con la ayuda de dos tanques blindados que hubieran terminado por destruir lo poco que quedara todavía en pie dentro de la Catedral. Galo Badiola asegura que el propio general Moscardó, que por su experiencia en el Alcázar no deseaba que se repitiera el mismo caso en Sigüenza, estaba en contacto permanente con la comandancia sublevada que ha tomado la ciudad, y al parecer habló personalmente con el propio Galo Badiola sobre las condiciones de la rendición. Badiola no regresaría a la Catedral, según su relato «por la presión de su propia familia», pero la razón es mucho más simple de comprender: el mismo había sembrado la discordia entre los recluidos para que aceptaran la rendición. En su lugar regresó el joven vasco con la poco alentadora noticia de que sólo salvarían la vida aquellos que no hubieran sido «delatores o criminales». Aprovechando la confusión de las tensas negociaciones, los dinamiteros de Pozoblanco, alrededor de 40 milicianos, que no habían aceptado la rendición de la Catedral, inician un intenso ataque con botes de conserva llenos de cartuchos de dinamita, tornillos y clavos contra las posiciones sublevadas situados en los alrededores del Palacio de los Infantes y aprovechan la confusión para huir hacia el Pinar, consiguiendo llegar a las líneas republicanas. Algunos de los heridos, sobre todo los afectados por procesos de gangrenación, como el caso de «la chata», fueron rematados por sus propios compañeros para evitar que cayeran en manos de los sublevados, que desde luego no les tendrían ninguna piedad. Lo que sucedió a partir de la rendición incondicional de la Catedral es otro de los hitos más tristes de nuestra historia local. Sobre las 5:30 empiezan a salir los primeros milicianos y civiles de la Catedral a través de la puerta que comunica el claustro con las dependencias de los empleados de la Catedral, y que comunica con la calle Medina. La intención es llevarlos al cine Capitol para ser fichados. Un fotógrafo local fue tomando imágenes que al parecer se perdieron en una mudanza. Sánchez Rueda, que sigue en sus delirios de exaltación de los sublevados, confunde los «prisioneros» de la Catedral como si se tratara de «liberados», cuando comenta: «Las personas amigas que llegaron con los militares pudieron observar en todos los rostros y en todas las cabezas, las huellas del calvario sufrido en forma de canas y arrugas prematuras». Estas personas «amigas» a que se refiere estaban presentes para identificar y entresacar a algunos seguntinos, que fueron inmediatamente fusilados. Que entre los que salían no había ningún rehén lo prueba el hecho de que el propio Sánchez Rueda se libró del asedio a la Catedral porque los milicianos encerrados no querían tomar rehenes, como sucedió con los del Alcázar, y los alojaron en una casa en el callejón de los Infantes, hasta su liberación. Los prisioneros son conducidos en una larga fila custodiada por soldados a la calle San Roque. Allí permanecen desfallecidos y sedientos sin que nadie les socorra, entre ellos hay niños de pecho deshidratados y hambrientos. Desde la calle San Roque son nuevamente conducidos en largas filas custodiadas por los soldados al cine Capitol. Los hombres ocuparán completamente el patio de butacas, las mujeres y los niños, la zona del entresuelo. En el patio de butacas un grupo de falangistas locales van fichando uno por uno a los cerca de 500 hombres, sin que durante las largas horas los detenidos recibieran alimentos. Al amanecer concluyen el fichaje y los hombres son cargados en camiones y conducidos por carretera a Soria. Las mujeres y los niños, a excepción de las milicianas, son finalmente liberados. El requeté José Sanz lo narra así: «Llevamos los quinientos y pico de prisioneros al Teatro, acomodándolos en las diferentes localidades del mismo, reservando las mejores –siempre galantes aún con los vencidos– para las mujeres. ¡Qué aspecto ofrecía el local! Rostros patibularios, melenas crespas, barbas hirsutas, gestos insomnes, bocas ávidas de agua y pan...» Aunque asegura que les dieron de beber, hacía ya bastantes horas que dejaron la Catedral y sólo cuando fueron tomadas sus filiaciones, a altas horas de la madrugada, se les dio de beber. Eso sí, según cuenta José Sanz: «Un misionero requeté, Capellán de luenga barba, les dirigió a los presos una piadosa arenga, estimulándoles al arrepentimiento para que pudieran volver a ser españoles en el seno patriarcal de la fe». ¿De qué tenían que arrepentirse las mujeres y los niños, que se habían refugiado en la Catedral para librarse de los bombardeos? Tal vez finalizar con la descripción que hace este requeté sobre la actitud firme y digna de las milicianas hechas prisioneras: «Nos detuvimos ante unas docenas de prisioneras, gama de desdichadas que iba desde la humilde campesina a la señorita de calidad. Casi todas vestían un mono “ajustado” (perdonen por el entrecomillado que es mío e inevitable) de sarga azul y nos miraban: medrosas unas, altivas otras y provocadoras las demás, con un gesto de desprecio en las comisuras de los labios o bien examinándonos como si fuéramos bestias de placer...» Sin duda que el fanatismo religioso y la influencia de los capellanes requetés había hecho estragos en su virilidad. El hecho de que hasta este mismo día continuaran cañoneando la Catedral, aún a riesgo de destruirla completamente si los sitiados no se rendían, prueba que los mandos militares de los sublevados, los generales Mola y Moscardó y el coronel Marzo, quién estaba al mando directo de la toma de Sigüenza, sabían que se estaba organizando una columna para su rescate y necesitaban dejar libre la retaguardia, rindiendo la Catedral e impidiendo que ésta se convirtiera en un nuevo Alcázar para los republicanos. Puede que la República empezara a perder la guerra en Atienza, desde donde se reforzaron las columnas sublevadas que tomaron Sigüenza. Si no hubiera caído nuestra ciudad, o de haberse retomado, las operaciones contra Madrid por esta zona hubieran sido más lentas e incluso, como opinan algunos milicianos seguntinos, hubiera existido la posibilidad de recuperar también Zaragoza. Tal vez por ello el general Mola decidió terminar con el asedio de la Catedral destruyéndola completamente si fuera necesario. En realidad faltó muy poco. Este general todavía tiene dedicada una calle en nuestra ciudad. Viernes, 16 Por fin, tras una semana de asedio y cientos de cañonazos, los sublevados acceden a la Catedral, donde ya sólo quedan escombros, y los cadáveres de un grupo de milicianos que despiden un nauseabundo olor a heridas gangrenadas. Entre ellos se encuentra una mujer bajita y chata que tiene una pierna gangrenada y posiblemente un tiro limpio en la cabeza. Se publica el primer bando de la nueva comandancia militar con estas dos normas básicas: «1. Todos los bienes de los rojos serán confiscados» y «2. Por cada patriota muerto se ejecutarán diez rojos», que se cumplirían escrupulosamente y que en mi opinión significó el principio de la decadencia de nuestra ciudad. La batalla de Sigüenza ha terminado, pero, ¿quiénes la han ganado? APÉNDICE BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA «La Guerra Civil en Castilla-La Mancha» Autor: Vicente Camareno Martín. Coordinador: Manuel Ortiz Heras, Biblioteca Añil. Celeste Ediciones. Una recopilación de hechos de guerra, que dedica a Sigüenza apenas una decena de páginas, con un resumen excesivamente esquemático. «Mi guerra en España» Autora: Mika Etchebéhère Plaza & Janés Nueva Edición: Alikorio Ediciones. 2002 La mitad del volumen está dedicado a la batalla de Sigüenza y es sin duda un relato objetivo, pero su autora pone más interés en las vivencias personales y en el estilo literario que en las fechas, por lo que si bien su lectura es apasionante, es difícil establecer los hechos y su cronología. «Sigüenza en 1936, bajo el dominio rojo. Por un testigo presencial» Autor: Enrique Sánchez Rueda Ediciones Pascual Box, 1937 Un exaltado, delirante y agresivo alegato en favor del fascismo y de la «cruzada nacional de Franco», motivado sin duda por el resentimiento de la muerte del hijo del autor en extrañas circunstancias durante la batalla de Sigüenza. No tiene pretensiones históricas sino meramente propagandísticas. No cita fuentes pero sin duda que establece con cierto rigor la cronología de los hechos. Ofrece una versión parcial y no puede ser tenido en cuenta para una visión general del conflicto. «Por las rochas del Tajo, visiones y andanzas de guerra» Autor: José Sanz y Díaz Valladolid, 1938 Relato de un requeté «ilustrado» que, al igual que Sánchez Rueda, ofrece una visión exaltada, propagandística y fanática del conflicto. Una lectura dolorosa para cualquier seguntino y rebosante de cinismo y desprecio por la vida de las personas, pero fundamental para comprender la mentalidad de los sublevados en nuestra Guerra Civil. «Los rojos ocupan Sigüenza» Autor: Pedro Vallina. Prólogo: Juan José Sánchez Martínez Ediciones de Librería Rayuela Un pequeño panfleto con bastantes imprecisiones y escasamente documentado. Ofrece una visión parcial del conflicto y ni siquiera acierta en la cronología. Tan sólo tiene el valor de lo anecdótico y la relación de la CNT-FAI con la Iglesia local. El doctor Vallina fue unos de los más activos cabecillas que combatieron a la República, organizando, junto con Ramón Franco y Blas Infante entre otros, el primer movimiento revolucionario anarco-sindicalista, en Sevilla, en julio de 1931. «Breve historia de la Guerra Civil española» Autor: Gabriel Jackson Ediciones Grijalbo Su interés no es tanto por las referencias a Sigüenza, sino por su valoración y descripción de los métodos empleados por ambos bandos durante la contienda. Texto útil para comprender los actos de «depuración» ideológica que se produjeron durante y después de la batalla de Sigüenza. «La marcha sobre Madrid: Monografías de la Guerra Civil de España. Número 1» Autor: Servicio Histórico Militar Librería Editorial San Martín. Madrid, 1982 Una descripción esquemática y cronológica de las características de las tropas contendientes y de las operaciones, aun cuando con algunos errores constatables, como la fecha de la rendición de la Catedral. «Mola. Datos para una biografía y para la historia del alzamiento» Autor: José Mª. Iribarren Heraldo de Aragón. Zaragoza, 1938 Como su título indica, se trata de datos biográficos del general Mola, que dedica apenas dos páginas a la toma de Sigüenza, donde, al parecer, estuvo presente el mismo general. «Entre el azar y la muerte» Autor: Juan Antonio Pérez Mateos Editorial Planeta Colección Espejo de España. 1975 Sin duda que sus dos relatos referidos a la batalla de Sigüenza son fundamentales para el esclarecimiento de las circunstancias de la muerte del obispo Nieto, narrado por Carmelo Pascual, su paje y ayudante, y sobre las condiciones y circunstancias del asedio y rendición de la Catedral, contado por Galo Badiola, beneficiado de la Catedral. «Historia de la diócesis de Sigüenza y de sus obispos, 1989 - 1945 (IV Volumen de la historia de los obispos)» Autor: Aurelio Federico Fernández Imprenta Box, 1967 La parte dedicada a las circunstancias de la muerte del obispo Nieto está literalmente copiada del relato de su paje, el seminarista Carmelo Pascual, que puede leerse íntegramente en el libro «Ante el azar y la muerte», complementada con testimonios de supuestos testigos muy improbables. «Seréis mis testigos en...» Felipe-Gil Peces Rata Gráficas Carpintero, 2001 Trata de establecer los hechos relacionados con la ejecución de los sacerdotes durante la ocupación de los milicianos. Ofrece un extenso apéndice con actas relacionadas con la muerte del obispo Nieto y otros hechos, pero, a pesar de todo, nos parece que los hechos que relata no están suficientemente contrastados. «Sigüenza, imágenes para el recuerdo» Autores: Javier Davara, José A. Laguna, Octavio Puertas y Felipe Sanz. Editor: Exmo. Ayuntamiento de Sigüenza y CPR. Impreso en Laguna, S.A.L. Enrique Velasco, 10. 28038 Madrid. Recopilación de fotografías de Sigüenza desde principios del Siglo XX, con una parte dedicada a la Guerra Civil en nuestra ciudad. «Franco,”Caudillo de España”» Autor: Paul Preston Círculo de Lectores (Sin fecha de edición) Aún cuando sólo cita Sigüenza como lugar de concentración de las tropas italianas para la ofensiva contra Madrid, ésta es sin duda una de las biografías sobre Franco mejor documentadas y ofrece una visión amplia y contrastada sobre los origenes del conflicto y su posterior desarrollo. «La Guerra Civil española» Autor: Hugh Thomas Diario 16. 1er. Tomo, capítulo 19º. El interés de esta nueva y bien documentada aportación bibliográfica es que proporciona un material gráfico de gran valor histórico, incluida la fotografía número 7, que adjuntamos en el Album de fotos. «La Hora de España (Tomo I [Números I-V]. Valencia, Enero-Mayo 1937)» Autor: Emilio Prados Editorial LAIA. Barcelona, 1977 Revista de publicación mensual que recogía los romances y canciones populares que se cantaban o recitaban durante la Guerra Civil. OTROS LIBROS E INFORMES CONSULTADOS «El poder municipal en Sigüenza en el primer tercio del siglo XX» Autor: Francisco Javier Davara Exmo. Ayuntamiento de Sigüenza, 1991 «La Catedral de Sigüenza: Informe sobre la reconstrucción a cargo de la Dirección General de Regiones Devastadas» Ministerio de la Gobernación, 1946 «Historia Militar de la Guerra de España» Autor: Manuel Aznar Ediciones Idea, S.A. Madrid, 1940 «Cruel odisea de los sacerdotes y católicos del Arciprestazgo de Jadraque en poder de los rojos, y su liberación por el glorioso Ejército Nacional» Autor: Valentín García Gonzalo (Arcipreste) Talleres Tipográficos Cuesta. Valladolid, 1939 «Diario Abril: Crónica del asesinato de Francisco Gonzalo, “El Carterillo”». Año II. Número 61. Edición del 18 de julio de 1936 Cedido por la Biblioteca Pública de Guadalajara. «La Guerra Civil Española (1936-39) en Sigüenza a través de su registro civil» Autor: Ramón Salas Larrazábal Walda-Layara, nº 6 «La Banda Municipal de Música de Sigüenza» Autor: Juan Carlos García Muela CORRESPONSALES DE GUERRA EN SIGÜENZA El único corresponsal acreditado en Sigüenza fue Mauro Bajatierra. Su verdadera profesión era panadero y periodista autodidacta, afiliado a la CNT-FAI. Sus crónicas no fueron ni mucho menos imparciales, exagerando los triunfos milicianos, las cifras de combatientes y de víctimas. PRENSA DE LA ÉPOCA De Madrid y Nacional: «Mundo Obrero» (Comunista) «El Socialista» (Socialista) «Tierra y Libertad» (Anarquista) «Claridad» (Republicano) «El Liberal» (Liberal) De Guadalajara: «Abril», semanario portavoz de las izquierdas. «Avante», semanario dirigido por Marcelino Martín (PSOE) «Flores y Abejas», semanario de orientación conservadora y católica. De Sigüenza: «El Henares», Semanario católico dirigido por Hilario Yaben, próximo al pensamiento nazi, cuyos principios divulgaba con frecuencia en sus sermones. «La verdad seguntina», semanario fundado en los años veinte y podía considerarse como independiente «La defensa», fundado también en los años veinte, dirigido por Eduardo Olmedillas (Abogado) «Juventud», revista quincenal de información general y cultural. «Lola» y «Cármen», pequeñas revistas literarias editadas por el poeta Gerardo Diego, residente habitual durante los veranos seguntinos. ALGUNAS CANCIONES REVOLUCIONARIAS Y ANTICLERICALES DE LA CONTIENDA Defensa de Madrid (Extracto) Rafael Alberti Quien al corazón de España quiera asomarse, que llegue, ¡Pronto! Madrid está lejos. Madrid sabe defenderse con uñas, con pies, con codos, con empujones, con dientes, panza arriba, arisco, recto, duro, al pie del agua verde del Tajo, en Navalperal, en Sigüenza, en donde suenen balas y balas que busquen helar su sangre caliente. * * * TENGO UN HERMANO (Fragmento encontrado en una trinchera, de Emilio Prados) Tengo un hermano en el frente que tú no conoces, madre, que el hermano que ahora tengo no lleva tu misma sangre. Un hermano en cada frente me atan más que tus dogales: Tengo más atado el cuerpo que el corazón que en él late. (...) Subiendo a Guadalajara, tierra de dulces panales, que sus abejas vigilan y sus páramos reparten; camino ya de Sigüenza y bien pasado Jadraque, otro hermano en las trincheras contra el fascismo se bate. * * * ANÓNIMOS «Arroja la bomba que escupe metralla No importa que nuestra sangre tiña las piedras de nuestro camino Arriba los pobres del mundo» * * * «Con realidad no queremos rey queremos presidente que gobierne bien Abajo el clero, monjas y frailes Abajo todos los generales Abajo todo el que sea un bribón Arriba toda la revolución» * * * El estribillo más coreado antes de las batallas: «Ay, Maricruz, Maricruz, maravilla de mujer Ay, Trinidad, Trinidad, la de la Puerta Real» FOSAS COMUNES LOCALIZADAS Y PROBABLES – En algún lugar de los patios del Convento de las Ursulinas: entre 80 y 100 personas – En el solar contiguo al antiguo antiguo Banco de Aragón (en la calle de Villaviciosa): unas 30 personas, muchas de las cuales fueron exhumadas para realizar obras y arrojadas a una escombrera. – Cerca de una paridera próxima al Polvorín: se desconoce el número de personas. – En algún lugar próximo a la antigua fábrica de harinas: número desconocido. – En un punto próximo al cruce de la carretera de Madrid con la de Torremocha: probablemente 8 ó 10 – En algún lugar de la localidad de Imón: probablemente unas 30 personas – En algún lugar próximo al cruce de la carretera del Soria, entre Paredes y el cruce de Valdelcubo, donde fueron enterrados los fusilados de esta localidad: número desconocido. – Cerro del Otero, en cuyas trincheras hay enterrados gran número de milicianos. – Muchos enterramientos incontrolados, tanto de milicianos como de civiles, en huertas y cerros cercanos, incluso en algún lugar dentro de la misma Alameda, de la que se disponen de pruebas fotográficas. –En el antiguo «Cementerio de los Italianos», en el lado izquierdo del cementerio, pero exhumados y trasladados al cementerio de los Italianos de Zaragoza, y a Italia. NOTAS AMBIENTALES Y ANÉCDOTAS Las relaciones de los milicianos con la población no fueron tensas en ningún momento, más por la inhibición de la población que porque simpatizasen con la causa de la República. No se produjeron violaciones, pero si gran cantidad de actos de rapiña, especialmente durante los primeros días y hasta que el Gobierno les asignara a los milicianos una paga de 10 pts al día (equivalente a 30 euros). Los comercios abrieron con normalidad y, a lo sumo, sufrían requisas puntuales o compras con «vales de la República» sin valor práctico. No se produjeron colectivizaciones y tanto el comercio como la pequeña industria artesana local no sufrió alteraciones de importancia. Dejaron de celebrarse misas y toda clase de manifestaciones religiosas. Se cancelaron las fiestas patronales de Agosto. Durante la ocupación de milicianos apenas se segó la cosecha de cereales, sobre todo por la inseguridad del terreno donde estaban los sembrados. Gracias a la proximidad con Madrid, los transportes de intendencia eran fluidos, incluso los milicianos viajaban con frecuencia a Madrid, hasta el extremo de pernoctar en la capital y regresar en el tren de la mañana. Algunos niños testigos aseguran que fueron tratados incluso con «dulzura» por los milicianos y las milicianas, y que no sólo los conducían al pinar para ponerlos a salvo de los bombardeos, sino que compartían con ellos su rancho, lo que agradecían porque la mayoría de los niños pasaban hambre. Algunos testigos aseguran que la misma Dolores Ibarruri, «La Pasionaria», participó en la batalla de Sigüenza, pero al no encontrar referencia alguna en los libros consultados, no podemos confirmarlo ni desmentirlo. Impresionaba el número de milicianas que llegaron a Sigüenza, sobre todo entre la columna «Pasionaria». Buena parte de ellas eran novias de milicianos, o incluso algunas prostitutas alistadas voluntarias para librarse de su profesión. Las relaciones con los milicianos, a pesar de no poder evitar el machismo secular en algunos aspecto de la vida cotidiana, fue solidaria como rezaba en uno de los carteles de la época: «En el frente deben respetarse a las milicianas, pues allí no son más que soldados». Sobre las actitudes machistas, algunas llegaron a ser muy vengativas, hasta el extremo de expresar su odio contra los sublevados, seccionando los testículos de los cadáveres. Otras, simplemente se apoderaban de pequeños objetos o bienes de las iglesias, que convencidas de la legalidad de sus acciones, se llevaban a Madrid comentando entre ellas el valor e interés de lo conseguido. Por lo general, se trataba de lencería de los conventos y algún que otro pequeño objeto decorativo. Las piezas de valor considerable fueron requisadas y controladas por los mandos militares. La ametralladora de la Catedral era manejada por un italiano, refugiado en España durante la represión fascista de Mussolini, que se ganaba la vida vendiendo cuchillas y navajas de afeitar en los mercados locales. Era apoderada como la «Nika», tal vez porque provenía de la columna del POUM, donde estaba la miliciana austríaca Mika Feldman, autora del libro fundamental para la recuperación de nuestra memoria histórica «Mi guerra en España», pero ella nunca la llegó a manejar, tal como se ha creído. Los milicianos de la columna socialista eran jóvenes con escasa preparación política y poco acostumbrados a los sacrificios de la guerra. A las primeras escaramuzas violentas se desmoralizaron y deseaban volver cuanto antes a Madrid. No todos los milicianos fueron solidarios entre sí, negándose a compartir alimentos y mantas durante las guardias en las frías noches seguntinas, y siendo, además, poco responsables a la hora de hacer las guardias y cumplir con las órdenes recibidas. Los milicianos voluntarios seguntinos se alojaban en la calle Medina. Parece ser que la estatua yacente del Doncel no se salvó sólo del bombardeo y del cañoneo al que fue sometida la Catedral por los sublevados, sino, sobre todo, del pico de un miliciano exaltado, gracias a la providencial intervención del beneficiado de la Catedral, Galo Badiola, que le detuvo argumentándole el gran valor histórico y cultural de la escultura. No obstante, otros testigos aseguran que la capilla del Doncel permaneció cerrada durante la ocupación y el asedio, y no sufrió los efectos del bombardeo ni del intenso cañoneo durante el asedio. Este sacerdote demostró un coraje extraordinario, llegando a ganarse las simpatías de los civiles encerrados en la Catedral, además de buena parte de los milicianos y, sobre todo, de las milicianas, de las que él mismo no tiene ningún rubor en elogiar su belleza y valentía en su relato. Por contra, los requetés que ocuparon Sigüenza padecían sin duda de una «neurosis» enfermiza, como se puede ver en este relato: «Las enfermeras rojas se nos abrazan con fingido entusiasmo, daban vivas a España y hasta trataban de besarnos... Las rechazamos sin violencia, pero con repugnancia... Una de aquellas "damas"... se dirigió a nuestro joven capellán... un santo y castísimo varón, le echó sus brazos torneados al cuello y ni corta ni perezosa empezó a cubrirle las mejillas de sonoros besos. ¡Pobre "Pater"! Rojo de rubor, sudando ante aquel ataque inesperado, hubiera querido en aquel instante que se abriera la tierra y lo tragara». Sin duda que estaban acostumbrados a la muerte, pero, al parecer, les repugnaba la vida. Pero no todos fueron tan comedidos. Al menos sabemos por testimonios directos que dos jóvenes de Imón, detenidas en la posada de San Mateo, fueron violadas por soldados requetés y torturadas, llegando a romperle a una de ellas un brazo, antes de fusilarlas. El médico anarquista, Pedro Vallina, cuenta una triste anécdota que le sucedió durante una incursión acompañado de varios milicianos anarquistas hasta Alcuneza, días antes de que esta localidad fuera ocupada por los rebeldes. Después de intentar localizar a los «curas y fascistas» locales, alguien del pueblo les informó que el hermano del cura había huido a Medinaceli, y que tenía un rebaño de ovejas. «Encontré algunos centenares de borregos que envié a Sigüenza». Obligaron al pastor a conducir el ganado. Cuando regresó la localidad había sido tomada y el pastor comunicó al capitán de los sublevados que «ya he llevado los corderos a Sigüenza, como me han ordenado», circunstancia que fue considerada como «traición» y por lo que fue fusilado. Entre otras muchas atrocidades, el tristemente famoso «cabo Barahona» ejecutó a dos mujeres de Matillas por viajar a Jadraque para comprar alimentos sin salvoconducto. Una de ellas dejaba una hija de once meses y la otra estaba embarazada. Sigüenza fue tomada por los sublevados un siglo exacto después de la toma del castillo por los carlistas, el 8 de octubre de 1836. La CNT-FAI había proclamado por su cuenta que España era la «República Soviética del Sur», rótulo marcado en todos los mapas de nuestro país que colgaban en sus cuarteles. AGRADECIMIENTOS No sería justo concluir este libro sin agradecer de forma especial a Felipe Sanz Álvarez, responsable en el momento de la publicación de este libro del Centro de Profesores y de Recursos de Sigüenza, CPR, por su decisiva colaboración y aliento personal para la realización de este libro. No sólo por su búsqueda de referencias bibliográficas para que pudiera acceder a la mayor información posible sobre la Guerra Civil en Sigüenza, sino porque me consta que, a pesar de que estoy seguro de que no desea ningún protagonismo personal, coincidimos básicamente en la necesidad de este trabajo.